Pero he necesitado pasarme antes por mis palabras del año 2017, cuando les había visto en directo por primera vez tras tantos años deseándolo, porque en mis recuerdos aquel concierto no había sido tan chulo. Sin embargo, ya en el 2017 consideraba haber vuelto a los catorce con su actuación y añadía lo siguiente:
En fin, que desde que les he visto no me entra en la cabeza que no les vaya a ver cada noche. Me lo pasé tan bien, me hizo tantísima ilusión tenerles delante y babeé tanto con cada instrumento y con esa voz de mis mejores sueños, que me parece fatal que la vida no me haya dejado meterme en alguna de sus maletas para seguirles al fin del mundo.
Pienso que lo recordaría muy bien si hubiera vivido lo mismo (recuerdo genial el momento de Jyrki pasando por delante de mis narices durante los teloneros, a apenas un par de metros de mí, y yo casi muriendo de la impresión), así que opto por considerar que aquella primera vez fue genial y me hizo una enormísima ilusión, pero no fue lo de 2026.
Lo de 2026 ha sido... No sé. Ha sido una locura porque tenía la entrada comprada desde hacía meses, sabía que iba a salir de trabajar a toda prisa y me iba a poner en carretera a Oporto y a pagar lo que hiciera falta de aparcamiento y hotel para llegar allí a tiempo. Y, sin embargo, arranca la semana y me encuentro enfrascada en el mayor proceso gripal en el que me he visto en años y me tengo que pasar tres días en la cama. El viernes trabajé, en parte porque no pensaba perderme el concierto. Y allá que me fui, no tan recuperada como lo habría deseado, con poca voz y mucho agotamiento.
Y me encuentro en una sala chulísima (una plaza de abastos reconvertida), donde según llego está sonando Colder de Charon, con gente majísima que se reía cuando tardaba unos cuantos segundos de más en entender lo que me decían porque mi cerebro no estaba ok y el portugués no es mi lengua, y con una banda a la que quiero mucho y que sencillamente representa a la perfección lo que es para mí la cultura gótica, el vampiro, el romanticismo oscuro. The 69 Eyes es como terciopelo para mis oídos.
Y cogí un muy buen sitio y me dispuse a pasármelo bien, y así fue sin ninguna duda durante Devils, Don't turn your back on fear, Gotta rock, If you love me the morning after, The Chair... Yo estaba allí, griposa, con dolor de pie porque ya siempre tengo dolor de pie, con una sonrisa enorme en la cara porque esas canciones representan mi imaginario personal y me inspiran continuamente. Incluso pensaba, mientras las escuchaba, en una vez que tuve un sueño increíble con Jyrki69 que era básicamente una idea de novela y lo escribí al despertar, pero se me habían olvidado los detalles que le podrían haber dado entidad. Mención especial para dos de sus últimos sencillos: Drive, que desde que salió es mi tema de conducción absolutamente favorito; y I Survive, su single más reciente, que me tenía enamorada y supuso un subidón increíble en vivo.
La cosa cambió en un momento muy concreto de la noche, un momento inesperado. Una canción que es la primera canción que escuché JAMÁS de The 69 Eyes, que ya había sonado cuando les vi en 2017 en Madrid, que siempre me ha gustado mucho, pero que no era mi favorita... y digo era de forma muy consciente. Yo no sé qué me hizo ese sábado Wasting the Dawn; no sé si fueron los acordes menores nostálgicos, el tempo calmado, la forma en que la voz de Jyrki en ese tema se deja confundir con el bajo... Fue una cosa increíble. Tuve la sensación FÍSICA de que mi espíritu, mi alma, mi conciencia, salía de mi cuerpo como si se tratara de un viaje astral, y durante todo el resto del concierto no estuve en mí, no tuve conciencia corporal, estuve flotando. Era como si formara parte de la música. Wasting the Dawn, esa canción tan bonita en memoria de Jim Morrison, me elevó a un estado sublimado y así me deslicé por Gothic Girl, Brandon Lee, Framed in Blood, Dance d'Amour y Lost Boys (en la cual les acompañó Fernando Ribeiro de Moonspell); canciones todas ellas que ya había vivido en directo, pero que en esta ocasión compusieron un lienzo en el que me habría quedado a vivir en la forma de cualquier pequeña pincelada innecesaria pero presente, abandonada a la música.
Qué cosa tan bonita he vivido. Y qué bonito está siendo también este momento remember en el cual mis estilos de música favoritos se están revalorizando y los grupos están decidiendo volver. Hablo del visual kei, pero sobre todo también del rock gótico finlandés de los 2000, con Charon tocando para mí en Tavastia hace pocos meses, For my pain... sacando disco nuevo, Reflexion volviendo a existir o los 69 Eyes recuperando sus sonidos más clásicos, góticos, glam y aterciopelados por los que me derrito.
¿Será este mi año de escribir por fin aquella novela protagonizada por Jyrki? No lo sé, pero sin duda tengo ganas de escribir y tengo ganas de dar por fin vida, de algún modo, al imaginario que está siempre activo en mi cerebro y por una o por otra jamás pongo en movimiento.
Gracias, Helsinki vampires. Si no nos vemos antes en otro lugar... siempre nos quedará The Riff.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Al comentar en este blog, manifiestas conocer y estar de acuerdo con la Política de Privacidad del mismo.