lunes, 14 de octubre de 2013

Te quiero, Ai Yazawa

lunes, 14 de octubre de 2013
No disfruto demasiado argumentando por qué me gustan las cosas que me gustan o, más bien, no lo considero lógico. ¿Por qué te gusta el color azul? Bueno, es... azul. Me refiero a que, normalmente, cuando algo nos capta y nos alista en sus filas de fieles eternos, sí, puede que haya aspectos enumerables con los que conectamos o rasgos que nos enamoran, pero, al final, una gran parte de esa filia es inexplicable. Al menos, en mi caso ocurre siempre de esta manera. Y me gusta esa dimensión que es, simplemente, emoción. 
Con Ai Yazawa tengo una conexión especial. Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve noticia de su existencia, y la extraña impresión que sus dibujos causaron en mí: era un artículo de la revista Minami sobre Paradise Kiss, y la página mostraba una gran ilustración de Yukari a todo color. A priori, algo en esas piernas larguísimas y huesudas, en esos labios coloreados y en esas pestañas postizas me resultó ajeno al estilo habitual del manga, si es que existe un estilo habitual. Parecía un dibujo propio de una revista de moda y no de un cómic.
La primera obra de Ai Yazawa que leí fue, cómo no, Kagen no Tsuki (Last Quarter). La descubrí gracias a Tetsu de L'Arc~en~Ciel (¡sí, Tetsu! No fue Hyde quien me acercó a este manga maravilloso), que en su autobiografía confesó que adoraba esa obra y el tema Tightrope de su primer trabajo en solitario (que suena en la película de Saiyuki) estaba basada en la historia de Ai Yazawa. 
Cuando salió la película, que esperaba con todas las ganas del mundo dado que estaba protagonizada por tres personas muy queridas para mí (Hyde, Chiaki Kuriyama y Hiroki Narimiya), ya había leído el manga y también había caído en mis manos Nana, que comenzaba a disfrutar. Paradise Kiss llegó más o menos por la misma época, y no hizo falta más para confirmar mi amor eterno por Ai Yazawa: por su estilo, su sentido del humor, su tratamiento de los personajes, su pasión por la moda y la música, su narración y su Londres. 
Aunque hay una parte muy grande de lo que siento por Ai Yazawa que no puedo ni quiero explicar, leyendo, como he leído ahora, Gokinjo Monogatari (obra que tenía pendiente desde hace años), he sido capaz de analizar algunas de las cosas que más me gustan de ella. De Ai Yazawa me gusta Reira, me gusta el hilo rojo del destino, me gusta la cabezonería de Arashi, los rocking shoes de Mikako y la tortura psicológica a la que George sometía a Yukari. Me gustan la inseguridad de Nana y la torpeza de Hachi, los punks al más puro estilo Sex Pistols y el piano de Mizuki bajo la luna de Londres o la de Tokio. Me gusta cómo ama aquello que ama, y cómo me transmite toda esa ilusión. Me gusta cómo todos sus personajes son diferentes pero comparten rasgos, cómo ninguno es perfecto y todos luchan por aproximarse un poquito más a ese ideal inalcanzable. Me gusta su dependencia, la forma en que tienen muchas caras, cómo se caen y se levantan y a veces aprenden y otras veces no lo hacen. Me gusta Yasu, me gusta Yusuke, me gusta Isabella.
Me gustan su inocencia y su crudeza, cómo de repente nos pone en situaciones inesperadas y nos obliga a afrontarlas. Me gusta cómo me hace ser, a ratos, Yasu, y Shin, y Tsutomu, y Mariko. Me gustan todas las certezas y todas las incertidumbres que deambulan por cada uno de sus trabajos. Me gusta cómo, de pronto, da justo en el clavo y me comprende y me atrapa, y me ayuda a ver las cosas de una forma más positiva.
Cada vez que releo Kagen no Tsuki, cada vez que paso la última página y vuelvo a recordar ese epílogo que sé recitar de memoria, pienso lo mismo: ojalá hubiera tenido yo esta idea, ojalá hubiera escrito yo esta historia. Ya la considero mía, ¡pero ojalá pudiera ser mía de verdad! 
Leyendo Gokinjo Monogatari, después de un tiempo alejada de las obras de la autora, todas esas sensaciones han regresado. Al ser una historia anterior, no tan celebrada como las que ya he mencionado, quizá estaba preparada para sorprenderme un poco (que no para decepcionarme), para vivir algo diferente, menos único. Lo cierto es que me ha parecido un manga muy optimista en comparación con todos los otros, más rosa chicle e inocente, pero la cantidad de elementos que es evidente que luego Ai sacó de ahí para posteriores mangas (como Nana) es enorme. En los tres días que he tardado en leerme los cuatro tomos de Historia de un vecindario, me ha dado tiempo de reír, llorar, coger un cariño inmenso a los personajes y verme identificada un poquito en cada uno de ellos. Como siempre. 
Leer un manga de Ai Yazawa es como volver a casa. Y, en tiempos de exilio, que alguien te ofrezca un hogar lleno de colores y texturas, no tiene precio. 
Te quiero, Ai Yazawa. 

La tristeza y la angustia son sentimientos que no necesito superar. Lo importante es aceptarlos, abrazarlos. Incorporarlos a mi vida mientras sigo avanzando. (Gokinjo Monogatari)

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