domingo, 10 de junio de 2018

Reino Unido a mordiscos

Mi forma de viajar se basa en la calma. En poder descubrir los lugares sin prisas. En no quedarme con la mera enumeración de los monumentos o puntos icónicos, sino aprovechar para escuchar, pasear y leer tranquilamente sentada en una terraza o un parque. 

Hace poco, hablando con un amigo del viaje que haré este verano a Suiza, le comentaba que en Ginebra dispongo de dos noches con sus casi tres días; y él, que ya conoce la ciudad, me respondía que con uno sobraba. De mi padre, bastante más viajado que yo, aprendí que los sitios se conocen sentándose en una plaza y hablando con alguien que pasa de camino a casa o al trabajo. Que, si tienes cinco días, es mejor dedicarlos a una sola ciudad y no hacer tres excursiones desde ella. Y, claro, no tenemos todo el tiempo del mundo y si queremos conocer varios puntos de un país no podemos quedarnos en cada uno tanto como nos gustaría, pero lo que no tiene sentido es ver las cosas aprisa y ni siquiera quedarte con las palabras básicas o el nombre de alguna calle o el sabor del plato local.




Reino Unido es un país al que volveré siempre. Hay cosas que me fascinan de él y otras que no me gustan tanto (la masificación de algunos sitios, el estilo de vida take-away...); pero a él me une una relación especial por varias razones. La primera y la más obvia, mi amor por la lengua inglesa; siempre, desde pequeña, tuve claro que me apasionaba el inglés y que quería dedicarme a algo relacionado. La siguiente es la literatura, la cantidad de obras y mitos ingleses que son fundamentales para mí y a los que vuelvo siempre. Después viene la de la revelación: mi primer viaje en condiciones fuera de España, tras las excursiones a algunos pueblos de Portugal y un fin de semana robado a París, fue a Londes; mes y medio estuvimos dos amigas y yo arriba y abajo descubriendo una ciudad que ofrece posibilidades infinitas y que nunca se acaba de conocer, y es un mes y medio que atesoro por la sensación de libertad, de tranquilidad y de comodidad que saqué de él. La última razón, y que me lleva a UK con más frecuencia de la normal, es que algunas de mis mejores amigas están viviendo allí y por tanto me muevo bastante para verlas.

No es que conozca la mayor parte de Reino Unido, ni muchísimo menos, pero sí que he estado en algunos sitios que me encantan y además tengo como propósito en la vida conocer muchísimo mejor el país; en mi fantasía, sería en coche yo sola y con un petate escueto en el maletero, hospedándome en cottages familiares y paseando entre ovejas, cementerios y localizaciones literarias. La verdad es que me gustaría conocer a fondo todos los países que he visitado y me han enamorado (Portugal, Finlandia, República Checa, Francia...), pero lo de Reino Unido es un nivel más. 

Si os digo la verdad, desde ese primer mes y medio que viví en Londres, tardé cinco años en regresar (por cuestiones económicas, más que nada). Sin embargo, pasada la primera incursión en cinco años, no he dejado de volver; de hecho, en 2018 todavía no he pisado Reino Unido (posiblemente ni lo pise este año) y se me está haciendo raro.

En esta entrada, que espero que abra serie, voy a hablar de los lugares de Reino Unido donde he estado. Si todo va bien, dentro de no demasiado le añadiré otra con sitios nuevos, y un poco más tarde otra más. Pasito a pasito, hablando con la gente y dedicándole tiempo a cada lugar.




