sábado, 10 de noviembre de 2018

Mis cementerios favoritos - Parte I

Hace un par de años, inicié la saga de entradas Mis librerías favoritas (de momento sólo existe esa primera, pero he ido redactando una buena lista para cuando me apetezca escribir la continuación), y al hacerlo me di cuenta de que hay varios temas que podría enfocar en este tipo de secciones o bloques: cosas o sitios que me enganchan, que visito siempre que voy a una ciudad nueva o que sencillamente son recurrentes en mi rutina. 
Podría, y quizá ocurra, hablar de edificios favoritos, de catedrales, de parques, de plazas, de cafeterías... Pero hay algo que nunca falla cuando viajo, algo que es una constante absoluta siempre que me muevo de mi sofá: soy una turista de cementerios. Me duele irme de los sitios sin haber paseado entre sus tumbas (y ha pasado en excursiones cortas, como cuando fui a Lisboa o a París). De la misma manera, siempre estoy investigando dónde se encuentran enterrados los artistas a los que admiro y no pierdo la ocasión de acercarme sus tumbas y sentarme allí a darles las gracias.

Me sentí un bicho raro en este sentido hasta que llegó un profesor, en tercero de carrera, y dijo abiertamente a la clase que no se conoce un pueblo o ciudad hasta que se ha visto cómo entierran a sus muertos. Y hay cementerios orientados a la ostentación que son verdaderas virguerías estilísticas, pero también otros muy sobrios y centrados en el descanso y el homenaje; algunos grandiosos, con avenidas y mapas donde se señalan las tumbas célebres y otros sigilosos y abiertos al día a día de la ciudad. Hace poco, Ter publicó en Youtube un vídeo hablando de este tema y os lo recomiendo encarecidamente (aunque discrepo con respecto a dónde ubica el cementerio judío de Praga): 



Hoy vengo a escribir algunas líneas sobre los cementerios que más me han gustado hasta ahora, y evidentemente habrá una continuación en algún momento porque no voy a dejar de encontrar nuevos camposantos y seguiré informándome sobre dónde se encuentran las personas que me han marcado con sus obras.

Así que poneos la mochila y venid conmigo:


Cementerio de Highgate, en Londres


Mis amigas no entendían por qué quería visitar un cementerio cuando les pedí que me acompañaran aquel dia de 2010, pero vinieron conmigo y hasta lo disfrutaron. La realidad es que sólo visitamos la zona Este porque la otra era de pago y éramos estudiantes, así que todavía tengo pendiente volver y perderme en el ala victoriana. El cementerio de Highgate es conocido por las historias del vampiro que lo habitaba en los años 70 y a mí me daba todo el morbo del mundo pasear por allí. 
Aunque ahora ya he visto muchos de este estilo, éste fue mi primer cementerio-bosque, de esos en los que viven cuervos y ardillas y se permite que la naturaleza y la arquitectura se entremezclen. No había apenas nadie, ni siquiera junto al enorme busto de Karl Marx, y ese silencio es lo que hace que este tipo de sitios sean mágicos. Es precioso, está lleno de esculturas increíbles y de urracas y tiene a su lado un parque-memorial donde nos lo pasamos como enanas.

Lo estupenda que estaba y cómo me martirizaba. Estaba delgadina, comparándome con ahora. En fin.


Cementerios varios, Edimburgo


Mi amiga Mai me conoce demasiado bien y, en cuanto llegué a Edimburgo por primera vez, me llevó directamente a ver el cementerio de Greyfriars, donde está la famosa tumba de lord Voldemort. 
Los cementerios de Edimburgo se parecen mucho al de Highgate en cuanto a su relación con la naturaleza, pero son pequeñitos, están dispersos por la ciudad y muchos aparecen envueltos de vida, unidos a parques, testigos de cómo la gente va y viene y crece y cambia. 
Mi favorito es el de la parroquia de St. Cuthbert, unido al parque maravilloso de Princes Street y a la sombra del castillo de Edimburgo: se pueden oír las voces de los niños que juegan en la fuente, la música de los diferentes eventos que se realizan en el parque y el tráfico de la calle, pero las tumbas permanecen en un estado de paz imperturbable. 



