viernes, 17 de julio de 2026

Samsara

Mola tener un blog porque te recuerda cosas que ya no estaban en tu cerebro. Yo venía a contaros cómo hace un año, en una noche tonta de esas siendo una eterna adolescente charlando con Mai, manifesté el regreso de D'espairsRay y continué en mi empecine días más tarde luciendo la camiseta de la gira a la que asistí en el año 2007. Ahora busco el nombre del grupo en mi propio blog para enterarme de que el día que anunciaron que se separaban, allá por 2011, también estaba vistiendo la misma camiseta.


Qué tengo de especial con ellos para que se den tantas casualidades, no lo sé. No se han ido nunca ni de mi vida musical ni de mi imaginario, pues en una realidad paralela que alguna vez escribí ellos eran mis amigos y aún me monto películas en mi segunda vida mental en las cuales tenemos una relación personal. Quizá no haya tanta gente pensando tanto en ellos como yo, aunque sea desde la más pura ficción. La cosa es que hace algo más de un año llegué sin querer a la cuenta de Instagram de Karyu (para entonces, Hizumi ya volvía a cantar y tenía su nuevo proyecto
NUL.; y yo seguía las cuentas de sus respectivos grupos) y se lo hice saber a Mai, y mientras le llegaba esta información a mi amiga pude localizar los perfiles personales de los otros tres con facilidad. Fue la forma en que descubrí que los tres tenían sin Hizumi un nuevo grupo (Luv PARADE) con Taka (amigo de todos ellos), y también que un par de días antes Hizumi había ido a verles tocar. Muertas de risa observamos el alto privilegio en el que nos encontrábamos: Tsukasa tenía 500 seguidores, Zero no llegaba a 200. Era tremendamente fácil ser leídas dejándoles comentarios, pues apenas recibían. Ni confirmo ni desmiento que en esos días mi personalidad mutara en spammer profesional pidiendo en sus publicaciones que regresaran los cuatro juntos, que pisaran de nuevo Europa y dejándoles saber que les quiero con mi vida.

2025, días más tarde. Me pongo la camiseta, le grito al mundo que esto tiene que suceder y voilà! Un par de meses después, nace una cuenta de Instagram del grupo y algo empieza a moverse. En septiembre anunciaron un concierto especial y la subida de toda su música a Spotify, y siendo un grupo japonés todo podría haberse quedado perfectamente en eso (muchos han hecho un par de conciertos para el recuerdo y ea), pero es que olía tanto a otra cosa. Se habían hecho una nueva sesión de fotos, eso no podía ser sólo para un concierto. 

No recuerdo bien cómo se precipitó todo lo demás, pero fue increíble. Anunciaron nuevo single, nuevas fechas y lo más importante: un concierto EN PARÍS. Cercano, accesible, posible. 

La fecha en París ha pasado, he estado allí, gritado, llorado, sentido mi alma flotar. No me creo mi suerte. No me creo haber sido testigo de un regreso tan anhelado (que podría no haber tenido lugar nunca, dado que el motivo de la separación fue un problema serio de salud que le impedía a Hizumi cantar y parecía no tener solución) y no me creo haber estado entre sus mismas cuatro paredes el pasado domingo cuando Hizumi dijo en un Engrish precioso: "D'espairsRay is back".

El concierto fue mágico por muchas razones, pero sobre todo para mí se impuso mucho su madurez sobre el escenario. Han pasado quince años desde su separación y tres de ellos han seguido en otras bandas todo este tiempo, pero Hizumi apenas ha arrancado con NUL. hace unos pocos años. Y, sin embargo, qué presencia dominante sobre el escenario y qué capacidad para sonar exactamente en el punto de perfección (no perfección técnica, sino perfección leal a lo que ellos son y han sido). Mi corazón estaba totalmente derretido con ellos, pero Hizumi me impresionó muchísimo y no sólo porque en mi fantasía paralela sea mi novio eterno, sino porque ser capaz de estar tanto tiempo alejado de los escenarios y volver así es tremendo.

