miércoles, 19 de septiembre de 2012

Have a nice life

miércoles, 19 de septiembre de 2012
Hace dos años, pasé en Londres un mes y medio que todavía recuerdo con nostalgia. Muchas cosas se agruparon e hicieron de esa temporada una de las mejores de mi vida. Cuando pienso en Londres, cuando rememoro algunas de las anécdotas más divertidas de aquel verano y me paro a pensar en las personas que conocí allí, siempre llego al último día de clase en la academia donde estudiaba, a la frase con la que Chiara se despedía de quienes nos marchábamos aquel día: Have a nice life
Cuando se dirigió a mí con su acento italiano y pronunció aquellas palabras, me dieron ganas de llorar. No es que en las semanas que compartimos nos hubiéramos hecho íntimas amigas, pero, de alguna manera, aquella gente me marcó. Muchas veces nos cruzamos con una persona por la calle y compartimos un instante; sabemos que no trascenderá en nuestras vidas, que es apenas un detalle que probablemente olvidaremos en pocos días. De ese momento cómplice no queda nada. Pero ha existido, ha estado ahí, y ha acaparado nuestra atención. 

Éste estaba siendo un año de planes frustrados. Esperanzas de trabajo ahogadas en la situación política y económica de un país herido de gravedad, esperanzas de cumplir algunos sueños pospuestas en favor de la estabilidad de la familia. Recuerdo cuando, en agosto, les advertí a mis padres que pensaba dejarme caer por Finlandia a lo largo del curso 2011-2012 para visitar a mi amiga Mai, que iría allí de Erasmus; en parte era una excusa, ya que estoy enamorada de esas tierras desde los quince años y siempre he ansiado pisarlas. 
Las cosas son como son, y que no consigamos siempre lo que queremos no significa que debamos rendirnos. Llevo dos años trabajando muchísimo por algo que ni siquiera depende en su totalidad del esfuerzo, y lo cierto es que creía que me merecía una recompensa, por un lado o por otro. No soy la clase de persona que pide, pero por fortuna para mí no todo el mundo es igual y, en fin, que nos hemos consentido el pequeño lujo de pasar cinco días en Roma.
Aunque es una ciudad que siempre he querido conocer, la verdad es que no es una de las que más me llaman de Italia. Siento especial debilidad (debilidad ignorante, ya que no las conozco más que por fotografías, lecturas y reportajes) por Florencia y Venecia, las cosas como son, pero la verdad es que Roma es el destino ideal para cuantos amamos la Historia y el Arte (ya sepamos más o menos de estas materias).
Recuerdo a la perfección la primera vez que en el colegio estudiamos algo de Historia. La Antigua me atrapó, y a día de hoy sigue gustándome muchísimo. Ese contacto inicial con la Mitología, con el patrimonio artístico y con las sociedades clásicas permanece intacto en mi memoria porque marcó toda una serie de inclinaciones futuras. En Bachiller, era la persona más feliz del mundo cuando tocaba la clase de Historia del Arte. Tuve una muy buena profesora (dura en los exámenes, pero estupenda explicando) que me hizo aprender y amar incluso más todo cuanto mis ojos contemplaban. Es verdad que he olvidado muchísimas de las cosas que entonces tuve que memorizar, pero la ilusión que me han hecho estos cinco días en la capital de Italia es algo que no cambiaría por nada. 
No puedo decir que llegara a Roma sin prejuicios. Dejando atrás los miedos que me causaba volar con Ryanair (ya sabéis las cosas que se están diciendo de ellos últimamente; por mi parte, nunca había recurrido a la low cost irlandesa, pero todo perfecto), conozco a mucha gente que ha pisado la ciudad eterna antes que yo, y no eran pocos los comentarios acerca de lo caótica y desordenada que resulta o de lo desagradables que son los italianos. A ver, no voy a mentir: la ciudad es en ocasiones una batalla campal y hay italianos bastante maleducados; pero a lo primero se acostumbra uno (llegado cierto punto, hasta se disfruta esa locura de tráfico) y, con respecto a lo segundo, yo me encontré de todo, como en todas partes. 
Llevábamos los días perfectamente planificados, pero al final algunas visitas tuvieron que moverse de sitio y otras se quedaron sin realizar; para la próxima, si es que la Fontana di Trevi así lo desea. Habíamos consultado la predicción meteorológica un par de días antes y se pronosticaba un sol radiante y una mínima de diecisiete grados, pero durante la primera jornada ya nos dimos cuenta de que el sol se ocultaba lentamente, y por la noche diluvió como si hubieran pasado siglos desde la última vez que las nubes derramaran sus lágrimas sobre Roma. Tuvimos que utilizar chubasqueros dos días y alterar levemente nuestra agenda, pero todo salió bien y el fin de semana regresamos al tiempo veraniego que se nos había prometido (por mi parte, casi era más feliz con la lluvia, pero no puedo quejarme).

No sabría decir qué es lo que más me ha gustado, pero no cabe duda de que vale la pena visitarlo todo. Me emocioné cuando me encontré cara a cara con el Laoconte en los Musei Vaticani, o cuando conseguimos llegar a la iglesia que da cobijo a El éxtasis de Santa Teresa, de Bernini. Me enamoré de la catedral de San Giovanni y recordé en mil ocasiones a mi queridísima Audrey Hepburn, que ha dejado una huella imborrable en las zonas más contemporáneas de la ciudad. Chapurreé mucho italiano, y eso que al principio se me iba al gallego y al francés; conseguí hacerme entender y fue una gozada que hubiera tanta gente dispuesta a esforzarse un poquito por entenderme, ya fuera en italiano, en español o en inglés. Tropecé con montones de turistas de todo el mundo, y ésa es una experiencia que siempre me encanta. Probé unos espaguetis a la carbonara de infarto y comí pizza contemplando la columnata de San Pedro del Vaticano. Me reí muchísimo con un japonés empeñado en sacarnos fotos a mi hermana y a mí y estuve en la casa de Keats, sita en la Piazza de Spagna. Sobre todo, caminé muchísimo y me destrocé los pies (que no habían sobrevivido demasiado bien a las Jornadas Kamakura), pero descubrí muchos rincones que de otra forma se habrían quedado sin ver.
Volvería a Roma mañana mismo sin dudarlo. Pasaría horas enteras contemplando mi obra preferida de Miguel Ángel, la Piedad; caminaría intentando no tropezar con esos adoquines malditos y les daría de comer a los gatos del Palatino; me alimentaría a base de helado de Bacio hasta explotar; observaría los cuervos sobrevolar el monte Gianicolo y esquivaría a los miles de vendedores que intentan meterte por los ojos mercancías de lo más variopintas. 
Sí, lo reconozco. He caído. Roma me ha conquistado. Me han quedado varias espinitas: las Catacumbas, las Termas de Caracalla, la Galería Borghese... Pero he saciado mi sed de cultura (y de belleza) por un tiempo.

A veces eres consciente de que difícilmente la vida te reunirá con una persona. A veces esa persona ni siquiera importa, ni siquiera ha hecho nada que merezca el recuerdo o el reencuentro. Sin embargo, si algo me enseñó Chiara en su momento fue que la vida es mucho más hermosa cuando sonreímos y, por un segundo, todas nuestras energías se centran en desearles a aquellos que nos han hecho un poquito más llevadero el camino, que sus propias sendas los conduzcan a lugares extraordinarios.

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