domingo, 23 de abril de 2017

El libro de mi vida

domingo, 23 de abril de 2017
La vida es lo que tiene, que lo que parece rutina no siempre lo es, y de las aves al vuelo en ocasiones alcanzamos a acariciar algunas plumas. De todas las personas que conocemos, los lugares que transitamos y los libros que abrimos, nunca sabemos cuál se irá en cuanto el encuentro haya acabado, y cuál se quedará para siempre. Un día normal, sin previo aviso, llega algo que nos cambia, que nos abraza y que se fusiona en una mezcla homogénea con nosotros.

Hay muchas historias que me han marcado. Está Rurouni Kenshin, está El Cuervo, está 3 idiots. Hay cientos de libros que se irán a la tumba conmigo porque ya se han instalado en sendos apartamentos en la urbanización mal planificada que es mi alma. Y hay, sin duda, una novela que es la primera que acude a mi mente cuando alguien pregunta: "¿Cuál es el libro de tu vida?". Ni El spleen de París, ni las tragedias de Shakespeare, ni siquiera El Hobbit. El libro de mi vida, el que me tiene por completo, el que es tan yo como yo misma, es Los tres mosqueteros. Y hoy, 23 de abril, Día Internacional del Libro, vengo a contaros cómo nos conocimos y enamoramos.

Hay libros que siempre han estado integrados en el atrezzo habitual de nuestras casas (hace poco hablaba de Un beso antes de morir); algunos, además, son también parte del decorado de la literatura universal imprescindible. En mi caso, D'artacán y los tres mosqueperros era una serie que amaba a los escasos tres años; y la presencia en la habitación de invitados de su libro base nunca me pasó desapercibida. Desde niños vamos mostrando las inclinaciones que desarrollaremos, y el de aventuras fue siempre mi género fetiche: figuras como Robin Hood, El Príncipe Valiente o Willy Fog (el buen Phileas) son inseparables de mi forma de entender la vida.

El cuarto de invitados dejó de ser sólo eso cuando me volví adolescente y comencé a frecuentarlo. Sus estanterías, repletas de títulos que estaban ahí pero nadie había leído, me invitaron primero a leer el Quijote (que siempre reivindicaré porque es una joya) y, a los catorce o quince años, por fin Los tres mosqueteros.
Me sorprendió en un primer momento lo ligero de su narrativa. Cuando se nos habla de los clásicos, en ocasiones se nos hace pensar que se trata de obras densas y pausadas que costará mucho leer; recuerdo, sin ir más lejos, a mi amiga Mai explicándole a su madre que yo leía Los tres mosqueteros, a modo de logro o medalla que colgarme: "Mamá, ¿conoces a alguien que a los quince años se lea Los tres mosqueteros?". Sin embargo, lo que hallé fue una novela ágil, cargada de diálogos fluidos e ingeniosos, con situaciones divertidas y descripciones sencillas y sin florituras. Me encontré con LA NOVELA DE AVENTURAS; el género en su expresión más pura, con cierta dosis de drama pero sin abandonar jamás la ironía y socarronería de sus personajes, teñida de una amistad infinita que supera incluso las diferencias de opinión y, si es necesario, hasta de bando; pues no hay bandos cuando de amistad se trata.



En el período de tres años, me leí la novela por lo menos cinco veces. El viejo tomo de mis padres aún se encuentra por la casa, lleno de páginas dobladas, frases subrayadas y comentarios anotados en el margen (la primera manía aún no me la he quitado). La cantidad de emociones que me llegaban a hacer sentir esos cuatro guardias de Su Majestad es directamente proporcional al nivel de estupidez de cuanto escribía yo al respecto. Y es que la forma en que se colaron esos personajes entre mis costillas es inigualable y no ha llegado a mis manos la novela que me haga querer como les quiero a ellos. Ese Aramis sensible y un tanto hipócrita, ese Porthos con tan buen fondo como sed de estatus social y bienes, ese d'Artagnan sagaz y ocurrente que está de vuelta de todo; y mi querido Athos, afligido y perseguido por sus fantasmas, educado y correcto hasta en la fatiga, y ligeramente inclinado al juego y al vino. Los villanos, ¡el maravilloso Richelieu!, el misterioso Rochefort y una Milady que es mucho más de lo que el propio Dumas, en su sociedad decimonónica, se atrevía a reconocer.

Los tres mosqueteros es amistad, es lealtad (y a veces deslealtad) a aquello que lo es todo para uno, es a ratos bravuconería infantil y en ocasiones simples ganas de disfrutar de la vida y lo que ésta nos pone por delante; aun cuando ciertas empresas conduzcan sin duda a la muerte.

A los catorce o quince años, cuando el libro llegó a mí, ya sabía que era mi favorito y que lo sería siempre. Ya sabía que no me acabaría de convencer ninguna adaptación que se realizara de él (la más reciente de la BBC, como ya he comentado anteriormente, me gusta mucho; quizá por la grandísima distancia que pone con respecto a la novela, pero conservando el espíritu de una buena historia de aventuras), que querría tatuarme una flor de lis en el hombro izquierdo (todavía no he tenido valor) y que nunca estaría tranquila hasta escribir una historia a la altura, cosa que ni he hecho ni haré ya que nada se aproxima a Los tres mosqueteros.

A los veintiocho años, puedo decir que el libro de mi vida ya lleva en ella la mitad de lo que ha durado. Ya puedo asegurar que me sé gran parte de sus diálogos de memoria, y que lloro y río en la misma medida cada vez que vuelvo a él. Que tengo la vergüenza de haber continuado con la dignísima Veinte años después, pero no haber sido capaz todavía de terminarme El vizconde de Bragelonne porque no quiero enfrentarme a la muerte de mis personajes; porque sé que se van tras haber sido ellos mismos hasta la última consecuencia, pero la idea de verles envejecer y despedirse me destroza y no me siento con fuerzas para afrontarla. 

Que el amor sincero es como el vino y hay días que me atrincheraría en una bodega y amenazaría con disparar a cualquiera que osara insinuar que no me he ganado mi derecho a ella.


¡Feliz Día del Libro!

2 comentarios:

Renaissance dijo...

Me parece un precioso homenaje a tu libro y toda una declaración de amor a lectura y lo que representa para muchos que la vivimos así, que podemos llegar a guardar más cariño a un personaje ficticio que a muchos reales, y a los que pocas cosas como una historia pueden hacernos felices.
Feliz día del libro!

Kaoru dijo...

¡Muchas gracias por tus palabras! La ficción es como el aire.
¡Feliz Día!

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