Tocaron las canciones que la mayoría esperábamos: BORN, Infection, Abel to Cain, Mirror, Forbidden... Pero hubo un momento del concierto que fue absolutamente impresionante e inesperado, quizá uno de estos calificativos precisamente a consecuencia del otro: PARADOX 5. Una canción menor en su discografía que ya no volverá a serlo nunca más. En medio de la oscuridad del show, una balada mística como esta fue un viaje. La voz de Hizumi empastaba con la música como si hubiera sido creada específicamente para esa canción, y se me pusieron todos los pelos de punta. A partir de esa canción, dejé de corear y de llorar y procedí a sólo sentir. Difuminarme.

Le pido a la vida que no me niegue la posibilidad de volver a verlos en 2027, ya que hay un par de fechas programadas en Europa y necesito que mi próxima vez con ellos sea en pista, por más que sufra mi pie. Necesito ver sus caras, sonreírles y chillar como una loca frente a ellos. Necesito estar ahí, cerciorarme de que realmente han vuelto y celebrar que en 2027 se cumplen veinte años de cuando los tuve delante por primera vez.

¿Cómo es posible que todo conecte de esta manera con aquella noche en la que los localizamos por Instagram? Quizá los localizamos precisamente porque estaban empezando a usar sus perfiles para interactuar entre ellos o por misterios del algoritmo. A mí me gusta pensar que algo de magia hubo en ese proceso de encontrarlos, comentarles y volver a vestir su camiseta. 

La cosa es que aquí están, aquí estamos, como esa paradoja del samsara: el eterno nacer, vivir, morir y renacer.

Siempre vuestra. Siempre con vosotros.



(En el evento, que en realidad era un festival de Visual Kei, también cumplí otros sueños preciosos como ver en vivo a Mana-sama con Moi Dix Mois, encontrarme otra vez con Versailles o desmitificar a gente como MUCC o LM.C; estos tiempos de tiktok y melancolías varias generan que estilos como el Visual tengan un pequeño renacer y yo no puedo ser más feliz por ello, ya que es mi música y deseo poder seguir disfrutando de ella en directo).

sábado, 30 de mayo de 2026

Querido Kyo:

No existe pensar en música en directo que no implique, de forma inmediata e intransferible, pensar en ti. 

Dir en Grey es la realización perfecta (distando mucho de serlo) de lo que supone la experiencia del vivo, del poner la piel y las entrañas al servicio del ejercicio compartido de la vulnerabilidad que es la esencia misma del arte.

Cada vez que me he encontrado a mí misma frente a ti, esa ha sido la definición de música en directo. De vulnerabilidad. De humanidad. De arte. De verdad.

Cada vez que me he encontrado a mí misma frente a ti ha sido en locales cerrados de Europa, ¡tres veces en el mismo en Berlín!, una en Londres, otra en Varsovia. En todos los casos en compañía de muchas otras personas que estaban allí para sentir, porque una sabe que a un concierto de Dir en Grey se va a abrirse en canal y sangrar. En todas esas ocasiones lloré, chillé gilipolleces, canté, sonreí muchísimo y me sentí vista, identificada, reflejada a pesar de no ser más que una ovejita del rebaño que es el público de un grupo. 

Cómo lo haces para ser yo, para reflejarme a mí, para reflejarnos a todos, para ser espejo de una humanidad herida, enferma, horrible y frágil, Kyo, no lo sé. No hay otro artista como tú. Hay grandes compositores, grandes poetas, visionarios, performers, juglares, canalizadores, mensajeros. Pero no hay nadie como tú. Nunca he visto en un escenario a nadie como tú y el día que haya perdido la esperanza de volver a verte me sentiré en paz con lo imperecedero que me has dado, pero eternamente huérfana de ese artista que sólo eres tú. 