2010 fue el primer mordisco. Recuerdo perfectamente la sensación de miedo cuando llegamos allí, solas y sin experiencia que nos ayudara. Era de noche cuando salimos de la estación de St. Pancrass, la maleta de Ruth se había roto en el viaje y casi no la podía arrastrar por la calle. El barrio se nos antojó oscuro, peligroso incluso. Era la primera vez que veía los off-licence, las balaustradas de hierro en torno a las entradas de las casas y los coches conduciendo del revés. Luego el hotel, que en realidad tampoco engañaba tanto en la nocturnidad: viejo, mal construido y mal mantenido, sucio, inolvidable

Cómo cambió Londres al abrir los ojos a la mañana siguiente, cómo nos fue enamorando a medida que pasaban los días e íbamos conociendo nuevas calles y viviendo nuevas experiencias. Llegamos un jueves o viernes y ese domingo nos fuimos a ver la final de Wimbledon; en realidad, no podíamos permitirnos la entrada, pero un trabajador del hotel nos contó que se podía pagar poquito por entrar al recinto y ver el partido en una pantalla gigante. Nadal contra Berdych, amigos.


Tendríais que vernos, en la tienda de souvenirs comprando una bandera de España; también nos pilló por allí la final del Mundial de Fútbol y la colgamos de la ventana como si nos encantara (a mí, no).


Podría hablar de Londres todo el día. De la señora que nos insistía todas las mañanas en que desayunáramos el copioso English breakfast, de mi obsesión con la BT Tower que concluyó con el traslado del aula donde estudiaba al edificio contiguo a ella, de una china a la que no conocía de nada y no me dejaba en paz, del huésped japonés del hotel que se parecía a Kanata Hongo y me ENCANTABA, de la araña gigante que nos apareció un día en la habitación y cómo fuimos a recepción a pedir ayuda (y se descojonaron de nosotras), de Bloomsbury, de Covent Garden, de Camden, de los parques infinitos, de las librerías maravillosas (cómo has cambiado, Foyles; ya no eres lo que eras), de la cripta de la catedral de St. Paul, de nuestras comidas recurrentes en el buffet de Pizza Hut y de las situaciones extrañas que sucedieron debido a los enfados continuos de una personilla.


Londres fue un regalo y lo vivimos de una forma distinta a cualquier otro viaje que pueda realizar porque no teníamos smartphones. Usábamos un mapa de papel, compramos una tarjeta prepago para poder hacer llamadas semanales a casa desde la cabina del hotel y subíamos algunas fotos a Tuenti desde el ordenador de la sala común. Nos perdíamos mil veces y descubríamos lugares que no habríamos visitado de otra forma. Caminábamos muchísimo, Eva siempre apurada y yo tres metros por detrás, y dejábamos el transporte público sólo para las distancias insalvables. Preguntábamos, ayudábamos y compartíamos de una forma que ahora me cuesta más. Descubrimos la magia de comer en el parque o en una plaza, sentadas en el suelo y con una larga sobremesa de contemplación y relax. Nos compramos un frisbee y lo llevábamos todos los días a clase para aprovecharlo después en Hyde Park o donde acabáramos. Me abrí una cuenta de Facebook por primera vez para poder mantener el contacto con la gente con la que estudiaba.




Sólo hicimos dos excursiones desde Londres, y no me pesa en absoluto porque disfrutamos de la ciudad al máximo y la conocimos muy a fondo. 

La primera excursión la "impuse" yo. No podía irme de Reino Unido sin conocer la ciudad de nacimiento de Shakespeare (discusiones sobre la identidad del bardo, aparte) y arrastré conmigo a mis amigas. Stratford-Upon-Avon es un sitio al que tengo muchísimas ganas de volver porque me encantó. Me enseñó lo que es en realidad una típica ciudad inglesa, además de estar LLENA de referencias a Shakespeare y actividades relacionadas con él. 




Me emocioné mucho al visitar la casa de nacimiento de Shakespeare. Me costó no llorar allí mismo. Fue bonito descubrir con qué mimo los ingleses tratan su tradición y se esfuerzan por mantenerla siempre viva. Firmamos en el libro de visitas y escuchamos los sonetos recitados por un actor en el jardín del cottage. 

También visitamos la iglesia donde está enterrado y vivimos una de las situaciones más surrealistas de nuestra vida cuando descubrimos un rincón para niños lleno de disfraces y el párroco nos instó a ponérnoslos. 


