jueves, 28 de febrero de 2013

Catástrofes y eucatástrofes

jueves, 28 de febrero de 2013
Todo cuento, creía el señor J.R.R. Tolkien, debe tener un final feliz. No se trata de que todos los conflictos se resuelvan, sino más bien de que el lector sepa, cuando pasa la última página, que, aunque dura y complicada, la vida es, en el fondo mismo de su naturaleza, algo maravilloso e impredecible, tanto como las propias historias que él dedicó su vida a crear. También Nobuhiro Watsuki, autor del incombustible Rurouni Kenshin, manifestó en numerosas ocasiones su preferencia por los "happy endings", ya que para él es necesario que el recorrido que los personajes realizan, sus penurias y esfuerzos, se vean recompensados.
Tolkien acuñó el término "eucatástrofe" cuando reflexionaba sobre los cuentos de hadas, y llegó a la conclusión, como explica a su hijo Christopher en una carta, de que la importancia de ese final feliz reside en que supone un súbito y fugaz acercamiento a la Verdad en sí misma: cuando la historia es verdadera en el mundo en el que se produce, también nos permite contemplar algo que es verdad en el Gran Mundo, en el universo.
Los mitos son perfectos ejemplos de eucatástrofes; en ellos, se nos presenta (según Lévi-Strauss) un conflicto constituido por dos contrarios irreconciliables, para finalmente ponerle solución. También en la Biblia encuentra Tolkien una importantísima eucatástrofe: la Resurrección de Cristo, que muere y salva a la humanidad. 
La misión principal de los cuentos de hadas, desde su punto de vista, es la eucatástrofe, y es la presencia de este rasgo lo que hace que los cuentos sean universales, inmortales, irreemplazables. La catástrofe está presente en la práctica totalidad de los clásicos infantiles (se encuentra en el patito feo despreciado por su propia familia, en los hermanos abandonados en el bosque, en la niña a quien su madrastra manda asesinar), pero también lo está la justicia más pura, que escapa de la moral y los valores adultos para satisfacer las ansiedades infantiles. Aunque la mayor parte de los cuentos ha llegado a nosotros con muchas modificaciones, la reina de la versión primera de Blancanieves era condenada a bailar con un par de zapatos de hierro al rojo hasta caer muerta, y las hermanas malvadas de la Cenicienta, a perder la vista. No todos los cuentos de hadas acaban bien para sus protagonistas, pero en la mayor parte de ellos se plantea un conflicto que acaba por solucionarse y crear un nuevo equilibrio.
La original crudeza de los cuentos fue sustituyéndose con los años por la entrañable melancolía de Andersen y los finales felices de Tolkien. Sin embargo, la eucatástrofe ha estado presente en las narraciones de Hesíodo, en los cuentos de los hermanos Grimm y en las tragedias de Shakespeare: en la transformación del protagonista yace la clave, la visión de la Verdad. Para Tolkien, toda historia es un viaje, independientemente de que los hechos sugieran tal cosa: es el personaje principal quien emprende una aventura por su propio interior hasta llegar a ser algo diferente de lo que en un principio se nos había mostrado. 
Un cuento sólo alcanza su meta fundamental, sólo es sincero, sólo es cuento cuando se rechaza en él el fracaso absoluto: siempre queda un resquicio para la luz y la esperanza. Únicamente así conecta con quien lo lee o escucha, y sólo de esta manera puede ser inmortal. Y todas las buenas historias son, en sustancia, cuentos.
Una de las eucatástrofes más interesantes que podemos encontrar en El Señor de los Anillos es la muerte de Gandalf, que se sacrifica y regresa convertido en el Mago Blanco, mucho más fuerte y poderoso. "¿Gandalf? Sí... Así solían llamarme, Gandalf el Gris. Ése era mi nombre. Pues bien, soy Gandalf el Blanco, y en los albores de la tempestad vuelvo a vosotros".
Aprovechando que acaba de salir a la venta el nuevo trabajo de Fangoria y que su single promocional hace hincapié en lo aburrido de quejarse continuamente, de vivir encerrados en un drama constante en lugar de trivializar la vida, voy a dejaros mi particular granito de luz y pediros que busquéis siempre la eucatástrofe, el resquicio de verdad, la transformación y la comedia, no solamente en vuestros escritos, en vuestra música, en vuestro ganchillo o en vuestros partidos de tenis, sino en todos los aspectos de la vida.

4 comentarios:

Renaissance dijo...

¿Y cual sería el caso de La vendedora de fósforos? Ese cuento siempre me ha resultado muy chocante porque a mí un final en el que una niña muere de inanición y es recogida por los angelitos no me parece muy feliz.

Kaoru Himura-Takarai dijo...

Hay muchos que acaban mal... La Sirenita se convierte en espuma, la Caperucita es comida por el lobo, el Soldadito de Plomo se derrite... Pero se supone que en todos queda un poquito de luz que los equilibra. En La vendedora de fósforos, supongo que sería que se va al cielo con su abuela (y la concepción del cielo es la de un sitio mejor). De todas formas, Andersen se escapa un poco del esquema.

Renaissance dijo...

Sí, es cierto que Andersen tiende a finales mucho menos felices de lo que se podría esperar (y en muchos casos, marcados por sus creencias religiosas).

Esto es una tontería, pero creo que mejoró bastante la historia de la vendedora de fósforos: http://www.catversushuman.com/2012/12/blog-post_31.html

Kaoru Himura-Takarai dijo...

Oooohhh, qué cuco el cómic. ^^
Dicho sea de paso que yo adoro a Andersen. La mayoría de mis cuentos favoritos son suyos, pero sí que es verdad que tiende a la depresión casi absoluta.

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