domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre tomar decisiones

Nunca aprendí a hacerlo y ahora voy camino de los 40. La vida me vino así: llena de cambios, de mudanzas y de situaciones autorresueltas.

Cuando dejé, sin haber terminado el primer curso, Traducción e Interpretación, se me puso delante de las narices sin que lo hubiera meditado Educación Infantil. Se me aportaron amistades cuyos pasos me pareció sensato seguir a posteriori. Fui llamada para trabajar en Madrid cuando ya estaba pensando en tomar medidas drásticas por la falta de oportunidades. Se me trajo de vuelta a Galicia gracias a una sustitución justo cuando en Madrid las cosas peligraban. Se me otorgó una plaza definitiva cuando estaba harta ya de recoger mi vida y cargarla en un Skoda Fabia cada diez meses.

Mi responsabilidad en los caminos tomados es muy sutil. La de la aceptación sin reservas allá donde fuera porque quería trabajar, tener mi sueldito y poder dedicar el tiempo libre a viajar. Pero, para alguien que valora la independencia y la libertad personal, es ciertamente contradictorio no haber desarrollado la capacidad de decidir.

Y entonces hice una trampa: tres cursos. Tres cursos en mi primer destino definitivo, y a partir de ahí decidimos. Un aplazamiento porque mi cerebro de 36 años era incapaz de comprometerse con una sola vía en ese momento. Un aplazamiento al que le resta un año de recorrido, pero cuya elección caduca antes, al cumplirse los veinticuatro meses, ya que es entonces cuando se posibilita concursar y buena falta hará ese tiempo si de dejar el alquiler y encontrar una nueva vivienda se trata. Quizá una compra, ya a estas alturas, si es que pudiera asumirla. ¿Un nuevo municipio? ¿El regreso a la ciudad natal?

No tengo arraigo en ningún sitio. Es el precio de no haber tomado decisiones, o de haber simplemente aceptado lo que iba saliendo. He amado mucho el cambio constante, el haber podido saborear el día a día en lugares dispares y haber ido mutando con ellos. Mi corazón pertenece a Parla, a Móstoles, a Betanzos, a Mondoñedo, a aquel año de pandemia en Narón entre vías y túneles. Me he sentido identificada con el nomadismo y he abrazado sus traumas y su agotamiento extremo como partes necesarias de la riqueza de la experiencia.
Cuando he aterrizado en un solo sitio, ya sin mudanzas a la vista, no he sabido estar en él. No soy una planta, estática y cosida a la tierra; he sido trasplantada tantas veces que ya no sé quedarme. Y habito el lugar como un limbo, como un sitio donde estoy sin estar, donde conozco gente que realmente no sabe quién soy, donde inicio rutas sin recorrido, donde encuentro voces amigas que son sólo ecos. 

¿Tiene sentido comprar una parcela en una tierra a la que no se pertenece y donde las raíces no están aferradas? ¿Hay lógica en regresar sobre los propios pasos a aquel lugar que ya no se siente hogar? ¿Con 40 años tengo la capacidad de volver a desplazar cuanto tengo a un nuevo espacio, sin rutina, sin caras conocidas, sin saber si aquella será mi tierra fértil?

Si nunca aprendí a tomar decisiones, ¿puedo fiarme de la que tome a los 38 años?  

jueves, 22 de enero de 2026

Antes de que se me pase el subidón...


... voy a dejarlo por escrito. Voy a plasmar, lo mejor que pueda, la sensación de evaporarme y flotar en el sonido que me acompañó durante la última ¿media hora? del concierto de The 69 Eyes al que asistí el sábado pasado en Oporto.

