jueves, 22 de enero de 2026

Antes de que se me pase el subidón...


... voy a dejarlo por escrito. Voy a plasmar, lo mejor que pueda, la sensación de evaporarme y flotar en el sonido que me acompañó durante la última ¿media hora? del concierto de The 69 Eyes al que asistí el sábado pasado en Oporto.

Pero he necesitado pasarme antes por mis palabras del año 2017, cuando les había visto en directo por primera vez tras tantos años deseándolo, porque en mis recuerdos aquel concierto no había sido tan chulo. Sin embargo, ya en el 2017 consideraba haber vuelto a los catorce con su actuación y añadía lo siguiente:

En fin, que desde que les he visto no me entra en la cabeza que no les vaya a ver cada noche. Me lo pasé tan bien, me hizo tantísima ilusión tenerles delante y babeé tanto con cada instrumento y con esa voz de mis mejores sueños, que me parece fatal que la vida no me haya dejado meterme en alguna de sus maletas para seguirles al fin del mundo.
Pienso que lo recordaría muy bien si hubiera vivido lo mismo (recuerdo genial el momento de Jyrki pasando por delante de mis narices durante los teloneros, a apenas un par de metros de mí, y yo casi muriendo de la impresión), así que opto por considerar que aquella primera vez fue genial y me hizo una enormísima ilusión, pero no fue lo de 2026.

Lo de 2026 ha sido... No sé. Ha sido una locura porque tenía la entrada comprada desde hacía meses, sabía que iba a salir de trabajar a toda prisa y me iba a poner en carretera a Oporto y a pagar lo que hiciera falta de aparcamiento y hotel para llegar allí a tiempo. Y, sin embargo, arranca la semana y me encuentro enfrascada en el mayor proceso gripal en el que me he visto en años y me tengo que pasar tres días en la cama. El viernes trabajé, en parte porque no pensaba perderme el concierto. Y allá que me fui, no tan recuperada como lo habría deseado, con poca voz y mucho agotamiento.
Y me encuentro en una sala chulísima (una plaza de abastos reconvertida), donde según llego está sonando Colder de Charon, con gente majísima que se reía cuando tardaba unos cuantos segundos de más en entender lo que me decían porque mi cerebro no estaba ok y el portugués no es mi lengua, y con una banda a la que quiero mucho y que sencillamente representa a la perfección lo que es para mí la cultura gótica, el vampiro, el romanticismo oscuro. The 69 Eyes es como terciopelo para mis oídos.
Y cogí un muy buen sitio y me dispuse a pasármelo bien, y así fue sin ninguna duda durante Devils, Don't turn your back on fear, Gotta rock, If you love me the morning after, The Chair... Yo estaba allí, griposa, con dolor de pie porque ya siempre tengo dolor de pie, con una sonrisa enorme en la cara porque esas canciones representan mi imaginario personal y me inspiran continuamente. Incluso pensaba, mientras las escuchaba, en una vez que tuve un sueño increíble con Jyrki69 que era básicamente una idea de novela y lo escribí al despertar, pero se me habían olvidado los detalles que le podrían haber dado entidad. Mención especial para dos de sus últimos sencillos: Drive, que desde que salió es mi tema de conducción absolutamente favorito; y I Survive, su single más reciente, que me tenía enamorada y supuso un subidón increíble en vivo.

La cosa cambió en un momento muy concreto de la noche, un momento inesperado. Una canción que es la primera canción que escuché JAMÁS de The 69 Eyes, que ya había sonado cuando les vi en 2017 en Madrid, que siempre me ha gustado mucho, pero que no era mi favorita... y digo era de forma muy consciente. Yo no sé qué me hizo ese sábado Wasting the Dawn; no sé si fueron los acordes menores nostálgicos, el tempo calmado, la forma en que la voz de Jyrki en ese tema se deja confundir con el bajo... Fue una cosa increíble. Tuve la sensación FÍSICA de que mi espíritu, mi alma, mi conciencia, salía de mi cuerpo como si se tratara de un viaje astral, y durante todo el resto del concierto no estuve en mí, no tuve conciencia corporal, estuve flotando. Era como si formara parte de la música. Wasting the Dawn, esa canción tan bonita en memoria de Jim Morrison, me elevó a un estado sublimado y así me deslicé por Gothic Girl, Brandon Lee, Framed in Blood, Dance d'Amour y Lost Boys (en la cual les acompañó Fernando Ribeiro de Moonspell); canciones todas ellas que ya había vivido en directo, pero que en esta ocasión compusieron un lienzo en el que me habría quedado a vivir en la forma de cualquier pequeña pincelada innecesaria pero presente, abandonada a la música.

