domingo, 13 de agosto de 2017

[Domingo de Poesia] Aunque sea un instante

domingo, 13 de agosto de 2017
La sección que hoy amplío llevaba un tiempo abandonada, si he de ser sincera, cuando recibí el empujón necesario para continuarla: vi que otro blog estaba dedicando también una columna fija a la poesía y recordé que, en cierto modo, soy responsable de perpetuarla en la medida en que me sea posible. Creo que tenemos el deber de luchar por aquello que amamos. 
Así que sí, ver una entrada al respecto en Mi rincón de libros y yo me hizo desempolvar mi Domingo de Poesía y darle un lavado de cara. Y el poeta que se me quedó grabado de la lectura del blog de Sandra fue el señor Jaime Gil de Biedma, al que no conocía de nada y con quien me topé en Semana Santa en La Casa del Libro de Vigo.

Aunque empecé a leer sus versos entonces, no ha sido hasta ahora cuando he podido dedicarle el tiempo que merece su Las personas del verbo, que es una colección en la que se recogen todos sus poemas. Las personas del verbo me maravilla desde su primer momento, el de la Nota Autobiográfica donde Gil de Biedma habla de sí mismo y de su relación con la poesía; difícil no salir intrigados de ella y difícil no conectar con unos versos tan honestos, melancólicos y desnudos como los suyos. Tengo demasiadas páginas dobladas en el libro como para no volver, en algún momento, a traeros algo de él.


JAIME GIL DE BIEDMA

Imagen extraída de elpais.es

Gil de Biedma nace en 1929 en Barcelona, en una familia burguesa. Estudió Derecho entre la ciudad condal y Salamanca. Trabajó, junto a su familia, en la Compañía de Tabacos de Filipinas al tiempo que desarrollaba sentimientos de rechazo hacia esa forma de vida acomodada y se iniciaba en el marxismo. Su carácter está marcado por el pesimismo y las conductas autodestructivas, tal vez fruto de esa incomodidad con respecto a su cuna y a su homosexualidad.
Comenzó a escribir poesía siendo muy joven y se lo considera parte de la Generación del 50. Se codeó con Luis Cernuda, Juan Marsé, Carlos Barral y recibió en un inicio una fuerte influencia de Baudelaire. Su poesía, sin embargo, huye del simbolismo y se presenta despojada de florituras o efectos imposibles, coloquial y sencilla; con algunas referencias culturales y un sentido del humor y la ironía muy personales. 
En la Nota Autobiográfica a la que me refería en párrafos anteriores, el autor reflexiona sobre por qué, llegado cierto punto, dejó de escribir. Aunque no encuentra una respuesta especialmente satisfactoria, concluye que lo normal es no escribir y que lo extraño, lo que cabría plantear, es por qué hacerlo:

Mis respuestas favoritas son dos. Una, que mi poesía consistió -sin yo saberlo- en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba. Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema. Y en parte, en mala parte, lo he conseguido; como cualquier poema medianamente bien hecho, ahora carezco de libertad interior, soy todo necesidad y sumisión interna a ese atormentado tirano, a ese Big Brother insomne, omnisciente y ubicuo.

Gil de Biedma murió de sida en 1990 en su ciudad natal. Si bien la totalidad de su poesía (o lo que él consideró la totalidad de su poesía) aparece recogida en Las personas del verbo, estos son algunos de los títulos que fue publicando a lo largo de los años: Según sentencia del tiempo (1953), En favor de Venus (1965) y Moralidades (1966). También están publicadas algunas cartas y memorias bajo títulos como Diario del artista seriamente enfermo (1974) o El argumento de la obra (2010).


AUNQUE SEA UN INSTANTE

Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

                                                         Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor,
el eterno temor que tiene nuestro rostro
nos asalta, gritamos invocando el pasado
-invocando un pasado que jamás existió-

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,

vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no era más
que un desolador deseo de esconderse.



