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jueves, 10 de febrero de 2022

Los héroes inesperados: una oda a Yuzuru Hanyu


Es posible que esto no sea generalizable porque no todo el mundo está tan apegado como lo estoy yo a mis héroes de la adolescencia. La cosa es que, si me preguntan, mis cantantes favoritos siguen siendo mayormente los mismos, los autores que me llegaron al corazón entonces siguen estando entre mis más queridos y ninguna película jamás podrá anteponerse a El Cuervo.

Hay matices, claro. Podría empezar a enumerar títulos y artistas que amo locamente y llevan en mi vida mucho menos tiempo, y no acabaría en el día de hoy. Seamos sinceros.

Sin embargo, para mí hay ciertas efigies inamovibles, ocurra lo que ocurra. Rurouni Kenshin. Hyde. L'Arc~en~Ciel. Dir en Grey. Los tres mosqueteros. El Señor de los Anillos, el de Tolkien y el de Peter Jackson. Las canciones de Tuomas Holopainen. HIM...

De patinaje artístico sobre hielo he hablado bastante en este foro, aunque hace años que no lo hago con la dedicación y profundidad de las primeras veces. (Hoy en día me resulta cómico releer aquellas entradas en las que básicamente me quejaba del robo de una medalla; el mundo no ha cambiado nada). Al igual que en todas las otras parcelas de cosas que me apasionan, en el patinaje tengo mastodontes que van a estar siempre en el lugar que llevan años ocupando. Podría hablar de Plushenko, de Yuna Kim, de Sasha Cohen, de Johnny Weir, de Stephane Lambiel, de Mao Asada

Y el caso es que, de forma específica en el terreno del patinaje, hubo un momento en que pensé que los héroes ya eran aquellos. Para Vancouver 2010, con Plushenko muy cerca de la retirada definitiva y la mayoría de la gente que seguía a unas olimpiadas más (tirando por lo alto) de dejar la competición, lo veía ya en el pasado. Había muchos patinadores a los que había seguido durante años y poca gente que fuera a permanecer mucho más tiempo en el rink. Las caras nuevas me costaban (me cuestan) y quería detener el tiempo para que Daisuke Takahashi no lo dejase nunca. 

Y en ese contexto, en un NHK Trophy liderado por Daisuke, aparece un chaval que se me antoja el protagonista de un shounen manga con sus rasgos infantiles y aquella actitud afable pero determinada. Un crío que me deja patidifusa con saltos perfectos de manual y una sensibilidad que se equipara a la de mis patinadores favoritos. Hasta recuerdo hablar con amigas de lo fascinada que me había dejado, uno de esos talentos que saltan a la vista y que más vale recordar porque una sabe que el futuro promete gloria.

Yuzuru Hanyu. En plena época de llorar retiradas presentes e hipotecadas, cuando pensaba que en breve el patinaje ya no sería lo mismo para mí, aparece un héroe.

Y de Yuzuru no puedo decir nada que no (se) haya escrito ya, pero si una idea tengo clara es que no ha habido jamás un patinador como él. Ninguno, ni siquiera los más grandes, que a día de hoy son unánimes al respecto. 

Un chico humilde, que entrenaba en Sendai como tantos otros y pensó en dejarlo alguna vez. Un joven que encarnaba los mejores valores de la mentalidad japonesa (la perseverancia, el pelear por los sueños, la dedicación y la disciplina) y los traducía en el hielo con una garra y un sentimiento que no tienen imitación. Un atleta cuya popularidad fue como una erupción, que de la nada se había comido con patatas a todo el mundo y encandilaba al público global. Alguien convertido en un estandarte en su país de origen, ídolo de nuevos y viejos patinadores, una persona con muchísima presión a sus espaldas, lo cual no siempre ha jugado a favor de un desempeño constante y estable. Un patinador que, en sus peores programas, sigue dejando con la boca abierta.

Yuzuru lo es todo: es la delicadeza de Takahashi o Weir, con la precisión de Plushenko y la velocidad y clase de Lambiel. Es todos esos ingredientes mejorados a una potencia que no se ha visto ni posiblemente se verá. Porque el patinaje está cambiando y volviéndose cada vez más exigente, demandando períodos más cortos de competición dado que un atleta de 25 ya no puede estar a la altura de uno de 16; sin embargo, hay un algo, un pellizco, una cuestión de comunión absoluta con el hielo que ni se puntúa, ni tiene fecha alguna de caducidad. 


Hoy ha sido un día memorable y Yuzuru ni siquiera ha puesto un pie en el podio. Ha sido un día de disfrutar de grandes programas, de gente que ha realizado un patinaje impecable. Huelga hablar del nuevo campeón olímpico, Nathan Chen (aunque me parece aberrante otorgar una medalla a alguien que va vestido así en este deporte), y de los dos japoneses medallistas: un increíble y muy prometedor Yuma Kagiyama y un siempre delicioso Shoma Uno. Hay que mencionar también a otros patinadores que fueron un regalo en el hielo, como Jason Brown o Junhwan Cha. Pero la Historia viene por otro lado, viene de un enfoque totalmente distinto: Yuzuru Hanyu, que en 2022 ya lo ha conseguido todo y es mayormente reconocido como el mejor patinador de todos los tiempos, no necesitaba un podio; quizá le habría hecho sentirse bien alcanzarlo, pero no era ese el objetivo. Encabronado con aportar a su deporte algo más que las medallas, Yuzuru llevaba dos años entrenando solo en Japón, lejos de su entrenador y trabajando sin ese apoyo tan importante, con el único objetivo de aterrizar un cuádruple axel en competición: el primero de la historia. 
Hoy Yuzuru Hanyu ha hecho justicia a esos dos años y a todos los anteriores de trabajo, ha arriesgado el todo por el todo para conseguir el objetivo tan bestia de aumentar un giro al ya de por sí complicadísimo triple axel. Y, mientras hablaba con la prensa tras la competición, le han dado la noticia de que efectivamente se había certificado la realización de dicho salto, aunque infrarrotado y con un error de recepción; y la mezcla de sorpresa y alivio han sido evidentes en su rostro aun con una mascarilla cubriéndolo. 

Hoy Yuzuru Hanyu, sin oro, ni plata, ni bronce, ha vuelto a demostrar por qué es el rey del hielo. Por qué es una de esas figuras que aparecen cada tantísimo tiempo que son totalmente insólitas. Por qué él ES la encarnación misma del deporte que ama y que revaloriza cada vez que lo practica. 


Yuzuru Hanyu tiene veintisiete años y me hace sonreír el hecho de ser capaz de notárselos en la cara. Sigo viendo ese mismo rostro redondeado e infantil, pero hay algo en su expresión y en su ceño que denotan que ya no es el chiquillo que me sorprendió en 2010. Hoy he pensado en aquel primer momento, que recuerdo tan bien, y en todo lo que me ha ido dando a lo largo de los años. En su deliciosa y amistosa rivalidad con Javier Fernández, en programas tan inolvidables como el Chopin que pude ver con mis propios ojos en Barcelona en 2015. En su maestría, en su elegancia, en cómo además de todo eso lo que siempre ha traslucido es que es una persona igual de bonita dentro y fuera de la pista. En cómo es por entero comprensible que admire y quiera parecerse a Park Jimin.
Y me sentía un poco triste porque sé que ya no le quedan muchas competiciones por delante, pero a la vez se me llenaba el corazón de orgullo por haberlo seguido desde el principio, como no he seguido a ninguno de mis grandes mastodontes del patinaje aparte de él.
Y pensaba en que, a veces, los héroes aparecen cuando ya no piensas que vayan a hacerlo. Cuando te estás despidiendo de una etapa preciosa y sientes que no va a haber otra a la altura. Cuando crees que estás demasiado mayor como para siquiera tener héroes.

Pase lo que pase, cumpla los años que cumpla, Yuzuru Hanyu es mi patinador. Y ojalá vengan otros que me sorprendan como él lo hizo y lo sigue haciendo, ojalá el deporte continúe a flote y se llegue a un sistema de puntuaciones que no obligue a sacrificar ninguna de sus partes fundamentales. Pero él... él es el deporte, y él es el héroe de esta historia.

