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viernes, 17 de julio de 2026

Samsara

Mola tener un blog porque te recuerda cosas que ya no estaban en tu cerebro. Yo venía a contaros cómo hace un año, en una noche tonta de esas siendo una eterna adolescente charlando con Mai, manifesté el regreso de D'espairsRay y continué en mi empecine días más tarde luciendo la camiseta de la gira a la que asistí en el año 2007. Ahora busco el nombre del grupo en mi propio blog para enterarme de que el día que anunciaron que se separaban, allá por 2011, también estaba vistiendo la misma camiseta.


Qué tengo de especial con ellos para que se den tantas casualidades, no lo sé. No se han ido nunca ni de mi vida musical ni de mi imaginario, pues en una realidad paralela que alguna vez escribí ellos eran mis amigos y aún me monto películas en mi segunda vida mental en las cuales tenemos una relación personal. Quizá no haya tanta gente pensando tanto en ellos como yo, aunque sea desde la más pura ficción. La cosa es que hace algo más de un año llegué sin querer a la cuenta de Instagram de Karyu (para entonces, Hizumi ya volvía a cantar y tenía su nuevo proyecto
NUL.; y yo seguía las cuentas de sus respectivos grupos) y se lo hice saber a Mai, y mientras le llegaba esta información a mi amiga pude localizar los perfiles personales de los otros tres con facilidad. Fue la forma en que descubrí que los tres tenían sin Hizumi un nuevo grupo (Luv PARADE) con Taka (amigo de todos ellos), y también que un par de días antes Hizumi había ido a verles tocar. Muertas de risa observamos el alto privilegio en el que nos encontrábamos: Tsukasa tenía 500 seguidores, Zero no llegaba a 200. Era tremendamente fácil ser leídas dejándoles comentarios, pues apenas recibían. Ni confirmo ni desmiento que en esos días mi personalidad mutara en spammer profesional pidiendo en sus publicaciones que regresaran los cuatro juntos, que pisaran de nuevo Europa y dejándoles saber que les quiero con mi vida.

2025, días más tarde. Me pongo la camiseta, le grito al mundo que esto tiene que suceder y voilà! Un par de meses después, nace una cuenta de Instagram del grupo y algo empieza a moverse. En septiembre anunciaron un concierto especial y la subida de toda su música a Spotify, y siendo un grupo japonés todo podría haberse quedado perfectamente en eso (muchos han hecho un par de conciertos para el recuerdo y ea), pero es que olía tanto a otra cosa. Se habían hecho una nueva sesión de fotos, eso no podía ser sólo para un concierto. 

No recuerdo bien cómo se precipitó todo lo demás, pero fue increíble. Anunciaron nuevo single, nuevas fechas y lo más importante: un concierto EN PARÍS. Cercano, accesible, posible. 

La fecha en París ha pasado, he estado allí, gritado, llorado, sentido mi alma flotar. No me creo mi suerte. No me creo haber sido testigo de un regreso tan anhelado (que podría no haber tenido lugar nunca, dado que el motivo de la separación fue un problema serio de salud que le impedía a Hizumi cantar y parecía no tener solución) y no me creo haber estado entre sus mismas cuatro paredes el pasado domingo cuando Hizumi dijo en un Engrish precioso: "D'espairsRay is back".

El concierto fue mágico por muchas razones, pero sobre todo para mí se impuso mucho su madurez sobre el escenario. Han pasado quince años desde su separación y tres de ellos han seguido en otras bandas todo este tiempo, pero Hizumi apenas ha arrancado con NUL. hace unos pocos años. Y, sin embargo, qué presencia dominante sobre el escenario y qué capacidad para sonar exactamente en el punto de perfección (no perfección técnica, sino perfección leal a lo que ellos son y han sido). Mi corazón estaba totalmente derretido con ellos, pero Hizumi me impresionó muchísimo y no sólo porque en mi fantasía paralela sea mi novio eterno, sino porque ser capaz de estar tanto tiempo alejado de los escenarios y volver así es tremendo.

Tocaron las canciones que la mayoría esperábamos: BORN, Infection, Abel to Cain, Mirror, Forbidden... Pero hubo un momento del concierto que fue absolutamente impresionante e inesperado, quizá uno de estos calificativos precisamente a consecuencia del otro: PARADOX 5. Una canción menor en su discografía que ya no volverá a serlo nunca más. En medio de la oscuridad del show, una balada mística como esta fue un viaje. La voz de Hizumi empastaba con la música como si hubiera sido creada específicamente para esa canción, y se me pusieron todos los pelos de punta. A partir de esa canción, dejé de corear y de llorar y procedí a sólo sentir. Difuminarme.

Le pido a la vida que no me niegue la posibilidad de volver a verlos en 2027, ya que hay un par de fechas programadas en Europa y necesito que mi próxima vez con ellos sea en pista, por más que sufra mi pie. Necesito ver sus caras, sonreírles y chillar como una loca frente a ellos. Necesito estar ahí, cerciorarme de que realmente han vuelto y celebrar que en 2027 se cumplen veinte años de cuando los tuve delante por primera vez.

¿Cómo es posible que todo conecte de esta manera con aquella noche en la que los localizamos por Instagram? Quizá los localizamos precisamente porque estaban empezando a usar sus perfiles para interactuar entre ellos o por misterios del algoritmo. A mí me gusta pensar que algo de magia hubo en ese proceso de encontrarlos, comentarles y volver a vestir su camiseta. 

La cosa es que aquí están, aquí estamos, como esa paradoja del samsara: el eterno nacer, vivir, morir y renacer.

Siempre vuestra. Siempre con vosotros.



(En el evento, que en realidad era un festival de Visual Kei, también cumplí otros sueños preciosos como ver en vivo a Mana-sama con Moi Dix Mois, encontrarme otra vez con Versailles o desmitificar a gente como MUCC o LM.C; estos tiempos de tiktok y melancolías varias generan que estilos como el Visual tengan un pequeño renacer y yo no puedo ser más feliz por ello, ya que es mi música y deseo poder seguir disfrutando de ella en directo).

sábado, 30 de mayo de 2026

Querido Kyo:

No existe pensar en música en directo que no implique, de forma inmediata e intransferible, pensar en ti. 

Dir en Grey es la realización perfecta (distando mucho de serlo) de lo que supone la experiencia del vivo, del poner la piel y las entrañas al servicio del ejercicio compartido de la vulnerabilidad que es la esencia misma del arte.

Cada vez que me he encontrado a mí misma frente a ti, esa ha sido la definición de música en directo. De vulnerabilidad. De humanidad. De arte. De verdad.

Cada vez que me he encontrado a mí misma frente a ti ha sido en locales cerrados de Europa, ¡tres veces en el mismo en Berlín!, una en Londres, otra en Varsovia. En todos los casos en compañía de muchas otras personas que estaban allí para sentir, porque una sabe que a un concierto de Dir en Grey se va a abrirse en canal y sangrar. En todas esas ocasiones lloré, chillé gilipolleces, canté, sonreí muchísimo y me sentí vista, identificada, reflejada a pesar de no ser más que una ovejita del rebaño que es el público de un grupo. 

Cómo lo haces para ser yo, para reflejarme a mí, para reflejarnos a todos, para ser espejo de una humanidad herida, enferma, horrible y frágil, Kyo, no lo sé. No hay otro artista como tú. Hay grandes compositores, grandes poetas, visionarios, performers, juglares, canalizadores, mensajeros. Pero no hay nadie como tú. Nunca he visto en un escenario a nadie como tú y el día que haya perdido la esperanza de volver a verte me sentiré en paz con lo imperecedero que me has dado, pero eternamente huérfana de ese artista que sólo eres tú. 