Pero he necesitado pasarme antes por mis palabras del año 2017, cuando les había visto en directo por primera vez tras tantos años deseándolo, porque en mis recuerdos aquel concierto no había sido tan chulo. Sin embargo, ya en el 2017 consideraba haber vuelto a los catorce con su actuación y añadía lo siguiente:

En fin, que desde que les he visto no me entra en la cabeza que no les vaya a ver cada noche. Me lo pasé tan bien, me hizo tantísima ilusión tenerles delante y babeé tanto con cada instrumento y con esa voz de mis mejores sueños, que me parece fatal que la vida no me haya dejado meterme en alguna de sus maletas para seguirles al fin del mundo.
Pienso que lo recordaría muy bien si hubiera vivido lo mismo (recuerdo genial el momento de Jyrki pasando por delante de mis narices durante los teloneros, a apenas un par de metros de mí, y yo casi muriendo de la impresión), así que opto por considerar que aquella primera vez fue genial y me hizo una enormísima ilusión, pero no fue lo de 2026.

Lo de 2026 ha sido... No sé. Ha sido una locura porque tenía la entrada comprada desde hacía meses, sabía que iba a salir de trabajar a toda prisa y me iba a poner en carretera a Oporto y a pagar lo que hiciera falta de aparcamiento y hotel para llegar allí a tiempo. Y, sin embargo, arranca la semana y me encuentro enfrascada en el mayor proceso gripal en el que me he visto en años y me tengo que pasar tres días en la cama. El viernes trabajé, en parte porque no pensaba perderme el concierto. Y allá que me fui, no tan recuperada como lo habría deseado, con poca voz y mucho agotamiento.
Y me encuentro en una sala chulísima (una plaza de abastos reconvertida), donde según llego está sonando Colder de Charon, con gente majísima que se reía cuando tardaba unos cuantos segundos de más en entender lo que me decían porque mi cerebro no estaba ok y el portugués no es mi lengua, y con una banda a la que quiero mucho y que sencillamente representa a la perfección lo que es para mí la cultura gótica, el vampiro, el romanticismo oscuro. The 69 Eyes es como terciopelo para mis oídos.
Y cogí un muy buen sitio y me dispuse a pasármelo bien, y así fue sin ninguna duda durante Devils, Don't turn your back on fear, Gotta rock, If you love me the morning after, The Chair... Yo estaba allí, griposa, con dolor de pie porque ya siempre tengo dolor de pie, con una sonrisa enorme en la cara porque esas canciones representan mi imaginario personal y me inspiran continuamente. Incluso pensaba, mientras las escuchaba, en una vez que tuve un sueño increíble con Jyrki69 que era básicamente una idea de novela y lo escribí al despertar, pero se me habían olvidado los detalles que le podrían haber dado entidad. Mención especial para dos de sus últimos sencillos: Drive, que desde que salió es mi tema de conducción absolutamente favorito; y I Survive, su single más reciente, que me tenía enamorada y supuso un subidón increíble en vivo.

La cosa cambió en un momento muy concreto de la noche, un momento inesperado. Una canción que es la primera canción que escuché JAMÁS de The 69 Eyes, que ya había sonado cuando les vi en 2017 en Madrid, que siempre me ha gustado mucho, pero que no era mi favorita... y digo era de forma muy consciente. Yo no sé qué me hizo ese sábado Wasting the Dawn; no sé si fueron los acordes menores nostálgicos, el tempo calmado, la forma en que la voz de Jyrki en ese tema se deja confundir con el bajo... Fue una cosa increíble. Tuve la sensación FÍSICA de que mi espíritu, mi alma, mi conciencia, salía de mi cuerpo como si se tratara de un viaje astral, y durante todo el resto del concierto no estuve en mí, no tuve conciencia corporal, estuve flotando. Era como si formara parte de la música. Wasting the Dawn, esa canción tan bonita en memoria de Jim Morrison, me elevó a un estado sublimado y así me deslicé por Gothic Girl, Brandon Lee, Framed in Blood, Dance d'Amour y Lost Boys (en la cual les acompañó Fernando Ribeiro de Moonspell); canciones todas ellas que ya había vivido en directo, pero que en esta ocasión compusieron un lienzo en el que me habría quedado a vivir en la forma de cualquier pequeña pincelada innecesaria pero presente, abandonada a la música.