Nunca lo entenderé.
Disfrutamos como enanas recorriendo las avenidas llenas de casas medievales y renacentistas, las plazas pobladas de turismo y las márgenes sosegadas del río.


La otra excursión fue a una de las ciudades que todo el mundo visita, pero que realmente merece la pena ser visitada. Oxford es pequeñita, pero encantadora, llena de arquitectura impresionante y de estudiantes y graduaciones (al menos, en aquel momento; en una de las facultades se creyeron que íbamos a una graduación y nos metieron en ella). En realidad, recuerdo que el día que pasamos en Oxford fue el primero que me agobié por el turismo: el centro estaba TAN lleno de gente que huimos hacia otras zonas.




Una de las cosas que recuerdo con más cariño es un museo que nos topamos de pura casualidad: el Ashmolean, una suerte de British más reducido y sin esa masificación, lleno de piezas de la Antigüedad Clásica. Ese día tocó Pizza Hut, pero fuimos tan tarde que empezaron a retirar las pizzas del buffet cuando apenas estábamos empezando a comer; muy mal, Oxford.


Inolvidable, nuestra particular jornada de puertas abiertas.


A Londres he vuelto ya unas cuantas veces, ya haya sido de paso o con una semana de margen. Cada vez he descubierto nuevas calles, cosas nuevas en las que ya conocía, y cambios. Es una ciudad apasionante que nunca acaba de conocerse y, para mí, lo tiene todo: la cultura viva, el patrimonio dinamizado, la naturaleza, las zonas de tiendas, hasta la comida (en serio). Es increíblemente fácil, pese a que las últimas veces la cantidad de gente se me ha hecho excesiva, encontrar rincones en los que respirar casi en soledad. 




Ocasiones posteriores.
Además de los sitios por los que me moví en 2010, a lo largo de los años he conocido algunas otras zonas de Reino Unido. 

Sin salir de Inglaterra, he estado en dos lugares que deseaba pisar desde siempre: Salisbury y Nottingham. 

Salisbury es el emplazamiento del famosísimo Stonehenge, pero la ciudad en sí me sorprendió. No es más que una típica ciudad inglesa de las pequeñitas pero que lo tienen todo; sin embargo, su zona histórica merece un paseo tranquilo y la catedral, además de ser preciosa, tiene la torre más alta de Reino Unido. Y sí, subí arriba de todo y sí, me dieron un pin que dice "I conquered the heights", o algo similar; no sé dónde lo tengo. Mi amiga Mine y yo nos enamoramos del guía, que nos explicó muy bien el proceso de construcción y reformas varias de la torre. En esta iglesia también está una de las copias de la Carta Magna, y viéndola también nos enamoramos de la señora nonagenaria que la explicaba.




Stonehenge está bien oculto y el monumento no se ve hasta que lo tienes delante de las narices. Y mi primera reacción fue: "Lo esperaba más grande", pero tampoco es que sea pequeño. A veces es raro ver con tus ojos esas cosas que has contemplado en fotos veinte mil veces; cuando fui a Oviedo y me encontré con Santa María del Naranco, fue un impacto muy fuerte, como de ficción hecha realidad. En este caso, hubo más incredulidad, como que no lo asumía. 


A Nottingham tenía que ir algún día sí o sí por mero respeto a mí misma. Desde niña, siempre me ha llamado muchísimo la atención la figura de Robin Hood, más la idea misma o el cuento que las versiones cinematográficas. Después me enamoré de Jonas Armstrong y leí la versión de Howard Pyle, que es uno de mis libros favoritos y espero que sea enterrado conmigo. Así que sí: planeé unos días en Nottingham, a medio camino entre Londres y Escocia, y posteriormente descubrí que había tenido la suerte INMENSA de coincidir con el Robin Hood Festival que se celebra cada año en el bosque de Sherwood. O SEA: NIÑA DE TRES AÑOS CUMPLE EL SUEÑO DE SU VIDA. Irreal, de verdad. Increíble. 