Cementerio de Luarca, Asturias


La primera vez que pisé Asturias fue en 2009, y nunca olvidaré el año porque mi estancia allí coincidió con la muerte de Michael Jackson. Iba para ver a ese oculista tan famoso que hay en Oviedo y de alguna manera convencí a mi padre de que hiciéramos algo más que eso. En fin, que estuvimos dos o tres días en Avilés, Gijón y Oviedo y me enamoré de Asturias. 
El año pasado, al vivir en Mondoñedo, pude conocer un poquito más las zonas próximas a la Mariña Lucense y descubrí que Asturias está lleno de joyas. Mi favorita de momento es Luarca, un pueblo bellísimo coronado por un cementerio que es un balcón blanco sobre el mar. Ubicado en la cima de un acantilado, está construido en diferentes alturas y ofrece la mejor vista de Luarca. Entre varios panteones monumentales, se medio esconden los restos de Severo Ochoa, Nobel de Medicina en 1959.
El cementerio de Luarca es otro mundo, es olvidarse de todo.



Cementerios de Goiriz, Alba y Román en Lugo


Que nadie te diga que te dejes caer por Goiriz cuando visitas Lugo debería estar penado. A mí me tocó descubrir, de pura casualidad, su barbaridad de cementerio neogótico. Iba en el coche de Mondoñedo a Vilalba y a un lado de la carretera apareció un muro coronado por hileras de pináculos acabados en cruz, y esa sensación de sorpresa y fascinación absolutas no la puedo olvidar.
Creo recordar que no paré aquella vez, pero no estoy segura. Siempre tengo que volver a los sitios que me han enamorado o que he visto de pasada y me causan interés, así que sé que he ido muchas veces y que, pese a que los de Alba y Román se le parecen mucho, el día que me encontré también por chiripa con el cementerio de Alba se me cayeron las bragas igual. 
Los tres son chiquititos y están la mayor parte del tiempo un poco olvidados. Sus formas parecen intentar abrazar el cielo. Me abruman y me maravillan a la vez.



Cementerio de Hietaniemi, Helsinki


El cementerio de Helsinki es la mayor prueba de la sencillez finlandesa: ordenado, limpio a pesar de integrarse en el parque donde está, parco en indicaciones (a pesar de haber muchas celebridades finlandesas en él enterradas, en ningún sitio hay mapa que indique el lugar que ocupan), abierto al hoy (hay gente que va a pasear, a leer, a tomar el sol). 
He tenido la suerte de visitarlo en dos ocasiones muy distintas: el verano, cuando estaba prácticamente vacío salvo los que iban por ocio a las zonas más próximas al mar; y el 6 de diciembre de 2017, día del centenario de la independencia de Finlandia y que además amanecía con mucha nieve. Esta última ocasión me permitió contemplar parte del culto, con velas encendidas y flores en los monumentos a los héroes de la Independencia suomi.
Es un lugar tranquilo, libre de pretensiones y con una ornamentación bonita, pero sin alardes. Te permite conectar contigo mismo.



Cementerio de Pereiró, Vigo

Fotografía de elfunerariodigital.com. Me he vuelto loca buscando las tres mil que le he sacado yo, y nada. En cuanto pueda, regresaré para sacar más.

Es el cementerio más monumental de la ciudad y en él yacen varios de los personajes que dan nombre a las calles de Vigo: José Elduayen, Sanjurjo Badía, Jenaro de la Fuente (su panteón es una joya modernista), Concepción Arenal... 
La visita vale la pena por su arquitectura y su escultura: es un cementerio lleno de sorpresas, de obras impresionantes y de sentimientos inmortalizados. Además, está limpio y ordenado, permite realizar un recorrido completo sin perderse y olvidarse del mundo, al no ser muy conocido y no recibir turistas.
Mención especial, junto a éste, al cementerio de Bouzas/Coia (también en Vigo) y a los cementerios bellísimos de Lugo y Ourense; de este último siempre oigo que es el más bonito de Galicia, pero soy tan imbécil que pese a ser de la ciudad hace más de doce años que no lo piso. Shame on me, iré antes de que acabe este año.


