martes, 14 de noviembre de 2017

Hallatar: luto a corazón abierto

martes, 14 de noviembre de 2017
Pero, fundamentalmente, esto es lo que hemos hecho siempre los artistas. Cogemos nuestro dolor y lo transformamos en algún tipo de narrativa, en un espectáculo o en una historia; en algo... distinto. Enmarcamos nuestro trauma lo mejor que sabemos y lo ofrecemos. En el mejor de los casos, es un regalo; en el peor, es un producto. Y la cantidad de respeto que otorgamos a nuestros artistas parece ser directamente proporcional a la corrección, a la autenticidad, al desinterés con el que ellos son capaces de tomarse una selfie emocional como ésta.

Así se refería, en el artículo que os enlazo, Amanda Palmer a One More Time With Feeling, el documental que nos acercó a la desgracia de la muerte del hijo de Nick Cave en 2015. Cuando me di de bruces con Hallatar, a quienes mencioné en mis Favoritos de Octubre, una de las primeras cosas que se me vinieron a la cabeza fue esta bellísima y desnuda reflexión de Amanda. Y es que los temas son comunes: música, luto, dolor, autopsia emocional. Hallatar no es sólo música, pero es la forma más pura de música.

Me encontré con el grupo de forma accidental y entré a ver de qué se trataba al notar la presencia de Gas Lipstick (ex-HIM; HIM es y será siempre uno de mis grandes grupos favoritos, parte indispensable de mi biografía y de mi atlas sentimental) y de Tomi Joutsen (cantante de Amorphis, poseedor de una voz y de una forma de entender la vida y el arte que amo sin reservas). No me di cuenta, en un primer momento, de que ellos, si bien indispensables, estaban en segundo plano. De que todo este proyecto era cosa de otras dos personas, trascendentes y rotas en pedazos como es necesario estarlo para Sentir, para Amar, para Llorar en mayúsculas: Juha Raivio, compositor de la música; y Aleah Starbridge, autora de cada palabra.

Ignoro en qué momento de sus vidas se toparon Juha y Aleah. Sé que se fundieron a nivel musical en un proyecto llamado Trees of Eternity. Sé que se fundieron también a nivel personal en una relación que duró siete años. Y entonces se interpuso el cáncer, y Aleah falleció en abril del año pasado. Y Juha sintió que se volvía loco, pero recuperó el sentido de su vida cuando comenzó a recuperar textos que ella había dejado y decidió prendarlos de melodía y convertirlos en una oda a la persona a la que iba a amar toda su vida.


Hallatar es un poema. Es una nota de suicidio, la que alguien deja antes de desprenderse de quien es para tornarse en algo nuevo. Es el llanto cuando no quedan lágrimas. El luto por una parte de nuestro corazón irrecuperable. Un grito desgarrado con el que nos desafiamos a Vivir. Es música desnuda, despedazada, cargada de amistad y amor y dolor y desesperación. Es la confianza de dos amigos que deciden cargar con parte del dolor de otro. Es la forma única de entender el mundo de una persona que ya no está en él, pero cuyas huellas son imborrables para alguien. Es el susurro y el gemido y el desgarro y la nana del enamorado que ama por completo y se entrega y sin embargo debe mantener su entidad propia.
Es un canto a la vida, la declaración de intenciones de quien planea seguir adelante aun a costa de sí mismo. Es fuerza, es valor, es vulnerabilidad y luz.

Las palabras de Aleah, en una sencillez preñada de precisión, reflejan de la forma más honesta el dolor de Juha, y es difícil y sencillo de entender la magnitud de su conexión, de su apertura mutua, del vínculo que les une más allá de la vida y de la muerte. Canciones de amor como The Maze y Melt describen la vorágine de miedos que conlleva la desnudez; la caída, el amoratamiento que implica la libertad absoluta, la entrega vulnerable a otro; cómo esa unión les hizo encontrar una versión más verdadera de sí mismos y sin embargo les cambió. Juha convierte en guturales las palabras dulces y en carne viva de Aleah.
Temas más salmódicos y oscuros como Severed Eyes o My Mistake (con Heike Langhans) son entonados con voces limpias que transmiten el dolor a través de la simplicidad.

