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lunes, 1 de septiembre de 2025

For this I was given birth


Tiene algunas ventajas el poseer una atención y una memoria tan dispersas que no recuerdas casi nada de lo que has dicho o escrito. 
Por ejemplo, que llegas aquí a sacar de dentro cosas íntimas que no te apetece plasmar en ningún otro lugar, y entonces te llama la atención la entrada anterior, escrita en julio y de la que no te acordabas.
Te pones a leerla y te da la risa tonta de lo conectada que te sientes con esas cosas que ni siquiera sabías que habías pensado ya hace dos meses.

Yo venía hoy aquí por Finlandia. Porque he tenido el curso y el verano mentalmente más extraños en mucho tiempo, pero entonces la vida me ha llevado de vuelta a Helsinki por un momento, y esa experiencia fugaz ha sido suficiente para volver a reconocerme a mí misma. 

Y es curioso que aquí, en el blog, me esperase yo misma, aferrada siempre a las palabras de Byung Chul-Han, con la respuesta; como tampoco deja de ser paradójico que haya utilizado entonces la expresión "difuminarse" para referirme a lo mismo que me acaba de explicar con ese término el dorama que he acabado de ver hace una hora: Glass Heart

Total, que vengo aquí a hablar de nada, a repetirme, a volver a hacerme pensar lo que ya he pensado antes y a expresar lo que también han observado otros. Pero es que Helsinki.

Es que Helsinki.


Veréis, me he pasado un mes en Grecia entre julio y agosto. He recorrido Creta y después he conocido la versión insular del país, un lugar riquísimo en tantas cosas que no sabría por dónde empezar a enumerar sus maravillas. Pero puedo decir que me he sentido yo misma en quizá un 20 o 30% del viaje y me he pasado todo el resto del tiempo extraña conmigo misma y con los demás, irreconciliable con mi propia persona, enfrentada a un tipo de verano que no es el que a mí me gusta (calor y playa buscaban las personas con las que viajaba, y en vez de decir que esta vez no encajábamos juntas, me callé y embargué mi tranquilidad a cambio de cosas muy valiosas, pero contempladas desde la alienación). 

Pero después de Grecia pasaba una cosa. Algo que jamás habría esperado, algo que provenía del mes de marzo y que hasta entonces ni siquiera había barajado, algo que en esos pocos meses de margen no tuve tiempo de calibrar cómo operaría en mí.

Veréis, este blog se llama House of the Silent. Sus secciones tienen nombres como Little Angel, 4 Seasons Rush o Bitter Joy; no es casualidad que en su momento eligiera la discografía de Charon para colorear mi blog, ¡es que amaba ese grupo! Lo descubrí con 16-17 años y la fascinación fue instantánea: por el sonido, por la fuerza vocal, por la pasión, por la poesía. Amaba Charon, me sentía canalizada por sus canciones y me difuminaba en ellas. Cuando se separaron en 2011 alegando que ya no les quedaba inspiración para encajar con el concepto del grupo, me sentí triste, escribí alguna que otra entrada por aquí y lo acepté porque saber apartarse de un proyecto para no mancharlo me parece valiente. Y ya está. La vida siguió, los miembros hicieron sus cosas fuera de Charon, el maravilloso JP Leppäluoto sacó su propia música en solitario y yo tuve la suerte de verlo y escucharlo comerse el escenario en un Raskasta Joulua (Navidad Metal, mi sueño de muchos años) al que fui con mi mejor amiga en 2017.

Pero qué iba a esperar que volviera Charon, que en 2025 hicieran una gira de reencuentro ¡y poder ir a ella! Estaba tan tranquila en mi vida, trabajando en la escuela unitaria donde he obtenido mi primera plaza definitiva, haciendo quién sabe qué cosa con los niños, cuando Mai me escribe para decir que tenemos que ir a Finlandia y que hay que ver a Charon. No es posible para mí reproducir el grado de sorpresa que sentía, que aún siento ante tal cosa. ¡2025! ¿Qué sentido tenía ir a ver a uno de mis grandes grupos de juventud a mis casi 40, cuando ese mismo grupo llevaba 15 años separado?

Si algo sé de mí misma, es que ante estas cosas elijo locura. Ya tenía Grecia comprado y planeado, ya sabía que volvía a casa el 26 de julio tras un mes entero fuera y también que el 1 de septiembre tenía que estar trabajando.
Sí, era consciente de que me iba a morir de cansancio y de que me arrastraría por las esquinas a posteriori, pero también sabía lo que iba a recibir a cambio: esa comunión mística, la capacidad mimética de Walter Benjamin, el emborronarme por completo para no tener principio ni fin. Lo sabía cuando me puse a buscar fechas y vuelos y lo sabía cuando aterricé en mi Finlandia el 29 de agosto, ocho años después de la última vez, y paseando por el centro de Helsinki me sentía tan en casa que no le veía sentido a irme nunca de allí.



Y entonces fui a Tavastia, el local de conciertos más mítico del norte de Europa. Y casi lloro cuando atisbo el heartagram del techo en homenaje a HIM. Y vi a Charon desde tan cerca, ¡desde tan cerca! Que, cuando Leppäluoto venía hacia la zona del escenario frente a mí, había momentos en que no había nadie en medio de él y yo, y me sentía tan intimidada y vulnerable ante ese señor que es uno de los artistas más bestias que he visto en directo, que me costaba aguantarle la mirada. Pero él sonreía, sonrió todo el concierto, al igual que lo hicieron el resto de miembros y como sé que lo hice yo misma. Y, por unos instantes, nos sonreíamos los unos a los otros porque estábamos experimentando algo mágico que sólo puede dar sentido a la vida.

