domingo, 11 de octubre de 2015

Pinceladas sobre las Oposiciones a Maestros

domingo, 11 de octubre de 2015
Imagen sacada de http://dunshaughlincc.ie
Mucha gente se piensa que opositar es sencillo. Tú te organizas tus tiempos, te planificas como mejor te venga y lo único que tienes que hacer es pasar horas en casa y concentrarte. He pasado por ahí y sé lo que es. Más allá de las dificultades que una va teniendo con el paso de los años para memorizar (y del hecho de que no cree en el aprendizaje memorístico, pero es otra cuestión), se encuentra la realidad de meses y meses de encierro, de no tener vida familiar ni social, de contar los días libres con los dedos de la mano. Para mí, los dos primeros años de oposiciones supusieron situarme al borde de la depresión y plantearme muchas veces dejarlo porque estaba acabando con mi salud.
Para muchos, además, esta jornada de estudio, que ronda como poco las seis-ocho horas diarias, choca con otra jornada: la laboral. Ser interino, ¡entrar por fin!, tiene muchas cosas positivas: ves tu esfuerzo recompensado aunque sea sólo en parte, puedes ejercer de aquello para lo que estudiabas y aprendes mucho, además de que por fin puedes guardar un poco de dinero en el bolsillo; en mi caso, tengo bastante claro que, de no haber entrado a trabajar como interina hace ya casi tres años, posiblemente ya habría dejado de preparar oposiciones. Las partes malas también pesan: cuando llegas a tu casa tras horas de trabajo (con niños, nada menos) y transporte y tienes que enfrentarte a toda una tarde de estudio (sin añadir que la profesión de maestro y profesor también implica muchas horas de preparación en casa), es fácil venirse abajo. Todo esto sin mencionar el desembolso económico que suponen unas oposiciones: academias, preparadores, cursos (¡que, tras dejarte un riñón en hacerlos, ya no cuentan para nada!), másteres y demás historias para puntuación... 

Mucha gente compara sus oposiciones (de Justicia, Sanidad u otros cuerpos) con las mías, y, si bien creo que toda oposición es dura y todos los que nos enfrentamos a ellas somos unos valientes (por más que la sociedad se empeñe en decir que no hacemos nada, que nos han regalado el puesto fijo y a vivir), muchas veces no son conscientes de cómo funciona el proceso en lo que toca al ámbito educativo.

Pues bien, aun a riesgo de que alguien por un casual llegue a este blog y decida que no voy a sacar la plaza en mi vida, os dejo una serie de curiosidades que hacen que mis oposiciones sean algo especial, que se desmarquen de la norma. Juzgad por vosotros mismos.

1. No tenemos temario. Existe un listado de títulos, y a partir de ahí libertad total. Cada editorial se inventa, en base a ese título, aquello de lo que puede ir el tema, y elige mencionar a unos autores, o unos recursos, o unas características en vez de otras. Mis temas pueden ser radicalmente distintos de los de otro opositor porque se los hemos comprado a diferentes academias. Sobre esto, mi amiga Diana hizo hace tiempo una petición en Change.org que os pediría que firméis. 

2. No tenemos criterios de corrección. Por si fuera poco no saber qué estudiar, tampoco existen unos criterios cerrados que nos orienten. Cada año (incluso cada tribunal, me atrevería a decir, en según qué Comunidades) se plantean unos criterios diferentes y unos requisitos distintos, por lo que es imposible acertar todos los años con un mismo temario. Además, estos criterios no se suelen hacer públicos antes de los exámenes.

3. En los supuestos prácticos puede caer cualquier cosa. Así. Esto también depende de la Comunidad y en algunas el supuesto práctico sigue siendo lo que era: una situación a la que debes dar respuesta. En otras, como Galicia, o en el caso de las oposiciones a profesorado de Secundaria, la cosa se desmarca y además hay preguntas teóricas, de una teoría no englobada en ningún temario y que por tanto es imposible de preparar porque nadie es una base de datos andante.

4. Los tribunales no siempre están preparados/dispuestos. El año pasado, tenía varios compañeros miembros de tribunal en el colegio en el que trabajaba. A la mayoría les tocó sin haberlo pedido (en Madrid uno puede ofrecerse voluntario), y algunos lo llevaban mejor que otros. En concreto, una señora que estaba a punto de jubilarse me decía que ella no ha vuelto a mirar los temas desde que tenía veinte años, y que no tenía ni idea de los cambios de la LOMCE; que no le pagaban lo suficiente y que iba sin ganas. Yo he expuesto mi programación ante tribunales de cinco personas de las cuales me escuchaban sólo dos; a veces te cuentan que es una estrategia para ver cómo reaccionas, pero a mí lo que me parece es una falta de respeto a quien tienes delante y no querer hacer tu trabajo.