 A él me lo llevo en el corazón de por vida y él es la imagen misma de mi amor por el patinaje artístico. 

sábado, 28 de diciembre de 2019

Favoritos de noviembre y diciembre


No engaño a nadie: LO MEJOR DE ESTOS DOS MESES HA SIDO ALTER BRIDGE. Así, en general y sin matices. Su misma existencia. Haberles conocido, haberles visto en directo y haber sido empujada y arropada por su música. BUA.

Alter Bridge es una de las mejores cosas de 2019 para mí. No puedo ocultarlo. Hacía mucho que no me obsesionaba así con un grupo, ni recuerdo cuántos años hace que no me ponía una discografía entera en bucle y tan a saco. Me echaba de menos en este estado, así que por mi parte ninguna pega. El único problema es que a saber cuándo vuelvo a verles en directo y ME MUERO POR HACERLO, ME MUERO POR QUE REGRESEN YA.

AY.

Vamos a calmarnos todos un poco, ¿sí? Vamos a respirar hondo y ver más allá, que no todo va a ser Alter Bridge. De hecho, casi voy a dejar la música para el final...

Favoritos:


Películas


-Utoya, 22 de julio (2018). Entre la cantidad desmesurada de sucesos escalofriantes de los últimos tiempos, la masacre de Utoya en 2011 es uno de los que más me han helado la sangre. La forma en que sucedió todo, en un campamento juvenil y a sangre fría, disfrazándose el autor de policía para que lo identificaran como figura de autoridad y lanzándose después a disparar a todo el que pillaba... Uf. Desconfiaba de una película basada en algo tan reciente, pero lo cierto es que esta Utoya es una cinta homenaje que nos habla de forma honesta sobre experiencias concretas de supervivientes de aquel julio de 2011. Los personajes están elegidos con gran acierto, enseñando las distintas caras del shock y del trauma, cómo nuestros instintos reaccionan a la presión y a la separación de la familia. Los personajes no son nadie en específico, pero representan bien a una comunidad de adolescentes cercada en una isla ante un hecho tan extremo. ¿En qué pensamos cuando vemos la muerte tan cerca? La cinta es tensa y durísima, pero preciosa. Un gran tributo a los jóvenes que murieron allí y a los que sobrevivieron y deben cargar con ello en sus mentes.

-Sorry we missed you (2019). Hay películas cuya grandeza reside en que se sienten reales. Los personajes y sus vivencias nos recuerdan a aquel conocido, o a la noticia del periódico, o a cosas que incluso hemos pasado nosotros. La familia que dibuja Ken Loach es normal, podrían ser nuestros vecinos, y como cualquiera se ve ahogada por la precariedad laboral imperante. Tras jornadas interminables que salen tremendamente caras, no les queda energía para seguir siendo familia. Para mirarse y hablar, para estar presentes. Es una cinta demoledora donde se lanzan multitud de críticas, tanto al mundo de los contratos basura, como al trato que damos a una tercera edad cada vez más olvidada, como a la falta de comunicación con los hijos. Tiene un regusto de esperanza que la hace llevadera, pero es dura.

-Un momento en común (2017). Buscando cine finlandés actual, di con el nombre de Mikko Makela y con esta cinta que por lo visto tuvo bastante tirón allí. Sin contar nada del otro mundo ni ser original en ninguno de sus aspectos, es una peli bonita que bebe del tempo y encuadres propios del cine del país. Ambientada en una de esas casitas de madera en medio de la nada donde suelen veranear los finlandeses, es un cruce de caminos donde se encuentran dos personas con sus respectivos bagajes y, por medio del romance que surge entre ellos, se desvelan muchas problemáticas de la sociedad finlandesa: la inmigración creciente, el abandono del rural, la falta de conexión intergeneracional. La familia se analiza como corsé, como entidad que impide a uno ser él mismo, como aquello de lo que muchos jóvenes desean por encima de todo huir. La fotografía, los diálogos, la música... pura Finlandia.

-One Day (Siempre el mismo día) (2011). A veces tropiezas con joyas que no esperabas. Cuando encendí la tele aquel sábado noche en Madrid y apareció en pantalla Anne Hathaway, asumí que se trataba de otra comedia romántica insulsa. Sin embargo, One Day es lo opuesto a lo que esperaba. Refleja el mismo día del año a lo largo de dos décadas, y cómo van avanzando las vidas de dos personas con una conexión muy fuerte. Es una historia de amor, pero sobre todo es una reflexión sobre los tiempos en las relaciones, cómo no siempre estamos en la misma página, cómo a veces debemos crecer por separado para poder tener una historia juntos. También habla de la fugacidad de la vida y de cómo en realidad nada cambia tanto nunca. Hathaway se come la pantalla y dota a su personaje de humanidad y matices. Seguro que vuelvo a verla.

-Puñales por la espalda (2019). Mi gran favorita de estos meses. Estoy living con Ana de Armas, a la cual -como toda España- conocí por El Internado y quien me sorprendió hace un par de años en sus primeras incursiones en Hollywood. Feliz por ella, por su nominación al Globo de Oro y por las oportunidades que está teniendo. Pero es que la película es genial, una especie de relato de Agatha Christie que da cien mil vueltas y no acaba de desenredarse hasta el final mismo; el sentido del humor y la crítica social desde la sorna son maravillosos, Daniel Craig se come la pantalla y la ambientación es exquisita. Con un guión inteligente y personajes odiosos a puntapala, Ana de Armas es simplemente una chica normal, de buen corazón, de esas que no se ven en el cine; y realiza un trabajo muy decente en las mil y una tesituras a las que se enfrenta el personaje, así como transmitiéndonos esa normalidad que no existe en Hollywood. Salí del cine sonriendo y ya la quiero volver a ver.

-Dos días, una noche (2014). Marion Cotillard carga sobre sus hombros el peso de una cinta dolorosamente realista, que retrata la lucha personal de una mujer ante las crueldades del mundo empresarial capitalista y de la falta de empatía creciente. Dignidad individual por encima de la masa atontada, amedrentada, egoísta. La película habla de miserias, de enfermedades mentales y cómo son percibidas desde fuera, de amor, solidaridad, de compañerismo. Grandes interpretaciones y un ritmo acorde a la historia de cualquiera, que toca por conocida.


Libros


Sin duda, el mejor libro que he leído estos meses (y de los mejores del año) es Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. Lo tenía pendiente desde su publicación porque el solo argumento me llamaba con fuerza, pero ha sido un descubrimiento maravilloso. Desde el análisis tan cómico y certero que el autor realiza del Madrid actual, pasando por un lenguaje personal e inconfundible, a la cantidad infinita de reflexiones con las que chocamos acompañando a Manuel en su exilio de la realidad. Lorenzo realiza el ejercicio de irse a la nada, a la ausencia casi total de estímulos humanos, y se desvincula de las enajenaciones de nuestra sociedad, de todas esas tonterías que nos contaminan como personas. Y lo hace de forma valiente, consciente de que el mismo ermitaño es tan asqueroso como el resto. El vocabulario que utiliza y su forma de describir son desternillantes, pero el libro emociona y crea también un nudo en el corazón. Los personajes son deliciosos y a Manuel muchos lo vamos a llevar siempre en el recuerdo.


Series


La única serie que he seguido estos meses ha sido La Materia Oscura (His Dark Materials) y me ha gustado bastante. Con el matiz de que no he leído los libros, reconozco que hay cosas que no me han convencido: fundamentalmente, el trato que se da a la relación de humano y daimonion (¿como que me falta que profundicen?); y la coherencia del mundo en el que transcurre esta primera temporada, cuyos distintos lugares geográficos me parecían totalmente desvinculados unos de otros en cuanto a vestimentas, tecnología, estilos de vida... 
Quitando eso, es una serie de aventuras/ci-fi muy agradable de seguir, con una protagonista que sabe llevar la historia (adoro a Dafne Keen) y multitud de elementos y reflexiones para mantener la atención. Aunque el primer plano gira en torno a una niña y tiene ese regusto de serie para todos los públicos, el trasfondo es oscuro y muy adulto. Me interesa especialmente la imagen tan poco políticamente correcta que muestra sobre la maternidad y la paternidad. 
Me han encantado las interpretaciones de Anne-Marie Duff y Ruth Wilson, pero es que James McAvoy en dos segundos se merienda la serie.
Tengo ganas de seguir descubriendo de qué va todo esto.