Si decidieras mañana que se acabaron los conciertos, querría expresarte de alguna forma la admiración y el agradecimiento por haber vestido piel humana frente a mí tantas veces. Querría pasar el resto de mi vida colocándote en un pedestal y reconociéndote como uno de los mayores genios que ha dado esta especie patética de la que formo parte. Querría que todo el mundo lo supiera, que todo el mundo hubiera podido experimentar lo que es tenerte delante muriendo sobre el escenario.

No te mueras, Kyo. No dejes de hacerlo, pero no te mueras. Dúranos muchísimo o dúranos mañana, pero sigue aferrándote con todas tus fuerzas a lo que eres. Sigue siendo. 

No existe pensar en música que no implique pensar en ti.

jueves, 22 de enero de 2026

Antes de que se me pase el subidón...


... voy a dejarlo por escrito. Voy a plasmar, lo mejor que pueda, la sensación de evaporarme y flotar en el sonido que me acompañó durante la última ¿media hora? del concierto de The 69 Eyes al que asistí el sábado pasado en Oporto.

Pero he necesitado pasarme antes por mis palabras del año 2017, cuando les había visto en directo por primera vez tras tantos años deseándolo, porque en mis recuerdos aquel concierto no había sido tan chulo. Sin embargo, ya en el 2017 consideraba haber vuelto a los catorce con su actuación y añadía lo siguiente:

En fin, que desde que les he visto no me entra en la cabeza que no les vaya a ver cada noche. Me lo pasé tan bien, me hizo tantísima ilusión tenerles delante y babeé tanto con cada instrumento y con esa voz de mis mejores sueños, que me parece fatal que la vida no me haya dejado meterme en alguna de sus maletas para seguirles al fin del mundo.
Pienso que lo recordaría muy bien si hubiera vivido lo mismo (recuerdo genial el momento de Jyrki pasando por delante de mis narices durante los teloneros, a apenas un par de metros de mí, y yo casi muriendo de la impresión), así que opto por considerar que aquella primera vez fue genial y me hizo una enormísima ilusión, pero no fue lo de 2026.

Lo de 2026 ha sido... No sé. Ha sido una locura porque tenía la entrada comprada desde hacía meses, sabía que iba a salir de trabajar a toda prisa y me iba a poner en carretera a Oporto y a pagar lo que hiciera falta de aparcamiento y hotel para llegar allí a tiempo. Y, sin embargo, arranca la semana y me encuentro enfrascada en el mayor proceso gripal en el que me he visto en años y me tengo que pasar tres días en la cama. El viernes trabajé, en parte porque no pensaba perderme el concierto. Y allá que me fui, no tan recuperada como lo habría deseado, con poca voz y mucho agotamiento.
Y me encuentro en una sala chulísima (una plaza de abastos reconvertida), donde según llego está sonando Colder de Charon, con gente majísima que se reía cuando tardaba unos cuantos segundos de más en entender lo que me decían porque mi cerebro no estaba ok y el portugués no es mi lengua, y con una banda a la que quiero mucho y que sencillamente representa a la perfección lo que es para mí la cultura gótica, el vampiro, el romanticismo oscuro. The 69 Eyes es como terciopelo para mis oídos.
Y cogí un muy buen sitio y me dispuse a pasármelo bien, y así fue sin ninguna duda durante Devils, Don't turn your back on fear, Gotta rock, If you love me the morning after, The Chair... Yo estaba allí, griposa, con dolor de pie porque ya siempre tengo dolor de pie, con una sonrisa enorme en la cara porque esas canciones representan mi imaginario personal y me inspiran continuamente. Incluso pensaba, mientras las escuchaba, en una vez que tuve un sueño increíble con Jyrki69 que era básicamente una idea de novela y lo escribí al despertar, pero se me habían olvidado los detalles que le podrían haber dado entidad. Mención especial para dos de sus últimos sencillos: Drive, que desde que salió es mi tema de conducción absolutamente favorito; y I Survive, su single más reciente, que me tenía enamorada y supuso un subidón increíble en vivo.

La cosa cambió en un momento muy concreto de la noche, un momento inesperado. Una canción que es la primera canción que escuché JAMÁS de The 69 Eyes, que ya había sonado cuando les vi en 2017 en Madrid, que siempre me ha gustado mucho, pero que no era mi favorita... y digo era de forma muy consciente. Yo no sé qué me hizo ese sábado Wasting the Dawn; no sé si fueron los acordes menores nostálgicos, el tempo calmado, la forma en que la voz de Jyrki en ese tema se deja confundir con el bajo... Fue una cosa increíble. Tuve la sensación FÍSICA de que mi espíritu, mi alma, mi conciencia, salía de mi cuerpo como si se tratara de un viaje astral, y durante todo el resto del concierto no estuve en mí, no tuve conciencia corporal, estuve flotando. Era como si formara parte de la música. Wasting the Dawn, esa canción tan bonita en memoria de Jim Morrison, me elevó a un estado sublimado y así me deslicé por Gothic Girl, Brandon Lee, Framed in Blood, Dance d'Amour y Lost Boys (en la cual les acompañó Fernando Ribeiro de Moonspell); canciones todas ellas que ya había vivido en directo, pero que en esta ocasión compusieron un lienzo en el que me habría quedado a vivir en la forma de cualquier pequeña pincelada innecesaria pero presente, abandonada a la música.

Qué cosa tan bonita he vivido. Y qué bonito está siendo también este momento remember en el cual mis estilos de música favoritos se están revalorizando y los grupos están decidiendo volver. Hablo del visual kei, pero sobre todo también del rock gótico finlandés de los 2000, con Charon tocando para mí en Tavastia hace pocos meses, For my pain... sacando disco nuevo, Reflexion volviendo a existir o los 69 Eyes recuperando sus sonidos más clásicos, góticos, glam y aterciopelados por los que me derrito.

¿Será este mi año de escribir por fin aquella novela protagonizada por Jyrki? No lo sé, pero sin duda tengo ganas de escribir y tengo ganas de dar por fin vida, de algún modo, al imaginario que está siempre activo en mi cerebro y por una o por otra jamás pongo en movimiento.

Gracias, Helsinki vampires. Si no nos vemos antes en otro lugar... siempre nos quedará The Riff.

lunes, 1 de septiembre de 2025

For this I was given birth


Tiene algunas ventajas el poseer una atención y una memoria tan dispersas que no recuerdas casi nada de lo que has dicho o escrito. 
Por ejemplo, que llegas aquí a sacar de dentro cosas íntimas que no te apetece plasmar en ningún otro lugar, y entonces te llama la atención la entrada anterior, escrita en julio y de la que no te acordabas.
Te pones a leerla y te da la risa tonta de lo conectada que te sientes con esas cosas que ni siquiera sabías que habías pensado ya hace dos meses.

Yo venía hoy aquí por Finlandia. Porque he tenido el curso y el verano mentalmente más extraños en mucho tiempo, pero entonces la vida me ha llevado de vuelta a Helsinki por un momento, y esa experiencia fugaz ha sido suficiente para volver a reconocerme a mí misma. 

Y es curioso que aquí, en el blog, me esperase yo misma, aferrada siempre a las palabras de Byung Chul-Han, con la respuesta; como tampoco deja de ser paradójico que haya utilizado entonces la expresión "difuminarse" para referirme a lo mismo que me acaba de explicar con ese término el dorama que he acabado de ver hace una hora: Glass Heart

Total, que vengo aquí a hablar de nada, a repetirme, a volver a hacerme pensar lo que ya he pensado antes y a expresar lo que también han observado otros. Pero es que Helsinki.

Es que Helsinki.


Veréis, me he pasado un mes en Grecia entre julio y agosto. He recorrido Creta y después he conocido la versión insular del país, un lugar riquísimo en tantas cosas que no sabría por dónde empezar a enumerar sus maravillas. Pero puedo decir que me he sentido yo misma en quizá un 20 o 30% del viaje y me he pasado todo el resto del tiempo extraña conmigo misma y con los demás, irreconciliable con mi propia persona, enfrentada a un tipo de verano que no es el que a mí me gusta (calor y playa buscaban las personas con las que viajaba, y en vez de decir que esta vez no encajábamos juntas, me callé y embargué mi tranquilidad a cambio de cosas muy valiosas, pero contempladas desde la alienación). 