Vale la pena sufrir el viaje a nuestras propias entrañas que es escuchar a Hallatar. Vale la pena enraizar en ese dolor y ser parte del proceso de catarsis como Gas y Tomi decidieron serlo por su amigo. Vale la pena, siempre, abrirnos en canal e identificar cada una de las piezas que nos hacen ser quienes somos y ser buenos y malos y estúpidos y reales. Vale la pena el trauma. Vale la pena la resurreción. 

Hallatar es una Carta de Amor. Y no hay nada más bello y puro en el mundo que una Carta de Amor.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Favoritos de octubre

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Sabes que estás casi en los treinta cuando se te van los meses como si durasen la mitad de lo que duran. Octubre ha sido un visto y no visto, un no parar de descubrir rincones nuevos de la Mariña lucense, un reencontrarme con personas a las que hacía años que no veía, un asistir a la boda de una amiga a la que cuando conocí no quería saber nada de relaciones. En fin. Sigo estando muy contenta de haber vuelto a Galicia, de la cantidad de tiempo libre que tengo este curso y de poder oler el mar siempre que quiero.

En cuanto a ficción, el mes ha sido especialmente estéril, pero algo ha caído.


Películas


Si bien este mes no me he enamorado de ninguna producción cinematográfica, voy a mencionar un par que me han parecido bien:

-Drive (2011). Protagonizada por Ryan Gosling y Carey Mulligan, habla de la violencia y de la dificultad para escapar de ella como forma de vida. Es una película que tiene un protagonista interesante, algunas escenas muy memorables (la del ascensor no creo que la olvide) y está bien hecha, pero me resultó algo pretenciosa. De esas que piden a gritos ser de culto.

-El verano de Sangaile (2015). Cinta lituana dirigida por Alanté Kavaïté, nos hace acompañar a su protagonista a través de un verano que marca su desarrollo personal y el paso de adolescente a adulta. Explora el miedo, la personalidad y las relaciones. Sin ser una maravilla, es entrañable y tiene imágenes preciosas, como toda la escena de los tutús con luces.

Otras dos que he visto: Ya no me siento a gusto en este mundo (2017), que me pareció interesante aunque muy irregular; y La vida de Adèle (2013), que encontré bastante desaprovechada y cuyas escenas sexuales todavía no comprendo que causaran tanto revuelo: ni son especialmente realistas, ni me parece que en 2013 pudieran provocar tanta controversia.


Series

Este mes no he visto prácticamente nada nuevo. Me he tragado una vez más las tres temporadas de The Musketeers y he empezado un par de doramas, pero no he terminado ninguno. 
¿Que ya es hora de empezar Stranger Things? Puede, pero me comentan que la segunda temporada da bastante miedo y no estoy dispuesta a pasarlo mal yo sola.
¿Que American Gods hay que irla terminando? Sí, pero me da una pereza...


Libros


Estoy justo en el medio de una relectura de Los tres mosqueteros, así que cuando lo termine tendréis noticia de ello. También he empezado, como siempre, varios títulos que aún tengo entre manos y me he comprometido a leer La letra escarlata; lo haré ya pasado Halloween, pero algo es algo.
Los tres libros que he terminado me han gustado mucho:

-Station Eleven, de Emily St. John Mandel. Aunque en la contraportada todas las palabras aludan al hecho de que es una distopía postapocalíptica, no es eso lo más importante de esta novela: eso es sólo contexto. Lo importante es cómo una serie de personajes interrelacionados entre sí afrontan el final del mundo tal y como lo conocían y la creación de uno nuevo con nuevas normas. Es una obra reflexiva, profunda sin caer en dramatismos baratos y muy realista. Los personajes tienen voces propias y nos enganchan con sus respectivas historias. La forma de escribir de la autora es poética y cuidada. Muy buena novela.