Viajecillos, conciertos, experiencias varias


Noviembre fue el mes de hacer las paces. De alguna manera, me tranquilicé con respecto a ciertas cosas de mi entorno y comencé a digerirlas. A admitir que no todo puede ser como me gustaría, que a veces toca nadar contra la corriente. 
Estuve más tranquila en mi día a día y hay experiencias que influyeron en ello de alguna forma. El dieciséis, participé en un recorrido literario por el Ferrol de Torrente Ballester; me aportó una perspectiva nueva sobre la ciudad y su carácter y me hizo quererla un poquito más. Volví a recorrer Mugardos y Redes, esta vez mostrándoselos a mi amiga Laura, y regresé por fin a ese punto mágico que es Ortegal. Las consecutivas tormentas no ayudaron a hacer mucho turismo rural, pero aún pude volver a Ortigueira y descubrir de camino sitios preciosos como Moeche o San Sadurniño. 
El puente de diciembre, me fui a Madrid. No la echaba aún de menos porque había estado en agosto, pero siempre disfruto de su compañía. Eva me llevó a Chinchón y me calentó el corazón esa cosa directa y franca de los pueblos de Madrid que tanto me falta a veces. Chinchón se descubrió como un pueblo bonito y ruidoso en aquella época festiva, con una vista increíble de la capital a lo lejos y el sol en su punto.
Vi a Iván y nos encontramos también con James Rhodes, que paseaba casualmente por La Central de Callao. 


El motor del viaje era un concierto que me debía desde hacía bastantes años y al que, por ahora, sólo podía acceder en forma de actuación previa a otro grupo porque en España Shinedown no tiene tanto público. Y lo cierto es que Shinedown me han hecho un regalo enorme, más allá de su propia actuación maravillosa: gracias a ellos, descubrí a Alter Bridge y me enamoré como hacía años (los que hace que conozco a Shinedown) que no me enamoraba de una banda, casi sin poder dedicar mis oídos a ninguna otra cosa en semanas. 
El concierto fue una barbaridad. Shinedown fue irreal y lo viví de tan cerca que asusta pensarlo. Escuchar la voz de Brent Smith en directo es un shock del que aún no me he recuperado. Eché de menos que arriesgara con más agudos, pero qué graves y qué voz poderosa. Qué presencia escénica tan bestia. Qué forma de dirigir un espectáculo y hacer del público lo que quiere.
Alter Bridge me maravilló. Con una actitud completamente diferente, una madurez mucho más relajada, sacaron las guitarras y nos arrancaron las mandíbulas. No sabría por dónde empezar a explicar la genialidad cordal de Mark Tremonti y Myles Kennedy, lo brutal que sonaba el bajo de Brian Marshall o cómo la voz sonaba exactamente igual de perfecta que en cualquier grabación de estudio. Es difícil resistirse a la perfección y ellos son perfectos en muchos sentidos. Son músicos del más alto nivel, tienen un directo que supera los discos y desprenden simpatía y sencillez. Y el talento acompañado de sencillez es un bien escaso que atrapa.
En estos meses también he estado en Salvaterra de Miño, en Vila Nova de Cerveira y en sitios varios del sur de Galicia celebrando las fiestas con mi hermana ya presente. Fui a A Coruña a disfrutar nuevamente del Revolution On Ice de Javier Fernández y casi salgo volando en mi breve incursión por la ciudad.
Fueron meses de fines de semana en casa o paseando bajo la lluvia de Narón, aprendiendo a tragar en algunos ámbitos y comenzando a trazar la línea que todavía no veo clara entre lo que me puedo llevar en la mochila y lo que no debe ni rozar mi tiempo de ocio.

Música

Si soy fiel a lo que dicen mis apps de registro musical, todas mis canciones más reproducidas son de Alter Bridge. Como no quiero ser cansina, os comparto un par de ellos y otras que también han sonado varias veces en esta recta final del año:

-Native Son de Alter Bridge


-Show Me a Leader de Alter Bridge


-Just For de Nickelback


-Leaden Legacy de After Forever


-Nai de Sabela



¡Feliz fin de 2019! 

sábado, 5 de enero de 2019

Favoritos de noviembre y diciembre


¡Qué rápido se me van los días, qué cortas han sido las vacaciones y qué mal voy con las entradas! Casi me olvido de publicar los favoritos de los dos últimos meses de 2018, pero no me quiero dejar en el tintero obras y vivencias que han sido geniales.

Este año no tengo propósitos que plasmar por escrito porque básicamente sigo con los anteriores, así que no esperéis esa entrada. Lo que sí espero poder poner en marcha son varias ideas para celebrar que House of the Silent cumple DIEZ AÑAZOS en 2019. La vida ha cambiado tanto desde que comenzara, que bien merece una celebración.

En fin, que no me voy a ninguna parte y que tengo mucho que aportar a mi pequeño cuaderno de reflexiones. Por lo pronto, los favoritos:

Cine


-Solo en casa (1990). Claro que ya la había visto de pequeña, pero la recordaba tan poco que decidí refrescarla. Me sorprendió lo absolutamente denunciable que es la actitud de la familia con ese niño (no hay por dónde coger nada de lo que hacen), pero al mismo tiempo decidí asumir que eran los locos 90 y la policía de la ficción aún no estaba ahí para dar por saco. La película, por lo demás, es fantástica y entretenidísima, con un Macaulay Culkin que se comía la pantalla con esa cara de bicho disimulado.

-La casa del reloj en la pared (2018). Fui al cine sin expectativas y me encontré con una película de fantasía familiar muy disfrutable, cargada de magia y personajes entrañables. Se me hizo demasiado larga y enrevesada la trama, yo la habría simplificado un poco; sin embargo, consigue transportarnos de pleno a un mundo diferente y hacernos empatizar con el niño protagonista (Owen Vaccaro) y su tío (Jack Black).

-Bohemian rhapsody (2018). Os recomiendo encarecidamente la crítica que Alvinsch le hizo en su canal. Aunque coincido con ella bastante, en mi caso me decanto por el amor absoluto por esta cinta. Sí, es una película genérica donde se cuenta la historia con tal distancia que no llegamos a conocer a Queen en sí. Sin embargo, yo me la he tomado como un homenaje, como una manera de trasladar a la mayor cantidad de público posible la admiración y el amor por lo que Freddie, y Queen, aportaron al mundo de la música y el espectáculo. Lo demás son pinceladas, con una banda de cartón-piedra aunque muy bien caracterizada, un Rami Malek que se sale y recursos visuales y narrativos que funcionan porque traen a Queen al 2018. Lo mejor son las recreaciones de videoclips y actuaciones, especialmente lo calcada que está la del Live Aid. Me faltó verles en Montreux, pero ya es cosa mía.

(También he visto Animales Fantásticos 2; muy bien Dumbledore, pero ¿qué ha pasado con la magia?).


Cómics y demás


-Maestra de pueblo, con L de novata. No conozco a nadie de mi gremio que no se parta con la forma en que Maestra de pueblo expresa cosas de nuestro día a día a través de las redes sociales. Este cómic habla de esa primera vez en que te llaman para hacer una sustitución y te tienes que ir al culo del mundo a buscarte la vida. Me gustó mucho y me sentí muy identificada con sus anécdotas, aunque me faltaron muchas más pifias de novata que todas cometemos. Los dibujos de Cristina Picazo encajan perfectamente con el tono del libro.

-Modernisme beyond Gaudí, de Lapin. ¡Por fin he regresado a Barcelona! Y lo he hecho por la puerta grande, visitando por fin el Hospital de Sant Pau y el Palau de la Música, dos de las grandes joyas modernistas de la ciudad. En el primero, me compré esta maravilla de librillo ilustrado que recorre Barcelona a través de sus construcciones modernistas, que van muchísimo más allá de la Sagrada Familia y la Casa Milá. Recomendado, y recomendada siempre Barna.

