jueves, 30 de mayo de 2013

Antroponimia literaria: Beatriz - Parte I

jueves, 30 de mayo de 2013
No siempre he apreciado mi nombre como lo hago ahora. Cuando era pequeña, en mi clase éramos nada menos que cuatro Beatrices; la quinta se unió en 4º de Primaria. Además, tres compartíamos el primer apellido, por lo que cuando un profesor quería dirigirse a una de nosotras en clase no tenía más remedio que recurrir al segundo; puede que algún día, cuando conozca su origen exacto, os hable del mío. Hoy es a ese nombre tan repetido en las niñas nacidas en el 88 al que voy a hacer referencia, si me lo permitís.
Cristina y Sandra eran las otras dos opciones que mis padres barajaban. La primera de ellas fue descartada porque mi abuela la relacionaba con una persona que conocía, y, en cuanto a la segunda, en el registro dijeron que ese nombre no existía como tal, sino que era un diminutivo de Alejandra; es curiosa la cantidad de Sandras que conozco nacidas antes que yo. Sea como fuere, a día de hoy me gusta pensar que me quedé con el nombre perfecto, con la opción que me va como anillo al dedo, aunque no fuera algo premeditado. No, mis padres no pensaron en Dante Alighieri cuando me bautizaron, ni siquiera han leído nunca sus versos ni tienen intención de hacerlo. No hay razones sofisticadas detrás de la elección, a menos que consideremos que la belleza fónica es lo suficientemente elegante. Decía al comienzo de esta entrada que no siempre he estado tan contenta con mi nombre, y es verdad; nunca lo he odiado, ¡ni mucho menos!, pero recuerdo con claridad el día en que comencé a verlo desde una perspectiva distinta. Mi profesor de Griego (persona inolvidable donde las haya) se había puesto enfermo y nos enviaron a una sustituta (tampoco la olvidaré... aunque en este caso se debe a otros motivos), que comenzó su primera clase con nosotros pidiendo que nos presentáramos. "Beatriz", dije, y me respondió: "Como la de Dante". Por aquel entonces, ya había empezado a hojear La Divina Comedia, no os vayáis a pensar; ya había reparado en la musa del poeta y en lo que compartía con ella. Sin embargo, hizo falta que otra persona lo reconociera para que me detuviera a pensar que sí, me llamaba Beatriz, como la musa de Dante, y eso era algo extraordinario.
A lo largo de los años, me he ido encontrando en las palabras de algún otro escritor. No muchos, si he de ser sincera, ¡pero se encuentran entre los mejores! Así que llevo algún tiempo muriéndome de ganas por compartir con el que quiera leerme algunos fragmentos que hacen que ame llamarme como me llamo.

Beatriz proviene del latín y podría traducirse alegremente como "portadora de felicidad", pero no todos los poetas han querido verme de la misma manera. El que más grande ha hecho este nombre es el ya mencionado Dante, que (tal vez) nunca pudo sacarse de la cabeza a una niña a la que apenas vio en un par de ocasiones, pero de la que se enamoró perdidamente (según su obra anterior, y casi autobiográfica, Vita Nuova). En La Divina Comedia, Beatriz es más un símbolo que un personaje. No es su amante, no es su novia ni la dama a la que rendía pleitesía, sino un ideal que se puede identificar con la belleza, con el amor, con la filosofía y con la propia creación poética. Representa la redención del narrador, la salvación y, en términos generales, el bien; el mismo Dante presenta como confrontación con su amor por Beatriz a dos personajes, Paolo y Francesca, cuya relación se asemeja más al amor mortal y carnal (cupiditas). El amor del narrador y Beatriz escapa a las ataduras del cuerpo y es algo ejemplificado, incondicional e idealizado (caritas). El papel de Beatriz en esta obra es sustancial, y es en La Divina Comedia donde mi nombre ha sido elevado a los pilares más altos. Os dejo un fragmento (convertido a prosa) de Paraíso en el que Dante la incluye como un miembro más de la Santísima Trinidad:

Mi vista había abarcado por completo la forma general del Paraíso, pero no se había fijado en parte alguna; entonces, poseído de un nuevo deseo, me volví hacia mi Dama para preguntarle sobre algunos puntos que tenían en suspenso mi mente; pero cuando esperaba una cosa, me sucedió otra; creía ver a Beatriz, y vi un anciano vestido como la familia gloriosa. En sus ojos y en sus mejillas estaba esparcida una benigna alegría, y su aspecto era tan dulce como el de un tierno padre.
- Y ella, ¿dónde está? -dije al momento.
A lo cual contestó él:
- Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo; y si miras el tercer círculo a partir de la grada superior, la verás ocupar el trono en que la han colocado sus méritos.
Sin responder levanté los ojos, y la vi formándose una corona de los eternos rayos que de sí reflejaba. El ojo del que estuviese en lo profundo del mar no distaría tanto de la región más elevada donde truena, como distaban de Beatriz los míos, pero nada importaba, porque su imagen descendía hasta mí sin interposición de otro cuerpo.
- ¡Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi salvación, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas cosas, a tu bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha sido necesaria. Tú, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad por todas las vías y por todos los medios que para hacerlo han estado a tu alcance. Consérvame tus magníficos dones, a fin de que mi alma, que sanaste, se separe de su cuerpo siendo agradable a tus ojos.

