domingo, 4 de marzo de 2018

Anclajes: elementos de sujección al entorno actual pero transitorio

Junto a Dante en julio de 2013, cuando me presenté a mis segundas oposiciones en Madrid.
No sé si era consciente de cuánto se me transparentaba el sujetador.

Hoy he visto cigüeñas. Parece una tontería que me haga ilusión, pero es un ave que me gusta observar y que me resulta insólita, pese a estar presente en la práctica totalidad de la Península Ibérica.
Lo cierto es que en Ourense, la ciudad donde crecí, no hay cigüeñas; tampoco anidan en los pueblos respectivos de mis padres. Por esto, la primera vez que recuerdo haber visto cigüeñas es en el viaje que hice a Madrid en 2007, para ver en directo a D'espairsRay; estaban por todas partes a lo largo del camino. Sé que las había visto antes, posiblemente en algún lugar de la provincia de Ourense, ya que en muchas zonas sí las hay, pero no tengo la imagen nítida de ello.
Irme a vivir a Madrid, en 2013, supuso acostumbrarme a verlas por todas partes; en todo campanario, o torre, o recoveco alto con un mínimo de espacio. Había un nido enorme en la torre de los bomberos situada al lado del primer colegio donde trabajé; una compañera me contó que se lo tiraban cada año cuando se marchaban, pero siempre volvían a aquel sitio. Había otro en la ermita de Parla, que veía a diario al volver a casa; en cada campanario de Alcalá de Henares, de Valladolid, de Toledo, de Guadalajara y de todos los sitios que visité durante ese tiempo.

Y hoy he visto cigüeñas. Y, además de alegrarme e ilusionarme infinitamente, he pensado en una especie de juego al que me sometí durante mis cuatro años en Madrid.
Leía en el libro La Nómada, de Graciela de la Rosa, que emigrar es asumir un cambio radical en la vida de uno, como empezar a formar parte de una pareja o ser padre. Supongo que, para muchas personas, pasar de vivir en Ourense a hacerlo en Madrid no será emigrar. Para mí lo fue, en cierto grado (nunca pretendo compararme con personas que se han tenido que ir a culturas completamente distintas), porque pasaba de vivir en una ciudad pequeña a la gran metrópoli de España; porque me iniciaba en el mundo laboral, porque pagaba por primera vez mi vivienda, porque asumía unas responsabilidades que nunca había tenido; porque la forma de ser de las gentes del centro de España no tiene nada que ver con cómo somos los gallegos, y las manifestaciones culturales son también muy distintas. Y me lo gocé. Me gocé el aprendizaje, la forma en que se me ampliaron las perspectivas, cómo pude ir viendo que tampoco éramos tan distintos. Me asumí como parte de Madrid y llegué a ser un poco de allí y sentirme en el limbo, en esa sensación de que ya no soy, ni volveré a ser, la persona que era cuando sólo había vivido en Ourense y Vigo; pero que tampoco es posible desligarme de esos cuatro años en Madrid. Que pertenezco a más de un sitio (y a más de dos), lo cual es maravilloso.

Llegué a un nivel de calma que no había conocido y sentí que me hacía adulta. Todavía no he podido analizar con tranquilidad el desapego y no lo tengo desarrollado en mi pensamiento, pero es un proceso que ha estado presente y que creo que es difícil en mi caso particular, porque soy muy emocional y me anclo a los sitios. El hecho de haber pasado cuatro años viviendo cada vez en un municipio (aun dentro de la misma Comunidad Autónoma), cambiando de entorno laboral, de vivienda, de vecinos, de calles, de supermercado...; fue complicado, pero me hizo muy fuerte. Cada septiembre, especialmente los tres primeros, lloraba y sufría pensando en que tocaba volver a empezar. Luego lo disfrutaba porque disfruto conociendo lugares, pero el inicio era duro. Estoy muy agradecida de haber podido zambullirme en el día a día de tantos sitios, y sé que no me va a quedar otra que seguir haciéndolo pese a que mi cuerpo ya quiera algo de estabilidad, pero también es cierto que he tenido que buscar mis mecanismos para hacer de la experiencia algo lo menos traumático posible.

He dicho antes, y siento haberme desviado del tema, que tenía un juego que ponía en práctica. Creo que lo sigo haciendo, y posiblemente me vaya a acompañar siempre que cambie de lugar de residencia; aunque en Galicia me hace menos falta porque me siento más de aquí.
No fui consciente de ello hasta el tercer año, pero el primero ya buscaba con la vista un elemento distintivo que para mí significaba que aquel sitio era mi hogar. Siempre se ha tratado de construcciones y siempre las he buscado con la mirada para calmar mi ansiedad y decirme a mí misma que todo estaba bien y que estaba en casa. Y, aunque en realidad creo que hay varias en todos los casos, voy a hacer un repaso por las más relevantes, las que tenía que mirar siempre.