Y en Helsinki me sentí en una película de Kaurismäki, como ha sucedido cada vez que la he visitado, y no hay halago mejor para la ciudad de mis sueños, para el país donde siento que no soy ningún bicho raro, sino simplemente finlandesa.
La primera noche, entré a las 2 de la mañana en un Burger King porque acababa de separarme de mis amigos y tenía hambre (aunque Helsinki apenas ha cambiado en ocho años, la presencia de cadenas extranjeras sí que ha aumentado bastante, a mi pesar), y en un rincón del local estaba un guardia de seguridad de melena rubia y bigote frondoso que, como tantos otros finlandeses, parecía sacado de los 70 y a la vez semejaba un personaje interpretado por el también amado Matti Pellonpää. Me puso ojitos, no sé cómo expresarlo de otro modo; me miró intensamente mientras entraba, pedía, esperaba. Me seguía mirando mientras recibía mi hamburguesa para llevar y, cuando salía con ella en la mano, simplemente me dijo: "Kiitos" con voz profunda. Lo miré y le contesté: "Bye"; y dudo mucho que pudiera disimular mi sonrisa. Aún me estoy tirando de los pelos por no haber vuelto por allí la noche siguiente, porque aquel momento fue sin duda una escena de Fallen Leaves y en mi cabeza él y yo ya éramos pareja. 
La noche siguiente, después del concierto de Charon (donde también ligué, de otro modo tampoco especialmente convencional pero que me encantó: una chica me empezó a mirar y a coger de las manos y no me soltaba, y en ese instante nos lo pasamos genial viviendo la música juntas y siendo novias por un ratito), de cervecitas en una terraza a la que volveré seguro, vimos pasar a nuestro lado a Mikko Lindström, Lily/Linde de HIM.
Por la mañana, habíamos visitado en el cementerio de Malmi las tumbas de Aleksi Laiho y de Matti Pellonpää. Y por la tarde habíamos comprado una entrega nueva que no sabíamos que había salido de Finnish Nightmares, las historietas que dibuja Karoliina Korhonen sobre la ansiedad social de los finlandeses. 


De vuelta en el avión, en la horrible escala en Ámsterdam (nunca había tenido horas muertas en Schiphol y lo aborrecí), y después en el coche conduciendo quién sabe cómo tras no haber dormido en dos noches, lloraba un poco por Helsinki, por lo mucho que la quiero y el tiempo que pasará hasta volver a estar en ella. Pensaba en las cosas de los finlandeses que me hacen demasiada gracia, en mi Pellonpää del Burger, en un concierto que no voy a olvidar en la vida donde estuve de pie pese al dolor, me desgañité cantando sus letras bellísimas y tuve mucha vergüenza cada vez que no había nada entre JP y yo. Y luego echaba la vista atrás, a Grecia, a cómo me sentía todo el tiempo ajena a mí misma, cómo no conseguí estar cómoda con las personas con las que viajaba, cómo anhelaba todo el tiempo vivirla de otra manera, en otoño, en manga larga, despacio, dejando pasar muchas horas en un solo sitio. Y no es que no pueda ser yo misma en Grecia: es que no puedo NO serlo en Finlandia. Es imposible, soy de allí. 

La rarita, la antisocial, la callada, la que siente ansiedad ante un teléfono que suena y ante una invitación a quedar, la que se bloquea y no sabe salir de ello, la ignorada en las conversaciones y la seria y reservada... En Finlandia, no soy nada de eso. Soy yo, soy una más, soy el Matti de las viñetas de Korhonen. Me siento tan yo cada vez que estoy allí. No hay prisa, no hay "cosas que ver", no hay planes cerrados, no hay silencios molestos, no hay que quedarse donde una no quiere, no hay bloqueos que no se vean como algo normal, no hay verano que me llene la piel de picaduras reactivas y alergias y escozores.



Después de un mes fuera de casa, habiendo llegado agotada y herida de guerra, me he subido en otros dos aviones para pasar menos de 48 horas en mi ciudad favorita y ver en tercera fila a un grupo que jamás supe que vería. 48 horas de mística clarísima, de amor apasionado, de risa, de tranquilidad, de muerte al miedo y gloria a la ansiedad social. 

Si la vida fuera más fácil, sé lo que haría. Como hay demasiadas cosas que no puedo desatender ahora, me quedo esos dos días como fuel, como sangre que empuje mis venas, como muestra palpable de que no me he perdido a mí misma sino que a veces tengo que ponerme una coraza para protegerme, pero en el lugar indicado y en los momentos correctos, estaré ahí. Sin reservas y sin juicios.

lunes, 7 de julio de 2025

Mímesis, comunión vital

Dieciséis años tiene este pequeño espacio al que ya sólo recurro cuando prefiero que no me lea nadie que me conozca, y prácticamente los mismos me he pasado yo tratando de que mis palabras fueran lo suficientemente explícitas y precisas como para describir esa emoción que es el motor absoluto de mi vida; a la que me aferro con uñas y dientes cuando parece que nada tiene sentido, y la cual sé perfectamente que es ampliamente marciana y desdeñada por las personas que me rodean.

Y ha tenido que venir él a ponerle nombre, el maldito. Sí, él. Ese filósofo que los expertos adjetivan con "pop" y que para mí es la mente más clara de nuestros tiempos. Que ha dado profundidad de desarrollo a todas las cosas que pienso del mundo contemporáneo como no lo ha hecho nadie más y como yo no podría.

Quien me haya leído antes (conocidos no, por suerte) sabe que hablo de Byung-Chul Han, a quien ya he dedicado otras entradas por aquí.

Claro que esas entradas, normalmente, surgían de la lectura completa de alguna de sus obras. No como en este caso, que no llevo ni 40 páginas y ya necesitaba plasmar en algún sitio que me las he pasado chillando internamente a causa de cómo estaba dando en el clavo acerca de esa experiencia religiosa a la que sólo he podido acceder algunas veces, pero que representa la única verdad para mí. 