Pero después de Grecia pasaba una cosa. Algo que jamás habría esperado, algo que provenía del mes de marzo y que hasta entonces ni siquiera había barajado, algo que en esos pocos meses de margen no tuve tiempo de calibrar cómo operaría en mí.

Veréis, este blog se llama House of the Silent. Sus secciones tienen nombres como Little Angel, 4 Seasons Rush o Bitter Joy; no es casualidad que en su momento eligiera la discografía de Charon para colorear mi blog, ¡es que amaba ese grupo! Lo descubrí con 16-17 años y la fascinación fue instantánea: por el sonido, por la fuerza vocal, por la pasión, por la poesía. Amaba Charon, me sentía canalizada por sus canciones y me difuminaba en ellas. Cuando se separaron en 2011 alegando que ya no les quedaba inspiración para encajar con el concepto del grupo, me sentí triste, escribí alguna que otra entrada por aquí y lo acepté porque saber apartarse de un proyecto para no mancharlo me parece valiente. Y ya está. La vida siguió, los miembros hicieron sus cosas fuera de Charon, el maravilloso JP Leppäluoto sacó su propia música en solitario y yo tuve la suerte de verlo y escucharlo comerse el escenario en un Raskasta Joulua (Navidad Metal, mi sueño de muchos años) al que fui con mi mejor amiga en 2017.

Pero qué iba a esperar que volviera Charon, que en 2025 hicieran una gira de reencuentro ¡y poder ir a ella! Estaba tan tranquila en mi vida, trabajando en la escuela unitaria donde he obtenido mi primera plaza definitiva, haciendo quién sabe qué cosa con los niños, cuando Mai me escribe para decir que tenemos que ir a Finlandia y que hay que ver a Charon. No es posible para mí reproducir el grado de sorpresa que sentía, que aún siento ante tal cosa. ¡2025! ¿Qué sentido tenía ir a ver a uno de mis grandes grupos de juventud a mis casi 40, cuando ese mismo grupo llevaba 15 años separado?

Si algo sé de mí misma, es que ante estas cosas elijo locura. Ya tenía Grecia comprado y planeado, ya sabía que volvía a casa el 26 de julio tras un mes entero fuera y también que el 1 de septiembre tenía que estar trabajando.
Sí, era consciente de que me iba a morir de cansancio y de que me arrastraría por las esquinas a posteriori, pero también sabía lo que iba a recibir a cambio: esa comunión mística, la capacidad mimética de Walter Benjamin, el emborronarme por completo para no tener principio ni fin. Lo sabía cuando me puse a buscar fechas y vuelos y lo sabía cuando aterricé en mi Finlandia el 29 de agosto, ocho años después de la última vez, y paseando por el centro de Helsinki me sentía tan en casa que no le veía sentido a irme nunca de allí.



Y entonces fui a Tavastia, el local de conciertos más mítico del norte de Europa. Y casi lloro cuando atisbo el heartagram del techo en homenaje a HIM. Y vi a Charon desde tan cerca, ¡desde tan cerca! Que, cuando Leppäluoto venía hacia la zona del escenario frente a mí, había momentos en que no había nadie en medio de él y yo, y me sentía tan intimidada y vulnerable ante ese señor que es uno de los artistas más bestias que he visto en directo, que me costaba aguantarle la mirada. Pero él sonreía, sonrió todo el concierto, al igual que lo hicieron el resto de miembros y como sé que lo hice yo misma. Y, por unos instantes, nos sonreíamos los unos a los otros porque estábamos experimentando algo mágico que sólo puede dar sentido a la vida.

Y en Helsinki me sentí en una película de Kaurismäki, como ha sucedido cada vez que la he visitado, y no hay halago mejor para la ciudad de mis sueños, para el país donde siento que no soy ningún bicho raro, sino simplemente finlandesa.
La primera noche, entré a las 2 de la mañana en un Burger King porque acababa de separarme de mis amigos y tenía hambre (aunque Helsinki apenas ha cambiado en ocho años, la presencia de cadenas extranjeras sí que ha aumentado bastante, a mi pesar), y en un rincón del local estaba un guardia de seguridad de melena rubia y bigote frondoso que, como tantos otros finlandeses, parecía sacado de los 70 y a la vez semejaba un personaje interpretado por el también amado Matti Pellonpää. Me puso ojitos, no sé cómo expresarlo de otro modo; me miró intensamente mientras entraba, pedía, esperaba. Me seguía mirando mientras recibía mi hamburguesa para llevar y, cuando salía con ella en la mano, simplemente me dijo: "Kiitos" con voz profunda. Lo miré y le contesté: "Bye"; y dudo mucho que pudiera disimular mi sonrisa. Aún me estoy tirando de los pelos por no haber vuelto por allí la noche siguiente, porque aquel momento fue sin duda una escena de Fallen Leaves y en mi cabeza él y yo ya éramos pareja. 
La noche siguiente, después del concierto de Charon (donde también ligué, de otro modo tampoco especialmente convencional pero que me encantó: una chica me empezó a mirar y a coger de las manos y no me soltaba, y en ese instante nos lo pasamos genial viviendo la música juntas y siendo novias por un ratito), de cervecitas en una terraza a la que volveré seguro, vimos pasar a nuestro lado a Mikko Lindström, Lily/Linde de HIM.
Por la mañana, habíamos visitado en el cementerio de Malmi las tumbas de Aleksi Laiho y de Matti Pellonpää. Y por la tarde habíamos comprado una entrega nueva que no sabíamos que había salido de Finnish Nightmares, las historietas que dibuja Karoliina Korhonen sobre la ansiedad social de los finlandeses. 


De vuelta en el avión, en la horrible escala en Ámsterdam (nunca había tenido horas muertas en Schiphol y lo aborrecí), y después en el coche conduciendo quién sabe cómo tras no haber dormido en dos noches, lloraba un poco por Helsinki, por lo mucho que la quiero y el tiempo que pasará hasta volver a estar en ella. Pensaba en las cosas de los finlandeses que me hacen demasiada gracia, en mi Pellonpää del Burger, en un concierto que no voy a olvidar en la vida donde estuve de pie pese al dolor, me desgañité cantando sus letras bellísimas y tuve mucha vergüenza cada vez que no había nada entre JP y yo. Y luego echaba la vista atrás, a Grecia, a cómo me sentía todo el tiempo ajena a mí misma, cómo no conseguí estar cómoda con las personas con las que viajaba, cómo anhelaba todo el tiempo vivirla de otra manera, en otoño, en manga larga, despacio, dejando pasar muchas horas en un solo sitio. Y no es que no pueda ser yo misma en Grecia: es que no puedo NO serlo en Finlandia. Es imposible, soy de allí. 

La rarita, la antisocial, la callada, la que siente ansiedad ante un teléfono que suena y ante una invitación a quedar, la que se bloquea y no sabe salir de ello, la ignorada en las conversaciones y la seria y reservada... En Finlandia, no soy nada de eso. Soy yo, soy una más, soy el Matti de las viñetas de Korhonen. Me siento tan yo cada vez que estoy allí. No hay prisa, no hay "cosas que ver", no hay planes cerrados, no hay silencios molestos, no hay que quedarse donde una no quiere, no hay bloqueos que no se vean como algo normal, no hay verano que me llene la piel de picaduras reactivas y alergias y escozores.



Después de un mes fuera de casa, habiendo llegado agotada y herida de guerra, me he subido en otros dos aviones para pasar menos de 48 horas en mi ciudad favorita y ver en tercera fila a un grupo que jamás supe que vería. 48 horas de mística clarísima, de amor apasionado, de risa, de tranquilidad, de muerte al miedo y gloria a la ansiedad social. 