Durante el curso 2013-14, viví en Parla, una localidad del sur de Madrid que nació como barrio-dormitorio pero a día de hoy dispone de todos los servicios. Parla fue el lugar donde empecé a darme cuenta de que necesitaba algo específico, algún edificio o plaza con identidad propia que me permitiera darle sentido; todavía no sabía que las ciudades-dormitorio son todas iguales. Aunque hay varios elementos que me transmitían esa sensación de pertenencia (el tranvía y los nombres de sus paradas, la cola de ballena gigante que había en el parque homónimo, el parque de Parla Este, el puente que cruzaba la A-42 y llevaba de mi calle a un área comercial nueva), lo que realmente me tranquilizaba era el campanario de la iglesia de la Asunción; estaba, precisamente, ocupado de forma permanente por una pareja de cigüeñas y sus crías, y me pasaba horas observando cómo vivían allí arriba. 
Volví a Parla en septiembre de 2015, cuando llevaba varios días buscando piso sin éxito en Móstoles y Alcorcón, y dormí en su apartahotel una noche, tras cenar de nuevo en el Domino's Pizza de junto a la estación y dar un paseo largo por el Bulevar; después sólo me dejé caer otro día para hacer un examen de la UNED y ver a mi amiga Manoli. Tengo muchísimas ganas de poder echar unos días en Madrid para pasear por allí de nuevo, saboreando todos esos sitios que me fueron tan familiares durante un curso entero.
No encuentro ninguna de las miles de fotos que le saqué a aquella iglesia con su campanario, así que dejo una que me ha sugerido Google (voy a hacer lo mismo con el resto de lugares porque no tengo nada en el ordenador):

Ya lo dice la marca de agua: es de unaventanadesdemadrid.com

Villaverde Bajo, el barrio de la ciudad de Madrid donde me establecí el curso que trabajaba en Perales del Río (Getafe), es el único de mis hogares del que no soy capaz de señalar un punto de anclaje concreto. Fue un gran curso, la verdad. Vivía sola por primera vez (y ya no he querido dejar de hacerlo, ni querré mientras tenga la posibilidad), estaba feliz en el colegio que me había tocado y en cinco minutos llegaba a Atocha en Cercanías. Quizá el hecho de vivir justo al lado de la estación de tren tenga algo que ver con que no necesitara elementos distintivos. Veía el cartel grande de Renfe nada más salir de casa, tenía que cruzar las vías para ir al centro del distrito y me encontraba con esas letras gigantes que ponen "Gran Vía de Villaverde" cuando lo hacía. Sí: me gustaban mi parque de las ardillas, la fachada del MediaMarkt y la ancha Avenida de Andalucía, con la vista lejana de las torres de la Castellana y la Sierra de Madrid. También me fascinaba, cuando iba a trabajar en dirección al sur, contemplar el Cerro de los Ángeles por detrás de Perales del Río. Así que entre esos elementos estaría la calma, supongo. 
No tengo ninguna foto de la estación que estaba frente a mi portal, así que comparto esta que he encontrado. Es una estación con taras, ya que te obliga a picar con tu billete para cambiar de vía y te complica el transbordo; pero le tengo cariño.