En su ensayo Vida contemplativa (2022), Han se centra en el valor sustancial de la inactividad y la espera como fundamentos de la vida. Y, para hacerlo, como es su costumbre, recurre y reflexiona sobre los trabajos de otros autores que ya han abordado temas relacionados. 
Llegado un momento, Han se centra en analizar la obra de Walter Benjamin, filósofo alemán del siglo XX de ideología marxista y Romántica; y toma una historia que este pensador cuenta en su libro Infancia en Berlín hacia 1900 acerca de un pintor que se metió en su propio cuadro, para conceptualizar lo que Han denomina la capacidad mimética.

Capacidad mimética sería ese momento en que uno pasa a formar parte de otra cosa, en que es asimilado, en que se pierde a sí mismo en algo y se desapega por completo de su persona. Y Han aún apoya esta idea en otra del austríaco Robert Musil: la mística clarísima, el estado en el cual uno deja de ser uno mismo para pasar a formar parte del todo, el momento en que desaparecen las divisiones entre uno y lo demás, ese estado profundo en el cual nada se aferra a sí mismo.


Leyendo esta digresión, me he atrapado a mí misma. Me he entendido. La imagen ha sido instantánea e innegable: Dir en Grey. Esa comunión que en sus directos me ha elevado hacia otro lugar, me ha hecho disolverme completamente en la música, en el espectáculo, en todas las demás almas que estaban bajo el mismo techo.

Y no es algo exclusivo de Dir en Grey ni que me haya pasado sólo en sus conciertos, pero es la imagen perfecta porque su música en vivo es mi canal más obvio y directo hacia el no-ser, hacia el no tener límites.

Después está lo otro. Está cuando escribo, cuando realmente escribo. No ahora, no desde hace mucho tiempo, pero he estado ahí. He estado completamente absorta y en trance a causa de la escritura, dejándome usar por algo más fuerte que mis ideas o mi imaginación. Siendo una especie de marioneta de esa comunión, de ese mimetizarse con la palabra, con una voluntad que no me pertenece.

Y el viaje, en particular cuando lo hago sola. La desaparición en otra realidad, en un contexto que se te impone y es permanente descubrimiento, independientemente de que ya lo conozcas o no: cuando me marcho y me hago al mundo, difumino mis confines. Dejo de sentir que existe un yo para solamente percibir un durante, un presente, un difuminado.


Es algo que nunca había podido explicar con claridad y que tampoco me había conceptualizado nadie. Pero Han, como ya tantas veces ha mostrado, es alguien iluminado con una clarividencia que parece diseñada para arrojar luz sobre todos nosotros. 

Vida contemplativa, en tan sólo unas pocas páginas, ha explicado y validado aquello que da sentido a mi vida, que persigo como el sediento suplica la lluvia. 


La vida actual complica muchísimo el acceso a la mímesis. La hiperconexión, el consumismo, la capitalización ya no sólo del trabajo sino directamente del tiempo libre y de las aficiones... Soy tan esclava como la que más. Me ahogo en esas demandas como la que más.

Y, sin embargo, tengo acceso a la contemplación, a lo real, a la disolución. Soy una absoluta afortunada y a esa fortuna tengo la obligación de aferrarme aunque la corriente vaya en la dirección contraria. 

martes, 11 de octubre de 2022

Desestructuración temporal según Byung-Chul Han

 



Porque cada hombre tiene su propio tiempo y sólo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo. (Michael Ende, Momo)


Una ha acudido tantas veces a este blog con la finalidad de diseccionar los textos sencillos y preñados del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que se nota reiterativa y plana, sin mucho más que aportar pero con la necesidad imperiosa de verter sus propios pensamientos o al menos algunas de las citas que más mella le han hecho de la última obra leída del escritor. 

A Han le llaman filósofo pop por la sencillez de su lenguaje y cómo acerca a todo el mundo disertaciones por lo demás complejas, aun a quien jamás ha tenido contacto con la filosofía. Es un pensador lúcido, de una capacidad analítica notable y que plasma en forma de textos breves, concisos y directos ideas enredosas e inexcusablemente dependientes unas de otras: la dictadura del trabajo y el ser humano actual como proyecto de sí mismo, el exhibicionismo pornográfico de todos los aspectos de nuestro ser, la polarización del pensamiento en "yo" o "no-yo", la capitalización del propio existir, la sucesión de presentes en lugar de un fluir histórico y jerárquico del tiempo; a todo esto hace referencia en sus no pocos títulos publicados, y con cada nuevo libro de él que consumo siento que el árbol va desarrollando más ramas, todas provinientes de un tronco común que es la solidez de la visión del mundo que posee su autor, una visión desoladora pero esclarecedora, pues si comprendemos las taras también podremos en algún momento distinguir la terapia adecuada.

En El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse (2009), que me ha acompañado desde finales del verano, Byung-Chul Han ensalza la medición del tiempo que se hacía en la antigua China por medio del llamado reloj de incienso (hsiang yin), una especie de sello intrincado cuya consumación marcaba un lapso; también las geishas japonesas empleaban varitas de incienso para medir la duración de las citas con sus clientes en las casas de té. Recuperando y desmenuzando reflexiones de Heidegger, de Marx o de Arendt, Han lanza un alegato a favor de la vita contemplativa, un aspecto del tiempo que las sociedades han descuidado y denostado en favor de la explotación del hombre por parte del hombre mismo y de la sucesión de eventos.
El tiempo pleno no tiene por qué ser rico en acontecimientos, aporta el autor en relación con la actual vorágine del siempre estar haciendo, del sucederse una acción tras otra sin jerarquía ni pausa, sin duración, tratando de acortar lo máximo posible los tramos en los que no ocurre nada.

Han vislumbra un presente reducido a picos de actualidad que se convierten en pasado al instante mismo de haber ocurrido para dejar paso al siguiente, siendo este un tiempo que se consume en lugar de vivirse y habitarse, sin demora y sin duración.

La fuerza de gravedad que marca la trayectoria de las cosas va desapareciendo lentamente. Las cosas, liberadas de sus referencias de sentido, empiezan a flotar y a dar tumbos sin dirección. (...) Las cosas ya no siguen una trayectoria que las ligue a un contexto de sentido.