Nottingham en sí, como ciudad, es normalita. Tiene lo que todas las ciudades de Reino Unido: una arquitectura bellísima, toda franquicia imaginable, un castillo, pubs enxebres a dar con un palo y gente encantadora al punto de: estoy caminando, llego a una parada de autobús y me pongo a mirar el mapa porque no sé muy bien dónde estoy; arriba un autobús sin haberlo llamado y sin haber nadie más y el conductor me pregunta si me puede ayudar en algo. Lo que es normalito en UK, vaya. Bonita con ganas. 


Menudo verano pasado por agua, y la parka de Primark era de todo menos impermeable.


Al bosque de Sherwood se puede acceder desde muchos sitios, pero el Visitor Centre está en la villa de Edwinstowe (han hecho uno nuevo, pero creo que está en el mismo sitio que el anterior).

Si ver con mis ojos Stonehenge fue raro, estar de pronto en el bosque de mis cuentos favoritos rodeada de niños con gorritos verdes y grupos de música folk en claros entre la arboleda fue otro nivel. Reino Unido sabe cuidar sus tradiciones y el Festival de Robin Hood es un ejemplo claro de ello: con actores, representaciones, tiendas tradicionales, música, actividades infantiles y ambientación medieval se contribuye a concienciar al asistente de lo importante que es cuidar un bosque que en su día ocupó muchísimo más espacio que hoy.

Edwinstowe también me conquistó en el momento en que, acercándome a la iglesia del siglo XI donde se supone que se casaron Robin Hood y Maid Marion, empezó a caer el chaparrón del siglo: resultó en que las señoras de la iglesia me acogieron y me dieron un buen tour por ella por la cara. Estando allí, entró a resguardarse una señora con un perrito y les comenté que me fascinaba que dejaran entrar animales y que en España no sucedía; me dijeron que no estaban permitidos, pero que estaba lloviendo y nadie más tenía por qué saberlo.


En Escocia he estado dos veces y las dos me han sabido a poco. Sé que volveré siempre que pueda mientras mis amigos Mai, Héctor y Kae vivan allí, pero posiblemente lo haré incluso cuando ya no lo hagan. 

Edimburgo es una ciudad bellísima. A nivel arquitectónico y de calles, deja sin aliento. Luego están esos cementerios verdes y las vistas desde Calton Hill: agujas de piedra ennegrecida, el castillo allá en lo alto, el Arthur's Seat destacándose contra el cielo. Los pubs son maravillosos, el Fringe (el Festival de Teatro y Artes Escénicas) aporta a la ciudad un ambiente incomparable y me apasiona escuchar hablar a los escoceses. 




Mis amigos me llevaron también a Stirling, muy cerquita de Edimburgo, donde está el monumento a William Wallace y otras cosas preciosas como campo, ovejas, abadías en ruinas y un castillo medieval imponente en el que no llegué a entrar.

Con ellos, con mis amigos de Escocia, pasé unos días de 2017 en la Isle of Skye, en las Highlands, y descubrí una de esas zonas todavía puras y sin invadir por la globalización malsana. Nos alojamos en una casa-caravana en Broadford y desde allí nos fuimos desplazando en coche a sitios alucinantes, a ritmo de metal y cantos gaélicos, sorteando vacas, en medio de paisajes verdísimos y de formas como no había visto nunca antes. A ratos, era Escocia de póster pura; de pronto, parecía Islandia. Los nombres de algunos sitios nos recordaban a los mundos de Tolkien y nos fascinaba repetirlos. La parquedad de las señales y el hecho de que no hubiera red telefónica en el 99% de la isla nos llevaron a usar para orientarnos un escueto mapa turístico que simplificaba las carreteras al máximo; sin embargo, nos apañamos bastante bien. Prácticamente, no había tiendas, ni restaurantes, ni nada. En Broadford, una de las dos "urbes" de la isla, teníamos el único supermercado en millas y un fish&chips asqueroso, además de algún hotelillo que daba comidas. Skye es lo más bonito que he visto y me muero por volver algún día. Además de descubrir paisajes inolvidables como The Storr, Sligachan, Elgol o las casitas de Portree, hicimos un viaje desde Uig en barquito pequeño para ver a los frailecillos y focas que viven en algunas islas próximas a la costa; el capitán y guía, Andy, era increíble y sabía muchísimas cosas de las aves y del mar, pero además consiguió con nosotros una complicidad que sólo puede darse en grupos pequeños, al punto de que los cuatro coincidimos en que volveremos a hacer esa excursión con ese señor.




