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sábado, 16 de septiembre de 2023

Los sueños... veinte años después

 

Si miro hacia atrás en busca de mi primera noción de One Piece, llego inevitablemente a la obra de mi vida: a Rurouni Kenshin. Eiichiro Oda, antes de convertirse en el autor del manga más masivo, reconocido y rentable de la historia; había trabajado como ayudante de Nobuhiro Watsuki en Kenshin. Éste no dudó en explayarse, en los llamados free talks que dedicaba a los lectores entre capítulo y capítulo, acerca del nuevo manga de su colega, quien debutaba como autor en un shounen con nombre propio.
One Piece se estrenó en Telecinco en 2003, en plenos quince años de mi vida, cuando ésta y las de mis mejores amigos giraban en torno a nuestro amor por Kenshin, Saint Seiya y nuestros grupos japoneses favoritos. El anuncio de su emisión, para nosotros, significaba que podríamos ver "el anime del ayudante de Watsuki". Y, aún por encima, iba de piratas.

Si me hubieran preguntado hace un par de semanas, habría dicho que me disgustan profundamente los live actions (o versiones de imagen real) de obras de manga y anime. Casi siempre salen mal. Sí, ahí están lo feliz que me hicieron el de Alita y el de Nana, algunos de mangas que no he leído como Kingdom, o incluso el del mismo Kenshin, que ni se acerca al manga pero está bien. Sin embargo, el concepto de adaptación a carne y hueso me genera miedo y desconfianza y me niego y seguiré negando a consumir una americanada con el título de Saint Seiya, por poner un ejemplo.
Pero One Piece. One Piece con gente real sonaba al peor live action de la historia, y sin embargo he aquí que toda la gente que lo ha visto afirma que es bueno. Juro que jamás me habría sentado a mirarlo de no haberme escrito mi amiga Mai, la persona que vivió conmigo aquellos sábados y domingos de Telecinco, para decirme que le estaba encantando.

He tardado una semana entera en consumir los ocho episodios que conforman esta serie, la serie de Netflix de One Piece, por la única razón de que me he forzado a mí misma a alargarla para que me durara sólo un poco más: ese es el resumen de mi opinión al respecto.

One piece (2023) me ha devuelto a los quince años, a las mañanas de fin de semana partiéndome de risa con las ocurrencias de un anime desenfadado, ligero, creativo, absurdo y con muchísimo corazón. 
Diría que su primer gran acierto es el tono, ya que desde el instante en que vemos a Gold Roger pronunciar sus famosas palabras antes de ser ejecutado, sabemos que estamos ante una historia amable, ridícula y muy aventurera; por si no lo he dejado claro en suficientes ocasiones, no hay género en el que me sienta más en casa que el de aventuras y camaradería, y tal vez ese sea uno de los mayores motivos por los que amé One Piece en su día y la he vuelto a amar veinte años más tarde. Los creadores de la serie saben en todo momento con qué historia están trabajando, quiénes son sus personajes y dónde está el alma de lo que se quiere contar. Entienden que el disparate es parte indispensable de la narración, que Luffy es un tío que sólo ve aquello que quiere ver y que lo hace con determinación; que en la historia debe haber un tipo con cuernos de carnero porque sí y que los sueños son el motor de la vida, del shounen y de One Piece. La participación de Eiichiro Oda en el proceso resulta palpable, pero aunque no hubiera sido por él se habría seguido notando el inmenso cariño con el que está hecho un producto por fans y para fans, como una conversación animada en cualquier convención de manga.


Los personajes me parecen la mayor baza de la serie, con unos actores entregados y una caracterización impecable, no eludiendo en ningún momento los rasgos de su aspecto que más de dibujo animado resultan, sino abrazándolos sin que esto implique que nos los creamos menos o que no los compremos. Contribuye a la percepción de que los personajes SON los personajes el crisol étnico del elenco, muy siglo XXI y también muy One Piece; aporta colorido en pantalla y cercanía a aquel mundo pirata que no era otra cosa sino diverso.
No hay actor que no esté perfecto en su rol y no me refiero únicamente a los protagonistas, que son maravillosos, sino también a unos villanos deliciosos e incluso a los secundarios más trabajados que he visto en una adaptación de estas características.
Si Luffy (Iñaki Godoy) ES Luffy sin atisbo de duda, ninguno de sus compañeros de tripulación se queda atrás. Es más, ya que estoy, aprovecho para reconocer de forma pública que mi regresión a la infancia también ha pasado por enamorarme de un personaje tras otro al punto de tener que decir: no sé cuál es mi gran amor en One Piece. Como cuando tenía quince años, sufrí tremendo crush con Zoro (Mackenyu, al que ya conocía de mi amado dorama Todome no Kiss) para que luego apareciera Shanks (Peter Gadiot) a robarme el corazón y más adelante se interpusiera Sanji (Taz Skylar) en mis amoríos imaginarios con los anteriores (¡ES QUE HASTA ESO HAN CONSEGUIDO!).
De los villanos, estando todos excelentemente retratados, siento debilidad por Kuro (Alexander Maniatis), el mayordomo pirata cuyo gesto característico de colocarse las gafas imitábamos mis amigos y yo en los pasillos del colegio. Me ha parecido insuperable en su versión en carne y hueso.
Absolutamente perfectos también Usopp (Jacob Gibson), Koby (Morgan Davies) y hasta el putísimo Helmeppo (Aidan Scott), cuyo actor hace un trabajo brillante.
Pero el corazón de la serie, como ya era así en un anime lleno de buenas intenciones, es sin duda Nami; cuando he leído que la actriz (Emily Rudd) es una otaku de toda la vida y que este papel ha sido un sueño para ella, todo ha cobrado sentido. Interpreta con tantísimo acierto al personaje femenino por excelencia, con su complejidad, su inteligencia y su escepticismo. Nami tiene una mirada cargada de sueños y de tristezas, como los que llevan a cuestas todos los protagonistas, y de algún modo es la encargada de encarnarlos, incluso cuando es la única parte racional que cuestiona si sus propósitos no serán demasiado infantiles.

El diseño de producción, incluidos los planos selfie y móviles que aportan frescura y cercanía a la imagen, contribuye a ese tono casi pueril basado en el imperativo de ir a por nuestros sueños, por inalcanzables que estos parezcan. 
Los escenarios resultan tan originales como aquellos en los que se basan, tan narrativos como debían serlo.
También, al igual que ya me pasó cuando veía por primera vez el anime, me he emocionado encontrando los guiños a Rurouni Kenshin que metía Oda en el manga, como técnicas de esgrima similares, algún que otro parecido razonable con Marvel y cierta conversación sobre un tejado.

Hay una canción en el último (y bellísimo) disco de Hozier en la cual reflexiona sobre cómo en la vida acabamos tomando decisiones en función de lo que se espera de nosotros o lo que dicta nuestro mundo, pero estas suelen alejarnos de quienes somos: You and I burned out our steam / Chasing someone else's dream / How can something be so much heavier / But so much less than what it seems / Darling we sacrificed / We gave our time to something undefined / This phantom life / It sharpens like an image / But it sharpens like a knife. Al igual que no consigo evitar llorar cada vez que la escucho, hubo dos momentos musicales en la serie que me hicieron lagrimear sin parar y amar que One Piece haya venido a mis treinta y cinco años a hablarme de sueños.
El primero es cuando por fin consiguen el barco que será uno de los elementos más icónicos de la tripulación y comienza a sonar, en una versión sinfónica preciosa, el primer tema de apertura del anime, el mismo con el que he encabezado esta entrada. Me hizo tanta ilusión escuchar esa melodía en la serie, una melodía que es parte inseparable de mi adolescencia, que habría besado a quien decidió que no se podía prescindir de ella.
El otro momento es el final de la temporada, con la canción interpretada por AURORA poniendo voz a Nami en un tema bellísimo a nivel de melodía y de letra: Caught up in the whirlwind, a perfect storm / Reduce my sails and risk it all / Positions unknown and no sight of land / But I command, full speed ahead. Que la serie se despida así hasta un futuro encuentro (ojalá igual de bonito) es como si Nami/AURORA hablara por nosotros, los espectadores, que quizá en un principio hayamos sido los más escépticos con respecto a la viabilidad de la aventura porque nos ataban las cadenas de la realidad, de esta phantom life acerca de la cual cantaba Hozier; pero el sombrero de paja nos ha liberado y por fin podemos ver con claridad el horizonte hacia nuestros sueños: I'll draw a map of the world / Of lands unknown and untold / I'll guide my ship towards the morn' / Through the raging waters.