Qué cosa tan bonita he vivido. Y qué bonito está siendo también este momento remember en el cual mis estilos de música favoritos se están revalorizando y los grupos están decidiendo volver. Hablo del visual kei, pero sobre todo también del rock gótico finlandés de los 2000, con Charon tocando para mí en Tavastia hace pocos meses, For my pain... sacando disco nuevo, Reflexion volviendo a existir o los 69 Eyes recuperando sus sonidos más clásicos, góticos, glam y aterciopelados por los que me derrito.

¿Será este mi año de escribir por fin aquella novela protagonizada por Jyrki? No lo sé, pero sin duda tengo ganas de escribir y tengo ganas de dar por fin vida, de algún modo, al imaginario que está siempre activo en mi cerebro y por una o por otra jamás pongo en movimiento.

Gracias, Helsinki vampires. Si no nos vemos antes en otro lugar... siempre nos quedará The Riff.

martes, 21 de octubre de 2025

Abriendo para poder cerrar: Alice in Borderland

 


Soy muy fiel a mis historias. Es algo que me caracteriza. Cuando un argumento o unos personajes me han movido, les he cogido cariño o han pasado tiempo a mi lado, no los suelto. Se instalan en mi vida a muy largo plazo.
¿Puedo pasar por un libro o una serie de puntillas y no acordarme más de ellos? Por supuesto. Pero, si ha habido más, si he tenido curiosidad por temporadas siguientes, si los personajes llevan en mi imaginario el tiempo suficiente, soy fiel a ellos y me los quedo en el corazón.

De Alice in Borderland os hablé por primera vez en 2021, ya que si no me equivoco se había estrenado en la Navidad de 2020. Época de pandemia, ausencia de títulos interesantes para mí y una muy reciente adicción a Todome no Kiss y a Kento Yamazaki fueron los pasos que me llevaron a ella. Luego, la dirección de Shinsuke Sato (que ya en Gantz me había gustado) y la premisa estilo Battle Royale (aunque algunos ahora dirían "estilo El Juego del Calamar", que es en realidad posterior y bebe sin lugar a equivocación de fuentes japonesas). 

Hace unas semanas, Netflix ha estrenado una tercera temporada que para mí era innecesaria y así se continuó sintiendo después de haberla visto, aun a pesar de haber tenido episodios muy bien construidos. La historia de sus protagonistas ya había quedado suficientemente cerrada en la temporada 2, ¿para qué añadir más? Así que, después de haber terminado la entrega número 3 con estas sensaciones, mi cerebro no dejaba de darles vueltas al comportamiento de los personajes, al melodrama del episodio final, a las características del juego y a la razón para volver a poner a Arisu en el tablero.

¿Qué hice? Pues, tras haber acabado la 3, volví a empezar la 1 para buscar un poco de guía, recordar los acontecimientos que se me habían emborronado en la memoria y dar sentido a las decisiones de Usagi. Tras la 1 llegó la 2 (y volvió a aparecer la sorpresa total ante la presencia de Yamapi -Tomohisa Yamashita- en pelotas en varios episodios; ¡mi mente había elegido olvidar!) y revisionado de la 3. Podéis considerarme una experta en Alice, aunque dada mi capacidad de concentración y mi pésima memoria, esto no va a durar.

Ha sido un reencuentro bonito con el viaje en su totalidad. He notado de forma más clara las diferencias de carácter entre cada una de las temporadas de la serie. Cómo Arisu es en los primeros episodios una víctima pasiva de sí mismo, el modo en que asume el liderazgo después y su posición más serena cuando los años han pasado. 
La primera temporada no era tan buena como la recordaba. Es decir, ¡sí!, era sorprendente y entretenida, impactaba muchísimo y su tercer episodio era poesía pura, tal y como lo recordaba. Hay momentos inolvidables y los personajes son tremendamente carismáticos. Es cierto que en 2025 me ha costado mucho soportar a Shota y que he encontrado fallitos y machistadas propias de su contexto cultural; aun así, los juegos son geniales, la manera en que se van desvelando las capas situacionales es entretenidísima y no he podido soltar los episodios cada vez que estaba en casa.
La segunda es quizá la mejor desde mi perspectiva actual. Aunque pierde el carácter episódico de los juegos que había en la anterior, gana en profundidad de los personajes, nos permite encariñarnos de verdad con todos esos secundarios fascinantes (Kuina y Chishiya son los mejores) y desarrolla la relación de Arisu y Usagi, que finalmente deciden luchar para volver al "mundo real" juntos. El último episodio, que ya en su día me había resultado una genialidad, me ha parecido nuevamente fantástico, ya que decide abrazar las muchas teorías de los fans de un modo ingenioso, un poco tramposo y muy inteligente. Esta segunda entrega es también el final, el cierre de esa experiencia de Alicia cayendo en un mundo loco y sin sentido y persiguiendo al conejo. Todo termina.