La falta de articulación del tiempo es la clave de la problemática temporal para Han, pues en un mundo sin distancias entre los acontecimientos es imposible que los mismos se transformen en experiencia, que ganen peso, que sean decisivos.
Han se refiere a la actual ausencia de distancias físicas que nos separen de las cosas (con transportes cada vez más eficientes y al alcance de todos, con medios informáticos que garantizan una inmediatez que suprime la negatividad de la espera) como síntomas de la misma problemática: una homogeneidad de posibilidad en todas las opciones, en un proceso abierto sin conclusión, en una des-temporalización.

Cuando la Historia, y la vida misma, pasan de ser una narración a ser una enumeración, se pierden el sentido y la identidad, se suplantan el compromiso y lo definitivo por múltiples opciones de igual relevancia y por ello irrelevantes, incapaces de producir un cierre o una articulación del tiempo.

La raíz indogermánica fri, de la que derivan las formas libre, paz y amigo (frei, Friede, Freund) significa amar. Así pues, originariamente libre significaba perteneciente a los amigos o los amantes. (...) El compromiso, y no la ausencia de este, es lo que hace libre. La libertad es una palabra relacional par excellance. La libertad no es posible sin un sostén.

La libertad, tal y como la entienden las sociedades occidentales actuales, está vinculada al trabajo y nos lleva a proyectarnos y a asumir en una misma persona los roles de amo y esclavo.

Para Han, la sociedad del trabajo es una sociedad equivocada, que ha remado en la dirección opuesta y en vez de perseguir el otium o tiempo contemplativo, que antes sólo estaba al alcance de unos pocos; ha democratizado la acción, dividiendo el tiempo humano en tiempo de trabajo y tiempo de descanso del trabajo, no siendo este último contemplativo, estando carente de peso o duración en sí mismo al estar supeditado al trabajar.
La organización temporal binaria de Aristóteles (skholia -ocio- y a-skholia -falta de ocio-) debería para Han estar jerarquizada exactamente de acuerdo a su nomenclatura para que el tiempo humano gozara de narración y de sentido: ocio como actor principal, actividad o trabajo como elemento secundario a servicio del primero.
La actividad pura empobrece la experiencia. Impone lo igual. (...) En realidad, es necesaria cierta pasividad. Hay que dejarse afectar por aquello que escapa a la actividad del sujeto activo: Hacer una experiencia con algo, sea una cosa, un hombre, un dios, significa que nos suceda, que nos ataña, que nos comprometa.


En El aroma del tiempo encontramos una disección audaz, acertada a mi parecer de un mundo de publicaciones de Instagram, donde tras mi fiesta de ayer debe llegar el viaje de mañana; y, no existiendo umbrales o intermedios, se disipan la estructura y la posibilidad de dotar a las cosas de sentido. Todo está en la cuerda floja y nos deslizamos por una vida que parece agotarse de forma vertiginosa al carecer de elementos fijos que la anclen y le aporten narración.

Todos vosotros que amáis el trabajo salvaje y lo rápido, nuevo, extraño -os soportáis mal a vosotros mismos, vuestra diligencia es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo. Si creyeseis más en la vida, os lanzaríais menos al instante. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera -y ni siquiera para la pereza!


Voy a seguir leyendo a Han (y ahora me está picando mucho la curiosidad con Heidegger), así que esperad más líneas al respecto.  (¿Cómo os quedáis con el cambio de tono con respecto a la entrada anterior? Así es mi cerebro. También podéis esperar que en un día o dos vuelva a dar la murga con KENTO). 


Mis otras entradas sobre Byung-Chul Han:

martes, 11 de agosto de 2020

La desaparición de los rituales: comunicación sin comunidad

Uno se escucha hablar, ante todo, a sí mismo.

Si un autor se ha colado en mis estanterías de forma masiva en los últimos años, ése es Byung Chul-Han. Su filosofía me picó la curiosidad gracias a aquella famosa cita que decía que el ser humano actual se explota a sí mismo y lo llama realización, y desde entonces vuelvo a él continuamente.
Hay una lucidez tan bestia en su forma de reunir cada pequeña pieza de la decadencia social actual y crear una narrativa con sentido, que es fácil dejarse hipnotizar. Tampoco creo que los pasados que evoca generaran seres humanos mucho más felices, pero como diagnóstico el discurso de Han es certero y hasta doloroso. Ojalá también pudiera prescribir un tratamiento efectivo.

Después de la pequeña decepción que supuso para mí La agonía del eros (que no aportaba nada nuevo sobre lo anterior que había leído del autor), era preciso tomar un nuevo volumen y esperar el reencuentro con su genialidad; La desaparición de los rituales ha supuesto, en efecto, regresar a la fascinación y la apertura de sendas de reflexión sobre quiénes somos y qué nos aleja del bienestar.


Aunque ya en otras obras aparecía la noción del valor cultual de los actos, La desaparición de los rituales se mete de lleno en este tema y se articula en torno al concepto de rito: una costumbre que se repite de forma periódica e invariable
En una sociedad que se ha apartado de la religión y del arraigo tradicional que la acompañaba, esas convenciones han ido perdiendo fuerza y ya no pautan nuestras vidas. No parece, a priori, algo de gran peso más allá de su valor cultural; sin embargo, Han se da cuenta de que los rituales cumplían una función humanizadora del tiempo y del grupo.

(Los rituales) transforman el estar en el mundo en un estar en casa. Hacen habitable el tiempo.(...)Al tiempo le falta hoy un armazón firme. No es una casa, sino un flujo inconsistente. Se desintegra en la mera sucesión de un presente puntual. Se precipita sin interrupción. Nada le ofrece asidero. El tiempo que se precipita sin interrupción no es habitable.