Cementerio de Valladolid


Mi hermana vivía a dos minutos de este cementerio y lo he visitado dos o tres veces. A priori, se parece a cualquier otro cementerio de ciudad española: hay panteones muy impresionantes, homenajes a caídos en guerra, alguna celebridad (Miguel Delibes, por ejemplo) y mucha ostentación. 
Lo que más me gusta del cementerio pucelano es el imaginario gitano de las tumbas de la enorme población calé de Valladolid: estatuas a tamaño real, flores de muchos colores, mensajes de cariño grabados junto al epitafio, instrumentos y mascotas inmortalizados para siempre... Pasas del cementerio al uso, a una zona diferente: más alegre y natural con la muerte, más cercana en el recuerdo a los que se han ido.



Cementerios de Corseaux-sur-Vevey y Tolochenaz, Suiza


Este verano, visité en Suiza las tumbas de tres de esas personas que me inspiran una infinidad: Audrey Hepburn (enterrada muy cerquita de la que fue su casa en Morges), Charlie Chaplin y James Mason (estos dos, amigos y vecinos en la última etapa de sus vidas y descansando codo con codo en el mismo lugar). También pisé algún otro camposanto de las mismas características, como el que alberga la tumba de Graham Greene en Corseaux (más tarde me enteraría de que Vladimir Nabokov también está allí cerca enterrado) o el Cementerio de los Reyes de Ginebra (donde están Borges y Piaget, entre otros).
En todos los casos, pero de forma especial en esos dos camposantos pequeñitos que destaco, hablamos de lugares bastante sobrios, integrados en el entorno (al lado de campos de ovejas unos, un parque más en el que leer y hacer picnics el de Ginebra) y envueltos en un halo de respeto y dignidad que nada tiene que ver con lo excesivo. 
En Suiza, la mayoría de tumbas son a su vez macetas que permiten que las flores crezcan en ellas sin necesidad de colocar tiestos o ramos. Se riegan y se permite que ese lugar de recuerdo siga formando parte de la vida.


Hay muchos otros cementerios que me han encantado, como el Judío de Praga (pese a estar un poco masificado; en Praga existen otros cementerios judíos menos conocidos y seguramente trataré de verlos la próxima vez que vuelva por allí), el Ortodoxo de Varsovia o el Cementerio de la Almudena de Madrid. Los pequeños cementerios ingleses y escoceses que me he ido topando en el camino constituyn recuerdos irreemplazables. 
También quedan muchos que quiero visitar y tengo especialmente atravesados los que no he visto de Londres y París, así como otros dos que duelen más de la cuenta: el Cementerio Acatólico de Roma, que estaba cerrado cuando fui y que sin embargo me permitió ver desde fuera y a través de una reja la tumba de John Keats (qué impotencia, no poder entrar; también NECESITO ver algún día su angelo del dolore que fue portada del Once de Nightwish), y el Cementerio Británico de Madrid, que también pillé cerrado a cal y canto y me llama la atención por su concepto, disposición e historia.


Queda siempre tanto por descubrir, por sorprendernos, por maravillarnos. Por cambiarnos la forma de enfrentar la vida.

Por hacernos fluir.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Favoritos de septiembre y octubre


Benditos cambios. Benditos traslados de domicilio y su cansancio y su ansiedad. Este año empecé a trabajar más tarde, las listas se movieron más despacio. Ya pensaba que me iba a pasar el curso de un lado a otro y volví a tener un golpe de suerte: jubilación en Betanzos. Allá que te vas durante el curso entero. No me lo creía.

Buscar piso, traer cosas, adaptarme a los nuevos espacios y tiempos y formas de ser de la gente siempre es duro. Lo comentaba en la entrada anterior: soy una desarraigada. Qué suerte, no obstante, tener a mis padres aquí para no dejarme sola en la odisea de encontrar vivienda de un día para otro y hacer una mudanza mientras asistes religiosamente al trabajo. Qué suerte es no enfrentarme a esto sola. Porque podría, pero no me quiero imaginar el estado mental resultante.