Si decidieras mañana que se acabaron los conciertos, querría expresarte de alguna forma la admiración y el agradecimiento por haber vestido piel humana frente a mí tantas veces. Querría pasar el resto de mi vida colocándote en un pedestal y reconociéndote como uno de los mayores genios que ha dado esta especie patética de la que formo parte. Querría que todo el mundo lo supiera, que todo el mundo hubiera podido experimentar lo que es tenerte delante muriendo sobre el escenario.

No te mueras, Kyo. No dejes de hacerlo, pero no te mueras. Dúranos muchísimo o dúranos mañana, pero sigue aferrándote con todas tus fuerzas a lo que eres. Sigue siendo. 

No existe pensar en música que no implique pensar en ti.

domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre tomar decisiones

Nunca aprendí a hacerlo y ahora voy camino de los 40. La vida me vino así: llena de cambios, de mudanzas y de situaciones autorresueltas.

Cuando dejé, sin haber terminado el primer curso, Traducción e Interpretación, se me puso delante de las narices sin que lo hubiera meditado Educación Infantil. Se me aportaron amistades cuyos pasos me pareció sensato seguir a posteriori. Fui llamada para trabajar en Madrid cuando ya estaba pensando en tomar medidas drásticas por la falta de oportunidades. Se me trajo de vuelta a Galicia gracias a una sustitución justo cuando en Madrid las cosas peligraban. Se me otorgó una plaza definitiva cuando estaba harta ya de recoger mi vida y cargarla en un Skoda Fabia cada diez meses.

Mi responsabilidad en los caminos tomados es muy sutil. La de la aceptación sin reservas allá donde fuera porque quería trabajar, tener mi sueldito y poder dedicar el tiempo libre a viajar. Pero, para alguien que valora la independencia y la libertad personal, es ciertamente contradictorio no haber desarrollado la capacidad de decidir.

Y entonces hice una trampa: tres cursos. Tres cursos en mi primer destino definitivo, y a partir de ahí decidimos. Un aplazamiento porque mi cerebro de 36 años era incapaz de comprometerse con una sola vía en ese momento. Un aplazamiento al que le resta un año de recorrido, pero cuya elección caduca antes, al cumplirse los veinticuatro meses, ya que es entonces cuando se posibilita concursar y buena falta hará ese tiempo si de dejar el alquiler y encontrar una nueva vivienda se trata. Quizá una compra, ya a estas alturas, si es que pudiera asumirla. ¿Un nuevo municipio? ¿El regreso a la ciudad natal?

No tengo arraigo en ningún sitio. Es el precio de no haber tomado decisiones, o de haber simplemente aceptado lo que iba saliendo. He amado mucho el cambio constante, el haber podido saborear el día a día en lugares dispares y haber ido mutando con ellos. Mi corazón pertenece a Parla, a Móstoles, a Betanzos, a Mondoñedo, a aquel año de pandemia en Narón entre vías y túneles. Me he sentido identificada con el nomadismo y he abrazado sus traumas y su agotamiento extremo como partes necesarias de la riqueza de la experiencia.
Cuando he aterrizado en un solo sitio, ya sin mudanzas a la vista, no he sabido estar en él. No soy una planta, estática y cosida a la tierra; he sido trasplantada tantas veces que ya no sé quedarme. Y habito el lugar como un limbo, como un sitio donde estoy sin estar, donde conozco gente que realmente no sabe quién soy, donde inicio rutas sin recorrido, donde encuentro voces amigas que son sólo ecos. 

¿Tiene sentido comprar una parcela en una tierra a la que no se pertenece y donde las raíces no están aferradas? ¿Hay lógica en regresar sobre los propios pasos a aquel lugar que ya no se siente hogar? ¿Con 40 años tengo la capacidad de volver a desplazar cuanto tengo a un nuevo espacio, sin rutina, sin caras conocidas, sin saber si aquella será mi tierra fértil?

Si nunca aprendí a tomar decisiones, ¿puedo fiarme de la que tome a los 38 años?