Entonces, ¿por qué una tercera entrega? Para empezar, porque ya al final de la segunda hay pistas de que continuará y por lo que sea yo lo había olvidado. Para seguir, porque Alicia también vuelve a internarse en un mundo disparatado después de haber abandonado el País de las Maravillas; medio año más tarde, atraviesa un espejo y se enfrenta a nuevas situaciones que tiene que superar para dejar atrás la niñez e internarse en el mundo adulto. Para Arisu, han transcurrido varios años cuando comienza la tercera temporada y está en un momento vital en que planea formar una familia junto a Usagi; un cambio tan profundo en sus vidas implica unos procesos mentales imposibles de esquivar. 
En mi primer visionado, no comprendía por qué Usagi querría volver a enfrentarse a las calamidades de las que con tanta dificultad habían conseguido escapar años atrás. Me costaba defender cómo escapa sin tener en cuenta la posición en la que deja a Arisu, especialmente conociendo sus propios traumas. La actriz que la interpreta, Tao Tsuchiya, había aportado en una entrevista una razón interesante (que, en su deseo de formar una familia, primero Usagi necesitaba sanar las heridas de su propia niñez); pero, aun así, no ha sido hasta que he vuelto a darle la vuelta a toda la historia y me he reinternado en los capítulos de la temporada 3, cuando realmente he visto que la serie, aun sin dar explicaciones explícitas, realmente lo pone todo encima de la mesa.
La tercera temporada no es una temporada para fans. No aparecen los personajes más queridos (más allá de algún cameo), no nos centramos en buscar respuestas y no existe pausa entre los juegos. Es un nivel "bonus", un "años después" que simplemente representa la transición de la pareja protagonista de críos que se enamoran por primera vez, a una pareja adulta. Alicia persigue al conejo hasta un mundo rocambolesco y, si bien la idea de regresar a sus vidas está ahí, diría que se nos muestra más bien un tirar hacia delante, "encontrarnos" y superar las cosas que nos distancian y nos impiden ser todo lo sólidos que necesitamos ser.

Y luego están, por supuesto, los guiños; no nos olvidamos de nadie, no obviamos las razones por las que hemos llegado a tener una segunda y una tercera temporadas. La última es diferente, pero recoge con cariño el entusiasmo de los fans.


Para mí, ahora sí, la historia se ha cerrado. Hay una escena final que apunta a una versión yanqui completamente innecesaria, o incluso a más adaptaciones de la misma idea; pero no entra dentro de mis planes darle la más mínima oportunidad a ninguna de ellas. Lo que sí que haré algún día, y seguramente será dentro de no tanto tiempo, es volver a esta serie que ya llevo en el corazón. A su crudeza, a su impacto, a su inteligencia y a unos personajes que quiero muchísimo.

lunes, 1 de septiembre de 2025

For this I was given birth


Tiene algunas ventajas el poseer una atención y una memoria tan dispersas que no recuerdas casi nada de lo que has dicho o escrito. 
Por ejemplo, que llegas aquí a sacar de dentro cosas íntimas que no te apetece plasmar en ningún otro lugar, y entonces te llama la atención la entrada anterior, escrita en julio y de la que no te acordabas.
Te pones a leerla y te da la risa tonta de lo conectada que te sientes con esas cosas que ni siquiera sabías que habías pensado ya hace dos meses.

Yo venía hoy aquí por Finlandia. Porque he tenido el curso y el verano mentalmente más extraños en mucho tiempo, pero entonces la vida me ha llevado de vuelta a Helsinki por un momento, y esa experiencia fugaz ha sido suficiente para volver a reconocerme a mí misma. 

Y es curioso que aquí, en el blog, me esperase yo misma, aferrada siempre a las palabras de Byung Chul-Han, con la respuesta; como tampoco deja de ser paradójico que haya utilizado entonces la expresión "difuminarse" para referirme a lo mismo que me acaba de explicar con ese término el dorama que he acabado de ver hace una hora: Glass Heart

Total, que vengo aquí a hablar de nada, a repetirme, a volver a hacerme pensar lo que ya he pensado antes y a expresar lo que también han observado otros. Pero es que Helsinki.