-La historia de Kullervo, de J.R.R. TolkienCreo que es un libro para muy pocos: es una curiosidad, un batiburrillo de apuntes que vienen a introducirnos en los orígenes del universo de Tolkien, partiendo del Kalevala finlandés y en un principio a imagen y semejanza de éste. Se introducen muchos de los elementos, además, que luego aparecerán en sus novelas y en su Tierra Media, pero desde una distancia considerable.
Incluye dos versiones del guión de una charla sobre el Kalevala, que para personas que no tengan ni idea del tema no creo que sean muy interesantes, pero que yo he devorado como la obsesa de Finlandia que soy. Me encantó.

-Beatriz (Satanás), de Ramón María del Valle-Inclán. Hablé de este relato en mi última entrada y no voy a profundizar mucho más. Es una historia gótica ambientada en la casona de una Condesa, cuya hija parece estar poseída por el Demonio. Breve, sorprendente y muy atmosférico. 


Música

Mi gran descubrimiento musical de este mes ha sido Hallatar, un grupo formado por: Juha Raivio (Swallow the Sun), Gas Lipstick (ex-HIM) y Tomi Joutsen (Amorphis). Llegué al proyecto por casualidad y me hizo quedarme la presencia de Gas y Tomi. Ha sido lo mejor que he hecho este año.
Hallatar es un homenaje a Aleah Starbridge, cantante y pareja de Raivio fallecida de cáncer. Las letras de todas las canciones son poemas escritos por ella, y el disco entero (titulado No Stars Upon the Bridge) es una obra de arte que desnuda el dolor y el luto como pocas veces se ha hecho.
Es una verdadera joya y no puedo dejar de recomendarlo.






En fin, ha sido un mes algo flojito, pero es que me he pasado muchas horas explorando la provincia maravillosa de Lugo y no me ha dado para más ficción. A ver si noviembre me rinde. 

¡Hasta la próxima!

domingo, 29 de octubre de 2017

Antroponimia literaria: Beatriz - Parte III

domingo, 29 de octubre de 2017

Hace cuatro años, publiqué en este mismo blog dos entradas tituladas Antroponimia Literaria (1 y 2), en las que mencionaba a algunos de los personajes de la historia de la literatura que han respondido al mismo nombre que yo. 
Explicaba que me enamoré de mi propio nombre con el paso de los años, cuando me encontré con la musa de Dante Alighieri y con la dama obstinada de Shakespeare. Y, además de esas dos, también incluí en la enumeración a las respectivas Beatrices de Charles Baudelaire y de Lewis Carroll.

Ayer, pensando en la situación de Cataluña/Catalunya y en lo surrealista (e inaceptable, por ambas partes) que me resulta todo lo que está sucediendo, decidí que era el momento de leer alguno de los esperpentos de Valle-Inclán. La verdad es que hace mucho que quería iniciarme en ellos (más allá de los fragmentos que estudiábamos en el instituto) y una semana atrás estuve de pasada junto a su museo en A Pobra do Caramiñal; total, que ayer decidí que era el día de encontrar en la ficción alguna conexión que justificara esta realidad tan absurda que tenemos ahora mismo en el país. Me puse a buscar en la biblioteca de mi e-reader y, aparte de Luces de bohemia, encontré otro título del autor pontevedrés: Beatriz (Satanás). Y ya sabéis.

Beatriz (Satanás) es un relato corto que se puede enmarcar dentro de la narrativa gótica por su ambientación, por los elementos sobrenaturales que aparecen en ella y por la sorpresa que encierra. Del personaje de Beatriz se sabe poco, ya que la historia se centra en el momento en que se encuentra traumatizada, poseída por el Demonio, según creen su madre la Codesa y el resto de personas de su entorno inmediato. Beatriz es sólo una niña lastimera que yace en una cama enfrentada a un enemigo que la consume.