Los sueños como motor de la vida. Algo que siempre he tenido claro y casi he perdido por el camino, algo que se me ha devuelto en forma de historia disparatada de aventura y amistad. 


We all have dreams, but we outgrow them?

Not us. Not me.

Quiero más.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Favoritos de julio y agosto


Septiembre se ha impuesto y ojalá me hiciera más ilusión su llegada, pero lo cierto es que una parte de mí aún se rebela contra la rutina. 
Ha comenzado el curso más raro hasta ahora porque me ha tocado asumir funciones totalmente nuevas y estoy enterándome de todo a marcha de tortuga (cosas de que se te designe para un puesto y no haya nadie encargado de informarte de lo que tienes que hacer). Total, que me siento ilusionada al mismo tiempo que nado en estrés. Quiero pensar que esto último se irá atenuando poco a poco.

Este verano para mí ha sido esperanzador. Después de lo que fueron 2020 y la primera mitad de 2021, este agosto he viajado. He vuelto a comer en un restaurante, a cruzar una frontera y a sentirme en plena aventura.

Como consecuencia de ello (y de que me pasé gran parte de julio encerrada por oposiciones), lo cierto es que he consumido muy poca ficción. Va a ser un Favoritos flojeras, pero no me arrepiento para nada nada de haberme dejado llevar.

En cualquier caso, recomendaciones:

Libros

-Cómo piensan los niños y otros recuerdos de mi vida, una compilación de declaraciones de Hayao Miyazaki reunida por la editorial Confluencias. Es lo que es: un conglomerado de textos (discursos, charlas, entrevistas...) del director de Studio Ghibli en los que reflexiona sobre la animación, la industria del cine, los mensajes que pretende trasmitir con sus películas, el significado de cuestiones como la guerra... Me sorprendió el tono, mucho más campechano de lo que esperaba, y a la vez esto sólo lo hizo mejor. Disfruté muchísimo de su lectura y de su sabiduría, y en especial me gocé como una cría la conversación con Akira Kurosawa en la que el propio Miyazaki lo estaba flipando con las cosas que le contaba su colega. El viento todavía se levanta, queridísimo Miyazaki (aunque lleves desde los 30 diciendo que la próxima será tu última película).

-The Rabbit Back Literature Society, de Pasi Ilmari Jääskeläinen. Finnish Weird en su máximo esplendor, una lectura poco convencional pero que cuadra perfectamente en su contexto de nacimiento, realismo mágico que no llega a importar tanto como los temas que se abordan, principalmente la naturaleza del escritor. Hablé de este libro en mi entrada anterior, así que no me enrollo más.

-El último mosquetero, de Jason. Cómics que te encuentras en la biblioteca de tu ciudad y no puedes dejar en la estantería. Me gustó muchísimo, es puro entretenimiento en el que el mosquetero Athos, que sigue vivo en plena actualidad quién sabe por qué, se enfrenta primero al mundo de hoy en día y luego a un enemigo alienígena. Es un relato sencillo, pero muy divertido en cuanto a cómo el personaje lleva por delante los valores de su época, como el honor y la caballerosidad; y son estas conductas caducas las que le salvan. 

-Atelier of Witch Hat, vol. 7. ¿Qué digo yo de este manga que no haya dicho ya? Es precioso. Este tomo, además, contiene respuestas y un gran avance en las relaciones, por lo que me encantó.


Viajes

Madre mía, no os hacéis una idea de la ilusión que me hace poder hablar de un viaje después de año y medio sin salir de Galicia (dos medios​ días en Portugal en julio del año pasado no cuentan). A cada uno la pandemia le ha robado unas cosas importantes, y en mi caso sin duda la que más me asfixia es no poder viajar. No pasa nada por no salir de tu casa en todo un año, pero admito que pasado ese plazo todo esto ya me tocaba las narices más de la cuenta. Y, aunque mi plan prehistórico había sido una escapada larga a Japón para este año, los pensamientos que realmente ​he tenido de forma insistente a lo largo de los meses han sido dos: 1) Cómo añoro, a un nivel casi físico, escuchar todo el tiempo a mi alrededor otros idiomas, cualesquiera que no sean los míos; y 2) Echo muchísimo de menos Europa, irme un fin de semana cualquiera a Varsovia a ver a Dir en Grey, el verde de las ciudades europeas, sus ritmos, sus tranvías, ir a Alemania y entender un montón de palabras gracias al inglés y verme en Polonia y sacar más vocabulario por su parecido con el checo.
Europa, lo que es para mí Europa. Sus ciudades pequeñas pero cargadas de patrimonio e historia, sus ríos y parques y terrazas e iglesias. Finlandia, como si fuera una extremidad más de mi cuerpo que no puedo usar ahora mismo. Praga y su belleza sin igual, mi Inglaterra.
Hace muchos años que quería hacer un viaje en coche por las profundidades de algún país. Bueno, no de alguno. Había planeado esto mismo para la Semana Santa de 2020 en Irlanda, y desde siempre he querido hacerlo en Inglaterra, en Portugal, en Francia, en Estados Unidos y en Italia. Y no sé vosotros, pero para mí la idea de viajar después de lo que hemos vivido era poco menos que sacrílega. Nos hemos quitado de tantas cosas en los últimos tiempos, hemos estado más solos físicamente que nunca (aunque curiosamente​ para mí hayan sido tiempos de entablar nuevas amistades). Pero mi amiga Laura sugirió medio de coña marcarnos una ruta 66 en Francia y al final empujó lo suficiente como para que cediera y me uniera al plan; no me lo creí hasta el día que salimos.
Este verano, he hecho mi primer road trip y me ha encantado conocer Francia de esta forma, con el único inconveniente de que ahora hay muchísimos sitios a los que quiero volver y tengo más puntos pendientes que nunca en el mapa de allí.
Hemos subido desde Hendaya por la costa hacia Burdeos y hasta Bretaña, pasando por Nantes y La Rochelle. Hemos conocido la historia de Normandía y hemos hecho la ruta de catedrales góticas que soñaba cuando tenía diecisiete años. Hemos descubierto el norte y el centro, hemos vivido el agobio de un búnker en Verdún y nos hemos enamorado de Clermont-Ferrand y los pueblos que la rodean. Hemos comido de menú en bares de pueblo a precio de España, nos han dado "la habitación auxiliar" en un hotel con vistazas al río de Castres y nos hemos encontrado en playas, montes, fortalezas gigantescas, polígonos de lo peorcito y hasta volcanes.
Yo me he quedado un poco allí, seguro que de por vida. Francia ha sido en muchísimos sentidos alimento para el alma. Y los franceses, alimento para el pánico al volante.


Música

-Permission to dance, de BTS. Como ya cada vez desde hace más de un año, mi vida ha girado en gran medida en torno a estos señores y todas sus cosas. La canción suena a High School Musical, el baile no busca más que la diversión, pero todo el concepto y la letra y su energía me emocionaron profundamente y me hicieron muy feliz este verano. Sigo pensando que me gusta más que Butter.