Ya en La sociedad del cansancio hacía el autor referencia a cuestiones parecidas cuando comparaba las sociedades democráticas con aquellos regímenes autoritarios que las precedieron en términos del esfuerzo mental que cada uno de estos modelos representaba para el ciudadano de a pie: sin detenerse en otros tipos de consideraciones, Han sí se atrevía a defender el valor ritual de la norma impuesta por convención. Para él, algo obligatorio sin cuestión posible es más ligero que un dilema. Por eso, el dogma y la religión son más cómodos y menos estresantes que decidir códigos morales individuales.
El valor de los ritos radica, precisamente, en ese desembarazo, ya que todo viene decidido de antemano y tan sólo tenemos que participar de acuerdo a las reglas. Los rituales serían descanso, antónimo de estrés.

La actual presión para producir priva a las cosas de su durabilidad. Destruye intencionadamente la duración para producir más y para obligar a consumir más. Demorarse en algo, sin embargo, presupone que las cosas duran. No es posible demorarse en algo si nos limitamos a gastar y a consumir las cosas. Y esa misma presión para producir desestabiliza la vida eliminando lo duradero que hay en ella. De este modo destruye la durabilidad de la vida, por mucho que la vida se prolongue.

La sociedad de la información, altamente influenciada por la imagen, es una sucesión inagotable de datos. Somos bombardeados continuamente por nuevas informaciones que nos impiden detenernos en ninguna de ellas porque a cada una la sigue otra posterior. 

Lo nuevo enseguida se banaliza convirtiéndose en rutina. Es una mercancía que se consume y que vuelve a desencadenar la necesidad de lo nuevo. La presión para tener que rechazar lo rutinario genera más rutina. (...) Frente a las ilusiones de una vida intensa se trata de pensar sobre otra forma de vida que sea más intensa que el continuo consumir y comunicar.

Perdemos sensibilidad. Perdemos la capacidad de parar, contemplar, aspirar. La vida, reflexiona Han, se torna una suma de acontecimientos sin que ninguno de ellos se demore, sin que encuentren conclusión alguna. Los ritos ayudaban a pautar el tiempo, a darle sentido, a estructurarlo. Sin rituales, el tiempo simplemente fluye y se convierte en una adición sin paradas y sin sentido.
No ser capaces de detenernos en nada, de permanecer en nada, genera también altas dosis de narcisismo y esa imposibilidad de salir de nosotros mismos es la génesis de la depresión.

Con el exceso de apertura y de eliminación de las fronteras que imperan en el presente vamos perdiendo la capacidad de cerrar que habíamos aprendido. A causa de ello la vida se vuelve meramente aditiva. (...) Solo un demorarse contemplativo es capaz de clausurar. La enorme afluencia de imágenes e informaciones hace imposible cerrar los ojos. Sin la negatividad del cierre se produce una inacabable adición. (...) Nada es definitivo ni concluyente.

El diagnóstico que Han realiza asegura que padecemos de una positividad excesiva. El acceso indiscriminado a toda información, la globalización que deslocaliza los lugares y los homogeneiza, convierten el mundo en una Pangea sin fronteras donde se diluye la diferencia; las propias tendencias de pensamiento políticamente correcto buscan de forma activa la normalización, que no es sino asimilación. Para Han, sin diferencia no puede haber identidad (ni tolerancia) y por eso la sociedad que tanto exige la autenticidad individual no puede encontrarla: el mundo global pierde la capacidad para aceptar y respetar la diferencia. 
Si perseguimos que la diferencia se normalice, esto es, que se diluya para que pase a formar parte de lo igual; la estamos condenando a desaparecer y nos estamos condenando a no tolerarla.
¿Cuántas veces nos mordemos la lengua para no lanzar opiniones que sabemos que no encajan bien con la censura posmoderna? Lo totalitario esclavizaba y condenaba la disparidad; el exceso de positivismo la transforma en igual y con ello vuelve a enviarla al punto de partida. La cultura es una forma de cierre

Si, como sucede hoy, el reposo se pone en relación estrecha con el trabajo al entenderlo como descanso de él, pierde su plusvalía ontológica. Entonces ya no representa una forma existencial autónoma y superior y degenera en un derivado del trabajo. (...)La producción acapara incluso el reposo, degradándolo a tiempo libre, a pausa para hacer un descanso. (...) El tiempo libre es para algunos un tiempo vacío, que provoca un horror vacui.

Han encuentra que en el neoliberalismo está el origen de la explotación de uno mismo y el asesinato del juego como opuesto a trabajo. Reivindica el papel primordial que el reposo y la contemplación deberían jugar en la vida humana, como así lo hacían en las sociedades clásicas. Habla de los orígenes de la universidad como opuesto absoluto a los centros de formación profesional en los que ha derivado; contrapone la libertad del siglo XXI con la soberanía donde uno es dueño de sí mismo al opinar que hoy no somos más que esclavizadores y esclavos de nosotros mismos tanto en lo laboral, como en el imperativo de hacer y mostrar, hacer y mostrar, hacer y mostrar. Una cultura de Instagram que en nada se asemeja a la soberanía del propio ser, un culto a la supervivencia que desconoce lo que es vivir y que por tanto no encuentra paz en la muerte.

El consumo de la emoción intensifica la referencia narcisista a sí mismo. (...) También los valores sirven hoy como objeto del consumo individual. Se convierten en mercancías. (...) Los valores morales se consumen como signos de distinción. Son apuntados a la cuenta del ego, lo cual hace que aumente la autovaloración. Incrementan la autoestima narcisista. A través de los valores uno no entra en relación con la comunidad, sino que solo se refiere a su propio ego.

Como expresaba en La sociedad de la transparencia, Han insiste de nuevo en lo que denomina pornografía: esa apertura completa de nosotros mismos como si fuéramos un escaparate. El exhibicionismo no se da sólo a través de la desmesurada cantidad de fotografías propias que compartimos en las redes sociales, sino también en la forma que tenemos de relacionarnos: cuando le explicamos al otro todo lo que pensamos y sentimos, cuando la relación es prácticamente un contrato donde ambas partes firman unas bases consensuadas, se pierden el misterio y la seducción. 
Desnudamos nuestras emociones y hasta nuestros valores y los convertimos en productos: los vendemos para reafirmar nuestro propio ego.