5. Es tu palabra contra la suya. Los exámenes orales no quedan grabados ni registrados de ninguna manera, por lo que toda reclamación es absurda.

6. Hay un tope de aprobados. Antes, hace años, si sacabas un 8 te ponían un 8 aunque te quedaras sin plaza; la nota es importante porque condiciona tu posición en las listas de cara a trabajar como interino (en sitios como Madrid, de aprobar a suspender la diferencia radica en que te quedas en la primera lista o en la última de cuatro... y en la última no trabajas ni en sueños a menos que seas habilitado por inglés). Hoy en día, y dependiendo de la cantidad de plazas convocadas, suele haber un tope de aprobados. Cuantos menos aprueben las pruebas escritas, menos tocan las narices pasando a los orales. Esto no lo digo yo, lo dice gente que ha sido tribunal: que han suspendido a personas que estaban aprobadas. Os invito a leer este enlace

7. Enchufes. Esto lo hemos visto todos, en todas las Comunidades, a mayor o menor escala. Gente que, en el panel digital, está suspensa y al día siguiente tiene un 9. Personas que fueron pilladas copiando y milagrosamente son readmitidas en el proceso. Gente que estudiando dos horitas al día saca notaza y se lleva la plaza a la primera. Personas sin ningún tipo de vocación que lo consiguen sin restar un solo minuto a su tiempo libre y no entienden que tú sigas ahí, años más tarde, librando de nuevo la misma batalla.

Desde 2011, mis experiencias en este proceso (y dejo aparte todo lo que toca al funcionamiento de las listas de interinos, porque si me pongo a hablar lleno otro post) han sido lo suficientemente deprimentes como para que haya cambiado mi planteamiento. He entendido que hay que estudiar, que hay que encerrarse, que hay que estar bien preparado; pero no a costa de mi vida. Mi vida es lo primero. Tengo veintisiete años y nadie me va a devolver las horas que he perdido memorizando contenidos que se me olvidan en cuanto pasa el proceso. Nadie me va a devolver el tiempo dedicado a cursos que ya no tienen validez. Nadie me va a devolver las horas de migraña, de ataques de ansiedad, de llantos incontrolables. 
Tengo veintisiete años y no creo en un sistema educativo en que el profesor está amargado y frustrado. Creo en un sistema educativo basado en la alegría, en las ganas de enseñar y aprender, en la búsqueda de las capacidades y posibilidades innatas de cada uno. 

¿Por qué sigues empeñada en opositar?, os preguntaréis. Porque cada día me gusta más el trabajo, y cada día tengo más ganas de cambiar el sistema desde dentro. 
Ilusa, ya... es lo que hay. 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuanta razón!!! Enchufes muchos!!

Mery RodVar dijo...

Que putada mas grande. Es como si quisieran exterminar a los profesores

Beatriz L.M. dijo...

Yo, ahora mismo, me niego a opositar. Mi madre me ha obligado ha sacarme el máster de Profesorado para que me saque unas oposiciones, pero es que no quiero.

Cierto es que me lo planteé en serio durante las prácticas porque, aunque fueron una mierda y no aprendí nada (4 grupos y 3 de ellos eran 2º de Bach... exámenes de Selectividad a punta pala), me gustó mucho el trabajo. Pero ahora mismo, después de haber pasado la defensa del trabajo de fin de máster delante de un tribunal (al que todavía estoy pensándome si ponerle una queja o no) que me trató de aquella manera, de verdad que no me apetece matarme estudiando para que no me valoren, y menos en mi casa, donde no puedo estudiar tranquila. Me gusta ser profesora, pero ahora mismo la vocación no me llama tanto como para sacrificar mi salud (porque sé que me costaría una depresión) por un puesto de trabajo.

Kaoru dijo...

Beatriz, para mí tanto el trabajo como el poder hacer mi vida independiente lo compensan; pero también tengo claro que en Madrid tal como entré en listas salgo en cualquier momento y me quedo en el paro, así que es una historia de nunca acabar.
Estoy agradecida por poder ir a trabajar día a día y por lo que estoy aprendiendo; pero no puedo olvidar el calvario que es cada curso estudiar y trabajar, sacar menos nota de la merecida (o suspender), rozar la depresión. Y me parece injusto que se nos juzgue a la ligera sin saber de qué va realmente todo esto.

Renaissance dijo...

Coincido totalmente con lo que has escrito sobre lo que es intentar acceder a un empleo público. Solo la gente que está ahí día a día, los que dedican horas a estudiar leyes que pueden no valer en la siguiente convocatoria, los que viven pendientes de una interinidad...pueden entender lo que es este sistema, por qué siguen intentándolo y por qué se lo han propuesto.
Para los de fuera es difícil de entender, pero en cierto modo, somos corredores de fondo.

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