-El león de marzo, tomo 10. Nada que añadir a lo que ya vengo comentando: precioso.

-Atelier of witch hat, tomos 2-3. Cada vez me gusta más este manga tan tierno, mágico y sensible. El dibujo es una bestialidad y los personajes me tienen cautivada.

(También he leído, por primera vez en la vida, El principito; qué cosa tan sobrevalorada).


Conciertos, viajes, cosas


Barcelona y Madrid han sido las guindas de un 2018 increíble. He vivido tanto y tan bonito, que sólo lo podía cerrar de este modo.

A Barcelona me desplacé para ver a mis Nightwish, y gracias a ellos pude volver a pasear por esa belleza de ciudad; además de empezar a descubrir muchas zonas nuevas, dejar a mis Pokémon en el gimnasio del Palacio Güell y llorar como una viuda el concierto entero: ¡qué barbaridad de setlist, puñalada directa a la nostalgia! Y qué maravillosos ellos, felices y entregados, con una Floor Jansen que es siempre la perfección y un montón de momentos inolvidables. Junto a Nightwish estuvo el grupo Beast in Black, a quienes no conocía pero que me fliparon con su directazo impecable (¡vaya voz!).


En Madrid tenía mi segunda cita con el Revolution on Ice de Javier Fernández, al que venían patinadores que amo, como Gabriella Papadakis y Guillaume Cizeron. Pero el aliciente principal para no perdérmelo era la presencia de la mejor patinadora de la historia: Yu Na Kim, la reina de este deporte. Fue increíble verla (qué muñeca es), emocionantes muchos de los números y sorprendente cómo se me erizó el vello al escuchar a Pablo Alborán cantar en directo con su piano mientras Javier patinaba. 
También pude ver a muchas personas a las que quiero, visitar Buitrago del Lozoya (mi eterno pendiente en la CAM) y regresar a mi Parla, donde entré en shock y volví a ver mi casa y mi colegio y lloré al comprar en la Librería Carmen. Madrid siempre me devuelve todo el amor que siento cuando la piso; siempre es mi hogar.
También había un gato en el Airbnb donde dormí, y es la primera vez que uno de estos felinos es cariñoso conmigo sin saltarme luego a la yugular: era un jodido amor de animal y no me dejaba ni a sol, ni a sombra; me enamoré profundamente.


Por lo demás: he estado en Vigo, he recibido a mi hermana en Betanzos, he conocido Ferrol y me ha hecho muy feliz la Navidad. El reencuentro con los primos y amigos que están fuera, las cenas en familia y las tonterías con mi hermana han sido geniales.


Música

Mis grandes temas favoritos de noviembre y diciembre han sido estas dos absolutas joyas:




Y ya está. Ya es enero y ya es hora de entrar en nuevos mundos, nuevas ficciones, nuevos sueños o los sueños de siempre redescubiertos. 

Ya os contaré.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Continuación del sueño


El sábado, mientras disfrutaba maravillada de la final de danza del Grand Prix 2015 de patinaje artístico sobre hielo, recordaba aquella época (tan próxima) en que sólo podía soñar con, algún día, estar en las gradas pasando frío y viendo a mis patinadores favoritos.
El año pasado cumplí un gran sueño, y cuando cumples uno de esos cuesta volver a imaginar la vida si no se hubieran realizado.
Reflexionaba sobre estos asuntos esperando a Mao Asada, mi gran ilusión de esta edición, una patinadora que ha pasado por esta Final sin pena ni gloria pero que será recordada como una de las grandes estrellas que ha dado este deporte. Y pensaba que quién le iba a decir a la Bea de hace quince, diez, ¡sólo dos años!, que un día se sentiría parte de ese mundo de una forma mucho más íntima.
Hay muchos patinadores, iconos absolutos de esta disciplina y mis grandes favoritos de toda la vida, a los que es muy posible que ya no llegue a ver nunca: Evgeni Plushenko, Michelle Kwan, Tara Lipinski, Johnny Weir, Daisuke Takahashi, Shizuka Arakawa, Irina Slutskaya, Yuna Kim, Stephane Lambiel, Alexei Yagudin y un larguísimo etcétera entre el que pensaba destacar a una de mis patinadoras más queridas, Miki Ando, y a la que ya no puedo citar porque apareció ayer por sorpresa en la gala de exhibición (a lo cual volveré más tarde).
Sin embargo, y aunque todos esos nombres brillan con luz propia en la memoria colectiva, a estas alturas es difícil negar que nos hallamos ante el mejor patinaje de todos los tiempos. Desde luego, es un momento sin igual para este deporte en España. Nuestro Javier Fernández ha sido elegido deportista masculino del año por el diario As, y está llevando a una federación durante muchos años frustrada, pero sin duda luchadora, a sus mejores días. A Javier le debo haber vivido dos Grand Prix Final con mis ojos y oídos, a Javier le debo haber visto a gente a la que quiero tanto como Mao Asada o Miki Ando (no le perdono que se haya traído a ésta así, sin avisar; casi se me sale el corazón). 
Haber presenciado un récord mundial, y a esto iba precisamente. Supe que había magia desde la primera vez que pisó un campeonato sénior, pero a estas alturas es indiscutible que nunca ha habido un patinador como Yuzuru Hanyu
Es cruel comparar, ya que ¿qué tienen que ver con lo de ahora un Yagudin o un Plushenko, que vienen de un patinaje en el que se pedían otras cosas, con el sistema de puntos actual? En el patinaje de Plushenko primaban los saltos (si bien yo, una cría frente al televisor, me enamoré perdidamente de todo lo que no lo era; aunque algunos aún nieguen que este señor expresaba e interpretaba), y él mismo ha sido el principal defensor de la necesidad de avanzar en ellos, de mejorarlos, de incluir el ahora indispensable cuádruple en cualquier programa digno de una medalla.
Pero no, el patinaje ya no son sólo saltos y entre ellos transiciones: hay piruetas, hay pasos, hay una dimensión artística y actoral. Y Yuzuru, un japonesito de veintiún años y sonrisa permanente, es el patinador que reúne todos estos ingredientes, una especie de Daisuke Takahashi elevado a potencias inhumanas. Quería de niño, le confesaba en una entrevista a Sara Hurtado, llegar a ser como Plushenko o Weir; y, opinaba una fan en Facebook, lo ha conseguido: tiene los impecables saltos del primero y todo lo demás del segundo.
Yuzuru es el patinaje como nunca antes había existido. Eleva el deporte, lo hace evolucionar y convertirse en una versión mejor del mismo. 


Y yo, tonta e inocente seguidora, he estado ahí. He estado ahí para ver el mejor patinaje que nunca se ha realizado. Quién se lo iba a decir a la niña que se emocionaba cada vez que emitían un diferido, a la que programaba vídeos para que grabaran las emisiones de madrugada.
Ha sido maravilloso ver, en algunos casos por segundo año consecutivo, a genios tan grandes como Mao Asada, Ashley Wagner, Satoko Miyahara, Evgenia Medvedeva, los hermanos Shibutani, Smirnov y Kavaguti, Stolbova y Klimov, Duhamel y Radford, Javier Fernández, Shoma Uno o (¡sí!, hasta él) Patrick Chan. Ha sido increíble conocer a los patinadores júnior, a los que casi no seguía y que son el futuro. Y ha sido perfecto enamorarme por fin de la danza, que no me calaba hasta que ha venido y me ha robado el corazón.
Gracias por hacer historia, y gracias por dejarme verlo. Ha sido un placer.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

¡Viva 2014!