Qué cosa tan bonita he vivido. Y qué bonito está siendo también este momento remember en el cual mis estilos de música favoritos se están revalorizando y los grupos están decidiendo volver. Hablo del visual kei, pero sobre todo también del rock gótico finlandés de los 2000, con Charon tocando para mí en Tavastia hace pocos meses, For my pain... sacando disco nuevo, Reflexion volviendo a existir o los 69 Eyes recuperando sus sonidos más clásicos, góticos, glam y aterciopelados por los que me derrito.

¿Será este mi año de escribir por fin aquella novela protagonizada por Jyrki? No lo sé, pero sin duda tengo ganas de escribir y tengo ganas de dar por fin vida, de algún modo, al imaginario que está siempre activo en mi cerebro y por una o por otra jamás pongo en movimiento.

Gracias, Helsinki vampires. Si no nos vemos antes en otro lugar... siempre nos quedará The Riff.

martes, 21 de octubre de 2025

Abriendo para poder cerrar: Alice in Borderland

 


Soy muy fiel a mis historias. Es algo que me caracteriza. Cuando un argumento o unos personajes me han movido, les he cogido cariño o han pasado tiempo a mi lado, no los suelto. Se instalan en mi vida a muy largo plazo.
¿Puedo pasar por un libro o una serie de puntillas y no acordarme más de ellos? Por supuesto. Pero, si ha habido más, si he tenido curiosidad por temporadas siguientes, si los personajes llevan en mi imaginario el tiempo suficiente, soy fiel a ellos y me los quedo en el corazón.

De Alice in Borderland os hablé por primera vez en 2021, ya que si no me equivoco se había estrenado en la Navidad de 2020. Época de pandemia, ausencia de títulos interesantes para mí y una muy reciente adicción a Todome no Kiss y a Kento Yamazaki fueron los pasos que me llevaron a ella. Luego, la dirección de Shinsuke Sato (que ya en Gantz me había gustado) y la premisa estilo Battle Royale (aunque algunos ahora dirían "estilo El Juego del Calamar", que es en realidad posterior y bebe sin lugar a equivocación de fuentes japonesas). 

Hace unas semanas, Netflix ha estrenado una tercera temporada que para mí era innecesaria y así se continuó sintiendo después de haberla visto, aun a pesar de haber tenido episodios muy bien construidos. La historia de sus protagonistas ya había quedado suficientemente cerrada en la temporada 2, ¿para qué añadir más? Así que, después de haber terminado la entrega número 3 con estas sensaciones, mi cerebro no dejaba de darles vueltas al comportamiento de los personajes, al melodrama del episodio final, a las características del juego y a la razón para volver a poner a Arisu en el tablero.

¿Qué hice? Pues, tras haber acabado la 3, volví a empezar la 1 para buscar un poco de guía, recordar los acontecimientos que se me habían emborronado en la memoria y dar sentido a las decisiones de Usagi. Tras la 1 llegó la 2 (y volvió a aparecer la sorpresa total ante la presencia de Yamapi -Tomohisa Yamashita- en pelotas en varios episodios; ¡mi mente había elegido olvidar!) y revisionado de la 3. Podéis considerarme una experta en Alice, aunque dada mi capacidad de concentración y mi pésima memoria, esto no va a durar.