Inolvidables otros puntos como el castillo de Eilean Donan, Glencoe con sus Three Sisters y el apuradísimo descanso en Fort William. Maravillosa nuestra caravana con vistas y mágico el momento en que divisamos desde el coche al mismísimo Espíritu del Bosque de La Princesa Mononoke: el ciervo más precioso del mundo, solo en la naturaleza, con una cornamenta enorme y perfectamente simétrica.  


Para terminar, y ya que hablamos de sitios avistados con menor detención, tampoco puedo evitar mencionar el hecho de que me he hecho dos veces Londres-Edimburgo en tren (contemplando desde la ventanilla sitios preciosos como Newcastle-Upon-Tyne o York), lo cual prácticamente significa haber recorrido la isla de norte a sur. Hablando de trenes, también tuve un par de horas muertas en un pueblo llamado Newark-On-Trent que olía muchísimo a estiércol. 

Así que no, no conozco un porcentaje elevadísimo de Reino Unido, pero es mi país recurrente por excelencia y amo cada una de las visitas que le dedico. He conocido lugares fascinantes dentro de él y me muero por otros como Irlanda del Norte, Canterbury, Liverpool, Chester, Bath... Me muero por seguir recorriendo el país a mi paso, que es lento pero consistente, que disfruta de cosas pequeñas como un puente sobre las vías del tren o una aldea medio olvidada.

Ojalá pueda compartir un añadido a esta entrada pronto, y ojalá pueda respirar Londres y UK muchas, muchas veces.

viernes, 8 de junio de 2018

Voces para la vida: Ryo


Mi sensibilidad auditiva está muy desarrollada. Tantos años amando incondicionalmente la música me han hecho especialmente susceptible de alcanzar orgasmos emocionales ante ciertos sonidos. Es un impacto que también se traduce de forma física, pues el estómago se me contrae a modo de respuesta y mi mandíbula deja de obedecer órdenes.

El sonido del bajo eléctrico, por ejemplo, es una de mis cosas favoritas del mundo. Una canción me resulta infinitamente mejor si la línea de bajo es interesante y dinámica, en vez de usar el instrumento como mero apoyo rítmico; y un tema donde haya un solo de bajo ya tiene muchísimas papeletas para que lo ame. Quizá por esto me acercara, en su día, a la música japonesa como lo hice.

Bastante tiempo atrás, escribí una serie de entradas (1, 2 y 3) hablando de voces que me gustaban. No es que haya cambiado de opinión porque todas ellas siguen contándose entre mis favoritas, pero la vida me ha reafirmado en unas y me ha presentado otras nuevas. Hace ya tiempo que quería compartir algunas de las voces que me ponen la piel de gallina: ya no que me gusten mucho, sino que provoquen en mí efectos evidentes e inmediatos con sólo escucharlas. La mayoría son voces masculinas porque, en general, es más fácil que me atraigan (vuelvo al tema del bajo y las notas y timbres graves); pero hay algunas femeninas que también me arrancan directamente las bragas, de modo que esta serie indefinida de entradas va a ser un batiburrillo de sonidos vocales que me parecen sublimes y pagaría por escuchar todo el tiempo.