Ya voy amando Betanzos, aunque haya sido un enamoramiento más paulatino que el del año pasado con la magnífica e imborrable Mariña Lucense: la belleza del sitio me tiene loca desde el primer minuto, pero al principio me faltaban el gallego, el campo radiactivo y la pachorra de las gentes de Mondoñedo. He dejado ya de buscar cosas que pertenecen a otros sitios y voy encontrando mi lugar. La villa es preciosa, el Parque do Pasatempo se siente como un punto en el que quiero pasar muchísimas horas y ya soy capaz de distinguir la amabilidad en las formas algo más apuradas de los de aquí. Empiezo a sacar la cabeza del agua, por fin, a un mes de haber llegado.

Han pasado muchísimas cosas en estos dos meses. Además del nuevo domicilio y el nuevo trabajo (Infantil acabará conmigo), he viajado, he conocido sitios y he tomado decisiones basadas en la pura y desnuda pasión. Siento que los treinta me han cambiado y que, desde que los cumplí, les doy menos vueltas a las cosas y me dejo llevar más. Soy más feliz, la verdad.

Favoritos:

Cine


-Después de nosotros (2016). Narra las desavenencias de un matrimonio separado que debe seguir conviviendo y tiene dos hijas en común. Es realista y creíble, los actores realizan un trabajo brillante y resulta muy fácil empatizar con cualquiera de los personajes, con la decadencia del amor y cómo esa ruptura afecta a las niñas. Me gustó muchísimo.

-Ha nacido una estrella (2018). Siendo MUY fan de la versión de los 50 (con unos insuperables James Mason y Judy Garland), tenía un poquitito de miedo, pero me gustó esta reinvención de Bradley Cooper. No es redonda y creo que abre demasiados frentes con los que luego no lidia (la de los 50 cierra todo mucho mejor), pero la banda sonora es buena, la pareja protagonista tiene química y las interpretaciones de él y Lady Gaga son intachables. Eso sí, para mí un ingrediente fundamental de la versión de 1954 es que el personaje de Mason se queda en un segundo plano mientras Garland se come la pantalla; esto hace que el desenlace nos sorprenda más. En la de 2018, para mí, Bradley Cooper es el máximo protagonista siempre y esto le resta efectividad a la cinta.

-El repostero de Berlín (2017). Una de esas historias sencillas, contadas de forma tradicional y sin vueltas innecesarias, pero que transmiten verdad. Habla de dos personas y una pérdida común: Oren, esposo de Anat y amante de Thomas. Ambos, desconocidos para el otro, acaban por vivir juntos el duelo y establecer su propio vínculo. Es una cinta muy poética que reflexiona sobre el amor, la muerte, los choques culturales y algunas tradiciones judías (se ambienta mayormente en Israel).

También he visto Vidas rebeldes (1961) y La librería (2017); aunque tienen sus cosas buenas, no me convencieron.


Libros

History of wolves, de Emily Fridlund. Me lo encontré en el aeropuerto de ¿Barcelona?, ¿Varsovia?, no recuerdo en cuál. Me llamó la atención una sinopsis que hacía referencia al misterio alrededor de una familia y un niño pequeño, y que a la vez reflejaba la presencia en el libro de cierto intimismo y reflexiones sobre la pertenencia al grupo. Para mí, History of wolves es una novela muy poética acerca de la culpa y de cómo todos somos a la vez víctimas y verdugos. Toca temas muy complejos como los abusos sexuales, la negligencia (consciente e inconsciente), modelos familiares y especialmente la necesidad de ser alguien y de significar algo. Está muy bien escrita, mantiene la tensión y a la vez es más que nada una novela sobre los seres humanos. 
Me sobraron pasajes que no aportan nada y son meros clichés, como la historia del novio mecánico de la protagonista, pero por lo demás es un libro muy recomendable.

The summer book, de Tove Jansson. Amo a Tove Jansson, especialmente en sus trabajos para adultos, y estuve gran parte del verano degustando poco a poco esta novela, que al final no terminé hasta septiembre. Es una colección de episodios autoconclusivos que narran las aventuras cotidianas de una niña a cargo de su abuela en una isla pequeña alejada del mundo. Los personajes y el sentido del humor de Tove Jansson son brillantes, la relación entre las dos se desarrolla con cariño y maestría, y las descripciones nos transportan a las islas mínimas finlandesas desde el primer párrafo. Es inevitable volver a los veranos de nuestra infancia leyendo este libro. Es maravilloso.