Es que Helsinki.


Veréis, me he pasado un mes en Grecia entre julio y agosto. He recorrido Creta y después he conocido la versión insular del país, un lugar riquísimo en tantas cosas que no sabría por dónde empezar a enumerar sus maravillas. Pero puedo decir que me he sentido yo misma en quizá un 20 o 30% del viaje y me he pasado todo el resto del tiempo extraña conmigo misma y con los demás, irreconciliable con mi propia persona, enfrentada a un tipo de verano que no es el que a mí me gusta (calor y playa buscaban las personas con las que viajaba, y en vez de decir que esta vez no encajábamos juntas, me callé y embargué mi tranquilidad a cambio de cosas muy valiosas, pero contempladas desde la alienación). 

Pero después de Grecia pasaba una cosa. Algo que jamás habría esperado, algo que provenía del mes de marzo y que hasta entonces ni siquiera había barajado, algo que en esos pocos meses de margen no tuve tiempo de calibrar cómo operaría en mí.

Veréis, este blog se llama House of the Silent. Sus secciones tienen nombres como Little Angel, 4 Seasons Rush o Bitter Joy; no es casualidad que en su momento eligiera la discografía de Charon para colorear mi blog, ¡es que amaba ese grupo! Lo descubrí con 16-17 años y la fascinación fue instantánea: por el sonido, por la fuerza vocal, por la pasión, por la poesía. Amaba Charon, me sentía canalizada por sus canciones y me difuminaba en ellas. Cuando se separaron en 2011 alegando que ya no les quedaba inspiración para encajar con el concepto del grupo, me sentí triste, escribí alguna que otra entrada por aquí y lo acepté porque saber apartarse de un proyecto para no mancharlo me parece valiente. Y ya está. La vida siguió, los miembros hicieron sus cosas fuera de Charon, el maravilloso JP Leppäluoto sacó su propia música en solitario y yo tuve la suerte de verlo y escucharlo comerse el escenario en un Raskasta Joulua (Navidad Metal, mi sueño de muchos años) al que fui con mi mejor amiga en 2017.

Pero qué iba a esperar que volviera Charon, que en 2025 hicieran una gira de reencuentro ¡y poder ir a ella! Estaba tan tranquila en mi vida, trabajando en la escuela unitaria donde he obtenido mi primera plaza definitiva, haciendo quién sabe qué cosa con los niños, cuando Mai me escribe para decir que tenemos que ir a Finlandia y que hay que ver a Charon. No es posible para mí reproducir el grado de sorpresa que sentía, que aún siento ante tal cosa. ¡2025! ¿Qué sentido tenía ir a ver a uno de mis grandes grupos de juventud a mis casi 40, cuando ese mismo grupo llevaba 15 años separado?

Si algo sé de mí misma, es que ante estas cosas elijo locura. Ya tenía Grecia comprado y planeado, ya sabía que volvía a casa el 26 de julio tras un mes entero fuera y también que el 1 de septiembre tenía que estar trabajando.
Sí, era consciente de que me iba a morir de cansancio y de que me arrastraría por las esquinas a posteriori, pero también sabía lo que iba a recibir a cambio: esa comunión mística, la capacidad mimética de Walter Benjamin, el emborronarme por completo para no tener principio ni fin. Lo sabía cuando me puse a buscar fechas y vuelos y lo sabía cuando aterricé en mi Finlandia el 29 de agosto, ocho años después de la última vez, y paseando por el centro de Helsinki me sentía tan en casa que no le veía sentido a irme nunca de allí.



Y entonces fui a Tavastia, el local de conciertos más mítico del norte de Europa. Y casi lloro cuando atisbo el heartagram del techo en homenaje a HIM. Y vi a Charon desde tan cerca, ¡desde tan cerca! Que, cuando Leppäluoto venía hacia la zona del escenario frente a mí, había momentos en que no había nadie en medio de él y yo, y me sentía tan intimidada y vulnerable ante ese señor que es uno de los artistas más bestias que he visto en directo, que me costaba aguantarle la mirada. Pero él sonreía, sonrió todo el concierto, al igual que lo hicieron el resto de miembros y como sé que lo hice yo misma. Y, por unos instantes, nos sonreíamos los unos a los otros porque estábamos experimentando algo mágico que sólo puede dar sentido a la vida.