El hombre es un ser locativo. Solo el lugar hace posible el habitar y la estancia. (...) Resulta destructiva la total desubicación del mundo a causa de lo global, que elimina todas las diferencias y solo permite variaciones de lo mismo. (...) Por eso lo global engendra un infierno de lo igual.(...)Los turistas recorren no-lugares vaciados de sentido. (...)Haber visto es la versión consumista de relegere. (...) Ante las atracciones turísticas se pasa de largo. No dejan demorarse en ellas, no permiten ninguna estancia.

La imposición del viaje nos lleva a recorrer los sitios para haberlos recorrido. Para mostrar un certificado gráfico de haber visto, como quien sella etapas del Camino de Santiago. No nos detenemos, no llegamos a conocer los sitios. No somos peregrinos.
El mundo se transforma en un gran Museo que nos va ofreciendo un catálogo de puntos a tachar y pierde la propiedad de experiencia y el calificativo de lugar.

Lo poético es la insurrección del lenguaje contra sus propias leyes, J. Baudrillard. (...)Los poemas no tienen una verdad final. Los poemas juegan con las imprecisiones. No permiten una lectura pornográfica ni una nitidez pornográfica. Se oponen a la producción de sentido.

Tal vez la poesía represente la resistencia. No la poesía que se edita en la actualidad, literal y desnuda de juego, sino la poesía que es pura forma. La poesía que no se entiende porque no existe para entenderse.
La poesía que no está masticada, que no desborda significado porque el peso está en el ritual, en el significante.
La poesía que nos permite contemplar, parar, jugar con un fin únicamente lúdico.


Somos una cultura de la eyaculación precoz, J. Baudrillard.


Mis otras entradas sobre Byung-Chul Han:


sábado, 20 de julio de 2019

La sociedad de la transparencia: pornografía vs. Eros

En el siglo XVIII, Rousseau se planta ante el denominado teatro del mundo y le exige que se saque la careta, que se desnude y se deje ver en su verdad. Frente a una sociedad en continua interpretación, encuentra que la única respuesta moral es despojarse de los disfraces y mostrarse sin aderezo. Un único mandato de la moral puede suplantar a todos los demás, a saber, éste: nunca hagas ni digas algo que no pueda ver ni oír el mundo entero.
Esta perspectiva de Rousseau es, para el pensador Byung-Chul Han, una dictadura del corazón


La sociedad de la desnudez que demandaba Rousseau perseguía una realización moral. La sociedad transparente que Han halla en el XXI no responde a otro objetivo que el de recibir el máximo posible de atención.
En las apenas noventa páginas de La sociedad de la transparencia, el coreano es capaz de condensar gran cantidad de ideas acerca de la actual corriente de mostrarlo todo. 
La transparencia, que él asocia con el positivismo al carecer de sombras o de zonas ocultas, aparece totalizada y uniformada; traducida en la sobreexposición personal e íntima en las redes sociales y la exigencia de absoluta transparencia a aquellos que nos rodean, pasando por parejas, políticos y modelos de conducta.
La transparencia, para Han, elimina toda negatividad porque impide las fisuras informativas y expone a cada uno de forma pornográfica, sin obstáculo alguno entre el ojo y la imagen.
Cuando la transparencia es el parámetro de la misma vida, se elimina el valor cultual de las cosas. El culto sólo es posible cuando existe misterio, cuando el objeto es inaccesible. Sin embargo, en un mundo donde la información es absoluta e inmediata, resulta imposible admirar en forma de culto. Las cosas se exponen, son mercancía, y su única función es la de ser y aparecer ante el ojo. El propio rostro humano, al mostrarse sin otra meta que la de estar expuesto, ha perdido su valor cultual y se ha convertido en mercancía. Para Han, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. La coacción de la exposición nos arrebata la propia imagen en la muestra más palpable de la violencia de esta tiranía de la visibilidad.

Byung-Chul Han ve ante sí un presente que no es más que un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades. La distancia se ha suprimido por completo entre observador y objeto, no existe demora. La sucesión tan veloz de eventos, imágenes y estímulos nos lleva a una pérdida de la narratividad, a una concepción del tiempo no como línea narrativa sino como sucesión de presentes sin jerarquía ni trascendencia.
Para Han, la negatividad es un elemento indispensable para que exista una positividad sana. La negatividad es la espera, es la ignorancia, es el velo. El alma humana necesita esferas de intimidad donde no sea vista y tiene derecho al secreto, que además es fuel para el amor y la pasión. Han cree que sólo lo muerto es totalmente transparente, y por ello cualquier relación transparente es un cadáver. El amor ha de nutrirse de rincones oscuros que permitan el juego, la intuición, la fantasía; y en una sociedad de desnudez completa no participa ninguno de esos elementos. Para Han, esto se expande al plano de los sentimientos, donde no admitimos emociones negativas y provocamos una nueva naturaleza de las relaciones: un arreglo de sentimientos agradables, un contrato que erradica la complejidad del encuentro verdadero entre almas. El amor se domestica y positiva como fórmula de consumo y confort.
Esta sociedad de la evidencia mitiga el apetito y la curiosidad. Fulmina el poder como elemento clave de toda relación (amorosa, sexual...) porque lo considera negativo y se transforma en una sociedad de la pornografía. Para Han, la igualdad contractual (en contra de las relaciones asimétricas) que promueve la sociedad de lo políticamente correcto desencadena el asesinato del Eros al no permitir el enigma ni la ambigüedad. Han toma como base la idea kantiana de que la imaginación se basa en el juego y éste depende de la imprecisión. Sin juego, sin imaginación, el placer es un cadáver.
Kant afirmaba que un objeto es sublime cuando supera toda representación, pero hoy en día el propio cuerpo está sobrerrepresentado, se muestra desnudo por puro exhibicionismo, en una exposición vacía reducida al mero estar expuesto. Se trata de una sociedad pornográfica donde todo se enseña para ser enseñado, donde no hay cabida para la erótica, que vive de la negatividad del obstáculo. 
La sociedad porno es una sociedad del espectáculo.