2017 está siendo un año fantástico en cuanto a poesía porque estoy descubriendo y amando muchísimos nombres nuevos. Espero seguir compartiendo por muchos domingos más estos versos que me marcan.

martes, 25 de julio de 2017

Ada Salas, la Poesía y los Poetas

martes, 25 de julio de 2017
Cuando llegué por casualidad a las letras de Ada Salas, hace varios meses, no se me pasó por la cabeza que la antología que acababa de caer en mis manos me fuera a impactar a tantos niveles. Podría dedicar esta entrada a sus versos, pero la voy a centrar en los versos. En cómo, mediante una serie de reflexiones a las que me adhiero, analiza y desmiembra la raíz misma de la poesía y el poeta.


  • La fase más ardua del proceso de escritura es ese barrido, ese vaciamiento que, a través de un desasimiento paulatino de la vida, del yo nuestro en el mundo de los demás, se traduce en una espera vigilante, alerta. Vacío, silencio, soledad. Nada. Ausencia.

Los que escribimos movidos por esa fuerza que se escapa a lo explicable y a lo humano comprendemos a la perfección las palabras de Ada Salas. Cuando escribimos, desaparecemos. Nos convertimos, primero, en algo distinto de lo que somos en el plano real y en la percepción ajena; y, en un segundo momento, en el silencio, en la espera, en una especie de médium que no hace sino traducir algo que le es dictado y que no proviene directamente de sí mismo.

  • La escritura se lleva a cabo mediante el acceso a una dimensión del pensamiento distinta a la real, a la que nos permite el desenvolvimiento en el mundo. Sólo a través de la búsqueda, la espera y el alumbramiento poético puede llegarse a esa otra realidad propia, a ese “yo es otro” de Rimbaud. Por eso la escritura poética es un acto fascinante, pleno. Cuando escribimos somos distintos a lo que somos cuando no lo hacemos. El poema es la exclamación, el grito de sorpresa ante nuestro rostro desconocido.

“Yo es otro”. Yo no soy yo cuando escribo, yo soy algo desconocido que voy descubriendo a medida que brotan las palabras. Algo que me sorprende, algo que me choca y a veces detesto.

  • No escribir sería no ver, no querer ver. La escritura multiplica.

Para muchos, la escritura es aire incluso cuando pasamos temporadas largas sin escribir. Es una constante, un pilar maestro sin el que no seríamos lo que somos. Es nuestra identidad, es la única manera de cruzar al otro lado y encontrarnos con ese “otro” que no deja de ser nuestra propia persona. Es una forma de experimentar el mundo, la única que nos parece real y completa.

  • Hallar el poema es hallar lo que se quiere decir. Escribirlo es el único modo de averiguarlo. Antes, antes del poema, el deseo de decir algo: ¿qué? Sólo después de haberlo escrito comprobamos, estupefactos, que lo que hemos dicho se corresponde secreta y exactamente con nuestro deseo de ese algo que quería ser dicho.

El momento de ver escrito el poema, o incluso muchas veces el relato, es siempre sorprendente. Es un descubrimiento, es un choque. Antes de plasmarlo por escrito, no tenemos ni idea de qué es aquello que quiere salir de nosotros, de qué es lo que estamos sintiendo, de qué se nos está revelando. Cuando lo vemos en forma de letras, nos conocemos.

  • Escribir es una apuesta, una aventura. Una gran parte del trabajo escapa a la voluntad del autor.

Es un acto involuntario en gran medida. No somos dueños de nosotros ni de nuestras palabras, solamente transmitimos aquello que escuchamos. Somos traductores de algo que se nos cuenta.

  • La escritura nace de un deseo de deslumbramiento y afirmación propios, de una infinita curiosidad, de un deseo infinito. No es nunca una respuesta, es siempre una pregunta. Por eso, ¿es posible escribir para los demás?

La escritura dirigida a un hipotético público carece de sentido. Es artificial, forzada, obligada. Es una escritura corrompida. La poesía es poesía cuando se nos da libre, cuando no intentamos forzarla en moldes que no están hechos para ella, ya que ella no encaja en ninguna forma impuesta. La poesía es la carencia absoluta de cadenas. Y, como todo lo que es libre, no puede existir para nadie más que para sí misma.

  • El destinatario primero del poema es el autor, pero el autor-lector que, es lo deseable, se verá sorprendido por una voz que tiene una gran carga de misterio y otredad.

No nos conocemos, no conocemos al “otro”; vamos descubriendo cosas de él a medida que se nos desnuda en palabras. Nunca antes.

