jueves, 7 de noviembre de 2013

jueves, 7 de noviembre de 2013
No es mi costumbre dejar que se me encuentre más que entre líneas, pero corren tiempos lo suficientemente duros como para que escriba un par de enunciados en primera persona y me deje abrazar.
Siempre había creído que era independiente, pero cuando te hallas sola frente al mundo te das cuenta de que todo es relativo, de que no importa quién seas, sino lo que estás haciendo en este momento. Te encuentras con que eres dos personas diferentes: una, la de siempre, la que has sido hasta este instante, la que eres para aquellos que te conocen desde hace tiempo; la otra, la de ahora, la de este momento en que no consigues arrancar y parece que no encajas en ninguna parte. Y la primera no importa en absoluto porque todo lo que tienes que ser está aquí y ahora, y es obligatorio dejarse la piel.
Lo echo de menos todo y a veces no consigo dejar de llorar. Me levanto una y otra vez sin saber si no será cuestión del suelo y no de mis tobillos, pero consciente de que no hay otro camino.

En mi vida, desde hace diecisiete años, sólo ha habido dos abuelos. Estaban la abuela, la madre de mi padre, y el abuelo, el padre de mi madre. Y en algún momento del pasado parecía que siempre estarían ahí. Este año los he perdido a los dos y, aunque sé que casi nunca he dado señales de que fuera a hacerlo, los echo mucho de menos a ambos. Me siento feliz porque una puso fin a su agonía y el otro nunca llegó a sentirla, pero el mundo se me hace un poco grande sin ellos.
Recuerdo a trozos la última conversación con mi abuelo y me pregunto por qué fue tan trivial, por qué estaba tan convencida de ello cuando le dije que volvería a visitarlo al día siguiente o al otro. Insistió por enésima vez en que lo más importante es hacer que te respeten, y ahora, de nuevo entre ladrillos, me pregunto qué hace falta para conseguir el respeto de los demás. 

Es fácil en tu entorno, con tus normas, con personas como tú. Es difícil cuando todo eso cambia. No sé si se trata de madurez, independencia, fortaleza emocional o una combinación de ellas. 
Sé que seguiré caminando y sé por quién voy a hacerlo. Sé que me lameré las heridas y me las abriré de nuevo. He decidido, y no sé qué pensarían de esto mis abuelos, que voy a ser honesta conmigo misma y con los demás. No me interesa jugar, no quiero participar en esas farsas absurdas. No sé si la honestidad genera respeto, pero tengo el mío y la convicción de que, dadas todas las otras carencias que por ahora no consigo compensar, al menos estoy siendo siempre sincera.

2 comentarios:

Renaissance dijo...

Perdí a mi abuela hace dos años y hasta ahora no había leído nada que pudiera describir tan bien lo que eso implica.
En cuanto al respeto...hoy es difícil. Lo de hacerse respetar se confunde con chillar más que nadie y no escuchar lo que puedan decir otros, no vaya a ser que estén en lo cierto. Y en realidad no es este tipo de persona el que se lo merece.

Kaoru Himura-Takarai dijo...

Lo de gritar por mi parte no será, ya que es una de las cosas que más detesto.
Gracias por haber leído y comentado. En esta ocasión significa más de lo que crees. Sólo nos queda alegrarnos porque hemos podido conocer a nuestros abuelos y eso es una suerte.

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