Han también habla de la aceleración a la que la transparencia nos somete. La cantidad incontable de información y de imágenes nos lleva a pasar por ellas sin detención, sin reflexión, sin que hagan mella en nosotros. No se da una narratividad con planteamiento y consecución, sino más bien una suma de sucesos sin significado. Perdemos la perspectiva y la capacidad de valorar los finales como metas, ya que al no poder narrar nuestros recuerdos (dictados por el exceso de documentación de los mismos) no encontramos sentido a las acciones.
El gran problema de esta tiranía de la intimidad reside en que llegamos a un ser humano, como aquel de la sociedad del cansancio, que se piensa libre pero en realidad es su propio captor: cada uno de nosotros se entrega voluntariamente a la exposición de la intimidad y del mismo modo todos caemos en el voyeurismo de las intimidades ajenas. Un voyeurismo acelerado, carente de significado. Un voyeurismo que es control sobre la intimidad del otro, al igual que el otro controla nuestra intimidad. Para Han, esto sólo es posible en una sociedad del ego en la cual todos somos narcisistas incapaces de delimitarnos del entorno y vivimos las realidades no por lo que son, no entregándonos a ellas, sino desde nuestro aislamiento y desde lo que reflejan en nosotros. 
El exhibicionismo es el asesino de la confianza, que para existir depende de aquello que no se sabe. Si lo sabemos todo de los políticos que nos gobiernan, si lo sabemos todo de nuestra pareja, no queda espacio para la confianza, puesto que esta existe en la negatividad de la ignorancia.

La sociedad transparente e hiperreal no permite la fantasía, el deseo, la poesía, el placer. La sobreexposición, la entrega gratuita e inmediata de lo que es uno llevan al aislamiento y la sospecha, al control y la antierótica. La luz de la verdad despoja al mundo de su carácter narrativo. Más información no es sinónimo de mayor verdad porque la verdad es de cada uno y depende de su capacidad para narrar su experiencia. Si lo obtenemos todo masticado y no queda margen para la intuición ni la narrativa, perdemos la capacidad de dar sentido a nuestras vidas.

El pensamiento no es transparente para sí mismo. El pensamiento no sigue rutas previsibles, sino que se entrega a lo abierto. La información lo encadena porque no le permite hallar sus propias sendas. 

Byung-Chul Han cree firmemente que la libertad es el arma de control más eficaz que ha existido nunca, ya que hace de nosotros actores y víctimas al mismo tiempo. Y la tiranía ejercida sobre uno mismo bajo la impresión de libertad es casi indestructible.

Aunque existen aspectos en los que no acabo de ver reflejada la realidad que yo conozco (creo que la hiperrealidad también es una careta), lo que es indiscutible es que la de Han es una voz poderosa y necesaria. Su capacidad para analizar de forma tan profunda la sociedad actual es inaudita y debe ser escuchada. Arroja esperanza sobre sitios en los que sólo hay transparencias vacías. Y la condensa en la sencillez más exquisita.

Ya he leído tres libros suyos y me declaro adepta. 

Buenas noches.

miércoles, 25 de julio de 2018

La sociedad del cansancio: la autorrealización como autodestrucción

Cuando, hace una temporada, llegó a mí el artículo de El País sobre las principales ideas que expresa en su obra Byung-Chul Han, lo apunté enseguida en mi lista de autores pendientes. "Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose", el titular de la pieza, define a la perfección un conjunto de situaciones y actitudes que he vivido en los últimos cinco años, especialmente en el ámbito laboral.



Compañeros que se quedan, por sistema, dos horas más en el lugar de trabajo. Compañeros que aprovechan cada fin de semana para participar en actividades de formación relacionadas con su empleo. Compañeros que no son capaces de desvincularse de su puesto durante las vacaciones y adelantan trabajo en verano, o se apuntan a cuatro cursos, o se meten a dar clases particulares o a preparadores de oposiciones. Compañeros que van a trabajar estando de baja. Compañeros que te saturan el Whatsapp de cuestiones relacionadas con el trabajo un día cualquiera a las doce y media de la noche. Compañeros que buscan todo el rato la forma de innovar, sin objetivo ni estudio de la situación. Compañeros que, si te niegas a hacer ese cursillo un sábado por la tarde a dos horas de tu ciudad o si te vas a la hora a la que dejan de pagarte, ponen mala cara.

Ésa ha sido la tónica de trabajo que yo he conocido a lo largo de estos años como maestra, especialmente en Madrid. Gente que vive por y para su trabajo y cuyo tiempo de descanso se dedica también a su trabajo. Gente incapaz de reposar en vacaciones; viajes sí, pero deprisa y corriendo para sellar el pasaporte o sacar cuatro fotos y anotarnos un mérito, y luego ya volvemos a los cursos de Pizarra Digital en pleno agosto. Gente que buscaba de forma patológica inventarse grupos de trabajo que llevar a cabo los viernes por la tarde porque no eran capaces de asimilar que, por lo pronto, con poner en práctica lo que ya se había elaborado era suficiente.

Byung-Chul Han habla de muchas cosas a lo largo de este librito tan breve titulado La sociedad del cansancio (he leído la versión ampliada), pero una parte importante lo ocupa la crítica al mundo laboral.
El autor considera que las personas, en el paso de una sociedad autoritaria a una democracia que elimina prohibiciones y mandatos, hemos dejado de ser sujetos y nos hemos transformado en proyectos. La creciente libertad es una trampa, pues la falta de imposiciones externas deriva en una violencia autogenerada que se traduce en el evidente incremento de trastornos mentales como la depresión o los déficits de atención. 

Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados.