  • La creación no permite pretexto ni desmayo. Es duro enfrentarse continuamente a sí mismo, removerse. Se puede vivir sin escribir, pero qué pobre, cerrado el paso a esa aventura que vivifica ¿y mata? Quiero esa fiebre, ese yo mío que desconozco, me inquieta y me fascina; ese yo que conjura las palabras del más acá, más acá de mí, más en mí, más hondo. Nada me interesa tanto. Quizá nunca nada me ha despertado, alzado, sacudido tanto como la escritura.

Me confieso perezosa, o acaso muchas veces demasiado ocupada como para dedicarme a la escritura en la medida que ésta demanda: plenamente, sin distracciones ni exigencias de nada que no venga de Ella. Sin embargo, y esto imagino que nos sucede a cuantos hemos nacido con esta inquietud de la palabra, no existe un minuto de vida sin la ansiedad del verso, sin esa doble vida que sucede a la par de la vida, sin ese fuego interno que calcina despacio.

  • La escritura crea (¿es?) un estado permanente de carencia. Su lugar es el hueco. El poeta no enuncia: llama, convoca. Desanda el camino de la elipsis diaria. Busca, en la palabra, la faz de lo real que lo real elude.

  • Prefiero los poetas invadidos a los poetas dueños. Prefiero a los desposeídos. Esa es la diferencia, por ejemplo, entre el Huidobro del Canto I de Altazor, poeta desposeído, y el del Canto V, donde encontramos a un poeta dominador. Hay, también, poetas híbridos, y otros que cambian, según evolucionan, de condición. Me interesa el poeta que se transparenta en su poema casi a su pesar, no el que se impone.

Hace tiempo que comprendí que la planificación y la medida no entraban en mis planes en lo relativo a creación literaria. Discutí con algún que otro escritor por ello y les di la razón en algunos aspectos, pero sigo pensando que la poesía es libertad. La poesía, si es Poesía, es libertad. Los poetas que nos hacen volar, que nos elevan, que nos llevan a esa otra realidad que es más real que la que conocemos, son aquellos que han escrito en libertad y con libertad, que han fluido en la poesía, que se han desposeído y se han dejado invadir. Los poemas que realmente valoro de mi propia producción son aquellos escritos en anarquía, aquellos que no escribí yo: son los únicos que me representan.

  • Quien escribe no sabe, a ciencia cierta, qué escribe.

No somos dueños de nuestras palabras. No somos dueños de nuestro fuego. No somos dueños de las cenizas que dejamos atrás.

  • El oficio y la condena del poeta es no poder cerrar los ojos al abismo, no poder cerrar sus oídos ante el canto mortífero de las sirenas.

  • Cada regreso de un poema es una resurrección. En el proceso de escritura hay muerte y resurrección, como en todo viaje hay despedida y regreso. Es imposible abordar otras costas si no abandonamos nuestra tierra bajo los pies. Todo viaje implica, pues, una renuncia. El ejercicio de la poesía exige una disposición a vivir “del otro lado”, a traspasar el espejo; es, en cierto modo, una continua vocación de muerte.

  • ¿Qué sería del viaje sin la posibilidad del regreso? ¿Cómo dar sentido a la partida sin alimentar la necesidad de la misma? El equilibrio es difícil. Debe irse, pero debe volver para volver a irse. Sólo puede emprender el viaje habiendo alimentado la nostalgia del mismo, y viceversa: el regreso sólo hallará sentido después de haber cumplido rigurosamente el ciclo del viaje. Es, por eso, un ser en estado perenne de nostalgia, por su doble condición nómada y sedentaria. Tiene siempre algo más y algo menos: algo le falta que le hace no andar entre los hombres, y algo le sobra para andar entre ellos. Quien ha probado la escritura será siempre un hombre exiliado.

Este último fragmento me define tanto en sentido figurado, en relación con la poesía, como en el más literal. Soy una viajera insaciable (¡y eso que aún no he visitado nada!) y soy una nostálgica sempiterna; esto último lo había asociado durante mucho tiempo a mi condición de gallega, pero quizá también venga de la poesía. Amo el viaje, pero amo desear el viaje. Amo la empresa, pero amo su planificación. Soy nómada, como buena poeta, y aun así necesito un puerto al que regresar una y otra vez. Y necesito la añoranza como gasolina para ponerme en marcha. Para escribir y para estar viva.