-Summer or Summer, de Hyolyn y Dasom. Tampoco tengo que entrar de nuevo en mi amor incondicional y eterno por Sistar, pues lo he mencionado muchas veces en este blog. Me hace feliz verlas apoyarse mutuamente y reunirse de vez en cuando para cenar o hacer el chorra; pero que haya habido en 2021 una colaboración musical entre estas dos personas me ha traído una alegría que no puedo explicar. Ya el título da pistas, pues a Sistar las apodaban "las reinas del verano", y en este caso han venido en mitad de agosto a traernos un tema que es como si cada vez que lo escucho hiciera retroceder el calendario. Impresionadísima por lo mucho que ha mejorado Dasom como vocalista, y enamorada de ellas dos y de las otras dos que no han dejado de apoyarlas también.


-Family y Don't hate me, de Badflower. Puede que algún día escriba una entrada sobre este grupo, que suena al punk-pop-rock emo de comienzos de los años 2000 pero me tiene enganchadísima desde la primera vez que lo escuché. I want to believe you when you sing it to me, que decía Brent Smith; lo de este grupo lo compro por completo.




Y esto han dado de sí mi julio y mi agosto. He perdido medio verano estudiando y he dedicado el otro medio a viajar. He escrito de forma compulsiva, cosa que no había logrado en años. He dormido cada noche en una ciudad distinta. He cumplido mi sueño de alojarme en moteles de carretera. Me he hecho el enésimo esguince en el tobillo malo. He abrazado a mi mejor amiga después de año y medio.


Os deseo paciencia, calma y salud mental para el nuevo curso; os prometo que ser Army ayuda mucho con todo esto.

Bye!

martes, 2 de marzo de 2021

Favoritos de diciembre, enero y febrero

Pretendo que ésta sea la última vez que tenga que agrupar tres meses porque ya me cuesta acordarme de lo que comí ayer.

Pero bueno. Vamos.


Películas

NO HAY. Que dirás tú: "¡Pero si es lo único que siempre haces, ver alguna película!". Pues no hay. Y no es por falta de intentos, porque algunas he visto y otras he intentado ver y me he quedado por el camino. Pero es que no he acertado una mierda. 


Series


¡CHORPRECHA! Que no hay películas, pero hay series. Manda narices, no me reconozco. A ver, tampoco os esperéis que me haya chapado las trescientas temporadas de *insertenombredeseriequetodoelmundohavisto*, pero ¡he visto series (cortas)! Y me han gustado todas:

-Alice in Borderland (2020). No, no, no. A mí no me vengáis con que los doramas son trampa. Es cierto que el buen dorama es el único formato de serie que nunca me da pereza, pero también lo es que cada vez me cuesta más encontrar títulos originales o llamativos. En este caso, volvemos a hablar de dorama hecho para Netflix y el protagonista es mi ya muy apreciado Kento Yamazaki, el de Todome no Kiss (que ya sabéis que fue mi gran obsesión cuarentenil de 2020). EN FIN, que Alice in Borderland es un dorama episódico de supervivencia a base de pruebas que implican mucha muerte y destrucción alrededor. Recuerda a Gantz (ALERTA POR MISMO DIRECTOR), a Mirai Nikki, a Saw y a toda esa ristra de mangas/animes/películas en que un ente superior desconocido pone a unos personajes a liarla parda para no morir.
La factura técnica es notable y cada episodio parece una película. Es entretenida, tiene momentos en que emociona y hay imágenes de Tokyo que habría jurado que eran reales de no haber enseñado los entresijos el propio Yamazaki en Instagram. 
Para ser redonda, habría necesitado guiones más sorprendentes en que no acabara la balanza siempre del lado del protagonista. Se ve venir en muchas ocasiones y le falta esa chispilla de lo inesperado.
Pero vamos, que te la gozas.

-La infamia (2017). De Japón a Reino Unido, de la ciencia-ficción a una mini-serie basada en hechos reales. Se estructura en tres episodios que nos narran, desde la perspectiva de las víctimas y sus entornos inmediatos, la red de pederastia juzgada en Rochdale en 2012. Fue un caso muy controvertido en su momento, por un lado porque desde los servicios sociales locales se había dado alerta de la situación múltiples veces sin que nadie hiciera nada por intervenir; y, por otro lado, porque los perpetradores eran británicos paquistaníes y el problema del racismo estuvo muy presente en la opinión pública y la prensa.
La miniserie es directa, explica primero cómo se inicia la situación de abuso y cómo se prolonga en el tiempo, analiza las consecuencias psicológicas y familiares, plasma cómo las instituciones son muchísimas veces incapaces de intervenir y no tiene miedo de mostrar un proceso policial y judicial que tuvo muchas negligencias. También lanza al aire la crítica del trato a las víctimas en casos de abuso sexual, y lo hace acertadamente habiéndonos presentado a cada una de ellas y habiéndonos hecho comprender cómo llegaron a esa situación y cómo salieron de ella.
Me gustó mucho.

(Curioso que la novela de Ledicia Costas que trata temas parecidos se titule igual).


-Eating existence (2015). ¡Otro dorama! Aunque con trampa, porque los episodios duran diez minutos. Lo vi por No Min Woo, pero la que me encantó fue Ahn Young Mi, en un papel femenino muy distinto de las típicas protagonistas y con ideas claras que desafían las convenciones coreanas. Es una miniserie de chica conoce a chico muy sencilla y entretenida, un poco slice of life de personas que se salen de la norma, pero se encuentran y pueden compartir esas rarezas. 
Pocas veces me ha dado tanto asco la comida en pantalla, pero la serie está muy bien.


Libros



-Demian, de Hermann Hesse. Sí, me costó un poco avanzar y sí, me dejó un poco descolocada esperando algo. Pero el algo era lo que ya estaba ahí desde el principio, esa barbaridad clarividente que abre en canal la naturaleza humana con sus fuerzas guía y sus contradicciones para explicar lo que significa convertirse en uno mismo, adulto y dueño de la totalidad de su persona. 
Sí, también voy a reconocer que lo leí por BTS y que desde entonces aprecio mucho más cómo en sus videoclips incorporan esta historia para hablar de la autoestima; pero el poso me lo ha dejado el libro y es de esas historias a las que volveré en busca de algo. Algo que quizá no encuentre de la forma que querría, pero que moverá teclas importantes en mi cabeza y me servirá para abrirme un poco más a mí misma.

-Un beso antes de morir, de Ira Levin. MIRA. MIRA. Este libro he empezado a leerlo cientos de veces a lo largo de mi vida. Ha estado en mi casa desde siempre, una portada blanca con unos labios como si alguien hubiera dejado una huella de carmín. Lo cogí por primera vez cuando tenía unos quince años, lo he vuelto a iniciar innumerables veces y al final mi hermana decidió que se lo apropiaba sin que yo hubiera avanzado más de la mitad. Y no sé por qué, si es tremendamente adictivo.
Ira Levin tenía veintitrés años cuando escribió esta novela que sería absolutamente magistral de no haberse quedado su desenlace algo manido en pleno 2021. Pero todo lo que lo precede es absoluta maravilla. Se divide en tres actos para las tres víctimas de nuestro protagonista sociópata capaz de todo por ser alguien; los dos primeros, vertiginosos y cargados de detalles, desembocan en un tercer acto más desbocado, que ha perdido el buen hacer del asesino metódico. 
Es sobre todo, un libro muy entretenido que no se puede soltar y que realiza un análisis rápido y certerísimo de toda una serie de estereotipos propios de una época y un lugar. La contextualización es exquisita, es casi como si la prosa misma hablara un idioma propio de los 50 que ya no usamos. 
Genial.

-Familiar Face, de Michael DeForge. A través de muñequitos muy raros y paisajes surrealistas, habla del sinsentido de la vida actual y del declive del ser humano ahogado por su propio desarrollo. Es muy entrañable, en realidad.