¡Feliz Navidad a todo el mundo! Parece mentira lo rápido que se me han pasado estos últimos meses. ¡La Navidad ya está aquí de nuevo! Y, como siempre en los días más glotones del año, toca repasar lo que 2014 ha dado de sí, las cosas buenas que ha dejado a su paso.
Y es que, si en 2013 viví muchas experiencias nuevas, 2014 ha sido para mí un año delicioso. El año de Madrid, de todas las oportunidades que la capital ofrece, de independencia, de desafíos. El año de mis Ratones, a los que echo de menos cada día, y de una nueva aventura como maestra bilingüe. 
También ha habido momentos malos, y es que el verano ha tenido episodios bastante difíciles (nada que no se supere, por fortuna) y por el camino se han quedado cosas a las que había estado bastante apegada hasta la fecha; he ganado en tranquilidad y en seguridad en mí misma al mismo tiempo que les he perdido el respeto a algunas personas a las que había considerado dignas de él. 
Lo importante, y lo tengo clarísimo, es la honestidad con uno mismo. Puede que haya perdido compañías, pero he ganado la certeza de que los que se quedan son los que quiero que se queden. 


En fin, ¡comencemos! Y lo vamos a hacer por el séptimo arte. 
Después de haber descubierto, en la premiere en Madrid de La desolación de Smaug, al señor Luke Evans, mi 1 de enero lo pasé degustando Tamara Drewe. Han caído, en versión original (gracias, cines de Madrid), El lobo de Wall Street, Alabama Monroe, Her, Frances Ha y algunas otras que, aunque me han gustado y valoro bien, tampoco me han dejado marcada. También interesantes La ladrona de libros, Frozen, Las dos caras de enero, Desayuno en Plutón o Amigos de más. Sí que me conquistaron y se metieron de cabeza en el cajón de las que veré mil veces Ruby Sparks, Sólo los amantes sobreviven (me muero por este filme), Begin again o Dead man. Mi momento Bollywood y especialmente Aamir Khan me ha regalado maravillas como The lunchbox, Mumbai diaries o Taare zameen par, al mismo tiempo que he vuelto a ver joyas de la talla de Fanaa. Ha sido el año de Miyazaki, de su dulce adiós disfrazado de avión en El viento se levanta; ha sido también la despedida de El Hobbit de Peter Jackson, que, si bien para mí no ha cerrado con la dignidad que esperaba, ha sido en cualquier caso una trilogía que me ha dejado sonrisas y lágrimas y un montón de momentos maravillosos. También me han gustado mucho Días del futuro pasado, la nueva de Drácula (aunque con mesura) y Magia a la luz de la luna.
En fin, a un par de días de ver Unbroken y Big eyes, ha sido desde luego un año que se ha dejado notar en el mundo del celuloide. Y en mi bolsillo, ya que he ido al cine más que nunca.

En cuanto a la pequeña pantalla, ha habido un poco de todo. Me he enfadado enormemente con series como Once upon a time o The vampire diaries y hasta he dejado de verlas por períodos prolongados, pero, por alguna razón, acabo regresando a ellas. Ha tocado volver a ver, enterita, El internado; y me ha sorprendido la cantidad de detalles que no recordaba. También veo de nuevo, en este momento, la maravillosa Gran Hotel, de lo mejorcito que se ha producido en España; y Yo y el mundo, que, ahora que soy profe de verdad, resulta mucho más divertida. 
Me he aventurado con Los mosqueteros, de la que ya hablé y que, pese a tener poco que ver con mi novela favorita, me gustó y continuaré en 2015. Me he prendado de Reign (con bajonazo y reenganche en su segunda temporada), Black Sails (me pierden los personajes de esta serie), Orphan Black (lo de Tatiana Maslany es innombrable) y la última de Águila Roja (si bien va en descenso, ha tenido sus momentos grandes). Me he visto también Mistresses (la primera temporada fue lo suficientemente intrigante para tenerme enganchada; la segunda me aburrió), la tercera de Revenge (que en este 2014 está que se sale) y, por supuesto, Juego de tronos, Witches of East End (qué pena de segunda temporada) y Peaky Blinders (GRANDE lo de esta serie).
Aunque insisto en que siempre estoy viendo doramas, éste no ha sido el año. Sé que me he vuelto a tragar unos cuantos de mis favoritos (Orthros no inu, Love Shuffle...), pero no tengo buena memoria para enumerarlos. El último que sí ha caído ha sido The greatest marriage, con mi No Min Woo; no es una gran serie, pero los temas que trata sí que son interesantes. También me ha gustado Golden rainbow.

Literariamente hablando, hay tres hechos a los que necesito aludir para que se entienda el impacto de 2014 en mi mundo. El primero de estos sucesos es que, después de toda una vida soñando con poder asistir, por fin he podido pisar la Feria del Libro de Madrid, y no sólo eso sino que encima he visto a Neil Gaiman y me ha firmado un libro. El segundo es mi participación en un curso de la Escuela de Escritores, el cual ha supuesto todo un reto y me está empujando mucho a continuar y a perfeccionar lo que hago. En tercer lugar, este año también visité la Feria del Libro de Valladolid y en ella pude conocer a Ignacio Martínez de Pisón, autor de uno de mis libros favoritos de la adolescencia: El viaje americano; poder llevarle mi ejemplar y decirle cuánto me importaba fue algo mágico y que no olvidaré. 
Tengo que decir, y el hecho de estar trabajando es en buena parte culpable de ello, que por primera vez no he superado mi challenge de Goodreads con mayoría de libros frente a minoría cómic; y es que he tenido tantas ocupaciones que he leído menos de lo que me habría gustado y si he llegado a la cifra de treinta es sólo porque he continuado con Sailor Moon e Ikigami y he comenzado en formato físico Kaze Hikaru; también he podido por fin leerme Goth, tras años de amor incondicional a la película, y eso que está muy lejos de ser perfecta. Sí que han caído montones de cuentos (qué remedio), así como el libro de Johnny Weir (¡por fin!), Terra Brava de Ánxel Fole, El hombre que plantaba árboles, The crimson crown (cuarta y última entrega de la saga del Rey Demonio), La utilidad de lo inútil, Troll (de Johanna Sinisalo), Las ventajas de ser un marginado y Los carillones de Dickens. He empezado la saga Tomorrow, de John Marsden, y tengo que decir que es de lo mejorcito que he leído dentro del género de la literatura juvenil; aunque la premisa no lo sea, os garantizo que los sentimientos y forma de comportarse de los protagonistas son muy realistas, y eso es lo que hace que sucesos tan atípicos resulten perfectamente creíbles.
He leído mucha poesía, incluso he comenzado En las orillas del Sar, La pipa de opio y Por quién doblan las campanas; pero están en proceso de ser devorados. 
En fin, que, aunque no haya leído tanto como en años anteriores, cada lectura ha sido una gran empresa. ¡Viva la literatura!


Musicalmente, este año que acaba ha sido un verdadero regalo. Me refiero, en primer lugar, a los conciertos: he tenido la ocasión de ver a Tarja, a Sonata Arctica (qué grandes ambos shows), a Fito y Fitipaldis (de nuevo), a Jamie Cullum y a Ryoma Quartet; iba a ver también a Anette Olzon, hasta que canceló el día anterior y no de muy buenas formas. Lo mejor es, no obstante, la premisa de lo que viene, y es que ya tengo entradas para KISS y Apocalyptica en 2015 y noticia de unos cuantos conciertos más que me interesan; vivir en Madrid, para estas cosas, es todo un lujo.
De acuerdo con Lastfm, mis artistas más escuchados de 2014 incluyen a: L'Arc~en~Ciel, los propios Sonata (me muero por volver a verlos), Amorphis (a quienes vi en directo en 2013 y me tienen adicta), HIM, SISTAR, The Veronicas... Han salido a la venta Termination Bliss de Deathstars, P.S. I love you de Gackt, Pariah's Child de Sonata, Diamond in the firepit de Brother Firetribe o TOUCH & MOVE de SISTAR. Y, qué demonios, también me he hartado de escuchar el Can't remember to forget you de Shakira, el Mamacita de SUPER JUNIOR, A lifetime of adventure de Tuomas Holopainen o Lie Lie Lie de Serj Tankian

Como comentaba al inicio, ha sido un año de experiencias, ya no sólo a nivel laboral, sino también en cuanto a la distribución de mi tiempo libre. He sido muy turista y visitado tanto la Comunidad de Madrid (Alcalá de Henares, Manzanares el Real, Aranjuez, El Escorial...), como otros puntos de España que no conocía: Guadalajara, Burgos, Segovia y Barcelona. He aprendido a amar mucho más mi Galicia, y he presenciado toda exposición de arte que me ha sido posible. He visto en el teatro Los Miserables y Dalí versus Picasso, he visto jugar a Nadal en el Mutua Madrid Open, me he comprado un bajo eléctrico (¡finalmente!) y he cumplido el sueño maravilloso de ver una competición de patinaje en vivo (gracias, Barcelona). He estado en Faunia, en la Warner, en el Torrejón de Ardoz de ensueño que sólo renace en Navidad, y en mi querida Pucela. Me he mudado a Madrid ciudad y he empezado a descubrir lo genial de vivir sola. He conocido a gente que no dejaré escapar, y he vivido momentos que no olvidaré.
Por último, no quiero despedirme sin repetir que en 2014 le tuve que decir adiós a una de las cosas más bonitas que me he encontrado en la vida. Te echo de menos y te quiero con locura, pequeño. Gracias por todo lo bueno que has dejado a tu paso.