Ada Salas, no os lo he dicho, es una cacereña licenciada en Filología Hispánica que cuenta con premios como el Hiperión de 1994 o el Juan Manuel Rozas de 1988.

Su poesía de verso libre es una delicia minimalista que habla del deseo, de la pasión, de la creación. Podéis degustarla en algunos de sus títulos: Variaciones en blanco (1994), La sed (1997), Esto no es el silencio (2008) o Limbo y otros poemas (2013). La mayoría de reflexiones incluidas en esta entrada aparecen en Alguien aquí. Notas acerca de la escritura poética (2007).

lunes, 17 de julio de 2017

La vuelta al mundo en papel: Japón

lunes, 17 de julio de 2017
Si dedicaba en febrero toda una entrada a explicaros un poquito mi amor por Inglaterra a través de algunos libros, no es menos importante para mí venir hoy a plasmar unas cuantas líneas sobre Japón. 

Imagen extraída de http://regex.info 
La vuelta al mundo en papel, ideada y coordinada por Sandra de Mi rincón de libros y yo, es una de esas ideas a las que no puedo evitar sumarme incluso cuando tiempo es lo que menos me sobra. Porque, si algo he aprendido de mí misma de manera especial en los últimos siete años, es que viajar es algo que me apasiona y me hace crecer. Y Japón, ¡qué puedo deciros de Japón! No he llegado a pisarlo (todavía), pero es uno de los grandes motores de mi vida. El amor por su lengua, por su música y por sus costumbres me acercaron a algunas de las personas que más me importan y me convirtieron en la persona que he llegado a ser. Soy una fanática de su historia, de su comida y de sus cómics. La literatura es una de las asignaturas que tengo más pendientes y quiero disculparme de entrada, pues hay varios títulos (The pillow book de Sei Shonagon, Grotesque de Natsuo Kirino, cualquiera de Ranpo Edogawa...) que me habría gustado incluir y no ha podido ser; no me gusta hablar de libros que no he leído y no he podido ponerme con estos pese a que tengo muchísimas ganas de hacerlo. También quiero decir desde ya que no voy a recomendar ninguna obra de Haruki Murakami porque lo poco que he leído de él no me mueve a hacerlo: Norwegian Wood me pareció deleznable y, de sus libros de relatos, hay algunas piezas que me parecen muy interesantes pero el grueso me ha dejado a medias.

En fin, que es una entrada coja teniendo en cuenta lo que había planeado, pero nunca voy a recomendar obras que no conozca bien y las que traigo las considero representativas e importantes.

Ikimashou!

-Battle Royale, de Koushun Takami (1999)
Distopía con pinceladas de terror y de gore, Battle Royale me parece una buena novela para comenzar a leer a autores japoneses. Es una obra enfocada al público joven y su narración es ligera, llena de diálogos y ágil. Por supuesto, quizá por su temática no sea para todo el mundo, pero es sin duda un libro al que siempre tengo ganas de volver. Como fan de la película y el manga, me quedo de lejos con la obra original.
Battle Royale es la historia de un Japón futuro sometido a un régimen dictatorial en el que todo aquello que provenga o esté relacionado con Estados Unidos está vetado. Dentro de este contexto, existe un "juego" llamado Battle Royale, donde cada año un grupo de estudiantes es llevado a una isla donde deberán permanecer hasta que solamente quede uno, con el aliciente de que, si en veinticuatro horas no ha habido ninguna baja, todos mueren. (¿Os suena? A mí me sonó mucho Los juegos del hambre cuando salió).
Más allá de los detalles escabrosos, como la forma en que los estudiantes asesinan o son asesinados, lo interesante del libro reside en el estudio que realiza de cada uno de ellos: cómo reaccionan a la realidad a la que se ven empujados, cómo cambian las relaciones entre ellos, en qué medida pierden la cordura y, en algún caso, por qué han elegido voluntariamente estar ahí. Nanahara, Kawada, Kiriyama, Megumi, Noriko... todos los personajes son analizados desde su pasado, desde aquello que les ha marcado, y es de su bagaje de donde surge la forma en que se enfrentan al desafío de morir o vivir con las cargas de tantas otras muertes. Se tratan cuestiones políticas, sociológicas y psicológicas de una forma clara y sencilla. 
Es una novela que disfruto mucho, que me hace sufrir pero que me atrapa por completo. No transcurre en el Japón real, pero hay en ella muchos elementos propios de la cultura japonesa y no me canso de recomendarla. 

-Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima (1949)
Una de las más importantes de la literatura japonesa, esta novela tiene carácter autobiográfico y nos cuenta el proceso de desarrollo de la personalidad y despertar sexual de su protagonista, un joven japonés que por su debilidad física fue criado en cierto aislamiento con respecto a los demás y no consigue sentirse parte de la sociedad en la que crece. Kou-chan, que así se llama, se va fabricando una fachada o máscara que presenta ante el mundo para ocultar su verdadera personalidad, marcada profundamente por obsesiones de la infancia así como su homosexualidad, que también vamos descubriendo junto a él a medida que se va evidenciando.
La importancia de esta novela viene dada porque se trata de un testimonio único de lo que suponía ser homosexual en el Japón de la posguerra, o de cómo era en ese mismo momento (quizá también en el presente) ser un miembro de la sociedad nipona, con sus estrictas reglas de comportamiento y moral. 
Es una novela oscura, difícil en muchos momentos por la crudeza con la que el autor se deja ver a sí mismo, por la sinceridad de lo que se oculta detrás de la máscara. Una novela teñida de muerte, de un erotismo casi enfermizo y de una humanidad a veces asfixiante.

-Kitchen, de Banana Yoshimoto (1988)
Banana Yoshimoto es una muy buena autora para introducirse en las principales tendencias de la literatura japonesa contemporánea, entre las que destacan géneros costumbristas y existencialistas, de reflexión sobre la vida y la muerte, sobre la naturaleza humana y las relaciones.
Kitchen se compone de dos historias cortas, la principal de las cuales lleva el mismo título del libro. En esta Kitchen, una mujer joven se refugia en la cocina de su casa tras el fallecimiento de su abuela; la casa se le queda demasiado grande sin ella. 
El otro relato habla de un personaje, Satsuki, que se enfrenta a la pérdida de su novio corriendo como rutina diaria
Es una novela muy bien escrita que reflexiona sobre la muerte, los lazos familiares y personales y, sobre todo, el proceso de curación y recuperación tras una experiencia tan traumática.
Con una narrativa sencilla y cargada de melancolía, consigue que el lector empatice fácilmente con sus personajes y deja un regusto de tristeza y esperanza, todo mezclado.

-Sayonara, Mio, de Takuji Ichikawa (2003)

La historia de Sayonara, Mio o Be with you, como se lo conoce internacionalmente, llegó a mí a través de su versión televisiva, protagonizada por Hiroki Narimiya. Cuando encontré la novela en castellano en la biblioteca de mi ciudad, años más tarde, me emocioné mucho.
Un año transcurre después de la muerte de Mio y ni su esposo, Takkun, ni su hijo, Yuji, han conseguido adaptarse a la vida sin ella. Takkun no es capaz de hacerse cargo de la casa ni del niño y lleva una existencia triste y sin sentido. Cuando comienza la estación de las lluvias, algo extraño sucede y Mio se materializa frente a ellos, sólo que no les recuerda.
Pese a lo que pudiera parecer dada esta premisa, no se trata de una novela de fantasía, sino que nos cuenta una historia muy real y cotidiana. Mio vuelve para devolverles la alegría, las ganas de esforzarse, para ayudarles a sanar. Los personajes deben enfrentarse ya no sólo a la pérdida, sino también a un reencuentro inesperado y diferente, que les trae a una Mio anterior a ellos a la que devolverán a la familia.
La historia de amor es creíble, normal, cotidiana; nos sentimos parte de ella porque la entendemos. La relación entre padres e hijos también queda plasmada con realismo y ternura.
En general, es un libro amable pero que conecta con el lector porque traduce en palabras cosas que todos sentimos.

-Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata (1965)

Oki toma un tren a Kioto, donde espera pasar la noche de Fin de Año; en su cabeza lleva la idea de hacerlo junto a Otoko, un amor de hace dos décadas a quien no ha vuelto a ver pero que es la responsable de su éxito como novelista, ya que la obra en que inmortalizó sus encuentros es la que todavía le da de comer.
Lo bello y lo triste es una novela escrita con maestría. Kawabata domina el lenguaje y, con sencillez, lo dota de un lirismo que atrapa. Es una novela que no se puede soltar pese a que algunas cosas nos puedan chirriar, como (en mi caso) el personaje de Keiko, que es un estereotipo en la literatura japonesa; o cierta dosis de misoginia y falocentrismo.
Los personajes de la novela viven cargando siempre con el pasado, un pasado que los ha convertido en lo que son. Fumiko no olvida la amargura por las infidelidades de su esposo, Otoko ama el recuerdo de quien se lo arrebató todo y Oki se victimiza como el hombre que no puede sino rendirse ante la belleza de una mujer. Otoko y su madre son para mí los grandes personajes de la novela, y todas las reflexiones que nos plantea acerca del amor, el matrimonio, los celos y el paso del tiempo son muy interesantes.
Quizá sea más crítica con esta novela que con las anteriores porque la acabo de terminar y recuerdo mejor sus puntos negativos; pero la voz narrativa de Kawabata es una imprescindible en la literatura japonesa contemporánea.

-Diario de Hiroshima, de Machihiko Hachiya (1945)

Cuando era pequeña, vi un documental sobre los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Era mi cumpleaños y las imágenes que transmitía el televisor me afectaron profundamente, me impactaron e hicieron que manifestara hostilidad hacia cualquier cosa que llevara el apellido "nuclear" (sigo sin ser fan).
Uno de los primeros libros que le compré al Círculo de Lectores, cuando estaba suscrita, fue este Diario de Hiroshima, que no tiene nada que ver con ninguna de las obras que he analizado hasta ahora: se trata justamente de lo que el título indica, las notas de un médico que vivió en primera persona la desgracia nuclear de aquel seis de agosto. Tiene la narración sencilla de quien escribe por terapia y sin ni siquiera plantearse publicarlo; nos traslada a las condiciones precarias de los hospitales de una ciudad destrozada y a las consecuencias inmediatas en los cientos de personas a las que atendió Hachiya durante dos meses. 
Es una forma distinta de acercarse a la mentalidad japonesa, a cómo esa sociedad responde a la desgracia y, por supuesto, a la pérdida y la enfermedad.

-Kokoro, de Natsume Soseki (1914)

Otra de las grandes obras de la literatura japonesa, Kokoro es una novela sencilla y profundamente reflexiva sobre esas decisiones, a veces impulsivas, que nos cambian. Como Lo bello y lo triste, está cargada de un lirismo basado en la naturaleza y en la identificación de ésta con las emociones humanas.
El personaje principal, un joven sin demasiadas ambiciones (y cuyo nombre no conocemos), se hace amigo de Sensei, un hombre mayor que se muestra misterioso y reservado pero que poco a poco va admitiendo su compañía. La historia gira en torno a la relación de ambos y a las pistas que el protagonista va encontrando sobre la vida de Sensei, la relación con su esposa y un pasado que parece haberle restado las ganas de vivir.
No es una novela que se disfrute por la intriga o el misterio, ya que es fácil atar cabos, pero engancha por la maravillosa narrativa y la forma en que va dando pinceladas a unos personajes complejos y llenos de matices
Dividida en tres partes, mi favorita es sin duda la segunda, en que dejamos de lado a Sensei y viajamos con el protagonista a su ciudad natal; las relaciones familiares están retratadas en este libro con tal maestría que cuesta no encontrarse reflejado en ellas.


Aunque finalmente he decidido no incluirlos, os recomiendo echar un vistazo a las múltiples obras sobre samuráis que han trascendido: El libro de los cinco anillos de Musashi Miyamoto, el Bushido de Inazo Nitobe y multitud de libros nipones y occidentales escritos al respecto. Aunque pueda no interesaros el tema, hay muchos rasgos de la sociedad japonesa actual cuyas raíces podemos encontrar de forma muy clara en las narraciones de la época feudal, los clanes y los guerreros al servicio del honor. 


 ¿Qué obras japonesas habéis leído y cuáles me recomendáis? ¡Hasta la próxima!
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