martes, 20 de marzo de 2018

Mis poetas fetiche


El Día Mundial de la Poesía (mañana) celebra una de mis mayores pasiones en la vida y yo me siento en la obligación de hacerme eco y contribuir, en la medida de mis pequeñas posibilidades, a que se la lea y se la valore. No pocas veces me he enfrentado a ese argumento tan repetido: "Es que yo no la entiendo"; y, en todos los casos, las personas en cuestión ni siquiera le habían dado una oportunidad.
En fin, que por pesada no será y yo seguiré recomendando a todo el mundo que lea poemas y que escriba poemas. 

Antes de consentirme unas cuantas digresiones sobre la producción poética (esto lo haré mañana), comparto con vosotros varios de los nombres que más peso tienen en mi faceta lectora y que más me inspiran como escritora. De algunos he hablado ya en entradas diversas y en los Domingos de Poesía; no soy demasiado sorprendente. Sobra decir que recomiendo con todas mis fuerzas que se lea a estos poetas y que se descubra a través de sus letras ese empuje espiritual que no transmite ninguna otra arte.


El primero es (tiene que ser) el que dio origen a todo, aquel cuyas Rimas me grabé a fuego en la cabeza antes siquiera de tener ni idea de que me gustaba la poesía. Además de leerlas en clase y recitarlas en el descanso con mis compañeros para memorizarlas, me harté de darles vueltas en casa antes y después de que me llegaran como contenido curricular; siempre regreso a ellas, siempre encuentro elementos nuevos y sorprendentes en ellas. Bécquer es una de mis grandes fuentes de inspiración y sus versos son inmortales.

Tú sabes y yo sé que en esta vida
con genio es muy contado el que la escribe
y con oro cualquiera hace poesía.

Y no es posible que le siga otro que no sea Shakespeare, cuya casa natal en Stratford-upon-Avon visité a la primera que se me presentó la ocasión porque es una figura crucial para mí. A Will le conocí como dramaturgo, pero enseguida me di cuenta de la maravilla de su lenguaje y la delicadeza de sus ideas. Shakespeare es completamente atemporal y vanguardista se lo revise en la época en la que se lo revise, y sus sonetos me van a acompañar siempre.

If this be error and upon me prov'd, 
I never writ, nor no man ever lov'd.

Uno de los poetas que más abiertamente han reconocido la influencia de Shakespeare en su obra (hablé un poquito de esto en mi reseña de la serie Will) es John Keats, mi romántico inglés favorito. Keats murió a los veinticinco años y, sin embargo, dejó un legado de belleza inalcanzable. La primera vez que leí Endymion, me quedé apabullada por la riquiza de su lenguaje, por esa atmósfera gótica y la sensibilidad que envuelve cada verso que le sobrevivió. Keats es el sol, siempre.

Darkling I listen; and for many a time
I have been half in love with easeful Death,
Called him soft names in many a mused rhyme,
To take into the air my quiet breath.

Hay dos grupos de poetas que innegablemente me fascinan como la luz a una polilla: por un lado, Byron y sus coetáneos; por el otro, los simbolistas franceses o los poetas malditos, desgarradores y autodestructivos. Rimbaud es la gran joya de este último bando, un niño precoz y un genio sin precedentes. Sin embargo, siempre me he sentido más cercana a Verlaine, de quien fue amante y verdugo (en sentido figurado este último calificativo). Las letras de Verlaine son sangre y están desnudas del cinismo de Rimbaud, abiertas en canal. 

Donc, allez, vagabonds sans trêves,
Errez, funestes et maudits,
Le long des gouffres et des grèves,
Sous l'oeil fermé des paradis!

León Felipe es uno de los poetas que he descubierto en los últimos años y, sin duda, mi gran amor poético de esta etapa pre-treintena. Le conocí en Zamora, su provincia natal, gracias a esas salpicaduras de poesía nativa que colorean toda la ciudad; y ya me lo llevo para siempre. Sus imágenes y metáforas ilustran con una fuerza insólita el gran canto a la libertad que era su voz lírica. Y ahí: en la libertad, en el nomadismo voluntario y en la sonrisa al Quijote me encuentro yo con él y le amo.

Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, 
aquel estrafalario fantasma del desierto y ... ni en España hay locos. 
Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.

La primera vez que me llevé de la biblioteca un poemario de Sylvia Plath, no tenía ni idea de la importancia de este nombre en la Historia de la literatura. No la conocía, no sabía nada de su vida, y sin embargo me heló el corazón con sus primeros versos. Sylvia, como Verlaine, es apertura total, es emoción cruda y sin mesura. Me descubrió una forma distinta de escribir en verso (menos encaracolada, menos lineal) y se impuso como modelo a seguir de entonces en siempre.

And I a smiling woman.   
I am only thirty.
And like the cat I have nine times to die.

This is Number Three.   
What a trash
To annihilate each decade.

Baudelaire es mi poeta favorito, y lo es especialmente en prosa. Pero de sus versos me llevo el veneno, la decepción, la atracción por lo que no debe ser porque no es. Baudelaire era bastante misógino y políticamente incorrecto, desafiante, vanguardista y a veces romántico. Su poesía es un grito de guerra, y la guerra se ama o no se hace.

Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de l'abîme,
Ô Beauté ! ton regard, infernal et divin,
Verse confusément le bienfait et le crime,
Et l'on peut pour cela te comparer au vin.


Hay muchos nombres más que podría haber incluido y no lo hago porque me he ido sólo a la raíz, a lo que a mí me ha abofeteado y matado y exprimido. 

Os deseo mucha, e hiriente, poesía en vuestras vidas. 

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