Si la vida fuera más fácil, sé lo que haría. Como hay demasiadas cosas que no puedo desatender ahora, me quedo esos dos días como fuel, como sangre que empuje mis venas, como muestra palpable de que no me he perdido a mí misma sino que a veces tengo que ponerme una coraza para protegerme, pero en el lugar indicado y en los momentos correctos, estaré ahí. Sin reservas y sin juicios.

jueves, 2 de marzo de 2023

Love song for a vampire


La vida. Beatriz, trece-catorce años, tímida e insegura. Aficionada al manga y a otras cosas que no interesaban a la mayoría de sus amigos. 

Me gustaría describir el primer encuentro, pero os prometo que no lo tengo muy claro. Creo que lo mezclo con el primer visionado de Rurouni Kenshin porque ambos ocurrieron por la misma época y en un lugar común. Vigo, piso de veraneo de mis padres, aquella salita improvisada mientras se hacían obras en el futuro salón.

Sí recuerdo el vídeo y los ojos. El vídeo: The Sacrament. Los ojos: los suyos. HIM estaba a punto de sacar Love Metal (2003) y aquella MTV pirateada que se emitía en las televisiones locales le hacía la promoción previa. A mí me impactaron varias cosas: el sonido del piano, los colores fríos que transmitían invierno, la mansión en el bosque. Y los ojos. Y la voz.

Tampoco recuerdo mucho de cómo les expliqué HIM a mis amigos de entonces, pero en un momento dado se asumía como parte de mí. Se me intenta escurrir una conversación con mi compañero Brais, guitarrista de su propio grupo, que se medio burlaba de "los finlandeses esos"; y se me desdibujan por completo los primeros pasos hacia Finlandia, Baudelaire, Poe y todas esas cosas que trajo consigo mi amor por Ville Valo.

En 4º de la ESO, hice un trabajo sobre mi grupo favorito y, aunque ya pululaba por mi vida L'Arc~en~Ciel, hasta estos días ha llegado la portada de lo que realmente hice; un retrato parcialmente calcado de Valo como primer bocado a unas cuantas páginas en las que me explayaba sobre el love metal y sus influencias.

En 1º de Bachiller conocí a Laura y, con ella, a su amiga gótica que también sabía de HIM, de Nightwish y de los grupos europeos que me empezaban a apasionar. Otra amiga se estaba relacionando con personas de gustos similares y yo compartía aquello a lo que había llegado sola pero que no podía quedarse confinado en mi cuerpo.

Con una compañera del instituto hablé una vez de HIM y me sentí tan personalmente insultada que nunca volví a intentarlo: tengo vívido el momento en que le explico que las letras de las canciones son una maravilla, me pregunta de qué van y le respondo que "amor y muerte unidos de forma intrínseca e indisoluble". Va la tía, y me replica: "Pues lo mismo que todos los grupos". En 2004, yo no sabía explicar la poesía y tampoco puedo hacerlo en 2023; pero, sin duda, debería haber puesto más de mi parte en aquella ocasión.


La primera vez que vi a HIM en directo fue en 2008. La vida había cambiado un poco. Había realizado mi primer viaje para asistir a un concierto (D'espairsRay 2007 en Fuenlabrada, never forget) y estudiaba en la universidad. Me iba sintiendo un poquito adulta y ya paladeaba las delicias de la libertad y el peregrinaje.

Fui a Madrid (mi primera visita a Madrid) con Mine y Aly, y algún día debería escribir largo y tendido acerca de mi historia con la primera y con su prima, que son y serán siempre el 50% de algo muy valioso. Aquel día de marzo hicimos cola, conocimos gente, nos dieron ataques de risa, se nos durmieron los pies y el culo y, por fin, al final del día tuvimos delante al grupo que me apasionaba. Lo recuerdo mágico, como debe serlo siempre el concierto de un artista que te agita. 

Pensando en retrospectiva, también fue un momento increíble para verlos. Acababan de publicar Venus Doom (2007), que hoy por hoy considero su disco más redondo, y la setlist incluyó auténticas obras de arte de ese álbum, como Sleepwalking past hope, Dead lovers' lane o Passion's killing floor. Me parece una locura haber presenciado esas canciones y aún más no poder recordarlas bien. Sí tengo presente cómo se me detenía el corazón cuando Valo cantaba: in my arms you won't sleep safely, pero no mucho más.

Dándole una vuelta al repertorio de ese momento, me explota el cerebro al darme cuenta de que sonó también It's All Tears (Drown in this Love). Qué locura.


No volvería a encontrármelos cara a cara (no volvieron a pisar España) hasta 2017, mi último año viviendo en Madrid, etapa vital muy distinta de la anterior. Qué felicidad al comprar las entradas, ¡había transcurrido una década! Hablar con gente de vernos allí. Planear llevarme conmigo a mi hermana, a quien "crié" a ritmo de love metal. Vaya jarro de agua fría cuando, unas semanas después de anunciar la gira, aclararon que se trataba de un tour de despedida, ya que se separaban como banda para hacer cosas distintas.

Así que les dije adiós, en la misma sala en la que los había visto en concierto por primera vez, llevándome conmigo a mi hermana como aquel padre que enseña las tierras que le lega a su hijo. Lo sentí como una misión cumplida a pesar del nudo en la garganta al saber que sería la última vez. En 2017 tocaron sus grandes himnos; tocaron Gone with the Sin, Join Me (in Death), Wicked Game, When Love and Death Embrace, Stigmata Diaboli... Tocaron su versión de Rebel Yell, con la que en su día me habían descubierto al amoriño que es Billy Idol

Salí de aquel concierto en medio de ataques de risa, que al cabo de una hora derivaron en un llanto desconsolado, para por la mañana concluir que: "Los cojones".

Me llevó sólo unos días localizar otra fecha del tour que me fuera bien y adquirir vuelos y entradas en reventa; a la vuelta del verano me planté un buen día en Praga para poder decirles adiós por segunda vez.

Para mí, este adiós en Praga fue catártico porque no se sintió tan adiós. Cuando les había visto en La Riviera, el público madrileño cantaba y lloraba y se desvivía en el directo. Europa siempre es otra cosa. Las audiencias con las que he coincidido en Polonia, Alemania, Finlandia... siempre me han resultado más serenas y a la vez respetuosas. Las voces de la gente no me impidieron oír la de Valo en Praga. El grupo habló más y se hizo entender mejor: era un adiós, pero no tenía por qué ser definitivo. Además, tenían proyectos en camino. Seguían siendo amigos. Estaban creativos, como se notó en la no poca experimentación que le metieron a las canciones. Me calmaron y volví muy tranquila a mi vida habitual.


2020. Narón. Cuarentena domiciliaria. Pertenezco sin duda a la minoría que recuerda con añoranza aquellos meses. No tener que ver a las gilipollas de mis compañeras del colegio. Gozar de horas y horas de no tener que cumplir con nada y poder dedicarlas a mí. A escribir. A leer. A volver a sumergirme en Rurouni Kenshin. 

Levantarme una mañana y encontrarme un heartagram coronando mis redes sociales. Nueva música, y no de la que Valo había hecho acompañando a The Agents en los tiempos posteriores a HIM, sino música marca Ville Valo. Marca heartagram. 

Valo, en cierto modo, fue mi cuarentena. Esa alegría y esperanza que trajeron sus canciones nuevas lo empañaron todo, incluso los momentos más distópicos y el miedo que daban las ristras de cifras que salían en la prensa.