2014, gracias por todo. Espero que 2015 traiga la mitad de lo que promete, y espero que, cuando acabe, pueda volver a decir que he crecido, que he madurado, que me siento mejor conmigo misma. Que sigo abriendo las alas cada mañana. Que no dejo de soñar.

¡Feliz Navidad a todos! Un beso fuerte.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cuando los sueños se cumplen


Viendo cómo está el panorama a estas alturas, soy muy consciente de mi posición privilegiada; porque sí, tengo trabajo, y es algo que no muchas de las personas que me rodean pueden decir. Tengo trabajo y puede que sea algo temporal, circunstancial, porque los interinos tenemos de todo menos estabilidad. Pero soy, en este momento, una afortunada: vivo emancipada, sé que voy a tener trabajo hasta fin de curso y no tengo grandes gastos u obligaciones fuera de mi empleo.
Por eso, porque en este momento estoy aquí, donde no había estado antes y donde es posible que no pueda volver a estar más adelante, he decidido aprovechar cada oportunidad de enriquecerme, disfrutar y cumplir sueños. Y de sueños, ese alimento sin el cual ninguna alma sobrevive, es de lo que va esta entrada.

Mi relación con el mundo del patinaje viene de atrás, de cuando era una mocosa que se pasaba los fines de semana en la aldea, en la casa de los abuelos. A tan remoto lugar de Galicia no llegaban las mejores señales y apenas se veían bien tres o cuatro canales, entre ellos los públicos, que se encargaban de retransmitir, a trozos y muy maltratado, el patinaje artístico sobre hielo. Tengo el leve recuerdo de haber presenciado programas de patinadores como Yagudin, Kwan, Slutskaya o Weiss, pero el que realmente me enganchó a este deporte y me puso los pelos de punta desde aquel primer momento fue el que sería medallista olímpico cuatro veces, Evgeni Plushenko. A día de hoy sigue siendo mi patinador favorito y una de esas figuras que nadie olvidará, ya no sólo por su patinaje, sino también por su perseverancia y amor al deporte.

Empecé a ver regularmente las competiciones más tarde, cuando dejaron de retransmitirlas sólo de madrugada y comenzaron a valerse de Internet para que los aficionados las pudiéramos seguir en directo. Hubo épocas en que participé en grupos y chats de debate, aunque a día de hoy permanezco más callada por esos medios.
Podéis imaginaros la envidia que sentía cuando leía a gente que se movía a lo largo de Europa, incluso fuera, para ir a ver a sus patinadores favoritos en las competiciones más importantes. Canadá, Italia, Rusia... sitios donde se solían organizar estos eventos, y que para alguien como yo, estudiante, sin ingresos, eran totalmente imposibles. Aun teniendo ya mis ahorros, me planteé asistir el pasado año a las Olimpiadas de Invierno de Sochi, puesto que muchos de los patinadores que me apasionan (el propio Plushenko, Daisuke Takahashi, Akiko Suzuki, Yuna Kim...) se retiraban después. Sin embargo, la idea de viajar a Rusia sola no era muy alentadora.
Tendríais que haber visto mi cara cuando se anunció que Barcelona acogería la final del Grand Prix, un evento importante a nivel mundial, de la temporada 2014-15. Primero, la incredulidad absoluta (¡si hasta nos han cortado el patinaje en la tele para meter documentales en diferido de fútbol!); después, la emoción y la locura, el buscar como loca las fechas, entradas, alojamiento allí... En fin, que esto haya pasado es consecuencia directa de que tengamos en la actualidad un patinador como Javier Fernández, bicampeón de Europa y medallista en competiciones mundiales; así como la aparición de toda una nueva generación de patinadores españoles que llegan a las altas competiciones: Sonia Lafuente, Javier Raya, Sara Hurtado y Adrià Díaz. No es nada fácil llegar a donde están ellos, ni a nivel físico ni a nivel económico, pero es gracias a los riesgos que han tomado para perseguir sus metas que en este país, poco a poco, se le van abriendo las puertas a un deporte ninguneado hasta la fecha.

No puedo sentirme más feliz de que esto haya sucedido, y de que además haya sido en este momento, cuando sí que he podido permitirme una escapada a la ciudad condal, que no conocía, para ser testigo del evento. Y no ha podido merecer más la pena.


Primero, porque hacía ya dos años que no volaba, y me encanta viajar en avión. Nunca había utilizado Vueling y, más allá del poco espacio vital típico de las compañías low cost, me llevo una buena impresión. No pude ver ninguna ciudad desde el aire porque era de noche y había nubes bajas, pero hay algo en esa sensación de despegarse del suelo, que no tiene igual.
Además, Barcelona ha sido una sorpresa y es que, aunque todo el mundo dice siempre que es una ciudad bonita, me encanta explorar sitios en los que nunca he estado, hacerme un lío con el transporte público, escuchar hablar a la gente, toparme con cosas que no esperaba (o que no creía que estuvieran tan cerca, como cuando salí del Metro y de pronto tenía en mis narices la bellísima y esperpéntica Sagrada Familia; es tan maravillosa que me tuve que sentar en un banco a reflexionar).
No tuve tiempo de visitar todo lo que me habría gustado, pero los bocados que le fui dando a la capital catalana me han dejado un regusto dulce en el paladar, y la simpatía de mi guía personal, María, a quien conozco desde hace once años, me ha convencido para repetir en cuanto pueda escaquearme una semana de Madrid.

Después viene el sueño en sí. ¿Os ha ocurrido alguna vez que lleváis una vida entera deseando algo y de repente sucede? Se pasa muy deprisa y sólo quedan el antes y el después. Como si no hubiéramos estado realmente allí. La memoria lo percibe entre la niebla, pero no consigue devolver una imagen nítida. Sin embargo, hay algo dentro de nosotros que sabe que ha sucedido, que el sueño se ha cumplido; y lo que le sigue es un grado de serenidad que ya no se vuelve a perder nunca.
Tengo la impresión de haberme pasado ese sábado entero llorando, y es que cuando llegué al entrenamiento por la mañana me encontré, sin anestesia, con Kavaguti y Smirnov, una de mis parejas favoritas y que, por más que no se situaran en el podio, para mí fueron y serán siempre de lo mejor del patinaje en esta categoría: pura sensibilidad, con una Yuko que parece frágil pero es muy fuerte, con un Alex que sabe perfectamente cómo hacerla volar. Para mí, Kavaguti y Smirnov, en el ensayo, en la competición, fueron uno de los mejores momentos, el instante de perfección que se te ahoga en la garganta.
Ver en vivo, desde la fila 12 (se ve de lujo desde cualquier punto de las gradas, es una gozada), esos saltos que tanto he estudiado, esos pasos y piruetas que he contemplado mil veces, es totalmente diferente. Puedes oír el sonido de los patines cuando se impulsan en el hielo, las voces de todos los presentes dando ánimo a los atletas; puedes ver a los entrenadores en tensión, la cara de un patinador tras una caída o cuando está haciendo el programa de su carrera. La velocidad se percibe de otra forma, la interpretación se funde con la superficie helada de la pista y cobra un sentido distinto. No hay nada, ahora puedo decirlo, como ver patinaje artístico en vivo.


