domingo, 29 de diciembre de 2013

Un voto de confianza

domingo, 29 de diciembre de 2013

Soy una purista. Cuando algo me parece lo suficientemente PERFECTO como para que entre a formar parte de mis obsesiones permanentes, no soporto que me lo toquen. Si algo está bien, está bien. Y ya. 
Odio los remakes, odio que necesiten llevar a Godzilla al cine una vez cada diez años por si la gente se había olvidado de su existencia, cuando, a fin de cuentas, las únicas películas de dicho animalito que valen la pena son las japonesas, con todas sus carencias técnicas. Odio que ahora salgan trescientas sagas "chachi pirulis" de Saint Seiya, que Nobuhiro Watsuki saque una nueva versión de Rurouni Kenshin adaptada a la narración de las películas y que J.K. Rowling no sea capaz de poner un punto y final a la saga Harry Potter.
A ver, hay remakes que están bien y continuaciones fantásticas. También hay historias y personajes que se prestan a reinterpretaciones constantes. Creo, quizá me equivoque, que a nadie le ha calado tan hondo 007 como para negarse a que cada cierto tiempo salga un nuevo madurito sexy a defender el papel. 
Sin embargo, hay cosas que sobran. Hay obras que, una vez cerradas, nadie debería volver a editar, reescribir y, en definitiva, mancillar.
Soy una purista de muchas cosas, y una de ellas es El Cuervo. La película de 1994 es una de esas maravillas que constituyen un trozo enorme de lo que soy, y no consiento que nadie diga una palabra mala sobre ella. Crecí con la imagen borrosa de un hombre que se pintaba la cara como un mimo y buscaba venganza por la muerte de su amada, y cuando Internet irrumpió en mi vida me dediqué a buscar como un sabueso aquella historia, cuyo nombre no recordaba y cuyas imágenes se desdibujaban. Desde que volví a toparme con ella, ha sido mi película favorita y algo muy importante para mí. Me llevó a intentar visualizar todas las otras que se han hecho después (alguien debería fusilar a quienes, durante décadas, se dedicaron a engordar la franquicia con semejantes bodrios), a comprar figuras y calendarios y a recurrir al origen: al cómic. Distinto a la par que semejante a la película de Alex Proyas, tiene una fuerza que se me pegó a las paredes de la garganta desde el primer momento y que, cada vez que releo alguno de sus capítulos, vuelve a emerger en forma de sollozo. Si la película, para mí, es perfecta, el cómic no se queda atrás. Ambos son infinitos.

Gracias a Dios (o a Vishnú, lo mismo me da), nadie hasta la fecha había tratado de volver a contar la historia de Eric (D)Raven. He perdido la cuenta de la cantidad de secuelas que se filmaron, cada cual más patética que la anterior, llegando a aparecer incluso personajes de la primera, como Sarah (que se convirtió en tatuadora y se enfrentó al mismísimo Iggy Pop). Pero, por fortuna para mi salud mental, hasta ahora nadie había hablado de "reemplazar a Brandon Lee". 
Fui la primera escéptica cuando escuché que iban a volver a narrar la misma historia: no necesito que Hollywood saque todas sus armas tecnológicas para contar algo que ya estaba bien contado antes. Sin embargo, por el camino han pasado una serie de cosas que me han hecho cambiar de opinión, dar un voto de confianza a la revisión del mito y estar, al menos hasta que llegue a la gran pantalla en 2015, más tranquila. Como ya me he explayado bastante, procedo a sintetizar estas razones:

1. No es un remake. Los tres hombres que, a día de hoy, tienen la palabra sobre este tema (James O'Barr -autor del cómic-, Francisco Javier Gutiérrez -director del nuevo filme- y Luke Evans -actor que encarnará a Eric-) insisten en que no se trata, bajo ningún concepto, de una remezcla de la película de 1994. Gutiérrez ha asegurado que estamos ante un proyecto arriesgado, con una visión diferente, mayor peso de Shelly en la trama y fidelidad al original. Esto último, quiero pensar, no se dice a modo de reproche a la primera película; no sería coherente, ya que el cómic que tenemos en 2013 no es el que había hace veinte años, cuando se escribieron los guiones de la película de Brandon Lee: la cantidad de fisuras, ambigüedades e incoherencias a las que se enfrentó por aquella época el equipo de Alex Proyas no era despreciable; a día de hoy, ya no existen y la historia ha sido muy atada por O'Barr. Incluso ha metido en medio poemas de Baudelaire, por si acaso no me tenía ya lo suficientemente conquistada. ¡Ay!

2. Nadie conoce al director. Al menos, no a lo grande. Ha recibido no pocos premios por cortos como La Habitación de Norman o El Cuerpo, pero el gran público no le conoce y su nombre no se ha visto en muchas salas de cine. Lo bueno de esto es que no hay grandes referencias y no podemos dedicarnos a tirar piedras por culpa de trabajos anteriores terriblemente decepcionantes. Además, es español; no estoy segura de que esto signifique algo, pero, si tengo que insultarlo o ensalzarlo después de 2015, no tendré ni que molestarme en ampliar mi vocabulario en inglés. 

3. A Luke Evans le brillan los ojos. Yo no conocía de nada a este actor hasta hace dos días; fui a la premiere de La Desolación de Smaug, en el Kinépolis de Madrid, porque soy fan de Tolkien y porque soy fan de Richard Armitage. Luke Evans pasó por la alfombra roja el primero y creo que (de lo guapísimo que me pareció en persona) hasta tartamudeé cuando le pedí que se sacara una foto conmigo y él mismo se las apañó muy bien con mi cámara. Estoy un poco obsesionada con él desde entonces. Fue encantador y, vista (dos veces) la segunda de El Hobbit, me parece además un actor fantástico, de esos pocos que lo transmiten absolutamente todo con la mirada. Todavía no he podido profundizar demasiado en su filmografía, pero creo que puede ser un Eric excelente. Brandon Lee es Brandon Lee, y nadie puede volver a ser el mismo Eric que él fue; James O'Barr quería al hijo de Bruce lo suficiente como para respetar el trabajo que hizo, y creo que Luke sabe de qué va la cosa. Además, se le ve ilusionado con el proyecto. Prueba de ello son estas dos entrevistas:

4. No soy yo quien ha de darle el visto bueno. Como dijo James O'Barr cuando visitó Avilés en septiembre de este año (todavía me pesa no haber podido ir a verle): "El Cuervo soy yo". Si esta historia ha astillado tantos corazones es porque tiene como base algo real. El Cuervo es un diario, un cuaderno personal, el registro de todo lo que puede llegar a sentir una persona que ha perdido de forma injusta aquello que más le importaba. Por eso es inmortal. Y, si James O'Barr, que es quien ha sangrado todo esto, aprueba el trabajo que se está realizando, ¿quién soy yo para decir nada?

Empiezo a estar incluso emocionada. Quiero creer en el respeto que los originales inspiran no sólo en mí, sino en los profesionales que están trabajando en torno a El Cuervo (2015). Sé que se trata de dos pilares lo suficientemente buenos como para que nadie ose mancillarlos. 

Se verá.

2 comentarios:

Renaissance dijo...

Entonces la gracia del cuervo nuevo es que no tiene nada que ver con su versión de los noventa, sino que es una nueva adopción del cómic..por mí, suficiente.
(ahora, con esto de los remakes, yo tampoco puedo con las versiones nuevas de Godzilla)

Kaoru Himura-Takarai dijo...

Eso dicen. Espero que hagan algo decente, a la altura del cómic, porque sino saco las armas.

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