sábado, 30 de mayo de 2026

Querido Kyo:

No existe pensar en música en directo que no implique, de forma inmediata e intransferible, pensar en ti. 

Dir en Grey es la realización perfecta (distando mucho de serlo) de lo que supone la experiencia del vivo, del poner la piel y las entrañas al servicio del ejercicio compartido de la vulnerabilidad que es la esencia misma del arte.

Cada vez que me he encontrado a mí misma frente a ti, esa ha sido la definición de música en directo. De vulnerabilidad. De humanidad. De arte. De verdad.

Cada vez que me he encontrado a mí misma frente a ti ha sido en locales cerrados de Europa, ¡tres veces en el mismo en Berlín!, una en Londres, otra en Varsovia. En todos los casos en compañía de muchas otras personas que estaban allí para sentir, porque una sabe que a un concierto de Dir en Grey se va a abrirse en canal y sangrar. En todas esas ocasiones lloré, chillé gilipolleces, canté, sonreí muchísimo y me sentí vista, identificada, reflejada a pesar de no ser más que una ovejita del rebaño que es el público de un grupo. 

Cómo lo haces para ser yo, para reflejarme a mí, para reflejarnos a todos, para ser espejo de una humanidad herida, enferma, horrible y frágil, Kyo, no lo sé. No hay otro artista como tú. Hay grandes compositores, grandes poetas, visionarios, performers, juglares, canalizadores, mensajeros. Pero no hay nadie como tú. Nunca he visto en un escenario a nadie como tú y el día que haya perdido la esperanza de volver a verte me sentiré en paz con lo imperecedero que me has dado, pero eternamente huérfana de ese artista que sólo eres tú. 

Si decidieras mañana que se acabaron los conciertos, querría expresarte de alguna forma la admiración y el agradecimiento por haber vestido piel humana frente a mí tantas veces. Querría pasar el resto de mi vida colocándote en un pedestal y reconociéndote como uno de los mayores genios que ha dado esta especie patética de la que formo parte. Querría que todo el mundo lo supiera, que todo el mundo hubiera podido experimentar lo que es tenerte delante muriendo sobre el escenario.

No te mueras, Kyo. No dejes de hacerlo, pero no te mueras. Dúranos muchísimo o dúranos mañana, pero sigue aferrándote con todas tus fuerzas a lo que eres. Sigue siendo. 

No existe pensar en música que no implique pensar en ti.

domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre tomar decisiones

Nunca aprendí a hacerlo y ahora voy camino de los 40. La vida me vino así: llena de cambios, de mudanzas y de situaciones autorresueltas.

Cuando dejé, sin haber terminado el primer curso, Traducción e Interpretación, se me puso delante de las narices sin que lo hubiera meditado Educación Infantil. Se me aportaron amistades cuyos pasos me pareció sensato seguir a posteriori. Fui llamada para trabajar en Madrid cuando ya estaba pensando en tomar medidas drásticas por la falta de oportunidades. Se me trajo de vuelta a Galicia gracias a una sustitución justo cuando en Madrid las cosas peligraban. Se me otorgó una plaza definitiva cuando estaba harta ya de recoger mi vida y cargarla en un Skoda Fabia cada diez meses.

Mi responsabilidad en los caminos tomados es muy sutil. La de la aceptación sin reservas allá donde fuera porque quería trabajar, tener mi sueldito y poder dedicar el tiempo libre a viajar. Pero, para alguien que valora la independencia y la libertad personal, es ciertamente contradictorio no haber desarrollado la capacidad de decidir.

Y entonces hice una trampa: tres cursos. Tres cursos en mi primer destino definitivo, y a partir de ahí decidimos. Un aplazamiento porque mi cerebro de 36 años era incapaz de comprometerse con una sola vía en ese momento. Un aplazamiento al que le resta un año de recorrido, pero cuya elección caduca antes, al cumplirse los veinticuatro meses, ya que es entonces cuando se posibilita concursar y buena falta hará ese tiempo si de dejar el alquiler y encontrar una nueva vivienda se trata. Quizá una compra, ya a estas alturas, si es que pudiera asumirla. ¿Un nuevo municipio? ¿El regreso a la ciudad natal?

No tengo arraigo en ningún sitio. Es el precio de no haber tomado decisiones, o de haber simplemente aceptado lo que iba saliendo. He amado mucho el cambio constante, el haber podido saborear el día a día en lugares dispares y haber ido mutando con ellos. Mi corazón pertenece a Parla, a Móstoles, a Betanzos, a Mondoñedo, a aquel año de pandemia en Narón entre vías y túneles. Me he sentido identificada con el nomadismo y he abrazado sus traumas y su agotamiento extremo como partes necesarias de la riqueza de la experiencia.
Cuando he aterrizado en un solo sitio, ya sin mudanzas a la vista, no he sabido estar en él. No soy una planta, estática y cosida a la tierra; he sido trasplantada tantas veces que ya no sé quedarme. Y habito el lugar como un limbo, como un sitio donde estoy sin estar, donde conozco gente que realmente no sabe quién soy, donde inicio rutas sin recorrido, donde encuentro voces amigas que son sólo ecos. 

¿Tiene sentido comprar una parcela en una tierra a la que no se pertenece y donde las raíces no están aferradas? ¿Hay lógica en regresar sobre los propios pasos a aquel lugar que ya no se siente hogar? ¿Con 40 años tengo la capacidad de volver a desplazar cuanto tengo a un nuevo espacio, sin rutina, sin caras conocidas, sin saber si aquella será mi tierra fértil?