Hacía tiempo que lo tenía pendiente, pero ese mismo año, viviendo ya en Fisterra por octubre o noviembre, ocurrió lo de la foto que encabeza esta entrada. Como no me gusta ser tan Doña Obvia, quería hacerme un heartagram sin hacerme un heartagram, y me acordé de mi primer concierto de HIM: la gira de Venus Doom. Sinceramente, es muy probable que cualquier día me acabe plantando un heartagram de verdad en cualquier otra parte del cuerpo, pero por lo pronto llevo a mi grupo grabado en la piel.


Obviamente, yo tenía que estar presente en la primera gira en solitario de este señor. Del señor que me ha dado Finlandia y a Billy Idol y a Annie Lennox y Suspiria y la poesía. Del señor que salió de su cuevecita en plena pandemia para hacerme feliz.

Y de Neon Noir (el disco, el concierto) puedo afirmar que es más intimista, que prescinde de los teclados que tanto caracterizaban a HIM y que destila sencillez y tranquilidad. Que su voz, y sus ojos, me llevan al mismo lugar mágico de siempre, a un paraje helado con figuras tétricas y runas aprendidas. Al abrazo del amor con la muerte. Que la palabra es, y ha sido siempre, poesía. 

Que el encuentro, esta vez tras seis años, me ha sorprendido dos décadas más vieja que aquel primero delante de la MTV. Ya soy otra persona, menos niña y más cargada de problemas, pero también más yo y más enamorada de las cosas que me hacen encontrarme. De HIM. De VV. De su Neon Noir, de su sonrisa mientras nos cantaba, de la humildad palpable en actos como dejar que cerraran el concierto, solos ante el aplauso, los músicos que iban con él. De lo mucho que nos seguimos pareciendo. De cómo me ha marcado. De cuánto de lo que soy se lo debo a él.


Amor de mi vida.


domingo, 1 de enero de 2023

2022 en conciertos



Madre mía. MADRE MÍA.

El mero hecho de estar escribiendo esta entrada me hace querer chillar de pura emoción. Después de todo 2020 (mi último concierto pre-pandemia había sido Dir en Grey en Berlín a comienzos de año), de todo 2021 y de la primera mitad de 2022... ¡Conciertos! De esos que planeo durante meses con viaje incluido, de los fortuitos, de los que me aceleran el corazón al tratarse de un artista de los que me han cambiado la vida.

Buf. Es inexplicable lo que siento al haber recuperado una parte de mí que echaba tanto de menos. Y es que, si lleváis un tiempo leyendo mis entradas, sabéis que eso es exactamente lo que la música en directo es en mi vida: un trozo indispensable de quien soy y de mi felicidad.
La cuarentena encontró una forma bonita de mantener viva esa emoción gracias a las retransmisiones en directo, pero, a medida que se reanudaban las giras en 2021, eso fue desapareciendo y su ausencia se sumó a los aplazamientos y cancelaciones de los pocos vivos a los que pensaba acercarme.
Total, que llegamos a mayo de 2022 con una sed muy acusada y viviendo en la Costa da Morte (que tanto añoro ahora). Y va el Concello de Vimianzo y se trae a las Tanxugueiras a abrir la temporada de festivales de la primavera-verano, y su (ligeramente accidentada) actuación en la capital de Soneira es mi primer concierto en dos años y medio. No esperaba que se tratara del primero DE UNOS CUANTOS en lo que restaba de 2022, pero aquí estamos.

Así que hoy, mientras despido el año de camino a mi casa desde Austria, donde he estado unos días renovando votos de amor por Rex, un policía diferente; os hablo un poquito de los grandes momentos que me ha dado en 2022 la música en vivo con el deseo de que la racha continúe mucho tiempo.


-Tanxugueiras. Originalmente estaba programado para el 16 de mayo, en medio y medio del puente de las Letras Galegas, pero esa misma tarde lo aplazaron al día siguiente por culpa de las peligrosas rachas de viento, no sin cierta polémica por cómo se gestionó el asunto por parte del Concello.
Como el resto de mi región, yo me había enamorado de Tanxugueiras gracias a Terra y el Benidorm Fest; si bien las conocía de pasada desde antes, no me había animado a escucharlas hasta que se metieron a hacer un sonido más pop combinando sus panderetas y cantos corales con ritmos de reguetón y electrónica.
El concierto fue una pasada, desde el acertado repertorio incluyendo temas más tradicionales y otros del nuevo disco, pasando por una correcta puesta en escena que permitía conectar con ellas y su simpatía natural, y hasta por supuesto el público lleno de niñas con panderetas viviendo su mejor vida.
Es emocionante ver cómo las Tanxus han conseguido despertar en tanta gente joven el amor por los instrumentos y sonidos tradicionales y fue genial vivirlo en un lugar que me ha dado tanto como Vimianzo y que para mí representa lo mejor de Galicia. 

-Sés. También en Vimianzo y como despedida final al curso más especial de mi vida en ese trocito irreemplazable de la Costa da Morte, vi a Sés dar un concierto enmarcado en el Asalto ao castelo: una fiesta histórica que recrea la quema del castillo por parte de los Irmandiños y exalta los sentimientos de libertad y unidad del pueblo. No es una Festa da Istoria de Ribadavia, sino que se trata de un evento mucho más pequeño, y quizá sea eso lo que lo hace tan especial. 
La mezcla de mi tristeza por irme de allí sin saber si volvería (volveré cuantas veces pueda, aunque probablemente ya nunca como profe), la emoción del asalto en sí y el hecho de estar como quien dice en primera fila, hicieron que disfrutara mucho del directo de Sés. No toda su música me gusta y no todos sus mensajes son compartidos por mí, pero valoro mucho la capacidad de una artista de su talla para ponerse al servicio de las cosas en las que cree y defenderlas en cada canción.
El repertorio fue una mezcla de canciones más clásicas y sonidos más rockeros, extraídos del último disco que había sacado en ese momento; y me sorprendió mucho el buenísimo directo que tiene y lo versátil de su voz en géneros bastante diferentes.

-Wucan. Nuestros últimos días de viaje alemán de este verano (que básicamente consistió en algunas de las ciudades de Baviera y Baden-Württemberg como Frankfurt, Stuttgart, Freiburg, Nüremberg, Augsburg, Sigmaringen...) los pasamos en Múnich tomándonoslo con calma, dándonos tiempo para planes como echar media tarde en una piscina (LA DE SUSPIRIA, NI MÁS NI MENOS, YA OS LO CONTÉ) o dedicar lo que pareció una eternidad a consternarnos y horrorizarnos en el campo de concentración de Dachau. Fue precisamente ese día, el de Dachau, cuando decidimos mientras desayunábamos que deberíamos buscar un concierto al que ir por la noche ya que iba a ser la última vez que pudiéramos hacerlo. Encontramos entradas para un grupo que se llamaba Wucan y sonaba bien en Spotify, a rock psicodélico muy clásico y muy bien tocado; y allí que nos fuimos. 
Gracias a Wucan, descubrimos lo que es un festival alemán de música y más cosas, el Free & Easy Festival, en el Backstage Kulturzentrum, una especie de jardín a varias alturas, con áreas interiores y exteriores, puestos de comida y cerveza y un ambiente peculiar con gente de todos los estilos y edades. Convivían a la misma hora conciertos y monólogos, por lo que nos dejamos caer por varias de esas actuaciones, pero el grupo al que dedicamos más tiempo fue Wucan, pese a que en aquel espacio laberíntico nos costó encontrar la diminuta sala en la que tocaban, que acabó tan llena que no cabía ni un alfiler.
Pese al agobio, la actuación me fascinó. Es de esas bandas que escuchas en directo y son infinitamente mejores que la música grabada, sobre todo porque su cantante, Francis Tobolsky, es una bestia escénica que hipnotiza con su voz descomunal, su aspecto de Amazona de Harlock Saga y el dominio espectacular de la flauta travesera y el theremin en un despliegue de psicodelia delicioso. 
Son un grupo pequeño que no toca mucho fuera de casa, así que me encantaría volver a coincidir con ellos si algún día regreso a Alemania porque me impactaron mucho.