También leí el tomo 9 de El león de marzo y estoy muriéndome por comprar el 10, y me terminé a marchas forzadas Música de mierda de Carl Wilson: empieza muy prometedor, pero cae en el tedio y la repetición, aunque le reconozco puntos interesantes.


Conciertos y viajes


Aunque ya haya escrito una entrada al respecto, no está de más recordarme a mí misma lo mejor de estos dos meses: una escapada brevísima a Varsovia (nunca había pisado Polonia) para ver a Dir en Grey. El concierto fue una realidad paralela, desaparecer y diluirse en la música y en las emociones desnudas que pone Kyo sobre el escenario. Lloré, canté, salté y al salir me dolía la cara de tanto sonreír. Fue muy corto, pero me he traído una baqueta (y el recuerdo de un baquetazo en la cara) como testigo de que sucedió. Mis amigas y yo estamos haciendo un bote común para volver a verles juntas y me muero de ganas de que ocurra.
Varsovia fue un regalo. La temperatura era perfecta (fresca, pero agradable; estuve bastante rato en la calle por la noche y no me faltaba ninguna capa), las calles están llenas de árboles y parques inmensos y la zona histórica es bellísima. El polaco me engatusó con su parecido inevitable al checo: era capaz de deducir el significado de muchas palabras por culpa de éste. Estuve en un mercado de abastos enorme y auténtico, comí una carne deliciosa y aprendí a moverme con soltura en el transporte local (muy eficiente y económico). Me enamoré de la arquitectura y los cementerios y me muero de ganas de regresar.

Más allá de eso, estoy conociendo poco a poco la provincia de A Coruña. Nunca había estado en Betanzos y es una villa de las que desencajan la mandíbula. Aparte, ya he podido visitar un poquito Oleiros, Sada y sitios en los que he caído más de paso como Melide u O Burgo. También A Coruña, que conocía de muchas veces muy apuradas; a paso lento, me tiene conquistada con su arquitectura modernista, su zona vieja muy gallega y sus muchas oportunidades. El coruño, ya si eso otro día. 


Música

Sin alargarme, canciones que me han obsesionado estos dos meses:

-Ranunculus de Dir en Grey. Yo ya estaba en otro mundo durante todos los temas anteriores que sonaron en el concierto, pero Ranunculus me puso los pelos de punta, me clavó al suelo, me dejó sin aliento. Es deshacerse y recoger los pedazos con manos temblorosas. Es encontrarse. Es fluir. 


-Hoy la bestia cena en casa de Zahara. Me parece TAN valiente sacar un tema como éste, con ese vídeo lleno de símbolos y con un ritmo pegadizo para contar cosas tan duras. No estoy de acuerdo al 100% con la posición de Zahara acerca de los vientres de alquiler, pero me fascina que se haya atrevido a opinar de esta manera.


-Nina cried power de Hozier. QUÉ LARGA SE HA HECHO LA ESPERA, POR DIOS. Y qué felicidad me ha traído su regreso. Lo adoro y esto que ha hecho es maravilloso, nada que añadir.


-Quizás de Agoney. Qué cosa tan adictiva de tema, de voz y de puesta en escena. Me fascina que Agoney haya tirado por este estilo, me encanta el baile pese o precisamente por lo simplón y en fin, que en bucle me la pongo.


-Thunderclouds de LSD (Labrinth, Sia y Diplo). El videoclip me flipa, pero es que la canción es maravillosa y sus voces me encantan. Soy una incondicional de Sia, es una artista increíble y estoy muy expectante ante nuevas colaboraciones.


-Entangled de Árstíðir. Tenía este grupo acústico islandés por ahí metido en mi Spotify y me he enamorado muchísimo del sentimentalismo de esta canción, con esa pronunciación tan peculiar y la voz tan bonita del cantante.




Otras cosas favoritas: me he tatuado, fruto de la pasión más pura y absoluta. Ya había tenido una revelación similar hace tres años, cuando pisé Finlandia por primera vez, pero no encontré una idea que me convenciera. (Años antes, me iba a tatuar en Madrid algo relacionado con mi libro favorito y me eché atrás por miedo). En esta ocasión, salí del concierto de Dir en Grey SABIENDO que me tenía que tatuar algo al respecto. Y, bueno, aún se está curando y no luce todo lo bonito que será, pero esta vez había que hacerlo y me he demostrado muchas cosas a mí misma. Los treinta son los que me han hecho cambiar el chip que me detenía en muchas ocasiones y estoy encantada.


