domingo, 12 de diciembre de 2010

A bordo del Passarola

domingo, 12 de diciembre de 2010
Los espíritus de Verne, Stevenson y Dumas regresan a la vida en La máquina de volar como si hubieran sido conjurados por la imaginación de un niño; rebosantes de la mejor literatura y apasionadamente inspirados por el más antiguo de los motivos que nos impulsan a leer: el vuelo de la imaginación.

Ésta es la cita de Ignacio Padilla que aparece en la contraportada del libro y que me convenció de comprar una novela que posiblemente no habría llamado mi atención de otra manera. Ojo: no nos encontramos ante uno de esos tomos de aventuras que nos tienen durante todo el día a medio camino entre las increíbles peleas épicas que describen y nuestros más o menos tediosos quehaceres. No es Los tres mosqueteros. Pero se trata de un pequeño pedazo de la mejor narración de aventuras, con pinceladas fantásticas, y, por encima de todo, de un regalo para la imaginación. ¡Qué no daría por volar en el Passarola al menos una vez!, recorrer las provincias españolas, el París del Siglo de las Luces y mi amada Finlandia. Qué no daría por sentir el viento en la cara y la adrenalina dentro de mis venas.
A pesar de todo, no es sólo la ligereza de sus párrafos (muy necesaria para mí tras haber leído algo tan intenso como Let the right one in) lo que hace de esta obra algo muy recomendable. Existen muchos pequeños debates filosóficos que toman forma en la contraposición de sus dos protagonistas, los hermanos Lourenço. Bartolomeu representa la libertad, el deseo de elevarse más allá de lo terrenal, de las pasiones y guerras de la humanidad; contemplarlo todo desde el cielo, conocer verdades a las que nadie más ha llegado antes. Alexandre es la parte racional, el miedo a volar demasiado alto, la necesidad de encontrar una seguridad que las alturas no le pueden proporcionar. ¿Quién seríais vosotros? ¿El hermano que sacia sus ansias de viajar y busca el calor de la familia, o el que lo arriesga todo por sentirse libre? Personalmente, me fascina Bartolomeu, pero sé que me parezco más a Alexandre; supongo que el secreto reside en buscar un punto intermedio entre ambos.
No esperaba llorar y lo he hecho, mucho. Me ha emocionado profundamente y me ha enamorado del mundo. Me ha redescubierto la novela de aventuras.

Un delicioso mordisco de imaginación.

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