El nivel de autoexigencia al que nos sometemos no solamente es elevadísimo (el autor habla del yo ideal, que provoca frustración por inalcanzable y porque la comparación deja al yo real como un espantajo), sino que aumenta sin pausa y sin llegar a ningún punto concluyente. No hay un tope, no hay una meta significativa, sino que nos obligamos a nosotros mismos a aportar cada vez más rendimientos, sin alcanzar ningún punto de reposo gratificante. 

Han, partiendo de los trabajos de diferentes filósofos que aluden a cuestiones parecidas, desarrolla su teoría de la sociedad de rendimiento que camina hacia el fracaso. Una de las cuestiones que subraya es la del cambio de paradigma, de sociedades negativas basadas en el deber, a la actual moda centrada en el poder: al inculcarnos la idea de que todo el posible y de que siempre hay más que podemos hacer, se crea una ilusión de libertad (libertad obligada) que en realidad no es más que una coerción a autoexplotarnos sin objetivo sólido (todos son pasajeros y proporcionan una satisfacción breve y olvidable) ni término. 
El lamento del individuo depresivo, "Nada es posible", solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que "Nada es imposible". No-poder-poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión. El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada. La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre bajo el exceso de positividad. Refleja aquella humanidad que dirige la guerra contra sí misma.
En las sociedades autoritarias en las que el deber y la norma están marcados de forma externa, las personas funcionan sin tener que realizar el trabajo mental de autorregularse. En un mundo democrático con instituciones y sistemas que garantizan grados de libertad mucho mayores, cada individuo debe gobernarse a sí mismo y eso genera un gran desgaste. Esa libertad impuesta nos condiciona a ser, a la vez, jefe y empleado, rey y vasallo, asesino y verdugo. Nos lleva a una inevitable confrontación con nosotros mismos que, al mismo tiempo, erosiona el aspecto social de la vida. Queda el sujeto solo frente a la obligación de ser él mismo, pertenecerse a sí mismo y realizarse. Nietzsche hablaba de un individuo soberano de sí mismo, pero Han considera que nadie puede ser libre si esta conquista de uno se realiza en masa y por autoimposición.


La sociedad del cansancio también analiza dos elementos que considera indispensables de cara al bienestar: el aburrimiento y el agotamiento. 
El aburrimiento ha sido uno de los pilares del nacimiento mismo de la filosofía. El aburrimiento, como punto clave de la relajación espiritual, es para Han el motor de la atención y reflexión contemplativas. Sin embargo, el multitasking y la hiperactividad actuales nos hacen extremadamente poco tolerantes al hastío y a la espera, incapaces de dedicar tiempo a estar y a percibir. Una sociedad no contemplativa asesina la creatividad. Reaccionamos a todo estímulo de forma inmediata, pasamos al siguiente y no nos damos tiempo para experimentar las sensaciones o para considerar una respuesta que no sea afirmativa: A los activos les falta habitualmente una actividad superior (...) en este respecto son holgazanes. (...) Los activos ruedan, como rueda una piedra, conforme a la estupidez de la mecánica (Nietzsche).
En cuanto al agotamiento, Han se basa en las teorías de Handke en su Ensayo sobre el cansancio para diferenciar entre el cansancio elocuente, que inspira y nos devuelve la capacidad de asombrarnos, del cansancio producido por la hiperactividad: un cansancio destructivo, que nos aísla de los demás, el "síndrome del trabajador quemado" que nunca satisface sus expectativas porque puede asumir todo rol, toda responsabilidad y toda tarea que se le atribuya, dado que no tiene límites.


Esta sociedad de rendimiento, para Han, es una consecuencia lógica del capitalismo: una vez que el grado de producción ha aumentado al máximo dentro de la sociedad represiva, se alcanza techo y la manera de seguir potenciándola e incrementándola es propiciar que cada sujeto se autoexplote en términos de una libertad impuesta. Llegamos a relaciones conflictivas con nosotros mismos, a grados de narcisismo que impiden vinculaciones intensas con otros al tiempo que nos provocan altos niveles de autoagresividad y depresión: estamos hastiados de nosotros mismos, de no alcanzar el yo ideal, de no poder producir tanto como suponemos que podemos producir, de no tener la energía suficiente para lidiar con nosotros mismos y además relacionarnos con el mundo que nos rodea.

Son demasiado vitales como para morir, y están demasiado muertos como para vivir.

Nuestra sociedad, que data las fiestas y entiende las vacaciones y los fines de semana como meros repostajes para poder seguir trabajando, se centra en sobrevivir más que en vivir; de ahí la absolutización de la salud como el nuevo dios y la histeria colectiva ante la enfermedad. Sin embargo, nadie se escandaliza por la falta de ocio o descanso: por la falta de vida en sí misma.

Me mato a base de autorrealizarme. Me mato a base de optimizarme.(...)Tal vez la sociedad anterior fuera más represiva que la actual, pero hoy no somos esencialmente más libres. La represión deja paso a la depresión.

En las palabras de Han he reconocido a amigos, a compañeros y a personas que me he ido encontrando en esto de la vida adulta. Lo peor es que, en muchos casos, también me he reconocido a mí y me ha asustado. Está claro que vivimos en la época del ego, un ego que no se sustenta en un conocimiento profundo de uno mismo, sino en la exposición de un listado de logros que debe ampliarse continuamente y recibir el visto bueno de una audiencia a la que tampoco le importamos. Hemos perdido la capacidad de estar, y de estar con otros. Nos esclavizamos a nosotros mismos y nos autodestruimos. 

Este libro, editado por Herder en Barcelona y traducido por Arantzazu Saratxaga y Alberto Ciria, aporta una pequeña pero contundente reflexión sobre la vida actual y sus peligros. Me ha fascinado y enseguida voy a empezar con otro volumen del autor.

(Evidentemente, muchas de las acciones que describo arriba relacionadas con el trabajo 24/7 tienen que ver directamente con la precariedad laboral actual. Sin embargo, yo las he vivido en el ámbito educativo, en FUNCIONARIOS CON PLAZA a los que nadie va a mover de ahí). 

Desde luego, recomendadísimo.