No voy a ir uno por uno porque he salido enamorada de todos los participantes, pero soy especialmente feliz por haber visto a Ashley Warner, los Shibutani, Takahito Mura, Maegan Duhamel y Eric Radford, Julia Lipnitskaia, Elizaveta Tuktamysheva y Javier Fernández.
A Yuzuru Hanyu le dedico un párrafo aparte porque realmente es un nuevo episodio en la historia de este deporte. Es uno de esos extraños talentos, como Yuna Kim, como Johnny Weir, que definen la esencia misma del deporte, que traducen todas las implicaciones del patinaje en forma de una limpieza técnica y una capacidad interpretativa que no se pueden igualar. Yuzuru es además encantador, regala su sonrisa a todo el que le dedica una mirada, nos obsequia continuamente con momentos de belleza que sentimos no merecer.
El ambiente era exquisito, con gente de todas partes, pero desde luego muchísimos españoles, más de los que esperaba, tanto hombres, como mujeres y niños; familias enteras que disfrutaban de la maravilla que es este deporte. Un público capaz de vitorear a todos los atletas por el mero hecho de serlo, por las bestialidades que consiguen con su trabajo y su don, así como de silbar a los jueces cuando las puntuaciones no eran adecuadas a lo que nuestros ojos acababan de ver.
No podía apartar la atención del hielo, ni siquiera mientras lo arreglaban, por miedo a que la burbuja explotara. Y me alegro de no haber dejado escapar ni un solo segundo de esa obra de arte que fue el sábado 13 de diciembre.

Me arrepentí de no haber comprado entrada para la Gala del domingo, pero también quería ver un poco de Barcelona y comer con mi amiga, y no se puede hacer todo al mismo tiempo. En su lugar, la casualidad me regaló otras cosas entrañables, como el haberme encontrado caminando, de pronto, al lado de Elizaveta Tuktamysheva, ganadora del oro del día, que iba riéndose de cómo se había escaqueado de un grupo de fans quinceañeras que no la habían visto. Conmigo fue adorable y me quedan su firma y la foto a su lado. Un placer, Elizaveta. Un placer, Mishin.


Vista la cantidad de gente que estaba el sábado en el Centro de Convenciones presenciando el patinaje y, sobre todo, visto su entusiasmo, sólo queda preguntarse si realmente este deporte es tan minoritario, si es verdad que su retransmisión en directo no compensa y que no debe ocupar páginas de periódicos como lo hacen otros que, por cierto, tienen muchísimo menos mérito. Quiero pensar que la puerta se queda abierta, que el equipo español aumentará (hay niños buenos en la categoría junior) y al mismo tiempo crecerán la cobertura mediática y las oportunidades de volver a colaborar con la ISU.

Comparto las líneas que escribí nada más regresar al hotel, así como algunas imágenes medianamente decentes. No olvidaré este 13 de diciembre; al fin y al cabo, los cumpleaños de hide siempre son días espléndidos.





viernes, 28 de febrero de 2014

Lo bueno y lo asqueroso


Una acaba casi cada competición seria preguntándose por qué todavía sigue un deporte como el patinaje artístico sobre hielo. Es para planteárselo. Cuando los resultados de una competición dependen de un jurado que es de todo menos imparcial, llegan el enfado, la decepción y la rabia; especialmente cuando una disfruta tantísimo viendo los programas y les tiene tanto cariño a los atletas participantes.
No sé si ocurre lo mismo en otras disciplinas que dependen de las valoraciones de otras personas, pero el patinaje artístico a veces es como Eurovisión: mucha política y poco deporte. Y todo el mundo acaba poniendo el grito en el cielo, firmando peticiones en Change.org o insultando a los que ponen el dinero, pero llega la nueva competición y se repite de nuevo. Y hemos aprendido a vivir con ello y a aceptarlo como parte del deporte. Triste, pero cierto.
Han coincidido los Juegos de Invierno de Sochi en muy buen momento, ya que justo estoy leyendo el libro autobiográfico (y muy ameno) de Johnny Weir, uno de mis patinadores y seres humanos favoritos, y deja entrever lo bonito que es todo por dentro. Así lo explica, sin pelos en la lengua: "Una de las primeras cosas que aprendes como patinador es que los jueces dan un trato especial a sus favoritos". Existe una selección de lo que consideran políticamente correcto, un deseo de buscar una imagen conservadora que represente al deporte; hay patinadores que nunca tendrán una oportunidad si los jueces pueden impedirlo, y otros que tendrán ayuda extra siempre que sea posible. El margen es muy amplio, especialmente ahora que, con el "nuevo" (ya tiene años, pero sigue estando sin pulir) sistema de puntuaciones nadie sabe quién ha dado qué notas y por tanto no se pueden señalar culpables. 
Esto es lo que ha pasado en estos Juegos, que, como siempre, no han estado exentos de manipulación política en beneficio de unos (que están a años luz de merecer lo que han ganado) y detrimento de otros. Dejadme que os recuerde, amigos rusos, que las próximas Olimpiadas serán en Corea del Sur. Por si se os había olvidado.

Y bien, haré un breve resumen de lo acontecido. Básicamente, todo fue bien durante las competiciones grupal (sigo sin ser partidaria de esta categoría en unos Juegos), de parejas, de danza y masculina. Bueno, bien... Las notas que recibieron los patinadores rusos en todas estas categorías fueron excesivas. Sí, Plushenko nos ha dado a todos una lección alucinante al ejecutar triples y cuádruples perfectos tras muchísimas (creedme, muchísimas) intervenciones quirúrgicas en los últimos años, la más reciente, un mes atrás, de una hernia discal; y sí, he llorado al verle destrozado teniendo que cerrar su carrera abandonando la competición porque no podía moverse. Pero sus notas fueron elevadas teniendo en cuenta que no todos los elementos de su patinaje fueron tan buenos, así como la calidad de los que se quedaron por detrás. Y sí, amo a Tatiana Volosozhar y Maxim Trankov por encima de todas las cosas y su oro olímpico fue más que merecido, pero los jueces debían de estar despistados cuando Tatiana aterrizó sobre dos pies en uno de sus saltos lanzados, ya que nadie les descontó ningún punto. 
Lo que quiero decir es que, en este deporte, jugar en casa mola. Así. En Norteamérica, Evan Lysaceck estará por delante de Plushenko a menos que la líe muchísimo; en Japón se dará prioridad a los patinadores de casa aunque no hayan tenido su día. Y, ya dentro de una misma Federación, hay gente deseable y gente a la que le harán la vida imposible. Gente buena que nunca tendrá las mismas opciones. (Luego estarían los favoritos globales que pueden tener siete caídas en un programa y ser tres veces campeones del mundo, pero mejor me callo).

Rusia no iba a ser menos. País orgulloso por definición, ha sido el líder de las disciplinas artísticas durante mucho tiempo. Las cosas cambian, los deportes evolucionan y empiezan a buscarse cosas distintas. Rusia ha aportado muchísimo a este deporte, es el padre y la madre del patinaje. Ha sentado las bases y ha establecido un estilo inimitable. Nadie cuestiona eso. Nadie deja de reverenciar a Alexei Yagudin. Les doy la razón a los puristas del patinaje tradicional en muchas cosas. Pero lo que tengo clarísimo es que ninguna justifica la falta de imparcialidad ni la manipulación.


