domingo, 8 de julio de 2018

El hombre que hablaba serpiente, o el ocaso de lo que fuimos


El bosque estaba vacío, ella era la única superviviente -exactamente igual que unas sobras que nadie advirtió y que ya no son comestibles-. Se había podrido (...) Y se había quedado atrás, pertenecía a otra época, ya no era ni siquiera humana. (...) Yo no podía ayudar de ninguna manera, porque al igual que ella, me había transformado en uno de esos trozos de carne enmohecida, aunque, a pesar de todo, siguiese haciendo ímprobos esfuerzos por mantener la frescura y la ilusión de que no era el trozo inservible. 

Empiezas un libro y es una fábula, un cuento sencillo sobre una infancia en el bosque. Te quedas porque te divierte, porque te arrancan sonrisas las anécdotas del pequeño protagonista que vive inmerso en un mundo marcado de mitología y fantasía, pero contado en el tono de naturalidad del que lo habita. Descubres el patrón, a pesar de que no haya un argumento marcado: una sátira fina e insomne que se dirige a todos los bandos posibles, al de los que idolatran la moda impuesta por las naciones "avanzadas", al del que no admite el final de una era y a todos los fanáticos de cualesquiera espíritus y dioses.
No esperas la sangre que llega de forma repentina en la adultez, porque las especies no se eliminan sin un poco de sangre. Viviéndola, como lo haces, con la tranquilidad de ese tono que se comunica desde la apatía, tampoco esperas llorar. Pero te quedan treinta páginas y no puedes avanzar porque el nudo en la garganta va a acabar contigo.

Y así se me prolongaron una semana las últimas páginas de esta lectura. Porque la narración de un ocaso, por suavizadora que sea la voz que la cuenta, nos lleva a los tantos crepúsculos que enfrentamos en la vida y a emociones universales.


El hombre que hablaba serpiente, de Andrus Kivirähk, fue un éxito de ventas rotundo en Estonia, y a la vez se ganó críticas bastante duras. Se presentó como una obra provocadora, centrada en la conquista de un área del norte de Estonia, durante el siglo XIII, por los Hermanos de la Espada. Una obra que toma ese momento concreto y lo mezcla con un sinnúmero de historias y referencias al folklore estonio recogido en el Kalevipoeg, su epopeya nacional. Una obra que habla del pasado remoto, de la conquista cristiana y de las actuales corrientes políticas y sociales de su país, que poco o nada parecen gustarle al autor.

Y todo esto en un cuento. En la sencilla biografía de un hijo del bosque, del último hombre que puede aprender la lengua de las culebras y comunicarse así con los animales.

Y todo esto desde una narración que se enriquece cuando tenemos nociones del contexto que la provoca, pero que en absoluto pierde sin saber nada de Estonia o de la orden livoniana y los levantamientos en Saaremaa. Desde la universalidad, como buen cuento.


El hombre que hablaba serpiente encierra muchos temas en sus palabras coloquiales y cercanas. Encierra el desprecio absoluto, mostrado a través del sarcasmo, a cualquier religión. Encierra el sentimiento de estar fuera de tiempo, de haber nacido antes o después de lo que tocaba y no tener ningún espacio para vivir porque el pasado es un cadáver y en el presente no eres más que una muestra de taxidermia. Encierra la risa sarcástica del que sabe, pese a todo, que no: cualquier pasado no fue mejor. Encierra la certeza de que muere aquello que se ha dejado morir, pero es imposible detener una metástasis en estado avanzado. Encierra la preocupación longeva de la madurez, de ese trauma tan difícil de manejar que es pasar de niño a adulto y ver morirse los viejos héroes y las verdades que nos eran ciertas. Encierra la pérdida propia de la vida y de la madurez, la inevitable despedida de nuestros padres, familiares, amigos que es hacernos adultos y convertirnos en ellos. Encierra una crítica abierta al trato que la humanidad "civilizada" da a los animales, seres inferiores, a veces demonizados, que utilizamos de forma irresponsable e irrespetuosa. Encierra, sobre todo, un cariño profundo pero no ciego por Estonia, sabedor de que los paganos no vivían felizmente en el bosque en un estado de libertad absoluta y con gran respeto por la vida; pero también de que la civilización nunca ha erradicado la crueldad y de que avanzar casi siempre es retroceder.

Las referencias de la novela son muchas y difíciles de captar sin conocer bien la cultura. Hay un paralelismo muy claro entre el idioma de las serpientes y el estonio, lengua fino-ugria cuyo uso limitado a sus fronteras la hizo frágil a las invasiones y que supone uno de los grandes orgullos nacionales. Existe el matiz de la inclusión de los personajes que se presentan como "monínidos" y que aluden al momento en que convivieron dos etapas evolutivas en el mismo entorno; también metáfora de la situación de nuestro protagonista frente al nuevo mundo civilizado. Aparecen personajes que a mí, que lo que conozco mejor es Finlandia con su Kalevala, me llevan allí (países evidentemente hermanos) y a Tolkien


La traducción, a cargo de Consuelo Rubio Alcover, nos lleva de forma efectiva a la naturalidad de la voz de Leemet: utiliza muchísimas expresiones que nos hacen estar a su lado, sentirnos familia, como "rollos macabeos" o "aquellos matusalenes". Las explicaciones que la misma autora aporta acerca de la complejidad de una lengua cargada de dobles sentidos me hacen valorar aún más su gran trabajo.


Este libro ha llegado en un momento inesperado, y con una intensidad que no le atribuía hasta bien avanzado. Y entonces me explotó en la cara y me destrozó y me reconcilió con el hecho de que somos lo que somos. 

Yo no sentía odio, sino tristeza e indefensión, al pensar lo fácil que habría sido luchar y ganar si no hubiésemos negligido, en un acceso de locura, nuestra arma más eficaz, aquella energía inconmensurable que en ese momento permanecía dormida a mi lado, y que habría sido capaz de cualquier cosa -¡cualquier cosa!- si nosotros no hubiéramos olvidado la lengua de las serpientes.

Gracias, Leemet.

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