miércoles, 6 de agosto de 2014

A veces, sí

miércoles, 6 de agosto de 2014

Cuando digo que soy contradictoria, no lo hago por llamar la atención ni por rellenar líneas: digo que soy contradictoria porque con frecuencia tengo opiniones encontradas y mal casadas; porque muchas veces no me entiendo ni yo.
Hace unos meses, os dejé un tratado acerca de mi odio por los remakes, y hoy vengo, como si nada, a hablaros de uno no especialmente brillante, y que sin embargo he disfrutado. 
Y es que es cierto, detesto que remuevan esas cosas sobre las cuales no tengo ningún tipo de derecho, pero que con todo considero mías, personales e intocables. Odio que les pongan nuevas caras y voces a los personajes que son perfectos en su versión original y me repugna que se lucren a costa de algo que fue bueno y que no se puede (porque no se puede) mejorar.
Esto es cierto y, sin embargo, de pronto llegan cuatro chicos guapos y allá se van los principios. Vale, no. No es del todo así. Ha habido cientos de interpretaciones de mi libro favorito y, por guapos que fueran los actores, no me han convencido. He intentado ver películas que han seguido la novela de forma bastante fidedigna y otras que se han inventado algo totalmente nuevo; no he soportado ninguna más de media hora, salvo aquella en la que Charlie Sheen interpretaba a Aramis, y la única razón por la que me la vi entera fue la incredulidad que me producían la elección de los actores y la mediocridad de los medios y el guión.
Supongo que la actitud influye mucho a la hora de aceptar o no una revisión de algo que nos gusta; esos prejuicios de los que tanto huyo y en los que caigo la primera. A la mayor parte de remakes de las cosas que me gustan me aproximo con cara de perro rabioso; en otras ocasiones estoy un poco más abierta y puedo vivir con el hecho de que nunca se hará nada a la altura de esa obra que es un miembro más de mi ser. Probablemente también tendrá que ver con algo mucho más básico: soy público fácil para las historias de aventuras; allá donde no veo más intención que la de entretener de forma sana, casi infantil, voy como una mosca. 


The Musketeers, serie de este mismo año producida por la BBC, tiene poco que ver con mi libro favorito. Los personajes comparten nombre con sus versiones sobre papel, la acción transcurre en la misma ciudad y algunas situaciones se aproximan un poco a las de la obra de Dumas. Y ya está. Es así. Me costó un poco digerirlo, pero, una vez que lo hice, disfruté mucho de esta primera temporada, que tendrá continuación para 2015. Ha sido tan fácil como dejar de pensar en mis queridos amigos, en esos cuatro camaradas con los que he luchado contra los guardias del cardenal, he ido a la guerra y me he embarcado en mil aventuras hasta morir a su lado en silencio. 
Su sencillez argumental y la simpatía que inspiran sus personajes han sido para mí claves a la hora de verla hasta el final. Por fin, he de reconocerlo, un Porthos no ridiculizado; no es en absoluto mi tontorrón bruto que se ciega ante el dinero y los títulos, pero tampoco el idiota que la historia del cine ha hecho creer a la humanidad que era Porthos. Aramis me ha encantado, pese a que no se hallen por ningún lado ni su delicadeza, ni su hipocresía. Constance es maravillosa, mucho más independiente y lógica que la trágica heroína a la que amaba Artagnan; y éste, aunque soso y muy alejado del audaz gascón al que nada se le escapaba, cumple su función de introducirnos en el mundo de los mosqueteros del capitán Tréville, y Luke Pasqualino es un chico precioso. Probablemente los que más se parezcan a los originales sean Athos (aunque nuevamente falta esa dignidad flemática y un poco esnob que lo caracteriza), el rey Luis XIII (Ryan Gage, tras esto y El Hobbit, es mi nuevo héroe) y Milady (aunque se haya cambiado de raíz su historia y se quiera justificar el origen de su maldad). Decepcionante Richelieu, no por la actuación sino por lo ridículo que lo hace a veces el guión. En general, buenas interpretaciones y gente muy guapa, además de personajes con los que no es tan difícil encariñarse y olvidar a los de verdad, a aquellos que una lleva grabados a fuego en el alma.
Situaciones más o menos previsibles, intrigas palaciegas, feministas tempranas (esto, en tiempos de Dumas, no pasaba, pero hola, querida Annabelle Wallis), reyertas a base de espada y mosquete y dosis encantadoras pero no empalagosas de romance.
Para la próxima temporada, me gustaría ver a Rochefort, a Buckingham y a Milady explicando por qué ahora se apellida de Winter. Y un Richelieu potente, por favor.

En fin, que, a veces, sí. No sé por qué, no existe un patrón que explique por qué la peli de Luke Evans me ha dolido en el alma y esta serie no (bueno, es que en la de Evans Milady se suicidaba, por no mencionar otras cosas). Pero ahí está, y quería compartir el hecho de que, en ocasiones, puedo ver obras basadas en mis predilectas y ser tolerante con ellas. 

¿Sorprendidos? No más que yo. 

3 comentarios:

Meritxell Rodriguez Vargas dijo...

A mi me pasa lo mismo con las adaptaciones pero esta está bien hecha, y el ser una serie ayuda a que los personajes se representen mejor. Los único defectos que le pondría es lo poco religioso de Aramis (demasiado latin lover para mi gusto) y lo secundario que es Porthos (como desgraciadamente en casi todas sus versiones)

Kaoru dijo...

Han cogido cosas de los personajes, pero también los han sesgado mucho y cambiado. Me duele especialmente d'Artagnan, porque es el alma de la novela y aquí ni pincha ni corta. Pero, si me olvido del libro, me gustan todos.
Gracias por pasarte.

Renaissance dijo...

La versión de Charlie Sheen, por suerte, se ha quedado enterrada en el marisma de películas noventeras que conseguimos olvidar.
La de Luke Evans...Lo único que soy capaz de recordar es su trasunto de Milady de Winter pegando botes y moviéndose en plan combate 300. No sé como al director de Resident Evil se le pasó semejante invento por la cabeza.

~House of the silent~ © 2014