-Tomillos varios: 13 y 14 de El león de marzo, Tokyo Babylon como relectura navideña. Todo precioso.

-A sure star in a moonless night, de Sirkka Turkka. Buscando literatura finlandesa traducida (en especial, poesía; sigo en Instagram a un señor finlandés que traduce un poema diario y me pone los dientes largos), di con FILI, una organización para promover la publicación de literatura finlandesa en otros idiomas. Y, gracias a FILI, mi biblioteca tiene unos cuantos volúmenes más. 
Mi primera lectura ha sido esta poesía reunida de Sirkka Turkka, que me ha parecido absolutamente finlandesa y absolutamente deliciosa. Desde lo parco, lo cotidiano y lo intrascendente, habla de la vida, la muerte, las añoranzas, los anhelos... Poesía existencial sin ápice de sentimentalismos, pero por completo sensible y profunda


Música

¿En serio tengo que repetiros que estoy todo el día escuchando BTS, viendo cosas de BTS, pendiente de noticias de BTS...? Es decir, en series habría ganado más explicando que he vuelto a empezar a ver su Bon Voyage, que me he tragado todos sus documentales y conciertos, que voy al día con RUN BTS... Es la realidad.

Así que sí: he escuchado a BTS. Mucho. Y, por no dar la lata y parecer una adolescente pirada, no voy a entrar en detalles, pero sí os voy a recomendar su reciente Unplugged en MTV (el concepto de unplugged, actualmente, como que no tiene mucho sentido) que me levanté a las 3 de la mañana para ver. En concreto, os dejo su versión de Fix You de Coldplay porque aún no he dejado de llorar desde que salió:


También he estado a tope con canciones de otra gente, como por ejemplo:

-Paralysed y Start the Fire, de Jamie Bower. Counterfeit llegó a su final en 2020, pero eso ha traído a Jamie haciendo otro tipo de música. Estos primeros temas me tienen enamorada y orgullosísima.


-The Melody, de Super Junior. Esta canción me ha causado un efecto parecido al de Life Goes On de BTS: me tranquiliza, me hace sentir acompañada en el remolino de emociones que me asfixia en esta época.



-The Purge, de Within Temptation. Qué temazo, qué cosa más adictiva. Yo vengo del Within Temptation de mis dieciséis años y llevaba un buen tiempo confundida por el enorme cambio de la banda y sobre todo de la forma de cantar de Sharon. Ha habido muchas canciones que me han gustado de sus últimos discos, pero con ésta me han enganchado de nuevo.



-¿Qué más quieres de mi?, de Marta Sango. Me encanta esta chica, que haga lo que le apetece y que sea tan fiel a su esencia. Y me encanta esta canción, aunque el videoclip habría molado más con gente que bailara un poco mejor.



-Sakura Rising, de WagakkiBand. Nunca había escuchado mucho a este grupo, sabía de su existencia pero me parecían una mezcla de Kagrra, y Onmyouza y no les había dado más importancia al escuchar ya mucho a los anteriores. Pero sacaron esta canción con Amy Lee y me ha parecido mágica la conjunción de un estilo inspirado por las tradiciones japonesas y la voz aterciopelada de la cantante de Evanescence.   



Otras cosas

No voy a hablar de excursiones ni de conciertos porque me deprime un poco pensar que lo más cerca que he estado de algo de esto último ha sido el Raskasta Joulua emitido online y que acto seguido Marko Hietala anunció su marcha de Nightwish.
He estado por aquí, como todo el mundo. He visto a mi familia en Navidad y no he tenido que preparar el menú individual para Nochebuena (ya lo tenía medio planeado). He podido escaparme a pueblos bonitos, he pasado demasiado tiempo en Fisterra (con sus fisterranas y fisterranos), he visto el mar a diario y me ha costado dormir casi todas las noches.
Me he comprado una kalimba y paso más horas de las que debería haciéndola sonar y sacando melodías. Puede que empiece a componer con kalimba; en algún momento quiero hacer música a base de kalimba y bajo, ya verás qué cosa más maja (si veo que faltan cosas, le meto una pandereta y palante). 

Está siendo un año difícil. Algunas cosas están muy bien y valoro que lo estén, pero otras me tienen todo el tiempo agobiada y preocupada. La pandemia, ya tal. 


¡Que marzo sea mejor! Sed lo más felices posible.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Favoritos de julio y agosto


Sí, a estas alturas de septiembre. Llevo desde los últimos días de las vacaciones tratando de sentarme a escribir y siendo incapaz. Agosto lo acabé en un estado de estrés importante ante la inmitente mudanza y sobre todo ante la incorporación a un nuevo colegio en unas condiciones de las que mejor no me pongo a hablar. Septiembre ha arrancado con muchas cosas buenas (vivo en uno de los sitios más bonitos que he visto en la vida), pero también con una nueva carga de ansiedad y con muchísima incerteza con respecto a la forma de trabajar. Me siento bastante perdida y ahogada y lo único que está consiguiendo tenerme concentrada son (os vais a reír) unos chavales coreanos que hacen Kpop.

Con todo lo raro de no haber viajado y de haber tenido como principal momento de ocio la visita casi diaria a la playa, el verano ha estado bien. He podido olvidarme un poco del mundo, que era muy necesario este año. He descansado (me doy cuenta de que no lo suficiente), he aceptado sólo los planes que me apetecían y he estado con mi hermana. Ni he leído demasiado, ni he visto demasiado; sin embargo, hay unos cuantos títulos que necesito mencionar y compartir porque se han quedado. 
Lo cierto es que ya he venido comentándolos en las entradas anteriores, pero era el momento de obligarme a escribir y no parece malo que sea por medio de un recopilatorio.


Favoritos de este verano:

Cine


-Gattaca (1997). Fue mi arranque cinematográfico de las vacaciones y me gustó muchísimo. Había oído hablar de ella, pero lo que esperaba era muy distinto a lo que encontré. Me sorprendieron muy positivamente el ritmo pausado y el enfoque humano, alejados de la distopía más convencional. Con interpretaciones hipnóticas (especialmente la de Jude Law) y unos recursos estéticos abrumadores, la cinta reflexiona sobre la amistad, la familia, la superación personal y los límites éticos de la ciencia. Cada secuencia es icónica. Me emocionó mucho y seguro que volveré a verla bastantes veces.

-Go (2001). De vez en cuando, emprendo giras interminables por las filmografías de mis actores favoritos. Yosuke Kubozuka es uno de los nombres que más me fascinan en la interpretación japonesa actual y hacía tiempo que no veía nada de él. Me puse a retroceder en el tiempo y llegué a Go, coprotagonizada por mi también querida Kou Shibasaki y centrada en la discriminación que sufre un personaje descendiente de coreanos en Japón. Además de la enorme interpretación de Kubozuka y de una historia de amor desarrollada con sencillez pero de forma creíble y natural, la película se mueve en torno a la búsqueda de la propia identidad en tierra de nadie; pasando para ello de género en género, desde la acción de su arranque (grande, Taro Yamamoto), coqueteando con la comedia y sin renunciar a un drama realista y sosegado. Muy bonita.

-Diner (2019). Y, al igual que me pongo a investigar a los actores que me gustan, suelo ir de vez en cuando a ver qué están haciendo mis directores. De Diner, de Mika Ninagawa, ya he hablado y por eso no me voy a repetir. Creo que, objetivamente, no debe de ser tan buena como a mí me lo parece (de hecho, en ritmo y estructura me resultó muy rara y tengo ganas de volver a verla por si cambio de idea); pero es que me tiene conquistada, enamorada, encoñadita viva. La estética es del habitual histrionismo de su directora, los personajes son puro manga y la comedia es ácida y deliciosa. Diner representa la clase de cuento moderno que me gusta y la amo.