He decidido empezar por Ryo, cantante japonés cuya voz es sin duda una de las más reconocibles del rock de su país y cuyos proyectos musicales tienen ese sello propio de delicadeza que siempre me acaba enamorando.

La primera canción que escuché cantada por él ya me dejó sin aliento: se trataba de Sink, uno de los primeros temas del grupo 9GOATS BLACK OUT, allá por 2007. 


Lo que me fascinó de inmediato de la parte vocal del tema, más allá de los giros drásticos y su amplia tesitura, fue la capacidad de la voz de Ryo para acoplarse a ese tono atmosférico de la música de 9GOATS: desde el punto casi susurrado, a algunas partes de más dureza, en una canción sencilla pero desnuda. Me transmitió vulnerabilidad, honestidad, humanidad. En la versión de estudio, nos deja escuchar a momentos su respiración, casi el proceso de articular las notas.




De 9GOATS BLACK OUT me enamoré por todo: las letras profundamente poéticas de sus canciones, esas melodías cargadas de melancolía, lo increíble que era el sonido en directo, la sensibilidad con la que se entrelazaba la guitarra con la voz. Y fue un palo que se separaran tras una trayectoria tan breve porque daba la sensación de que quedaba mucho por ofrecer.

Lo bueno, lo único bueno de decir adiós a un grupo tan único, es que los siguientes grupos de Ryo  (en activo la mayoría) incorporaron parte de la esencia de 9GOATS y me dieron la oportunidad de seguir escuchando una de las voces que me hacen olvidarme de respirar. 

Algunos de estos proyectos: HOLLOWGRAM, KEEL y DALLE. Parecidos en algunas cosas, opuestos en otras aristas de su sonido, todos llenos de emoción y de desnudez. Y es que hay pocos cantantes que consigan transmitirme este grado de intimidad, como si me estuvieran cantando al oído.  

DALLE me fascina porque no deja de ser una banda liderada por Közi, conocidísimo por su etapa en Malice Mizer, y la huella del pedazo de músico que es ese hombre es muy evidente. Es experimental, atrevido, arrollador. Y la voz de Ryo parece hecha para deslizarse entre esa maraña única de sonidos. 


HOLLOWGRAM es mi grupo favorito de los activos en este momento, también porque es el más accesible desde fuera de Japón; pero realmente me recuerda en muchas cosas a 9GOATS y por tanto me emociona.


No he mencionado hasta ahora los falsetes de Ryo, pero son claramente una de sus señas de identidad y una de las claves de la emocionalidad de su voz. Tampoco creo que sea nada sencillo pasar de un gutural a un falsete afinado, o viceversa; y lo hace en directo como si fuera lo más normal del mundo. Otros rasgos que me fascinan del sonido de Ryo: ese lado metálico de su timbre, las partes más sencillas y lentas que canta desde la contención, las formas de su voz más gruesas y que envuelven.

En realidad, es muy difícil expresar con palabras la cantidad de matices que encuentro en ese timbre único y en una forma de cantar que me resulta tan sincera y, aun con artificios, en cueros. 


La primera vez que escuché a 9GOATS BLACK OUT, la voz me dejó sin aliento. Y cada vez que me reencuentro con cualquiera de las canciones de Ryo, me vuelve a suceder lo mismo. Y, al final, yo creo que la vida es maravillosa por estas pequeñas cosas que nos hacen inmensamente felices, como enamorarnos de una voz.

jueves, 10 de mayo de 2018

Gracias, Fariña

Imagen de elmundo.es


España es un país de rencillas. De desprecios, de envidias, de menosprecios; también lo es de otras muchas cosas, pero eso está ahí. Es un país de enfrentamientos entre pueblos: desde A Merca contra Rabal de Arriba, hasta Valladolid contra León, pasando por Íscar y Cuéllar o Vigo y A Coruña. Quizá sea internacional; en Finlandia escuché unos cuantos chistes de suecos y es un hecho que a un escocés no le duele lanzarle una pullita a un inglés.