Fotografía de wikipedia.org
Mi tercer curso transcurrió a caballo (o a Gato, que era la empresa de autobús que me transportaba) diario entre Móstoles y Aldea del Fresno. Móstoles es el lugar de Madrid al que le tengo más cariño. Me sentí muy cómoda pese a haber empezado con un pie terrible (en la pensión donde dormí la primera noche se nadaba entre cucarachas, y les tengo una fobia paralizante), fue mi hogar desde casi el primer día. Me encantan sus terrazas, su CA2M (Centro de Arte Dos de Mayo), su parque Liana, el Cuartel Huertas y la terraza adonde iba con mi hermana, mi vecina rumana encantadora, Pradillo, el  mítico Oskar Burger, la biblioteca que más he visitado (en Parla y Villaverde me quedaban a tomar por...) y Arkadia Cómics. Me fascinaba, y fascina, que una de las arterias de la ciudad se llame Avenida del Alcalde de Móstoles; me embelesa la arquitectura del Hospital Rey Juan Carlos. Odio con todo mi ser esa rotonda de la carretera vieja que se supone que echa agua pero nunca la echa, y me hacía mucha gracia siempre leer el cartelón de una nave llamada Rosni porque hacía poco que había visto Talaash y la mujer de Aamir Khan en la película se llama Roshni. En fin.
Mis elementos distintivos de este curso son dos y los tengo clarísimos. El primero es un edificio extrañamente alto en mitad de la nada que veía a diario cuando hacíamos parada en Navalcarnero; no entendía qué pintaba allí. El segundo es una estructura gigante que me recordaba al caballete de un pintor y que estaba casi en la entrada de Móstoles, en la carretera hacia Villaviciosa de Odón. Tardé meses en pasar de la obsesión por contemplarlos a la necesidad de saber qué eran, pero dediqué un par de tardes a ubicarlos en el mapa; esto no me aclaró tampoco nada y tuve que investigar por otros medios, pero localizados ya estaban.
El edificio era un silo abandonado, que además creo que se subastó ese mismo año. Unos meses más tarde, pude verlo de cerca.
El atril gigante era algo extraño que hay en la Subestación Eléctrica de Móstoles; mi padre se mostró igual de intrigado que yo cuando pasamos a su lado meses más tarde, y desde entonces he vuelto a pasar muchas veces en mi bus del siguiente curso.
Os los muestro:

Imagen tomada de wikiloc.com
Captura de pantalla de Google Maps hecha por mí ahora mismito
El curso 2016-17, en San Martín de Valdeiglesias, fue complicado. Lo terminé sabiendo que necesitaba un cambio (que se ha dado, por fortuna) y lo atravesé a trompicones. Hay cosas muy buenas que recordaré siempre de San Martín y me he llevado también a varias personas, pero es el sitio que menos hogar ha sido, aun siéndolo. Elementos que me comía con la mirada en San Martín: el Castillo de la Coracera, los olivos por todas partes, la plaza de toros aunque odie los toros, la entrada del cine, el centro cultural que estaba junto a mi casa, la Ermita de la Sangre y la Ermita del Rosario... 
Ahora sí: aquello que me daba calma y me anclaba al suelo cuando lo necesitaba estaba fuera del pueblo, de camino a la capital. Mi autobús (querido Cevesa) atravesaba Pelayos de la Presa y Navas del Rey antes de que la M-501 se convirtiera en autovía. En Pelayos me fascinaba observar el canastro gallego maravilloso que hay en una de las márgenes de la carretera, puesto ahí quién sabe por quién. Cerca de Navas, en el cruce con la carretera de Robledo de Chavela, se veían muy claramente las antenas desproporcionadas del Deep Space Communications Complex de la NASA (REAL que está eso allí, en mitad de la nada), y por dormida que fuera siempre sabía abrir los ojos en el momento justo para contemplarlas. También buscaba, en este trayecto, el silo de Navalcarnero que mencionaba antes; la M-501 va casi paralela a la carretera del curso anterior, por lo que se distinguía en la lejanía. Y también veía, como ya he dicho, ese atril enorme y eléctrico. 

Imagen de tabano en Wikiloc.com
Foto del blog susanacsantana.blogspot.com

No sé cómo de pirada me puede hacer parecer esta entrada, pero lo cierto es que tener esos elementos de apoyo me ayudó a digerir tantos cambios continuos. Cuando ya me sentía plenamente cómoda en un lugar (que es algo que a mí me suele requerir un tiempo), tocaba empaquetar todo y emprender una nueva mudanza. De un año al siguiente, TODO variaba: las personas, los espacios, las calles, los lugares donde tomar café, los medios de transporte. Cada curso requería un título de transporte distinto en mi tarjeta, debía empadronarme en una oficina nueva y poner mi nombre en un buzón diferente. Sigue siendo así, aunque supongo que a dos horas de casa no resulta tan duro.

Estaba pensando en cuál sería el elemento de Mondoñedo que me da seguridad siempre, y he concluido que hay dos: el puente inclinadísimo de la A-8 que se ve desde cualquier punto del municipio, y el Mosteiro dos Picos, allá abandonadito en medio de algunas casas en la ladera del monte. Sin desmerecer a la catedral, a la Ponte do Pasatempo, al cementerio barroco... 

Fotografía de elprogreso.es
Foto de xoanarcodavella.com

El cambio es algo positivo porque te mantiene atento y te aporta un grado de aprendizaje imposible de adquirir desde una posición estática; pero también se revela difícil y es humano intentar suavizarlo con este tipo de estrategias.
Seguramente haya otros mecanismos en los que todavía no he reparado yo misma. Si sois conscientes de ellos, ¿cuáles tenéis vosotros? 

¡Feliz final de domingo!

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