En un segundo plano se quedarían otras dos cintas que, sin disgustarme, tampoco me encantaron: No longer Human (2019) y María Solinha (2020). De esta última me da pena el desenlace, ya que durante toda su duración había estado viendo, simplemente, una reflexión muy bonita sobre el teatro y quienes lo aman; estaba tan bien que, cuando aparece un giro nada relacionado con lo anterior, a mí se me desmoronó todo lo interesante que le había encontrado. 


Series


NO VOY A HABLAR DE THE 100 PORQUE AÚN NO HA ACABADO, PERO PODÉIS ESPERAR QUE PRÓXIMAMENTE SUCEDA UNA DE ESTAS DOS COSAS:

a) Publique una entrada muy deprimente sobre cómo se han cargado una serie que ha tenido tantísimas cosas buenas.

b) No vuelva ni a mencionarla del cabreo con el que voy a acabar su temporada final.

En verano, sólo he visto una serie nueva y también he escrito ya sobre ella: Followers (2020), también de Mika Ninagawa. Sin ser una obra maestra y cayendo en algunos clichés muy típicos de las series americanas, aun así se las arregla para transmitir la identidad de la farándula japonesa y para hacernos empatizar con unos personajes que intentan salir a flote aferrándose a sus sueños. Tiene algo de dorama y algo de serie occidental, pero sobre todo tiene mucho de Mika Ninagawa y eso no puede ser malo nunca.

En revisionados, entraría Byakuyakou (Journey Under the Midnight Sun), que es un dorama que me ha obsesionado durante años y cuya novela he devorado por fin tras una larguísima espera. Visto justo tras la lectura del libro, me resultó menos interesante que éste en muchos aspectos; pero me gustó mucho comprobar que realmente hubo un trabajo de adaptación, que no se trató de calcar la historia base sino que se buscó expresarla desde un punto de vista distinto. Es un dorama y se le nota todo el tiempo, lo cual es absolutamente positivo; impacta menos que la novela e intriga también menos, pero sigue teniendo fuerza y haciendo llorar. Lo que menos me gustó fue el personaje de Ryouji; me habría gustado muchísimo ver a Takayuki Yamada encarnar al Ryo del libro, pero se trata de dos personajes muy distintos.


Libros y cómics


Es el año de volver sobre las obras importantes y a eso me he dedicado durante este verano. Aunque han caído cosas nuevas, de las que ahora hablo, mi principal lectura ha sido la fuente original de mi dorama favorito; y en manga he regresado tras mucho tiempo a X de CLAMP, que es perfecto y maravilloso lo lea cuando lo lea.

-Journey Under the Midnight Sun, de Keigo Higashino. Ya he escrito una entrada al respecto, pero aún estoy sorprendida por lo absorta que me tuvo esta novela mientras la leía y por su forma y su tono tan especiales. Conocía el dorama desde hacía muchos años y la mayoría de los hechos que se van narrando me los veía venir; sin embargo, Higashino hace algo muy especial con su modo de explicarlos: pone las pistas sobre la mesa y nos permite intuir a nosotros qué es lo que realmente ha pasado y quiénes son en verdad los personajes en torno a los cuales gira todo. Jamás conocemos a Yukiho ni a Ryouji, sin embargo somos bombardeados con información sobre ellos procedente de distintas fuentes en momentos diversos de la vida y eso nos permite confeccionar nuestro propio retrato. Me pareció una novela maravillosa y tengo ganas de lanzarme a leer otras del autor.

-Atelier of Witch Hat, Vol. 5 y 6. No tengo nada que añadir a lo que vengo diciendo de este manga. Es bellísimo a todos los niveles, presenta un mundo mágico original y muy bien construido, los personajes son adorables y la intriga sigue creciendo y complicándose. Muy bien todo.

-La Desaparición de los Rituales, de Byung-Chul Han. Nuevamente, ya he escrito largo y tendido sobre este libro. Byung-Chul Han continúa siendo una voz reveladora y que me despierta ante aspectos de la realidad a los que no les había puesto nombre. En este volumen, saca a la palestra la importancia de la parte ritual de la vida como eje articulador de nuestro bienestar; con la muerte progresiva de los rituales en nuestras sociedades actuales, el ser humano pierde una parte muy central de aquello que le permitía funcionar. Es una reflexión profunda, cargada de matices y argumentos sobre el uso de las redes sociales, las relaciones en el siglo XXI, la absolutización del trabajo... Genial, en su línea.

-Mr. and Mrs. X, Vol. 1 y 2. Que Gambito y Pícara se habían casado y no me habían invitado. Había que leerlos, sin más. No son la repera, pero sí saldan una deuda de años con estos personajes y los lectores que los han seguido; el segundo tomo me pareció más interesante en la exploración de su relación y de todas las frustraciones y miedos contenidos entre ellos a lo largo del tiempo. 

-X de CLAMP. Simplemente quería mencionar otra vez que lo he releído y ha sido durísimo y genial. Amo sus ilustraciones grandilocuentes, sus contrastes de coloración, a sus personajes. Amo que me recuerde quién soy. Es y será siempre uno de mis grandísimos mangas favoritos.



Excursioncillas

Qué raro es un verano sin mi gran viaje del año. Lo he echado de menos infinito, aunque reconozco que creía que lo iba a llevar peor.
La parte mala es que el verano se me pasó volando. Tuve dos meses íntegros, sin oposiciones, y ni me enteré. Se me fueron como si nada. En parte conseguí desconectar y en parte estuve siempre conectada; pendiente de las noticias, del destino para este curso, de mil cosas.


Sí realicé un par de excursiones cerquita. La primera es un poco irónica porque me vine con mi amiga Laura a recorrer durante unos días la Costa da Morte (digo vine porque ahora parece ser que vivo en ella); ya conocía gran parte de ella, pero me encantó volver a pisar Laxe, Muxía, Camariñas con mi Vilán allá en la punta... También descubrimos un poquito la zona interior y pisamos Mazaricos, Ponteceso, Borneiro, Dombate... Fueron días de playa y monte y me lo pasé genial. Hicimos la tontería de hospedarnos en Noia, por lo que nos tragamos muchas horas de coche, pero no tengo nada en contra de ello y además eso me permitió descubrir lo precioso que es Noia. Sitios que también visitamos y yo aún no conocía: Corme, Camelle, Cabana de Bergantiños, Carnota, Ézaro, O Pindo, Fisterra, Corcubión... ¡Unos cuantos! En realidad, en Fisterra subimos a ver el faro y no pudimos parar en el pueblo porque estaba a reventar de gente; nos marchamos de aquí diciendo que se imponía una nueva visita en otoño-invierno, sin aglomeraciones. Quiso la vida que hoy escriba desde mi salón aquí, en Fisterra, mirando el puerto.
Todo fue genial porque los pueblos son preciosos, el paisaje quita el hipo y las playas nos maravillaron. Aguas limpísimas y cálidas, arena fina y poquito oleaje en todas las que no están en mar abierto.


También con Laura hice una pequeña excursión al norte de Portugal. Paramos en mi queridísima Vila Nova de Cerveira y después en Caminha, en Âncora y en Viana do Castelo. Adoro Portugal: su arquitectura, su ritmo, esa cosa de abandono romántico que tiene. Fuimos a una playa muy del estilo ferrolano (las olas daban miedo), visitamos una exposición de arte en mitad de la nada (Arte na Leira, Arga de Baixo), subimos al monte de Santa Luzia y bebí Lipton bien frío. 
Otra pequeña excursión a Portugal me llevó con mi padre al aeropuerto de Oporto, a recoger a mi hermana y de paso dejar caer los ojos sobre la barbaridad de fachadas indianas y modernistas que hay a lo largo y ancho de la nacional.

El resto de julio y agosto los pasé muy tranquilita entre Vigo y Ourense jugando a Pokémon Go, enganchándome a BTS y llorando con X de CLAMP. Pocas quejas, pero espero poder viajar en 2021 o entonces sí que lo voy a llevar regular.