Beatriz parecía una muerta: con los párpados entornados, las mejillas muy pálidas y los brazos tendidos a lo largo del cuerpo, yacía sobre el antiguo lecho de madera, legado a la Condesa por Fray Diego Aguiar, un Obispo de la noble casa de Barbanzón tenido en opinión de santo. La alcoba de Beatriz era una gran sala entarimada de castaño, oscura y triste. Tenía angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas, y puertas monásticas, de paciente y arcaica ensambladura, con clavos danzarines en los floreados herrajes. El Señor Penitenciario y Misia Carlota, la Generala, retirados en un extremo de la alcoba, hablaban muy bajo. El canónigo hacía pliegues al manteo. Sus sienes calvas, su frente marfileña, brillaban en la oscuridad. Rebuscaba las palabras como si estuviese en el confesionario, poniendo sumo cuidado en cuanto decía y empleando largos rodeos para ello. Misia Carlota le escuchaba atenta, y entre sus dedos, secos como los de una momia, temblaban las agujas de madera y el ligero estambre de su calceta. Estaba pálida, y sin interrumpir al Señor Penitenciario, de tiempo en tiempo repetía anonadada:-¡Pobre niña! ¡Pobre niña!

A pesar de su brevedad, el relato encierra una reflexión muy interesante sobre la verdadera naturaleza del horror y los monstruos. 


Hay todavía otra Beatriz literaria de la que no había hablado, pero a la que conocí hace un año o dos, al leer La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón (en su día, le dediqué algunos párrafos a mi opinión sobre esa novela). Esta Beatriz (Bea) funciona como interés amoroso del protagonista, Daniel; y, aunque no llega a interesar mucho más allá de eso, hay algunos fragmentos bastante bonitos que hablan de ella. Si algo me gusta de Zafón, son sus descripciones y ambientación.

Tomás tenía una hermana un año mayor que nosotros, Beatriz. A ella le debía nuestra amistad, porque si no la hubiese visto aquella lejana tarde de la mano de su padre, esperando el término de las clases, y no me hubiese decidido a hacer un chiste de pésimo gusto sobre ella, mi amigo nunca se habría lanzado a darme una somanta de palos y yo nunca hubiera tenido el valor de hablar con él. Bea Aguilar era el vivo retrato de su madre, y la niña de los ojos de su padre. Pelirroja y pálida a morir, se la veía siempre enfundada en carísimos vestidos de seda o lana fresca. Tenía el talle de maniquí y caminaba erguida como un palo, pagada de sí misma y creyéndose la princesa de su propio cuento. Tenía los ojos azul verdoso, pero ella insistía en decir que eran de color «esmeralda y zafiro». Pese a haber pasado un montón de años en las teresianas, o quizá por eso mismo, cuando su padre no miraba, Bea bebía anís en copa alta, gastaba medias de seda de La Perla Gris y se maquillaba como las vampiresas cinematográficas que perturbaban el sueño de mi amigo Fermín. Yo no podía verla ni en pintura, y ella correspondía a mi franca hostilidad con lánguidas miradas de desdén e indiferencia. 
Bea tenía un novio haciendo el servicio militar como alférez en Murcia, un falangista engominado llamado Pablo Cascos Buendía, que pertenecía a una familia rancia y propietaria de numerosos astilleros en las rías. El alférez Cascos Buendía, que se pasaba media vida de permiso merced a un tío suyo en el Gobierno Militar, siempre andaba largando peroratas sobre la superioridad genética y espiritual de la raza española y el inminente declive del Imperio bolchevique. 
—Marx ha muerto —decía solemnemente.  
—En 1883, concretamente —decía yo. 
—Tú calla, desgraciado, a ver si te pego una leche que te mando a La Rioja. 
Más de una vez había sorprendido a Bea sonriendo para sí ante las sandeces que profería su novio el alférez. Entonces ella alzaba la mirada y me observaba, impenetrable. Yo le sonreía con esa cordialidad débil de los enemigos en tregua indefinida, pero apartaba los ojos rápidamente. Antes me habría muerto que admitirlo, pero en el fondo de mi ser le tenía miedo.



¿Me vais a decir que soy la única loca que va por ahí leyendo todo lo que lleva su nombre? No sé los vuestros, pero el mío tiene una presencia importante en la literatura y me alegro de haber podido escribir una tercera parte para esta sección. 

¿Habrá cuarta? ¡Ojalá!
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