-Raphael. No lo escondo, soy fan de Raphael y le rezo a la vida por que dure mucho, ya que su mera existencia me da fe en la humanidad. Ya había actuado en los conciertos de verano de Castrelos, en Vigo, en años anteriores; pero siempre me pillaba fuera. Por primera vez, se alinearon los astros y me pilló Raphael estando en Vigo y me gocé su actuación como una enana. 
Sorprendente y admirable que se encuentre en tan buena forma física, con una voz envolvente y un repertorio largo y variado. Tocó todas sus canciones míticas, incluida mi favorita Qué sabe nadie, así como algunos temas más recientes que no conozco tanto y alguna que otra versión como La llorona.
Para mí fue un disfrute poder verle. Me pasé casi dos horas con una sonrisa de oreja a oreja de la ilusión que me hacía estar allí.

-Salvador Sobral y Abe Rábade. En la misma línea de Raphael está para mí Salvador Sobral, ya que en ambos casos son artistas cuya música no escucho continuamente pero que admiro y me transmiten cosas bonitas. A Sobral le cogí especial cariño durante la cuarentena, cuando se dedicó a hacer directos de Instagram cantando de todo, incluidos los himnos de casi todas las Comunidades Autónomas de España. 
Este concierto se enmarcaba en el Festival TerraCeo, en la azotea del Auditorio Mar de Vigo con una vista maravillosa del atardecer tras las Cíes. Fue una actuación peculiar, desenfadada, que incluyó temas propios, versiones, poemas musicados y alguna que otra pieza del pianista que le acompañaba. Un batiburrillo especial salpicado de intervenciones habladas simpáticas que sacaban hierro a un estilo de música que normalmente se percibe como serio, pero no tiene por qué serlo.
Sobral es todo sensibilidad cuando canta y me puso la piel de gallina en más de una ocasión durante la velada.

-Iggy Pop. Lo cierto es que medio vi a algún que otro grupo más en el Festival Latitudes (¿se nos ha ido de las manos el número creciente de festivales de música? Se nos ha ido de las manos el número creciente de festivales de música), pero mi interés verdadero era Iggy Pop y sólo para él estuve de pie y a tope, muy cerca del escenario, muy cerca de la leyenda.
Honestamente, a estas alturas de la vida ya no contaba con verlo nunca. Allí, ante la iguana del rock, que sigue siendo un auténtico jefe que se merienda el concierto, pensaba en David Bowie y cómo de alguna manera ver a Iggy me acercaba también a él.
Iggy es una bestia parda. Tiene sus años, su cadera descolocada que imagino que tiene que doler mucho después de las actuaciones, y una personalidad desbordante que hace de un hombre bajito y menudo un auténtico huracán. La voz poderosa e impecable, la actitud más punkarra que nunca y un sentido del humor oscuro siempre presente dominaron una actuación maravillosa.
Me sentía en una nube flotando muy alto mientras Iggy se comía Vigo interpretando temas tan míticos como I wanna be your dog, Lust for life, The passenger o Gimme danger; pero también canciones recientes como James Bond o Free
La banda que lleva consigo es maravillosa, con mención especial a la guitarrista Sarah Lipstate, y en lo personal veo a Iggy en un momento maravilloso de su carrera, haciendo como siempre lo que le da la gana y participando en proyectos tan hipnóticos como The Dictator de Catherine Graindorge o You want it darker de Here It Is; y sacando temas nuevos que son una maravilla, como su más reciente Strung Out Johnny
Ojalá le queden muchos años por delante de desbordar talento porque, aunque se empeñó en decir unas cuantas veces que estaba mayor y algún día tendría que morir, yo lo vi más vivo que nunca.



-Placebo. La temporada de conciertos en Galicia estaba siendo increíble y el anuncio de un grupazo como Placebo en el Expourense sólo la mejoró. Placebo es una de esas bandas que llevan en mi imaginario desde la adolescencia y que me resultan icónicas e incuestionables. 
La actuación formaba parte del paquete de conciertos del Xacobeo y a nuestro alcalde pareció molestarle tanto que no sólo no le hizo nada de publicidad, sino que encima se dedicó a escribir mentiras al respecto de la cantidad de entradas vendidas en relación con el aforo permitido en el local; un imbécil el tío, siempre y en todo lugar.
La realidad: un directo PERFECTO. Sonaron a gloria, tocaron sus temas más conocidos además de bastantes canciones de su maravilloso último disco Never let me go. El sonido fue impecable, música en directo de una calidad intachable. Hubo rock, hubo indie, hubo psicodelia y hubo un gran repertorio. 
Su relación con el escenario y con las canciones les convierte en uno de esos grupos que quizá no conecten tanto con la audiencia por interacción directa como lo hacen a través del sonido.

-Muse. Era la segunda vez que los veía y no sé si me hacía más ilusión el concierto en sí (dado que es un grupo que me gustaba mucho hace años, pero cada día lo hace menos) o pisar por fin el interior de Balaídos, donde no había estado nunca ni lo habría hecho de otro modo porque odio el fútbol.
Justo al contrario que Placebo (y también justo al contrario que cuando los había visto en el Monte do Gozo de Santiago hace años), Muse no tuvo un gran sonido y supongo que se debe más a la acústica del campo que a otra cosa. Tampoco hay que olvidar que el campo de fútbol todavía está sin terminar su remodelación y entre los espacios, los andamios en uno de los laterales, que medio estadio estaba cerrado al público... En fin, las condiciones no ayudaron.
El repertorio fue acertado, incluyendo sus grandes temas de cada disco y por supuesto varios del último, que para mí es un batiburrillo muy extraño pero tiene algunas canciones que se dejan escuchar.
Estuvo bien, con mucha parafernalia, Matt más cercano de lo que lo recuerdo en Santiago y diversión garantizada. Me lo pasé muy bien.

-Alter Bridge (con Mammoth WVH y unos TREMENDOS Halestorm). Alter Bridge. Ellos. ELLOS. Creo que nunca he llegado a explicaros correctamente lo importante que ha sido este grupo para mí en los últimos años. 
En diciembre de 2019, mi última visita pre-pandemia a Madrid me llevó a un concierto de mis queridos Shinedown y otro grupo al que no había escuchado mucho: Alter Bridge. Escribí una crónica al respecto a mi vuelta y ya dejaba caer que los segundos me habían enamorado, pero aún no sabía que me iba a pasar muchas horas de aquella época metida en el coche, viendo llover y encontrando comprensión, confort y fuerza en sus canciones.
Alter Bridge me pilló en un momento donde vivía en un sitio que no me encantaba (aunque luego le cogería todo el cariño del mundo), no tenía amigos cerca y en el trabajo no podía ser más infeliz con unos compañeros competitivos, retorcidos y con valores cuestionables. Me costaba muchísimo entrar en el colegio por las mañanas, iba totalmente a mi rollo y me pasaba las tardes-noche intentando respirar profundo e impedir que me invadiera la ansiedad. 
Que llegue un grupo que canta con toda honestidad que las dificultades están ahí, que la vida es difícil, pero que depende de uno mismo salir adelante y mejorar; uf, fue crucial. De alguna manera, no habría sobrevivido sin ellos.
En 2022, casi tres años más tarde, Alter Bridge me llevó de vuelta a Madrid, la primera visita desde 2019. Me hospedé en el mismo hotel de Callao (y me adjudicaron la misma habitación), cogí el mismo metro hasta Vistalegre y escuché casi la misma setlist, salvo porque unos poquitos temas desaparecieron para dejar paso a otros de su grandioso último disco, Pawns & Kings.
Ha sido muy distinto volver a escuchar las mismas canciones desde el conocimiento, más emocionante. Canté muchísimo, me dejé la garganta, las piernas y hasta hice amigos en las incomodísimas gradas donde NUNCA MÁIS me veréis intentar encajar.
Alter Bridge son pura humildad, hay pocos grupos que me transmitan esa sencillez y normalidad de unos músicos que simplemente se suben al escenario a transmitir un mensaje y hacer magia. 
Me ha hecho muy feliz su nuevo disco y me hizo muy feliz volver a verlos, y ya estoy deseando el próximo encuentro (maldito Resu).