Otros contenidos audiovisuales

El tema de BTS empezó con la cuarentena. Buscando un juego sencillo al que echar mano cuando necesitara entretenimiento, me descargué UNO. Siempre me ha gustado bastante la versión en papel y oye, ahí estaba. Jugué unos meses asiduamente y un buen día me apareció un evento llamado UNOxBTS que permitía coleccionar una baraja especial del grupo, conseguir emojis de los chavales y mil historias más. Con esto me aprendí los nombres y poco más; ni siquiera los distinguía.
Cuando llegó mi hermana, empezó a jugar a UNO en mi teléfono y después se lo bajó en el suyo. Le picó la curiosidad con el tema de BTS y una noche nos pusimos a ver vídeos por si conseguíamos identificarlos. Costó y ahora me pregunto cómo, si son bien distintos y especialitos. 
La música, a priori, pues Kpop genérico; pero los vídeos eran una pasada y las coreos a mí me dejaban hipnotizada. Luego llegaron las cincuenta mil grabaciones que realizan a modo de concursos, viajes, celebraciones, making offs... Y hasta aquí, que estoy todo el día viendo historias de ellos. 
La última vez que estuve así de enganchada a contenido de un grupo así fue... Ni lo sé. No diría ni que fue Super Junior, ya que sí me veía muchas cosas pero no había tanto. Quizá sea ése el problema: hay MUCHÍSIMO contenido, no tiene fin. Y de momento me va bien, verlos perderlo todo en Noruega o irse a pilotar barquitos de juguete al bosque me está ayudando mucho con la ansiedad. Me he enamorado de ellos. Tienen personalidades tan especiales y son tan bonicos que estoy enchochá y les deseo todo lo bueno de la vida.
En realidad, devorarlo todo de algún grupo de forma obsesiva viene siendo mi modus operandi habitual de la adolescencia; no tenéis ni idea de la cantidad de archivos que reuní de L'Arc~en~Ciel a los dieciocho años. Si existía, estaba en mi poder. Muchas de esas cosas ya no se encuentran en Internet.


Música

Según Last.fm, mis canciones más escuchadas del verano fueron:

-Biting my tongue de The Veronicas



-All Ears! de Dark Sarah (ME FLIPA EL SONIDO DEL NUEVO DISCO, TAN CRISTAL OSCURO, Y CON ESE BAJO, AAAAARRRRRGGGG)



-Another Life: Motion Picture Collection, de Motionless in White con Kerli



-30 de Badflower (otro día os explico cómo me pone los pelos de punta la música de este grupo)




No me juzguen. Lo importante es tener cosas que nos motiven, aunque a ojos de los demás sean chorradas tremendas.

¡Sed felices (o, al menos, manteneos a flote)!

jueves, 27 de agosto de 2020

X en 2020: una reseña no apocalíptica en la que más bien desbarro sobre Subaru


Siempre he pensado en X como una excusa. Como una estructura construida en torno a su mobiliario y no al revés; como cuando, para proteger un dolmen, deciden levantar una cubierta a su alrededor. 

Claro, no sé qué opinaría al respecto el Kamui de los Dragones de la Tierra; tal vez, simplemente, que veo aquello que deseo ver. El caso es que X me parece un armazón, la cáscara que recubre la carne dulce de una fruta.
Así me lo parecía hace muchos años, no cuando leí X (que llegó primero a mi vida) sino cuando encontré Tokyo Babylon y pude darles otro sentido a los acontecimientos que narraba X. El argumento en sí se fue a un segundo plano y lo empecé a entender como marco para contener lo que verdaderamente había llevado a sus autoras a embarcarse en algo tan insólito en su género: 

1. El poderoso deseo de CLAMP de dibujar ilustraciones complejísimas y apocalípticas que mostrasen la dualidad humana, el sufrimiento profundo, la soledad... X se publicó durante una década (1992-2003) en Japón y es muy fácil observar la evolución en el estilo de dibujo y en la composición de las viñetas y páginas; pero la primera mitad del manga es una locura de ilustraciones recargadas, simbólicas, tremendamente expresivas y estéticas. CLAMP dedicó muchísimo tiempo a estudiar qué elementos iban a crear las sensaciones que buscaban transmitirle al lector y centró gran parte de la fuerza de su obra en páginas completas que iban más allá de la trama.

2. Las ganas de comprimir pura filosofía en un manga juvenil, de reflexionar de forma detenida y gráfica sobre la naturaleza humana con sus dos caras que usualmente clasificamos como bien y mal, pero que van más allá de esa simpleza. Por encima de los personajes concretos y de los acontecimientos que narra, X es un estudio sobre la identidad humana, que apoya en dos pilares fundamentales y tan contrapuestos como nosotros mismos: el Destino y el Deseo. Una sociedad como la japonesa, de colectivos y roles muy marcados, camina la senda del Destino inmutable; el Deseo individual es egoísta y puede herir a los demás al cambiar su mundo. Humanidad contra Ser Humano y Ser Humano contra sí mismo. CLAMP se las ingenia para plantear todas estas cuestiones como quien siembra una semilla; el crecimiento lo deja al lector. 
Filosofía pura sobre nosotros como seres duales que se encarna en la progresión que van tomando Dragones del Cielo y Dragones de la Tierra; en el centro, sin inclinación hacia ninguno de esos lados, el Amor como fuerza poderosísima que nos condiciona y nos mueve pero no es por sí mismo bueno ni malo. Un amor casi siempre enfermo por su propia naturaleza irracional que desafía las normas sociales.
Filosofía también sobre la Naturaleza y cómo la doblegamos a nosotros, sobre la huella humana en un mundo hastiado de nosotros.


3. El interés, quizá más ornamental que humano, por estudiar el Tokyo decadente de un fin del mundo disfrazado de terremotos y cuerpos descuartizados. CLAMP conoce muy bien Tokyo: sus formas, sus contradicciones, su personalidad colorida y su corazón monocromo. Los dibujos que realizan de localizaciones tan icónicas como el Rainbow Bridge o el templo Yasukuni, así como de sus versiones hechas escombros, son un retrato hiperrealista de la sociedad que los camina.

4. La necesidad visceral de dar continuidad a la historia de dos de sus (mis) personajes más queridos: Subaru Sumeragi y Seishirou Sakurazuka. 
Repito: tal vez veo lo que deseo ver. Pero, hace muchos años, cuando aterricé en la belleza infinita de los ojos de Subaru, me pareció que todo X había sido una excusa para hablar de él. Hoy, veinte años después del fin del mundo que auguraba la princesa Hinoto, vuelvo a caer en la narrativa despiadada de esta obra y vuelvo a pensar que, a fin de cuentas, todo es un eco, una estructura, una cáscara diseñada para contarme el viaje de Subaru y Seishirou como expresión máxima del Amor y del Ser Humano según CLAMP. También podría ser al revés y tratarse estos dos personajes de meros ecos del yin y el yang que plantea toda la obra. Pero conozco un poquito a las autoras y me inclino por la primera opción.


Quizá sea, en realidad, más sencillo que asumir que la trama es una capa externa: lo externo son las concreciones, pero X es puro meollo, puro sueño, puro debate moral entre la vida y la muerte, entre la continuidad y la destrucción, entre la luz y la oscuridad, entre el yin y el yang. Entre un Kamui y otro. Entre la Hinoto buena y la Hinoto mala. Entre Subaru y Seishirou. Existe un argumento, ocurren cosas (potentes), se avanza sin pausa; pero el ritmo no quita espacio al expresionismo más puro, que se explaya en largos pasajes oníricos que importan más que cuál será el desenlace.
Y, claro, estamos en 2020 y no existe un desenlace. Lo hubo en las versiones animadas de la historia, pero nadie sabe a ciencia cierta cuál era la intención de CLAMP para dar fin a su obra más oscura. Y, aunque se especula y seguramente habría estado a la altura, esa ausencia de fin me lleva a ver la obra como una grandísima excusa para que toda la dicotomía planteada sea simplemente el techo que cubre a los protagonistas de Tokyo Babylon: Subaru y Seishirou como símbolo último del Ser Humano.