Si nunca aprendí a tomar decisiones, ¿puedo fiarme de la que tome a los 38 años?  

jueves, 22 de enero de 2026

Antes de que se me pase el subidón...


... voy a dejarlo por escrito. Voy a plasmar, lo mejor que pueda, la sensación de evaporarme y flotar en el sonido que me acompañó durante la última ¿media hora? del concierto de The 69 Eyes al que asistí el sábado pasado en Oporto.

Pero he necesitado pasarme antes por mis palabras del año 2017, cuando les había visto en directo por primera vez tras tantos años deseándolo, porque en mis recuerdos aquel concierto no había sido tan chulo. Sin embargo, ya en el 2017 consideraba haber vuelto a los catorce con su actuación y añadía lo siguiente:

En fin, que desde que les he visto no me entra en la cabeza que no les vaya a ver cada noche. Me lo pasé tan bien, me hizo tantísima ilusión tenerles delante y babeé tanto con cada instrumento y con esa voz de mis mejores sueños, que me parece fatal que la vida no me haya dejado meterme en alguna de sus maletas para seguirles al fin del mundo.
Pienso que lo recordaría muy bien si hubiera vivido lo mismo (recuerdo genial el momento de Jyrki pasando por delante de mis narices durante los teloneros, a apenas un par de metros de mí, y yo casi muriendo de la impresión), así que opto por considerar que aquella primera vez fue genial y me hizo una enormísima ilusión, pero no fue lo de 2026.

Lo de 2026 ha sido... No sé. Ha sido una locura porque tenía la entrada comprada desde hacía meses, sabía que iba a salir de trabajar a toda prisa y me iba a poner en carretera a Oporto y a pagar lo que hiciera falta de aparcamiento y hotel para llegar allí a tiempo. Y, sin embargo, arranca la semana y me encuentro enfrascada en el mayor proceso gripal en el que me he visto en años y me tengo que pasar tres días en la cama. El viernes trabajé, en parte porque no pensaba perderme el concierto. Y allá que me fui, no tan recuperada como lo habría deseado, con poca voz y mucho agotamiento.
Y me encuentro en una sala chulísima (una plaza de abastos reconvertida), donde según llego está sonando Colder de Charon, con gente majísima que se reía cuando tardaba unos cuantos segundos de más en entender lo que me decían porque mi cerebro no estaba ok y el portugués no es mi lengua, y con una banda a la que quiero mucho y que sencillamente representa a la perfección lo que es para mí la cultura gótica, el vampiro, el romanticismo oscuro. The 69 Eyes es como terciopelo para mis oídos.
Y cogí un muy buen sitio y me dispuse a pasármelo bien, y así fue sin ninguna duda durante Devils, Don't turn your back on fear, Gotta rock, If you love me the morning after, The Chair... Yo estaba allí, griposa, con dolor de pie porque ya siempre tengo dolor de pie, con una sonrisa enorme en la cara porque esas canciones representan mi imaginario personal y me inspiran continuamente. Incluso pensaba, mientras las escuchaba, en una vez que tuve un sueño increíble con Jyrki69 que era básicamente una idea de novela y lo escribí al despertar, pero se me habían olvidado los detalles que le podrían haber dado entidad. Mención especial para dos de sus últimos sencillos: Drive, que desde que salió es mi tema de conducción absolutamente favorito; y I Survive, su single más reciente, que me tenía enamorada y supuso un subidón increíble en vivo.

La cosa cambió en un momento muy concreto de la noche, un momento inesperado. Una canción que es la primera canción que escuché JAMÁS de The 69 Eyes, que ya había sonado cuando les vi en 2017 en Madrid, que siempre me ha gustado mucho, pero que no era mi favorita... y digo era de forma muy consciente. Yo no sé qué me hizo ese sábado Wasting the Dawn; no sé si fueron los acordes menores nostálgicos, el tempo calmado, la forma en que la voz de Jyrki en ese tema se deja confundir con el bajo... Fue una cosa increíble. Tuve la sensación FÍSICA de que mi espíritu, mi alma, mi conciencia, salía de mi cuerpo como si se tratara de un viaje astral, y durante todo el resto del concierto no estuve en mí, no tuve conciencia corporal, estuve flotando. Era como si formara parte de la música. Wasting the Dawn, esa canción tan bonita en memoria de Jim Morrison, me elevó a un estado sublimado y así me deslicé por Gothic Girl, Brandon Lee, Framed in Blood, Dance d'Amour y Lost Boys (en la cual les acompañó Fernando Ribeiro de Moonspell); canciones todas ellas que ya había vivido en directo, pero que en esta ocasión compusieron un lienzo en el que me habría quedado a vivir en la forma de cualquier pequeña pincelada innecesaria pero presente, abandonada a la música.

Qué cosa tan bonita he vivido. Y qué bonito está siendo también este momento remember en el cual mis estilos de música favoritos se están revalorizando y los grupos están decidiendo volver. Hablo del visual kei, pero sobre todo también del rock gótico finlandés de los 2000, con Charon tocando para mí en Tavastia hace pocos meses, For my pain... sacando disco nuevo, Reflexion volviendo a existir o los 69 Eyes recuperando sus sonidos más clásicos, góticos, glam y aterciopelados por los que me derrito.

¿Será este mi año de escribir por fin aquella novela protagonizada por Jyrki? No lo sé, pero sin duda tengo ganas de escribir y tengo ganas de dar por fin vida, de algún modo, al imaginario que está siempre activo en mi cerebro y por una o por otra jamás pongo en movimiento.

Gracias, Helsinki vampires. Si no nos vemos antes en otro lugar... siempre nos quedará The Riff.