En fin, que 2022 ha sido maravilloso en lo que a música en directo se refiere porque por fin eso que tanto amo ha vuelto a mí.
Y pasa una cosa curiosa con las cosas que se recuperan: las normalizamos de nuevo como si no hubiera habido un período donde no las teníamos en absoluto. Intento recordarme cada vez que no, no es normal. Que hubo dos años en que coger un avión, plantarme en Madrid y ver a mi grupo favorito no era posible. Que puede volver a pasar en cualquier momento.
Y que por eso no tengo que darlo por sentado y me debo a mí misma el disfrutar al máximo de cada una de esas oportunidades.


¡Feliz 2023, que sea amable con vosotros! 

jueves, 1 de julio de 2021

Favoritos de mayo y junio

¡Feliz verano! ¡Felices vacaciones para los que estéis de descanso, ánimo y paciencia para los que no!

Si me hubieran dicho, en el año 2011 (cuando me presenté a mis primeras oposiciones), que en 2021 iba a estar recibiendo julio con las mismas perspectivas vitales a corto plazo (sentarme en una silla a redactar un tema, pasar por el trago siempre traumático de exponer de memoria delante de una gente que ni siquiera me escucha, albergar esperanzas para que las destrocen delante de mis narices...), seguramente habría tomado decisiones distintas. No sé si para bien o para mal, pero empecé en esto asegurando que me daba cinco años y sino a otra cosa. La vida cambia cuando te encuentras con que la pesadilla en realidad te da de comer, pero sigue siendo una pesadilla.

En fin, que estoy de oposiciones una vez más y me siento como en todas las ocasiones anteriores: ansiosa, nerviosa, en pánico a ratos y abstraída por completo de la situación en otros momentos. 

He tenido un bimestre inusual y un poco desaprovechado, pero ya no me pesa no hacer todas las cosas que habría querido; es más sano fluir y abarcar lo que tu cuerpo puede en cada momento. He estudiado más de lo que pensaba y menos de lo que debía, y así con otras actividades como "viajar" (intramuros, que sigo sin haber pisado suelo no gallego desde febrero del año pasado), nadar y leer.
Lo genial: he escrito como antes. No muchísimo ni genial, pero sí como más me ha llenado siempre hacerlo: en trance, compulsivamente, hasta las tantas de la madrugada sin poder soltar el relato. Hacía muchos años que no me ocurría y no ha salido de ello ninguna gran obra, pero me he sacado de dentro una novelilla de cien páginas que se han escrito en total abandono a la propia escritura. Y no tengo intención de compartirla ni de hacer nada con ella porque no es algo de calidad, pero sí que me ha servido para calentar motores y volver a embriagarme de ello.

Aparte de eso, saco unos cuantos favoritos de los que os quiero hablar porque me dieron la vida en mayo y junio:


Series

He visto dos miniseries que me han gustado mucho, mucho. Ambas están en Filmin y ambas valen la pena:

-Héroes invisibles (2019). Como ya la he reseñado en una entrada anterior, no me voy a extender mucho. Narra la historia de tres diplomáticos finlandeses (y uno sueco) que trabajaban en Chile en el momento del golpe de estado de Pinochet, y cómo ayudaron a salvar muchísimas vidas. El mayor acierto de la serie, para mí, es el tono sencillo con el que se cuenta la historia, como una mera constatación. Me transmitió muchísima esperanza en la humanidad.

-Laëtitia o el fin de los hombres (2019). Nuevamente una serie basada en hechos reales, en este caso el relato de un crimen ocurrido en Francia en 2011: el de una joven desaparecida que posteriormente fue encontrada a trozos tras haber sido también violada. Lo duro de la historia ni siquiera es este crimen, sino cómo a raíz de algo así se va desenredando la madeja y salen a la palestra años de malos tratos y abusos sexuales hacia ella y su hermana. Es un caso impactante y muy simbólico en cuanto a todo lo que sacó a relucir, a todo lo que había detrás. Habla de cómo se mira hacia otro lado muchas veces ante ciertos indicios, ya sea por miedo o por la necesidad de pensar que se han salvado vidas en vez de condenarlas, como es el caso de la trabajadora social que se ocupó de esas niñas. 
La serie está muy bien hecha, desmiga las diferentes situaciones y se erige como un tremendo manifiesto feminista. No me gustó, especialmente a la luz de esto último, ese punto petulante del detective y el juez arreglando el país; todo lo demás está muy bien, incluidas la superficial crítica a Sarkozy (se podría haber profundizado un poco) y las interpretaciones de Marie Colom, Sophie Breyer y Sam Karmann.


Películas

No ha sido el mes del cine en lo que definitivamente tampoco está siendo el año del cine para mí. He visto pocas cosas y, de ellas, menos aún me han convencido. Estuvieron bien pero se me quedaron muy cortos estos tres títulos: Shiva Baby (2020), Una joven prometedora (2020) y Del inconveniente de haber nacido (2020). Un simple meh para El prisionero de Zenda (1952), si bien la presencia y el buen hacer de James Mason para mí compensarían siempre cualquier bodrio.

Las que sí me encantaron son sólo una más dos revisionados:



-A song called hate (2020). Es lo que parece: un documental sobre Hatari, el grupo islandés con puesta en escena BDSM que representó a Islandia en Eurovisión 2019 en Israel (soy absolutamente fan de ellos). El documental me pareció excelente, prueba gráfica de la dureza y presión de una situación de la cual, desde fuera, únicamente podíamos ver la performance. Totalmente metidos en su papel ante los medios, se vieron muy ahogados por la presión que les llegaba desde su país (Islandia reconoce la soberanía de Palestina), así como la vigilancia de cuanto hacían por parte de las autoridades israelís competentes. Una posición lejos de ser fácil, que asumieron de forma muy valiente y que explican en el documental ya sin actuación, sólo como personas llevando a cabo una misión.
También se ve reflejada la relación entre ellos, especialmente entre Klemens y Matthias, y es muy bonito y necesario que exista representación de esa amistad cargada de cariño y cuidado entre hombres adultos.

-Los revisionados maravillosos: El Señor de los Anillos en el cine después de todos estos años (he llorado bastante) y Hedwig and the Angry Inch; esta última se puede analizar hoy en día desde puntos de vista muy diferentes y algo controvertidos que quizá no existieran cuando se estrenó en 2001, pero para mí sigue siendo perfecta.


Libros



-Las bestias olvidadas de Eld, de Patricia A. McKillip. Ni siquiera me sonaba el nombre de la autora, pero vi que Duermevela Ediciones, de la booktuber Magrat Ajostiernos, lo editaba y me enamoré de la portada. Es un libro, sencillamente, perfecto: fantasía clásica con los ritmos y tonos de la fantasía clásica, pero que da una vuelta al viaje del héroe para convertirlo en una gesta hacia su propio interior. La protagonista, Sybel, poderosísima hechicera heredera de las bestias míticas más impresionantes, debe enfrentarse a difíciles decisiones que la irán modelando como persona y decidirán el futuro del mundo tal y como lo conoce.
La historia fluye todo el tiempo, sin un solo momento de bajón pero sin desbocarse; desde el primer párrafo el lector sabe perfectamente en qué tipo de relato está inmerso. 
Gran trabajo de esta autora y seguro que leeré más de ella.