Me enamoré de Subaru Sumeragi de una forma algo estúpida. Le conocía de X y me gustaba, pero necesité que una amiga me comentara que su versión adolescente en Tokyo Babylon le recordaba a mí para hacerle un poco de caso. Y no, no creo que ese Subaru y yo tengamos mucho que ver; sin embargo, sí me encuentro bastante en el Subaru solitario de X. 
Subaru, cuando CLAMP le da vida por vez primera en Tokyo Babylon, es pura inocencia: su mirada es la de un muchacho de dieciséis años tan tímido como bondadoso, extremadamente sensible, sin sombra alguna de malicia. Es un personaje utópico: pura empatía. 
Seishirou se acerca a él por medio de la mentira y la manipulación, se involucra en su vida por puro entretenimiento sádico. Seishirou no puede sentir nada por nadie y cumple su rol de asesino sin que este trabajo le genere emoción alguna. Es oscuridad, falta total de sensibilidad.

Y entonces sucede la doble tragedia que marca a Subaru de por vida: por un lado, su hermana le es arrebatada; por otro, se enamora de Seishirou, la persona que se la ha arrebatado. De una sola vez y con una crueldad que se enfrenta a la misma identidad del personaje, pierde a los dos pilares de su existencia.


Nueve años más tarde, el Subaru de X vive sepultado en una tristeza muy pesada. La luz se ha atenuado. La bondad sigue aflorando en cada una de sus acciones, pero también aparece un egoísmo que no conocía de niño. Sobrevive para ser asesinado por aquel que se lo quitó todo y al que no puede dejar de amar.
Todo en X enmarca a la perfección la gran tragedia griega que es la historia de Subaru Sumeragi: las relaciones entre los distintos Dragones del Cielo y Dragones de la Tierra dan matices a la de ellos, las dos miradas de Hinoto son un reflejo de la certeza de que, en realidad, Subaru y Seishirou son dos caras de una moneda. La propia dinámica protagónica de Kamui con sus amigos Fuuma y Kotori, sacudidos por una desgracia que no cicatriza al morir la segunda, se parece mucho al final de Tokyo Babylon. Kamui y Fuuma, los dos Kamuis, son una misma persona desdoblada en el día y la noche, en el bien y el mal.



X quedó inacabada tras el tomo 18. Los motivos tuvieron que ver con ciertos paralelismos entre los sucesos de la trama con desastres que estaban ocurriendo en aquel momento en Japón: no era una obra cómoda de seguir publicando. Sin embargo, y aunque queda entre interrogaciones qué camino habría tomado a partir de ahí Subaru, lo cierto es que su arco con Seishirou estaba cerrado. Justo ahí, en el tomo 18. 

Hay una película a la que vuelvo cada cierto tiempo y que hoy, al cerrar por enésima vez X de CLAMP, me ha venido a la cabeza como eco de Subaru y Seishirou: Hedwig and the Angry Inch, que habla de identidad, de la dualidad reflejada por los dos Berlines divididos por el muro, de la naturaleza del Amor. Aunque acaba con una nota diferente, creo que la primera acepción que lanza encaja perfectamente con las relaciones que CLAMP plasmaba en esta obra (y en casi todas) y en concreto con la de Subaru Sumeragi y Seishiro Sakurazuka: The Origin of Love.


El poso de destino que envuelve a los dos personajes (a todos los personajes) y que se enfatiza a través de elementos shakespearianos como la pertenencia a clanes rivales (estilo Capuleto y Montesco) se deja ver hasta el mismo final, cuando se funden en una sola persona.


Leer una y mil veces la tragedia de estos dos personajes me recuerda a cuando contemplas un accidente de coche o un incendio: es algo terrible que produce gran dolor, pero nos resulta imposible apartar la vista. 
En 2020, paseo sobre calles conocidas. Sé qué pasa, cómo acaba, soy muy consciente de las brechas que quedaron abiertas y sigue frustrándome que existan esos vacíos que me producen angustia. Sin embargo, también he madurado un poco y soy más capaz que nunca de apreciar la belleza de su narrativa: la historia compleja y desalmada de dos caras de una misma moneda que no pueden encontrarse a menos que fundamos el metal. Entonces, desaparecen por cómo eran y se convierten en algo nuevo, en el ser completo que eran en el mismo origen del Amor: en un Humano.



EPÍLOGO: PORQUE NO ME ENCAJABA MUY BIEN EN EL TEXTO ANTERIOR


X de CLAMP en 2020 ha sido en gran medida Subaru Sumeragi en 2020, pero también me ha dado mucho más. No puedo no mencionarlo porque es importante para mí: a través de sus personajes maravillosos, de las muchas relaciones que aparecen (no todas tan retorcidas, pero sí: bastante), del dolor tangible en las miradas de todos ellos y la idea del mundo que reflejan; he recordado qué fue lo que me atrapó de CLAMP en su día y por qué resonó conmigo. Empecé X quién sabe si a la edad que Subaru contaba en Tokyo Babylon y la lectura se solapó con mi autodescubrimiento personal. Vi muchas de mis ideas florecidas y detalladas en las viñetas de X y sentí que la obra me acompañaba en la composición de mi persona.
En los últimos años, el mundo me había hecho casi desechar algunos de esos rasgos que siento que me hacían ser yo. Me había culpabilizado por pensar según qué cosas o por la decisión involuntaria pero aprobada por mí misma de no categorizar. X ha llegado como el huracán que se lleva todas tus pertenencias y te deja desnudo. Y desnuda he vuelto a ver mi corazón.
No puedo no llorar cuando se trata de estos personajes y ya no olvidaré tampoco por qué me emociona tanto recordar esta obra. 

Gracias, CLAMP.

viernes, 3 de julio de 2020

Favoritos de mayo y junio


Que no. Que este mayo y junio no son los favoritos de nadie. Pero han tenido cosas buenas y de ellas vale la pena hablar.

El elevado grado de permanencia entre cuatro paredes nos ha obligado a estar con nosotros mismos, a aprender a entretenernos, a consumir ficción. Y reconozco haberles sacado menos provecho, en este sentido, de lo que esperaba: la teledocencia ha resultado ser una mierda y me ha robado mucha energía. Pero, ¡eh!, ha habido cosas.


Cine


-Los muertos no mueren (2019). Mi señora hermana, que sabe que me gusta el cine de Jim Jarmusch, llevaba un tiempo insistiendo en que ésta debía verla. Tiene valoraciones bastante malas y sólo me lo explico si vienen de gente que no conoce al director, ya que es uno de esos actos de autohomenaje donde haber visto otras cintas del susodicho ayuda a disfrutarla. Como decimos en mi familia: es una parsimoniada. Llega el apocalipsis zombi y la gente no hace mucho al respecto; un poco el mundo real, un mundo de zombis. Es una película donde lo que importa es el retrato social americano (aunque aplica en general a la humanidad actual), tan certero y desde un punto de mofa tan ácido y lleno de guiños que yo me harté de reír. Maravillosa.

-A boy and Sungreen (2019). ¿Sabéis esas películas japonesas y coreanas de estilo dorama de los buenos? Pues ahí estaría esta sencilla historia acerca de la familia, donde un muchacho cobardica y apocado busca a un padre del que nunca han querido darle razón. La cinta es más bien una historia de amistad que, por medio de un precioso homenaje al cine como medio de unión interpersonal, reflexiona sobre los lazos que no son de sangre, pero importan más que estos. Las interpretaciones de los jóvenes protagonistas son muy buenas.