Ha sido un reencuentro bonito con el viaje en su totalidad. He notado de forma más clara las diferencias de carácter entre cada una de las temporadas de la serie. Cómo Arisu es en los primeros episodios una víctima pasiva de sí mismo, el modo en que asume el liderazgo después y su posición más serena cuando los años han pasado. 
La primera temporada no era tan buena como la recordaba. Es decir, ¡sí!, era sorprendente y entretenida, impactaba muchísimo y su tercer episodio era poesía pura, tal y como lo recordaba. Hay momentos inolvidables y los personajes son tremendamente carismáticos. Es cierto que en 2025 me ha costado mucho soportar a Shota y que he encontrado fallitos y machistadas propias de su contexto cultural; aun así, los juegos son geniales, la manera en que se van desvelando las capas situacionales es entretenidísima y no he podido soltar los episodios cada vez que estaba en casa.
La segunda es quizá la mejor desde mi perspectiva actual. Aunque pierde el carácter episódico de los juegos que había en la anterior, gana en profundidad de los personajes, nos permite encariñarnos de verdad con todos esos secundarios fascinantes (Kuina y Chishiya son los mejores) y desarrolla la relación de Arisu y Usagi, que finalmente deciden luchar para volver al "mundo real" juntos. El último episodio, que ya en su día me había resultado una genialidad, me ha parecido nuevamente fantástico, ya que decide abrazar las muchas teorías de los fans de un modo ingenioso, un poco tramposo y muy inteligente. Esta segunda entrega es también el final, el cierre de esa experiencia de Alicia cayendo en un mundo loco y sin sentido y persiguiendo al conejo. Todo termina.

Entonces, ¿por qué una tercera entrega? Para empezar, porque ya al final de la segunda hay pistas de que continuará y por lo que sea yo lo había olvidado. Para seguir, porque Alicia también vuelve a internarse en un mundo disparatado después de haber abandonado el País de las Maravillas; medio año más tarde, atraviesa un espejo y se enfrenta a nuevas situaciones que tiene que superar para dejar atrás la niñez e internarse en el mundo adulto. Para Arisu, han transcurrido varios años cuando comienza la tercera temporada y está en un momento vital en que planea formar una familia junto a Usagi; un cambio tan profundo en sus vidas implica unos procesos mentales imposibles de esquivar. 
En mi primer visionado, no comprendía por qué Usagi querría volver a enfrentarse a las calamidades de las que con tanta dificultad habían conseguido escapar años atrás. Me costaba defender cómo escapa sin tener en cuenta la posición en la que deja a Arisu, especialmente conociendo sus propios traumas. La actriz que la interpreta, Tao Tsuchiya, había aportado en una entrevista una razón interesante (que, en su deseo de formar una familia, primero Usagi necesitaba sanar las heridas de su propia niñez); pero, aun así, no ha sido hasta que he vuelto a darle la vuelta a toda la historia y me he reinternado en los capítulos de la temporada 3, cuando realmente he visto que la serie, aun sin dar explicaciones explícitas, realmente lo pone todo encima de la mesa.
La tercera temporada no es una temporada para fans. No aparecen los personajes más queridos (más allá de algún cameo), no nos centramos en buscar respuestas y no existe pausa entre los juegos. Es un nivel "bonus", un "años después" que simplemente representa la transición de la pareja protagonista de críos que se enamoran por primera vez, a una pareja adulta. Alicia persigue al conejo hasta un mundo rocambolesco y, si bien la idea de regresar a sus vidas está ahí, diría que se nos muestra más bien un tirar hacia delante, "encontrarnos" y superar las cosas que nos distancian y nos impiden ser todo lo sólidos que necesitamos ser.

Y luego están, por supuesto, los guiños; no nos olvidamos de nadie, no obviamos las razones por las que hemos llegado a tener una segunda y una tercera temporadas. La última es diferente, pero recoge con cariño el entusiasmo de los fans.


Para mí, ahora sí, la historia se ha cerrado. Hay una escena final que apunta a una versión yanqui completamente innecesaria, o incluso a más adaptaciones de la misma idea; pero no entra dentro de mis planes darle la más mínima oportunidad a ninguna de ellas. Lo que sí que haré algún día, y seguramente será dentro de no tanto tiempo, es volver a esta serie que ya llevo en el corazón. A su crudeza, a su impacto, a su inteligencia y a unos personajes que quiero muchísimo.