Y en Helsinki me sentí en una película de Kaurismäki, como ha sucedido cada vez que la he visitado, y no hay halago mejor para la ciudad de mis sueños, para el país donde siento que no soy ningún bicho raro, sino simplemente finlandesa.
La primera noche, entré a las 2 de la mañana en un Burger King porque acababa de separarme de mis amigos y tenía hambre (aunque Helsinki apenas ha cambiado en ocho años, la presencia de cadenas extranjeras sí que ha aumentado bastante, a mi pesar), y en un rincón del local estaba un guardia de seguridad de melena rubia y bigote frondoso que, como tantos otros finlandeses, parecía sacado de los 70 y a la vez semejaba un personaje interpretado por el también amado Matti Pellonpää. Me puso ojitos, no sé cómo expresarlo de otro modo; me miró intensamente mientras entraba, pedía, esperaba. Me seguía mirando mientras recibía mi hamburguesa para llevar y, cuando salía con ella en la mano, simplemente me dijo: "Kiitos" con voz profunda. Lo miré y le contesté: "Bye"; y dudo mucho que pudiera disimular mi sonrisa. Aún me estoy tirando de los pelos por no haber vuelto por allí la noche siguiente, porque aquel momento fue sin duda una escena de Fallen Leaves y en mi cabeza él y yo ya éramos pareja. 
La noche siguiente, después del concierto de Charon (donde también ligué, de otro modo tampoco especialmente convencional pero que me encantó: una chica me empezó a mirar y a coger de las manos y no me soltaba, y en ese instante nos lo pasamos genial viviendo la música juntas y siendo novias por un ratito), de cervecitas en una terraza a la que volveré seguro, vimos pasar a nuestro lado a Mikko Lindström, Lily/Linde de HIM.
Por la mañana, habíamos visitado en el cementerio de Malmi las tumbas de Aleksi Laiho y de Matti Pellonpää. Y por la tarde habíamos comprado una entrega nueva que no sabíamos que había salido de Finnish Nightmares, las historietas que dibuja Karoliina Korhonen sobre la ansiedad social de los finlandeses. 


De vuelta en el avión, en la horrible escala en Ámsterdam (nunca había tenido horas muertas en Schiphol y lo aborrecí), y después en el coche conduciendo quién sabe cómo tras no haber dormido en dos noches, lloraba un poco por Helsinki, por lo mucho que la quiero y el tiempo que pasará hasta volver a estar en ella. Pensaba en las cosas de los finlandeses que me hacen demasiada gracia, en mi Pellonpää del Burger, en un concierto que no voy a olvidar en la vida donde estuve de pie pese al dolor, me desgañité cantando sus letras bellísimas y tuve mucha vergüenza cada vez que no había nada entre JP y yo. Y luego echaba la vista atrás, a Grecia, a cómo me sentía todo el tiempo ajena a mí misma, cómo no conseguí estar cómoda con las personas con las que viajaba, cómo anhelaba todo el tiempo vivirla de otra manera, en otoño, en manga larga, despacio, dejando pasar muchas horas en un solo sitio. Y no es que no pueda ser yo misma en Grecia: es que no puedo NO serlo en Finlandia. Es imposible, soy de allí. 

La rarita, la antisocial, la callada, la que siente ansiedad ante un teléfono que suena y ante una invitación a quedar, la que se bloquea y no sabe salir de ello, la ignorada en las conversaciones y la seria y reservada... En Finlandia, no soy nada de eso. Soy yo, soy una más, soy el Matti de las viñetas de Korhonen. Me siento tan yo cada vez que estoy allí. No hay prisa, no hay "cosas que ver", no hay planes cerrados, no hay silencios molestos, no hay que quedarse donde una no quiere, no hay bloqueos que no se vean como algo normal, no hay verano que me llene la piel de picaduras reactivas y alergias y escozores.



Después de un mes fuera de casa, habiendo llegado agotada y herida de guerra, me he subido en otros dos aviones para pasar menos de 48 horas en mi ciudad favorita y ver en tercera fila a un grupo que jamás supe que vería. 48 horas de mística clarísima, de amor apasionado, de risa, de tranquilidad, de muerte al miedo y gloria a la ansiedad social. 

Si la vida fuera más fácil, sé lo que haría. Como hay demasiadas cosas que no puedo desatender ahora, me quedo esos dos días como fuel, como sangre que empuje mis venas, como muestra palpable de que no me he perdido a mí misma sino que a veces tengo que ponerme una coraza para protegerme, pero en el lugar indicado y en los momentos correctos, estaré ahí. Sin reservas y sin juicios.