Aunque el lugar común al que hoy en día van dirigidos los odios de gran parte de España sea Cataluña (Murcia para los chistes), lo cierto es que, como gallega, siempre me he sentido despreciada. Despreciada no sólo por las gentes de lugares más importantes en los presupuestos del país (he escuchado mucho eso de "las provincias"; me han dicho, un día que no había cobertura en Madrid, que debía de sentirme como en casa; y han alabado que no tuviera acento), sino por los presupuestos en sí, por los políticos a los que no les quitan el sueño nuestros incendios; y los medios de comunicación en los que ningún andaluz, canario o manchego (por poner ejemplos) debe disimular su acento, pero nosotros sí. Hasta 2014, el propio diccionario de la RAE daba a gallego los significados de tonto y tartamudo.

Las cuestiones que son meros chistes o que vienen de la ignorancia no me molestan; tengo la piel lo suficientemente gruesa como para que no me ofenda (ni exija la censura de) el humor. Pero lo poco que España reconoce y valora nuestra cultura distintiva, eso sí me duele. Que el acento gallego sea censurable me duele. Que la preservación de nuestra lengua importe menos que la enseñanza del inglés me duele. Que, estando a 43 grados en Ourense, digan en unos informativos que la máxima de España está en Alicante con 38 grados me duele. Que todo lo que se conoce de nosotros sean tópicos duele.

Y el hecho es que el propio narcotráfico es un tópico de gallegos. Sin embargo, si existe historia de narcos gallegos digna de ser contada, es ésta: real, trapalleira como nosotros, improbable, actual, que marcó generaciones y municipios enteros, que salpicó a las autoridades, a los políticos, a los vecinos que miraban hacia otro lado y a los jóvenes que se enganchaban a la fariña

Imagen de lne.es

Hay una razón por la que tantos gallegos hemos gozado a tope de esta serie y agradecemos tanto que se haya hecho, y va mucho más allá de la historia y de los hechos en sí.

Esta serie nos ha reivindicado. Ha reivindicado nuestro audiovisual de altísima calidad, a nuestros excelentes actores (¡han pasado TANTOS míticos por Fariña que es muy difícil enumerarlos a todos!), nuestra música excepcional, nuestros paisajes, nuestras costumbres. Sobre todo, nuestra lengua (nuestras lenguas), porque por primera vez pudimos escuchar tanto el acento gallego como muchísimas palabras y expresiones en gallego en una televisión nacional; y toda la serie está rodada en castrapo, que a fin de cuentas es igual de nuestro que el gallego en sí.
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Finalmente, Fariña, a través de la rocambolesca historia de los narcos de las Rías Baixas, ha transmitido de una forma muy verídica lo que somos los gallegos como pueblo: en lo bueno y, especialmente, en lo malo. 

Y esa representación es importantísima porque es extremadamente raro verla en un producto comercial dirigido al público español en general.


De Fariña me llevo el "cara de cona", esa secuencia impresionante de la primera descarga en la Ría de Arousa al ritmo de Galicia Caníbal, la reunión en pantalla de Morris y Ernesto Chao, a los inolvidables Charlines (todos ellos), la soberbia actuación de Carlos Blanco, esa fotografía maravillosa del faro de Corrubedo, el juicio surrealista del último episodio y los gritos de Pilar Charlín a las madres manifestantes: "¡Iros a hacer la comida, que os es mucha hora!". Me llevo a Javier Rey, me llevo el uso magistral de la canción de inicio, me llevo ese episodio en que todos los maridos se tienen que refugiar en Portugal y ellas demuestran quién tiene el control. Me llevo la magnífica caracterización e interpretación de Esther Lago por parte de Eva Fernánez. Me llevo el respeto puesto hacia todos los participantes reales de la historia: delincuentes y víctimas, a veces grises todos ellos. Me llevo ese cariño que se desprende de cada secuencia de la serie desde su primer momento. 



Gracias, Fariña. Ojalá crees escuela.