jueves, 29 de agosto de 2013

Antroponimia literaria: Beatriz - Parte II

jueves, 29 de agosto de 2013
He practicado en más ocasiones de las que puedo contar aquello de "No hagas hoy lo que puedas dejar para mañana", pero, en este caso, creo que será mejor que me ponga manos a la obra antes de que pasen los meses y se me sigan acumulando Beatrices que homenajear. Solamente pensaba escribir dos entradas, pero parece que, a la espera de que la familia aumente, tenemos trilogía. 
No sé si las segundas partes suelen o no suelen ser buenas, pero es mi deber continuar con lo comenzado, y además en esta segunda entrega aparecen nombres grandes, tal vez incluso equiparables a los de la primera edición (para mí, sí). Y es que no sólo Dante y Shakespeare utilizaron a Beatriz como musa y personaje, sino que hubo otros que recogieron ese ostentoso testigo y escribieron las letras de mi nombre en sus versos o en sus párrafos.

En 1857, se publican por primera vez Las Flores del Mal de Charles Baudelaire, padre del simbolismo y del decadentismo, y, con toda probabilidad, mi poeta favorito. Baudelaire conoce la obra de Dante, así como el importantísimo papel que la musa juega a lo largo de sus trabajos; y, ni corto ni perezoso, decide reciclarla, reinventarla, reutilizarla, cambiando sus rasgos, pero manteniendo su nombre y convirtiéndola en una de sus flores malditas. 
En el poema de Baudelaire, Beatriz no es la cuarta figura celestial, aquella que descendía de los Cielos para salvar al pobre viajero, sino que aparece en medio de una tropa de demonios que han venido a burlarse del arte del escritor y de las pretensiones que le atribuye. El narrador, un Dante hastiado y perdido, aguardaba a una Beatriz divina, guía, blanca; sin embargo, se encuentra con una criatura que ha sucumbido a la tentación del Infierno y se mezcla con sus vástagos, sumándose a sus mofas e intercambiando con ellos caricias obscenas.
Las mujeres en la obra de Baudelaire aparecen a menudo a medio camino entre los brazos de Dios y los de Lucifer, como seres que proporcionan inspiración durante un suspiro y después lo abandonan y se desvanecen, convirtiéndose en demonios monstruosos. El tratamiento que da a Beatriz bien podría ser una respuesta tajante a la idealizada imagen que de ella tiene Dante; no obstante, teniendo en cuenta sus recursos habituales, se lo enumera como un símbolo más de la descomposición, de la partida, no sólo de la amada, sino de todas las cosas buenas de la vida, de la inspiración y de la poesía.
Como, en mi opinión, la poesía está para ser leída y sentida, y no sobreanalizada, os dejo a vosotros la interpretación. Esta Beatriz, que es la de Dante, pero que al mismo tiempo es la cara opuesta de aquella figura que era más un aglomerado de valores que una persona, presenta características completamente distintas de todas las demás, pero se nos muestra como una criatura más compleja, teñida de claroscuros; recuerda, de forma inevitable, a la primera mujer de Adán, a Lilith.
No he tenido el tiempo suficiente como para mantener la métrica y la rima, pero aquí os dejo una tosca traducción del maravilloso poema de Baudelaire (que os recomiendo leer en su lengua original):

—«Contemplemos tranquilamente a esta caricatura,
esta sombra de Hamlet que imita su postura,
la mirada indecisa, los cabellos al viento. 
¿No es acaso penoso observar a este vividor, 
a este pillo, a este bicho raro, a este actor sin trabajo
que, porque sabe representar correctamente su papel,
pretende interesar, cantando sus lamentos,
a las águilas, a los grillos, a los arroyos y a las flores,
e incluso a nosotros, autores de tales rúbricas,
nos somete al recital de sus públicas tiradas?»

Habría podido yo (mi orgullo, elevado como una montaña,
domina las nubes y los gritos de los demonios)
girar simplemente mi soberana cabeza,
de no haber visto en medio de la obscena cuadrilla,
¡crimen que no hizo apagarse al sol!,
a la reina de mi corazón, de mirada incomparable,
reírse con ellos de mi sombría aflicción
mientras los agasajaba, de vez en cuando, con una lasciva caricia.

Lewis Carroll, al que todos conocemos por sus obras maestras Alicia en el País de las Maravillas y A Través del Espejo, también se valió de este nombre a la hora de componer un hermoso poema, sólo tres años más tarde que Baudelaire y en un tono completamente diferente.
Carroll tuvo por costumbre, a lo largo de su vida, entablar amistad con niñas a las que, en ocasiones, también tomaba por musas. Su relación con las hermanas Hatch duró muchos años, pero su favorita siempre fue la pequeña Beatrice (Bee), nacida cuatro años después de la publicación de Alicia. Aunque el poema que lleva por título el nombre de esta niña, el mío, es anterior a su nacimiento y, por tanto, no guarda relación con su persona, sorprende cómo muchos de los halagos que lanza a la musa se corresponden con aquello que después alabaría en Beatrice, con quien compartió su gran amor por la literatura y algunas veladas de teatro asistiendo a representaciones de obras de Shakespeare.
Incluido en la colección Three sunsets and other poems, Beatrice habla de una niña que llena de luz el mundo del poeta y a la cual éste compara con un ángel, con una mártir y con una santa llena de alegría infantil y de amor incondicional. En cierto modo, recuerda a la imagen idealizada de Dante y, como ésta, representa algo que trasciende el personaje: en esta ocasión, la Inocencia como concepto fugaz que todos estamos condenados a dejar atrás y que no entiende de matices o de medias verdades. 
Éste es sólo un fragmento del poema, y nuevamente pido perdón por no haber conservado los aspectos formales del original:

Pues, creo yo, si una bestia desagradable
saliera de su lúgrube osario
en las selvas del Este, 
reptando furtivamente casi sin aliento,
reptando furtivamente con mortífera mirada,
olvidaría por completo su festín de ensueño
y se arrodillaría a los pies de ella como un esclavo.

Ella le pasaría los dedos por el pelaje;
parlotearía con voz argentina,
como el tintineo de la lluvia de verano,
interrogándolo con sus ojos sonrientes,
interrogándolo con alegre sorpresa,
hasta encontrar en esos fieros ojos
el amor que ilumina los suyos.



Toda trilogía tiene un final, así que no olvidéis que todavía tenéis una cita pendiente con mi particular recorrido por las Beatrices de la mejor literatura.

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