La categoría de las chispas es la que, en mi opinión, fue la mejor de todos los Juegos: la femenina. A lo largo de dos intensas tardes, pudimos disfrutar de programas muy buenos e incluso perfectos. La final fue una de esas que te dejan sin habla, y dejad que mencione de forma especial a Carolina Kostner, Ashley Wagner, Yuna Kim, Gracie Gold y Mao Asada, la cual nos dejó mudos con uno de los programas libres más bonitos de la historia. 
Rusia tenía todas sus esperanzas de medalla puestas en Yulia Lipnitskaia, una niña de dieciséis años que ha hecho una temporada técnicamente impresionante. A pesar de no tener rodaje, ha puesto a temblar a patinadoras muy experimentadas con esa frialdad que la lleva a realizar programas buenísimos como una máquina programada para ello; como digo, además de buena patinadora es muy fría, y este deporte tiene un componente artístico que también cuenta. Pero sí, todo apuntaba a que Lipnitskaia se llevaría al menos la plata, especialmente estando en casa. Lo que ocurrió fue que la muchacha por fin tuvo un bloqueo, y digo por fin porque empezábamos a pensar que era un robot, y cometió errores graves que la desbancaron de los primeros puestos. Rusia tuvo la suerte de que otra de sus patinadoras jóvenes, Adelina Sotnikova, tomó el relevo y realizó dos programas, el corto y el largo, muy buenos (para su nivel). Nos gustó muchísimo a todos, yo le aplaudí y me alegré por ella como la que más. Hasta ahí todo bien.
¿Qué pasa? Que en esta competición también patinaban las diosas que ya he mencionado, y que hicieron programas casi perfectos. Sin embargo, Sotnikova se llevó el oro y Yuna Kim y Carolina Kostner tuvieron que conformarse con las medallas restantes. Hay gente para todo, y algunos se empeñan en decir que el programa de la rusa era más difícil que los otros dos al contener una combinación ligeramente más complicada. Sin embargo, no hay justificación posible para la forma de puntuar de los jueces. No hay nada que haga comprensible la puntuación estratosférica que Sotnikova recibió tras su programa corto, y nada que explique que su programa libre sea decenas de puntos superior al mismo realizado hace un mes. Nadie se lo traga, igual que nadie se traga que Yuna Kim, posiblemente la mejor patinadora de todos los tiempos, haya recibido un 0 en un componente técnico. ¡JA! El programa corto de Yuna Kim fue de libro de texto, como suele decirse; en el libre cometió un fallo mínimo. Sotnikova cometió varios errores, el más grave de los cuales fue un aterrizaje sobre dos pies en el programa largo. Sin embargo, la puntuación de la rusa, si no le hubieran descontado un punto por ese fallo, habría sido superior a la de Kim en los Juegos de Vancouver, en los cuales la coreana nos dejó a todos sin aliento al estar ante lo mejor que ha dado jamás este deporte en categoría femenina.


Ya lo decía Plushenko cuando lo desbancaron (en mi opinión injustamente) en Canadá: es inconcebible que un campeón (sea del Mundo u Olímpico) tenga caídas en su programa. En este caso, los dos pies sobre el hielo. Es una cuestión de los nuevos sistemas de puntuaciones, pero hay algo más. Aun si Adelina hubiera hecho un programa sin errores, hay una cuestión de calidad. Y la muchacha NUNCA estará al nivel de patinaje de Yuna Kim, que vuela sobre el hielo. Para mí, ni siquiera se merecía la plata. NO. Y no soy muy fan de la Kostner ni de su sempiterna monotonía de temas, pero hizo un señor programa muy superior al de la rusa. 

Iban a ser unos Juegos agridulces sí o sí. Muchos de mis patinadores favoritos han anunciado su retirada del mundo competitivo, que es muy exigente y muy duro. Sé que ésta es la última temporada de Volosozhar y Trankov, de Akiko Suzuki, de Daisuke Takahashi, de Tessa Virtue y Scott Moir, de Brian Joubert y de varios otros. Estaba preparada para llorar. Pero no lo estaba para la injusticia. Siempre piensas que estas cosas van a dejar de pasar.

En fin, que una se queda quemada y se pregunta si tendrá ganas de volver a aguantar lo mismo de nuevo. Al final, la pasión por una disciplina tan bonita es más grande y pesa sobre lo malo, pero es esto último lo que a veces se queda en la lengua, el regusto de lo asqueroso que empaña largas horas de disfrute sano. Y, como en muchas otras cosas en el mundo, no se avistan cambios. 

miércoles, 2 de enero de 2013

Mis patinadores favoritos - Parte III

¿Qué mejor que empezar el año con una buena dosis de patinaje? Mientras espero pacientemente a que llegue el Europeo de este año, me dedico a buscar noticias sobre los campeonatos nacionales y a ver algún que otro programa. 
Hoy vengo con la última parte de este ranking, aunque no será lo último que tengáis que leer al respecto... Ya se me ocurrirá otra forma de incluir esta preciosidad de deporte en el blog. De momento, vamos a lo que vamos.

CATEGORÍA MASCULINA

-Brian Joubert. A este chico le tengo un cariño infinito, pese a que ya hace unos años que no es lo que era. Con esto lo que quiero decir es que, aunque su técnica y su clase a la hora de patinar son indudables y sus programas siempre son un placer para los sentidos, en las últimas temporadas no hemos podido verle en el podio en ninguna de las grandes competiciones (aunque, por supuesto, sí en los campeonatos nacionales de Francia y en las semifinales del Grand Prix). En cualquier caso, es uno de los grandes y además un tío encantador; por lo tanto: chapó.
-Javier Fernández. Javier, Javier, Javier. Mira que no soy especialmente patriota (bueno, de Galicia sí), pero qué orgullo se siente al tener ahí entre los mejores a un patinador español. Ya era hora de que nuestro país se empezara a interesar por este deporte, y ya era hora de que se empezara a ver que el fútbol y el tenis no son las únicas disciplinas en las que se puede brillar. Javier es un gran patinador que, aunque tiene sus altibajos, va mejorando progresivamente. Y es un chico absolutamente adorable: humilde, divertido y disciplinado. Ojalá siga subiendo poquito a poco, porque se merece llegar muy alto.
-Johnny Weir. ¡Cuánto echo de menos a Johnny! Que vuelve a la competición, que no, que está motivado, que ya no tanto... Johnny, necesito volver a verte en mi pantalla, así que déjate de tonterías y ponte las pilas. Qué gran patinador y qué gran persona. Su carácter se traduce en cada una de las cosas que hace, y desde la primera vez que lo vi supe que era diferente y especial. Aunque a veces, en mi opinión, sus estilismos son terroríficos al más puro estilo Gaga, lo que realmente me gusta de él es que hace lo que le da la gana sin importar lo que puedan pensar o decir. Pisa muy fuerte, ya sea sobre el asfalto o sobre el hielo, y es un ángel lleno de elegancia y gracia. Quiero verte en Sochi, Johnny. Así que vuelve ya.
-Daisuke Takahashi. Daisuke es uno de los grandes amores de mi vida y ya está. Como patinador, es de lo mejorcito y más completo que ha habido y habrá: excelente en saltos, en ángeles, en secuencias de pasos y en interpretación. Me transmite tantas cosas cada vez que lo veo patinar, que se me ponen los pelos de punta. Es emoción en estado puro. Y, como persona, es absolutamente increíble. Adoro su buen carácter, esa sonrisa con la que lo afronta todo y lo gran líder que es para su equipo, pero también ese afán de superación, ese elevadísimo nivel que se exige a sí mismo y esa profesionalidad. No sigo porque me voy a quedar corta por más que diga. Dai es una de las mejores cosas de este planeta.
-Evgeni Plushenko. En fin... Es decir, ¿qué esperáis que os cuente ahora? Es mi patinador favorito, es uno de los mejores de todos los tiempos y no hay más. Está a un nivel superior, pese a lo que digan los no pocos haters que se ha ganado por su carácter. Y es que dice lo que piensa, sea o no bonito, y se tiene en gran consideración a sí mismo. Estoy de acuerdo con él en muchas de las ideas que defiende y no tanto en algunas otras; sus formas no siempre me gustan. Pero esto no quita que lo adore, que lo respete muchísimo como deportista y como persona y que me ponga los pelos de punta. A sus treinta años, con las rodillas fastidiadas y los nuevos sistemas de puntuación en su contra, es capaz de producir programas limpísimos como otros nunca conseguirían hacerlos aun en las mejores condiciones. Con esto no quiero dejar mal a nadie, ya que estar en la alta competición es un mérito en sí mismo y ya quisiera yo saber hacer un solo giro, pero sí que es verdad que a Plushenko lo veo por encima de todos los patinadores que hay ahora, y seguramente por encima de los que van a venir en los años próximos. Me dice TANTO con tan poco...

En fin, con esto me despido. ¡Gracias por vuestro tiempo!