Dante no ha sido el único en recurrir a la musa. Otro de los genios indiscutibles de la literatura universal, William Shakespeare, publicó en 1599 Much ado about nothing ('Mucho ruido y pocas nueces'), cuya Beatrice es una de las heroínas más interesantes del inglés.
Si habéis leído a Shakespeare (y en particular sus comedias), sabréis que el de la damisela que anhela su propia libertad e independencia y toma las riendas de su vida, es uno de sus temas favoritos. Rosalind y Viola son dos de los grandes exponentes de esta búsqueda de la autonomía por parte de la mujer; ambas adoptan una identidad diferente en un momento determinado y, disfrazadas de hombre, descubren que pueden tomar decisiones por sí mismas sin ser cuestionadas. Sin embargo, también sabréis, si habéis leído o visto representadas estas obras, que al final todo vuelve a su cauce normal (el que la época marcaba), y Rosalind y Viola regresan al abrigo de los hombres y pasan de ser hijas a ser esposas, y en última instancia se someten. Una de las cosas que más me gustan de Shakespeare es la astucia con que incluye en sus obras ideas que hacen temblar el sistema de valores vigente (incluso llega a arremeter, con alusiones muy directas, contra la monarquía), pero después se retracta y restaura el orden normal, dejándonos con la duda de cuál de ambas posiciones se correspondería con su manera de ver la vida.
Beatriz, a diferencia de los personajes que he mencionado antes, no se disfraza ni se rebela en ningún momento, sin embargo está muy lejos de ser una mujer convencional. Su lengua viperina encuentra en el mundo que la rodea infinitos objetos de burla, y no se cansa de ridiculizar todos aquellos aspectos que le resultan absurdos.
Siendo la suya una trama secundaria, Beatriz y Benedick arrebatan todo el interés a la pareja protagonista y se convierten en el centro de la obra. Es ésta, probablemente, la primera relación de amor-odio que se ha visto en escena, y sobra decir que este tema ha aparecido desde entonces en una cantidad inconmensurable de libros, películas o series. Lo más interesante es que, pese a que son don Pedro y Leonato quienes deciden tenderles una trampa para que se enamoren, se da a entender que ya se profesaban sentimientos desde un primer momento y la razón de su aparente animadversión no es sino el resultado de heridas anteriores. Sí, al final hay aceptación mutua y su relación deriva en un matrimonio, pero Beatriz es una de las pocas, sino la única, mujeres shakespearianas que por medio del matrimonio no se están subyugando.
Una de mis intervenciones favoritas de Beatrice en la obra se encuentra en este fragmento:

Benedick. Mi querida Desdeñosa, ¿seguís viva?
Beatrice. ¿Cómo puede el desdén morir cuando tiene una carne tan buena de la que alimentarse como la del señor Benedick? Incluso la cortesía se convierte en desdén cuando se encuentra con vos.
Benedick. Entonces la cortesía es una chaquetera. Pero lo cierto es que todas las damas me aman, a excepción de vos; y yo las amaría a ellas si hubiera una mínima parte de mi corazón que no fuera tan dura. La verdad, no amo a ninguna.
Beatrice. Por fortuna para las mujeres: pernicioso pretendiente tendrían que soportar. Agradezco a Dios y a mi sangre fría que en eso sea igual a vos: prefiero oír a mi perro ladrarles a los cuervos, antes que escuchar los juramentos de un hombre que dice que me quiere.

Como veis, mi nombre permanece más que glorioso en el legado de los grandes. Y, para mi alegría, hay más, así que en algún momento podréis ver en este blog la continuación de esta entrada.

2 comentarios:

Beatriz L.M. dijo...

Aquí una tocaya desde el sur de España :)

Yo la verdad es que sí que llegué a odiar mi nombre de pequeña por la maldita muñeca ("Bea anda y gatea" y sus versiones para mayores de 18 años...), y más tarde por culpa de "Betty la fea" (pero gracias a Dios, por aquel entonces había otra Bea en clase).

Pero desde hace unos años, he ido descubriendo mi nombre en personajes en libros y he decidido que mi nombre me gusta (a pesar de la infancia traumática XD). Los dos ejemplos que has puesto ya los conocía :D Otra Beatriz que me gusta de la literatura es la que aparece en "La sombra del viento", y otra en la trilogía de "La puerta oscura" (aunque ésta me gusta un pelín menos XD).

Te sigo ^^

Kaoru Himura-Takarai dijo...

Oh, sí, la maldita muñeca. Lo peor es que yo la tenía. Y uno de mis primos, para meterse conmigo, me cantaba: "Bea se cabrea".

Pues muchas gracias por los ejemplos, ya que no conocía ninguno de los dos. "La sombra del viento" lo tengo pendiente desde hace tiempo.

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