miércoles, 3 de abril de 2013

El cuento de la lechera

miércoles, 3 de abril de 2013

Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte:
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!

Que si Esopo, que si Horacio, que si La Fontaine, que si Samaniego... Siempre ha habido sujetos a los que les ha gustado adoctrinar al resto. No digo que sea necesariamente malo, ¡faltaría más! Estaría echando piedras contra mi propio tejado. Las historias con fines didácticos son muy interesantes, aunque yo soy más feliz cuando se me permite, como lectora, decidir qué es lo que quiero aprender de aquella narración.
El cuento de La lechera, siendo franca, me gustaba bastante de pequeña. Me resultaba muy entretenido revivir una y otra vez cómo la ilusa protagonista construía castillos en el aire de camino a vender su cántaro. El final siempre me ha resultado completamente censurable y, no sé muy bien por qué, hoy he recordado una versión alternativa de la historia que escuché narrar a alguien en la radio hace varios meses. Después del largo paseo imaginando cerdos, vacas y carneros, la lechera llegaba por fin al mercado y vendía su leche, y con el dinero obtenido se compraba los huevos, vendía los pollitos, etcétera, etcétera. La historia tenía el final deseado por su protagonista.
Y es que, ¿por qué tenemos que consentir que un cuento nos prohíba soñar? ¿Por qué tenemos que aceptar que nos ate al suelo? No estoy en contra de las fábulas, es más, creo que hay en todas una parte de verdad y además disfruto con muchas de ellas. Sin embargo, que un señor griego venga a decirme que hay que ser realistas y dejarse de ensoñaciones me parece fatal. ¿Os imagináis el mundo si nadie tuviera sueños, si nadie deseara lo imposible? Yo, sí: la mayor parte de los inventos de la humanidad no se habrían creado, no habría grandes arquitectos, ni músicos, ni científicos... Imperaría el conformismo, viviríamos con lo que la vida nos diera sin aspirar nunca a más. ¡Qué triste sería! ¡Qué tristes seríamos!
Es verdad que tener muchas expectativas imposibles improbables no es sano; al menos, no para una parte importante de la gente. Muchos se frustran, se desaniman o tiran la toalla cuando se dan cuenta de que la meta está muy lejos y han estado viviendo en una burbuja. Sin embargo, y reiteraré aquí una cita que me ha servido muchas veces en diferentes contextos, "Hay que soñar catedrales para ser capaces de llegar a construir una choza". Alguien que se conforma con menos, siempre hará menos. Alguien que no pisa fuerte llevará una existencia mediocre. Querer alcanzar el cielo no significa que no seamos felices obteniendo menos; para mí, lo más maravilloso de soñar es el proceso (igual que nada me gusta más de escribir que dejar que el bolígrafo bese el papel), más incluso que llegar a alcanzarlo algún día, lo cual, por supuesto, es algo fantástico y que provoca una sensación de satisfacción inigualable. Creo en valorar cada pequeño logro; en concebir los errores como posibilidades de volver a levantarse en vez de como caídas, y en saborear el camino. Decía Schopenhauer que hay escritores que escriben para crear un producto y escritores que escriben para escribir; también, y siento tomarme la licencia de interpretar sus palabras como me viene en gana, hay soñadores que sueñan para conseguir algo y soñadores que sueñan para soñar. El resultado es importante, sino no se desearía, pero lo más importante es vivir de acuerdo con esos objetivos y darlo todo por alcanzarlos, se consiga o no. "Vivir a nuestra manera", como dice Paul Stanley
Por eso, lo siento, señores Esopo, don Juan Manuel, Samaniego y los demás, pero no les consiento que me corten las alas. Córtenselas ustedes si les molestan.

Una última cita: "Los viejos sueños eran buenos sueños. No se realizaron, pero me alegro de haberlos tenido" (Los puentes de Madison).

Buenas noches.

2 comentarios:

Renaissance dijo...

Es como el cuento de la vendedora de cerillas, que se acaban atragantando y más que quedarse con la moraleja, hacen pensar "¿y por qué esto tiene que ser así y no puede cambiarse?

Kaoru Himura-Takarai dijo...

Siempre me hablas de ese cuento. XDDD
Pero sí, tienes razón. Lo que pasa con las fábulas es que tienen intención didáctica, entonces te están diciendo que ese final es EL FINAL. Y no, no tiene por qué serlo.
Es como la de la hormiga y la cigarra. Como la cigarra se pasó el verano de fiesta, no tuvo comida para pasar el invierno; hasta cierto punto es verdad, pero si lo que pretenden decir es que la vida es un sufrimiento y no hay que disfrutar, pues a mí que me dejen tranquila, que no me interesa.

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