Me he tatuado uno de los bajos más representativos de Toshiya. Primero, por Dir en Grey y lo que su música significa para mí; luego, por Toshiya como ser humano, como bajista (por él -y por Tetsu de Laruku- me enamoré del bajo eléctrico, mi instrumento favorito). Viene a ser un símbolo precioso de esas escapadas a lo loco por cumplir un sueño: Varsovia, Londres en 2015 cuando los vi la primera vez, pero también mis viajes en solitario con el miedo que me daban antes, salir del concierto de despedida de HIM en Madrid y decidir volver a verles donde sea o escaparme a Helsinki por experimentar un Raskasta Joulua. Me encanta mi vida y este tatuaje me lo recuerda todo el tiempo.
and Zero es el título de un tema instrumental del disco Arche. Cuando volví a España tras ver a Dir en Grey en Reino Unido en 2015, me puse a leer entrevistas y vi que Toshiya decía en una de ellas que esa canción le encantaba. Y, aparte de ser un temazo, me encantó el concepto: and Zero, vuelta a empezar (la historia de mi vida adulta), resurgir, ser simplemente presente. De hecho, aún hoy tengo de nick and Zero en mi vieja cuenta de Twitter.

No me duele nada que me eleve, ni siquiera el hecho de haberme tatuado. A ver, físicamente sí que ha dolido (soportable, salvo la agujita esa tan fina con la que me dibujaron las cuerdas), pero ¿y la liberación de dar por fin un paso que llevaba años en espera? ¿Y lo guay que es amar cosas, sitios, personas?

También se ha casado mi mejor amiga. ¿Hola? Qué mayores somos. Es verdad que hace años que es como si estuviera casada, pero fue emocionante estar allí con su familia y amigos de distintos países para celebrarlos a ellos dos como las personas y pareja increíbles que son.

2018 no decepciona, y todo apunta a que noviembre y diciembre también van a tener muchas experiencias buenas. Si queréis vivirlas conmigo, aquí estaré contándolas.

¡Próspera noche!

sábado, 27 de octubre de 2018

Desarraigada


Soy tan antietiquetas que a veces me cuesta admitir el papel importante que desempeñan en el mundo. Cuando algo no tiene nombre, a veces es tan difícil de expresar que te lo quedas dentro y se te atraganta.

Hay dos palabras, o dos etiquetas, que han sido claves para sentirme mejor conmigo misma. 

La primera es la de "introvertida". Eres muy seria, Eres muy callada, Eres demasiado tímida, Eres una aburrida... Toda la vida escuchando las mismas opiniones. Toda la vida incapaz de responder que NO, ninguno de esos adjetivos era la clave de mi carácter. Sí, soy callada, la fiesta está dentro de mi cabeza más que fuera y puedo ser bastante tímida, pero la razón es que soy introvertida, al igual que gran parte de la sociedad que valora más su tiempo a solas y se consume con la presencia de los demás. No me siento reflejada en todos los rasgos que se atribuyen a los introvertidos y hay muchas excepciones a las reglas, pero encontrar mi palabra me hizo valorarme y quererme así. ("Finlandesa" ya me había ayudado, la verdad).

La segunda es de reciente descubrimiento y venía necesitando muchísimo llegar a ella. No se trata de una cualidad en sí, sino de un sentimiento que no conseguía nombrar: el "desarraigo"

El desarraigo es un estado de alienación o pérdida del sentido social y vital. Cuando uno emigra (y soy consciente de que yo no he emigrado porque no me he tenido que ir a vivir totalmente fuera de mi cultura), cambia el hogar (con sus tamaños, proporciones y organización), cambian las relaciones inmediatas, cambian las rutinas diarias, el paisaje, a veces la lengua y las costumbres, el clima, el mapa sonoro. Se impone un período de adaptación más o menos largo, se impone la separación del anclaje anterior.

A veces pienso en cuando vivía en Villaverde Bajo, en Madrid, y no me encuentro; no sé bien quién era, no recuerdo el ascensor de mi edificio y se me ha olvidado el número de mi autobús, y toda esa rutina que durante un curso entero realicé por inercia ya no existe ni en la memoria. Y, con los detalles, es como si perdiera partes de mí.