-La leyenda del rey errante, de Laura Gallego. A ver por dónde empiezo con éste. Lo principal que tengo que comentar es que esta novela me ha hecho muy, muy feliz.
Veréis: yo fui una de esas adolescentes obsesionadas con Memorias de Idhún al punto de escribir cartas a la autora (tengo a buen recaudo su respuesta, escrita a mano y de verdad: no me respondió un mero agradecimiento, sino que se leyó lo que le había contado y me fue contestando a todo), ser activa en su foro e ir a verla a varias firmas de libros. El origen fue MdI, pero tengo que decir que las novelas que más me enamoraron en su día fueron La emperatriz de los etéreos y mi absoluta favorita de ella (que no he vuelto a leer por pánico a que haya perdido calidad para mí en estos años): El coleccionista de relojes extraordinarios.
Me devoraba todo de Laura Gallego en aquella época, hasta que, a partir de 2010, para mí perdió el encanto. Leí Donde los árboles cantan y El libro de los portales, ambos tan decepcionantes (el primero más que el segundo) que decidí distanciarme por un tiempo. Desde entonces, en mi cabeza rondaba la duda: ¿ha empeorado o simplemente sus libros eran para mi yo de 18 años? Tengo la espinita de volver a leer MdI, pero también he visto varios vídeos de gente que los ha releído años más tarde y las opiniones no son halagüeñas.
El caso es que tenía La leyenda del rey errante en mi estantería desde hacía mucho tiempo, firmado porque lo gané en un sorteo, pero no me llamaba tanto. Quién me iba a decir que me reconciliaría con la autora de esta manera: es una historia perfecta. Por su lenguaje, extensión y forma, es evidentemente un trabajo menos pretencioso y tal vez dirigido a un público más joven que sus grandes títulos; sin embargo, Laura Gallego gana en este tipo de trabajos. Un relato bien hilado, con estructura de cuento y una ambientación excelente que te sitúa en mitad del desierto de un plumazo. Podría ser, realmente, una leyenda clásica de lo bien hecho que está. Tiene buenos personajes, intriga, catarsis y redención; lanza una moraleja potente sin adoctrinar ni adoptar ningún tono didáctico.
Así que sí, me ha hecho feliz, me ha recordado por qué me gustaba tanto Laura Gallego y me ha dado ganas de volver a ella, o al menos a mis títulos favoritos de ella.

-El último mosquetero, de Jason. Esto fue algo aleatorio que encontré en la biblioteca de mi ciudad, aunque quienes leáis cómic europeo habitualmente conoceréis al autor (yo, ni idea). Total, que yo veo unos perritos dibujados bajo ese título y junto a una sinopsis que habla de Athos, mosquetero del rey, perviviendo durante cuatro siglos y enfrentándose a unos aliens, y allí que me tengo que ir. Es una historia corta, absurda y deliciosa, en la que un Athos frustrado por la pérdida de los buenos valores propios de su época y de la heroicidad del mosquetero debe salvar a Francia de un ataque extraterrestre. Un tomito divertido y perfecto.


Música 

Las cosas más guays de estos meses fueron: 

-Butter, de BTS. Y el single completo sale la semana que viene junto con una nueva canción, así que podéis esperar sin margen de error que los siga mentando en próximas entradas. Canción fácil, de buen rollo y chicos guapísimos y adorables.



-CHOKE, de The Warning. ¿Alguien se acuerda de unas niñas mexicanas que fueron virales hace años por tocar temas de los Foo Fighters en Youtube? Bueno, yo las descubrí quizá un pelín más tarde, creciditas y con su propia música en marcha. Tras haber estado trabajando en su nuevo disco, en mayo lanzaron el primer adelanto y es un absoluto hit. La he escuchado muchísimo y me encanta.



-MASS, de the GazettE. En el anterior Favoritos os confesaba haberle dado mucha caña al single de adelanto y ahora toca decir que el mero hecho de que esta gente saque música ya me hace feliz. Esperaba otro tipo de disco, quizá más sólido en su sonido, pero han decidido hacer lo que les da la gana y sacar un compendio de canciones distintas entre sí, todas muy suyas y que vienen a representar los distintos géneros y estilos que han ido explorando a lo largo de su carrera. Es como un mixto, pero todas las canciones son temazos, Ruki canta en varias de ellas en un registro más grave de lo habitual que me eriza la piel y la sección rítmica del grupo hace una bestialidad de trabajo. Mis favoritas son Daku y ROLLIN', pero todo el álbum es para gozárselo mucho.



-GODZILLA y Human, de The Veronicas. A mí que alguien me explique si es normal que cojan estas señoras y saquen dos discos a la vez, ambos se podría decir que conceptuales y ambos increíbles. Con toques de Dua Lipa y de todo ese rollito retro que se lleva ahora mismo, se lo llevan totalmente a su terreno porque todo ese imaginario ha ido siempre mucho con las Origliasso. Hay un par de canciones que no me han hecho tanta gracia, pero en general me parecen dos discazos y algunos temas no puedo dejar de escucharlos: Stealing Cars, Sugar Daddy, Catch Fire, Goodbye, Human, Jealous... Todas buenísimas y adictivas.


Conciertos

A ver: conciertos, lo que se dice conciertos... Me están faltando sobremanera. Era consciente de que una de mis constantes desde hacía años era poder ir a unos cuantos conciertos de mis grupos favoritos al año, pero no sabía cuánto iba a acusar su falta.

Eso sí: viva Internet.

-Nightwish dio hace nada un par de shows online y ahí que me tenía que plantar. Lo cierto es que había comprado la entrada antes de que Marko Hietala anunciara su salida de la banda y no estoy segura de si la habría pagado de haberse puesto a la venta posteriormente. Con todo y notándose infinitamente la ausencia de Marko (de su voz, de su presencia y del sello tan único que imprimió en el grupo durante sus años en él), me sorprendí disfrutándolo mucho. El formato con todo ese CGI no me apasionó, la setlist en general no me pareció la óptima y eché de menos canciones que por otro lado agradezco que no intentaran versionar sin él, como Wish I had an angel o The islander. Pero el grupo hizo un enorme trabajo, especialmente Floor y Troy adaptando las líneas que cantaba Hietala, así como Jukka Koskinen de Wintersun como bajista en funciones. 
Pensaba que me pondría muy triste por no estar él presente y que no querría saber mucho más de ellos (Marko es para mí un adiós muchísimo más notable que ninguno de los anteriores), pero me quedé más bien con una sensación de expectación por lo que llegará a venir. Creo que, si Tuomas sigue haciendo canciones buenas, es difícil que me vaya a poder desvincular de Nightwish nunca.

-También pagué por ver en directo a BTS y esto creo que ya va a ser costumbre. Dieron un doble concierto online cargado de sorpresas y momentazos y me lo pasé pipa viéndolo. El highlight de los dos días, para mí, es y será el rap en español de RM y Jimin haciendo la parte de Becky G en Chicken Noodle Soup: aparte de la obvia dificultad de rapear en un idioma que no conocen, que decidieran no tocarle un pelo a la letra me parece lo más sexy que he visto en muchísimo tiempo. Fan absoluta de ellos, sin más.


Mayo y junio fueron meses de estar por Fisterra y alrededores, despidiéndome poco a poco de los sitios y dedicándoles a todos ellos mucho tiempo de esparcimiento. Estuve de nuevo en Outes, en Rianxo, en Catoira, en Ézaro, en Vimianzo, en Negreira, en Carballo y en otros puntos de la zona, sin alejarme demasiado de mi vivienda del curso. No creo que pueda haber nunca nada más destacado que haber visto un atardecer rojo fuego en Vilán.

Despedirme de Fisterra ha sido una cosa bastante rara, tal vez porque dadas las circunstancias he pasado muchísimo tiempo en ella. Llegué a mimetizarme bastante y creo que dentro de no demasiado tiempo voy a empezar a sentir mucha morriña. Pero así es la (mi) vida y, por ahora, al menos durante un año o dos más, me comprometo a errar; después ya se verá.

¡Sed felices!