-El dolor de otros (2015). Patrick Wang dirige una cinta sencilla, pero cargada de sensibilidad y recursos estilísticos interesantes. Se trata de un retrato familiar donde se nos presenta el trauma inserto en el corazón de todos sus miembros, que no son capaces de arrancárselo ni de compartirlo. Todos los personajes definen su dolor con claridad y es una nueva incorporación al núcleo familiar la que les ayuda a curarse. Girando en torno a algo muy dramático, la película no se regodea en ello, sino que aporta un enfoque optimista, orientado al futuro y centrado en el amor.

-Spotlight (2015). Recuerdo los anuncios en el cine antes de que saliera, las nominaciones a los Oscar y la buena crítica que recibió en su año. Basándose, como lo hace, en la publicación de documentos sobre los abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes de la Iglesia católica, esperaba que se lanzara de lleno a este tema y a la crítica consecuente; sin embargo, no lo hace y me parece un gran acierto. Es una historia de periodismo, de cómo se va tirando de distintos hilos, de la forma en que las víctimas acceden poco a poco a compartir sus vivencias traumáticas, de cómo todo un entramado cae pieza a pieza según se van hallando pruebas de algo innegable. Creo que está enfocada de la mejor manera posible, desde el periodismo y los periodistas, que también nos muestran cómo les afectan los hallazgos y de qué modo el trabajo salpica muchas veces su vida personal. No es innovadora ni ofrece nada especialmente destacable en cuanto a la forma, pero está muy bien hecha.

-Sofía (2018). Crítica, en dos partes, a la sociedad marroquí actual, desfasada e injusta, basada en las tradiciones y en la religión, con desigualdades gigantescas entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres. Sofía se queda embarazada sin estar casada y se le viene encima la tragedia: las relaciones fuera del matrimonio son ilegales en su país. La película nos narra de forma cruda y realista la noche del parto, el enfrentamiento a la familia, la búsqueda de soluciones. La directora Meryem Benm'Barek es lo suficientemente valiente para no quedarse sólo en la superficie y hacer una reflexión mucho más aguda acerca de todas aquellas cosas de las cuales no es el régimen el responsable, sino que lo son las personas individuales que perpetúan estereotipos y estigmas. La mujer es la víctima principal de su sociedad y Sofía toma decisiones cuestionables para salir a flote en un mundo que va contra ella, dejando por el camino, tal vez, otras víctimas.

-Once (Una vez) (2007). Musical indie del director de Begin again (2013), a la que se parece mucho. Nuevamente tenemos la música como eje central de las relaciones entre los personajes, y una vez más aparecen en escena músicos principiantes de gran talento, pero que no han sido descubiertos. Aunque algunos recursos no son de mi agrado (como la cámara amateur), tanto las interpretaciones como los espacios utilizados transmiten mucha más cercanía y autenticidad que los de Begin again: la historia transcurre en las calles de Dublín, donde nuestro protagonista toca la guitarra y conoce a una inmigrante checa que toca el piano. Homenaje a la música que une, que sana, que reconcilia, que enamora. Las canciones tienen muchísima fuerza y seguro que tardaré en olvidar esa imagen de Markéta Irglová tirando de una aspiradora en Grafton Street, cerca de la estatua de Phil Lynott.


Libros


He leído mucho y terminado NADA más que estas joyitas:

-Samurai assassins: "dark murder" and the Meiji Restoration, de Romulus Hillsborough. De este señor había leído hace años el volumen que recopiló sobre el Shinsengumi, pero en este caso me ha gustado más: la obra anterior incluía demasiada subjetividad para mi gusto. Este brevísimo repaso al final de la era Edo está cargadito de información, mucha de la cual desconocía. Lo fui leyendo a medida que regresaba a Kenshin y la confluencia de ambos fue maravillosa porque me permitió apreciar muchísimos más detalles en el manga de mi vida. Es un libro corto, pero denso por la cantidad de nombres y datos que lanza; también es muy completo y permite hacerse una idea muy clara de lo que fue el Bakumatsu y por qué es la pieza clave para el desarrollo del Japón moderno. Me lo gocé mucho.

-Galicia en bus, de María Reimóndez. De mis descubrimientos favoritos de poesía actual en gallego; la autora parte de distintos recorridos en las escasas líneas de transporte gallegas y reflexiona sobre la sociedad que alberga esa insultante falta de recursos, sobre las sensaciones al ver pasar pueblos y paisajes, sobre la naturaleza nómada de nuestro pueblo. Es un poemario cortito, pero precioso.


Manga/anime


En los Favoritos de marzo y abril, hice referencia a Tsuiokuhen, las OVAs de Rurouni Kenshin a las que regresé tras muchos años. Durante los meses de mayo y junio, me dediqué casi por entero a Kenshin: primero volví a ver el anime hasta el final de la saga de Shishio (lo restante es material ajeno al manga y no me interesa) y después me leí completito el manga. El anime no lo había visto desde la adolescencia y, aunque me volvieron a conquistar la banda sonora y la animación de algunos capítulos, sigo pensando que nunca aportó demasiado. Los primeros episodios son mucho más histriónicos que los de la historia original e incluyen bastante relleno; la saga de Kyoto está bien adaptada (con el grandísimo despliegue de medios del episodio de la partida de Kenshin), pero no ofrece nada que no se vea en el manga y, al revés, a nivel de animación se queda corta.
Total, que me fui al manga y estuve leyendo sin parar día tras día en el televisor, ya que en Narón no tenía los tomos y decidí que la mejor pantalla era la grande. Ya he escrito largo y tendido al respecto y podéis consultar mis entradas anteriores si os interesa conocer mi opinión; pero, sin duda, el manga de Rurouni Kenshin siempre va a ser mi favorito por antonomasia. No ha envejecido nada y, al contrario, ha ganado profundidad gracias a mi mayor conocimiento de sus circunstancias. Es una maravilla.

También he dedicado algunos días a leer lo que está por Internet de la saga de Hokkaido, esa continuación absolutamente innecesaria que surgió años más tarde; está correcto a nivel de argumento, no suma y no resta. El dibujo es otro cantar y me parece que la sobresimplificación a la que Watsuki ha sometido su estilo con el paso de los años supone una pérdida de expresividad importantísima en sus personajes. No es para mí, desde luego.


Excursiones, etc.

NUEVA NORMALIDAD, AMIGAS. Qué invento tan raro. Se puede salir y hacer de casi todo, pero con mascarilla, con distancia y con mucho gel hidroalcohólico de por medio. Florecen los rebrotes y actuamos como si no fuera con nosotros. El mundo está ahí, las vacaciones se avecinan, pero el miedo no nos deja libres de disfrutarlas como nos gustaría.
Eso sí, he exprimido mis últimas semanas en Ferrolterra: las playas de la zona estaban casi desiertas en estos meses y yo me las recorrí muy felizmente. Esmelle-San Jorge, Baleo, Frouxeira, Campelo, Santa Comba, Ares, Cedeira, Seselle... Si hasta volví a Doniños, y eso que no me gusta nada. A los paseos por Narón "ciudad" se sumaron las orillas del mar y los acantilados de la Costa Ártabra.
Uno de mis sitios favoritos de esta etapa es la Batería da Bailadora, en Mugardos: los restos de una fortaleza (de tantas en la ría de Ferrol) que ofrecen una vista incomparable de la bahía y sus municipios. 


Música

Las canciones que más han sonado en mi casa y coche a lo largo de este tiempo han sido:

-Sono koe wa moroku, de The GazettE


-Atlas falls, de Shinedown


-Zakuro, de Dir en Grey


-Pirun musta, de JP Leppäluoto


-Eterne, de Sinisthra


-The end (the stars always seem to fade), de The Warning




Y, con esto y un bizcocho... ¡Feliz julio! Sentidiño, por fi.