Cuando me compré, hace nada, mi primer coche propio, sentí un gran alivio al pensar que por fin tenía algo mío, un techo, aunque no se tratase de una vivienda. Y no es porque quiera comprarme una casa a toda costa, ¡ningún problema con el mundo del alquiler!, pero sí que necesito echar raíces. Es un deseo que me surge de la barriga, de lo más profundo. Hay raíces que salen de mí y empiezan a bucear en la tierra cada vez que me engancho a un sitio, y que se pudren siempre que toca marcharse y volver a empezar.

Los psicólogos reconocen el desarraigo como una fase de duelo, como si acabáramos de enterrar un yo anterior (ya que es verdad que una parte de nosotros ya no vuelve a ser igual). Se empezó a usar el término para referirse a los exiliados, a aquellos a los que no les quedaba otro remedio, pero el mundo avanza y en sociedades como la española actual tampoco es infrecuente que la gente se mueva a otros lugares para poder trabajar.
Este duelo suele implicar sentimientos de inseguridad, nostalgia exagerada, apatía, desorientación, soledad. Uno se encuentra en un lugar nuevo, inexplorado, sin la red de seguridad que supone el entorno conocido, sin raíces que lo sostengan en ese nuevo espacio.

Se habla de distintos tipos de desarraigo, que suelen ir de la mano: el desarraigo social (perdemos el contacto diario de tú a tú con amigos y familiares), el desarraigo cultural (llegamos a sitios con costumbres distintas y perdemos la cercanía con las nuestras), el desarraigo familiar (esa cierta dosis de dependencia que existe siempre en los vínculos familiares se ve expuesta a la exigencia de la autonomía) y el desarraigo laboral (nuevas formas de hacer las cosas, nuevas reglas, nuevas rutinas y espacios que desequilibran aquello que ya habíamos aprendido o asumido). Todas, todas las he experimentado. Y todas han sido bofetadas, y lo son, y lo serán porque la situación no cambia y las consecuencias no se atenúan. 

El desarraigo me ha provocado ansiedad. También me ha hecho más fuerte y me ha obligado a enfrentarme a mis miedos. Ha acarreado cosas buenas, me ha ayudado a madurar y a valorar mis propios pasos como nunca lo había hecho, me ha permitido conocerme; pero también se ha traducido en digestiones complicadas, crisis de respiración que prefiero olvidar y muy pocas relaciones estables. 

Evidentemente, todo lo que estoy contando suena muy dramático y hasta da la risa que lo explique, cuando tengo a mi alrededor casos de personas que han tenido que emigrar a otro continente o de otras que han sido desahuciadas y no tienen nada. Pero son sentimientos y son así. Y el caso es que no he encontrado a nadie en el camino que haya tenido que arrancarse de los sitios con la frecuencia o tantas veces como lo he tenido que hacer yo. Mis compañeros interinos de los diferentes centros, para bien o mal, suelen tener domicilio fijo y pierden las horas que sea en carretera con tal de no pasar por el desarraigo; yo he elegido de forma consciente no desperdiciar horas de día al coste de mudarme todo el tiempo. No hay opción buena, las dos se llevan nuestra salud. Lo que sí he llegado a ver es que es difícil ponerse en mi piel.


Las etiquetas pueden ser una mierda porque pueden limitar. Podemos verlas como algo inamovible y que tiene tantos matices que es imposible escapar de ellas. Sin embargo, a veces la barriga nos pide que simplifiquemos y nos pongamos una para, de alguna manera, vomitar lo que sentimos. 

León Felipe hablaba de ser romero, de pasar por las cosas una sola vez y no dejarlas hacer callo. Y yo soy romero cuando lo soy por voluntad, pero la emigración impuesta es siempre dura. Aunque sea en tu propio país. Porque de Mondoñedo a Betanzos he cambiado de lengua, de modelo social, de paisaje y de vecinos. Porque de Ourense a Parla mi visión del mundo se alteró por completo al chocar de frente con la maravilla que es el crisol cultural español. 

Que sea una elección no la hace gratuita.