miércoles, 1 de octubre de 2014

La constante

miércoles, 1 de octubre de 2014

Se cumplían hace días diez años de LOST, mi serie favorita de todos los tiempos, un episodio de mi existencia que no me importaría revivir cada año, un trozo de mis entrañas.
Aunque tenía varias entradas en mente, lo cierto es que los primeros meses de trabajo para mí siempre son una angustia, y por el momento tengo mucho que organizar, asumir y superar; lo cual significa, claro está, que no estoy escribiendo nada (ni siquiera leyendo lo suficiente, lo cual me va matando poco a poco). 
Hablar únicamente sobre LOST estaría bien, del mismo modo que algunos de los otros temas que pensaba tocar; pero creo que, psicológicamente, algo más global puede resultar bastante terapéutico a estas alturas de la vida.

Aunque no siempre se me da bien etiquetar de "preferidas" a las cosas (canciones, películas, personas, vivencias...), las constantes existen. Hay lugares que son como un abrazo, y ese abrazo es exactamente lo que necesito para entender que, como me digo cada vez que abro los ojos y despierto al mundo, "No va a ser el peor día de mi vida". De hecho, nunca lo es. 
Así pues, he aquí una de constantes, de esas que me anotaré en el cajón de los recuerdos por si algún día olvido quién soy:

-Mushi. La canción que pinta con fidelidad el gran handicap de mi vida, la dificultad que tengo para relacionarme y enfrentarme a algunas situaciones sociales. Durante algunos años, me vi totalmente representada por esta canción y, aunque por fortuna las cosas han cambiado mucho para mí, no he dejado de ser ese insecto que se arranca las alas y se niega la posibilidad de volar. No me siento orgullosa de mi inseguridad, pero el hecho de que una canción tan perfecta forme parte de mi historia es sin duda una satisfacción.

-D'Artagnan. Quien dice d'Artagnan, dice Athos, Aramis, Porthos, Milady de Winter o el escurridizo Rochefort. Los tres mosqueteros es un hogar para mí, una bocanada de aire cuando me siento agotada, una inyección de buen humor y esperanza cuando pierdo el valor. Nunca escribiré las líneas suficientes para agradecerle a Dumas el regalo tan maravilloso que me hizo a los catorce años. 

-2008. Aunque también tuvo varias cosas negativas de las que no quiero acordarme sino para no repetir mis tropiezos, el año de mis veinte fue bueno. En mi vida había proyectos que me apasionaban pese a que no siempre fuera capaz de demostrarlo; personas que me enternecían y hacían reír cada día, así como miles de trabajos de carrera, de aquellos que nos encerraban hasta altas horas de la noche en un piso de la avenida de Buenos Aires donde, además, he pasado momentos que me hace feliz recordar. En 2008 vi además a los dos grupos musicales que más significan en mi vida, y descubrí una ciudad a la que, aunque aún no he podido regresar, vuelvo cada día en mis ensoñaciones. Doy gracias por HIM, por L'Arc~en~Ciel y por la inspiración eterna que me proporcionan; por el Sena, por los bailes en el metro de París y las señoras Visual.

-Matías. Así se llamaba una de las criaturas más preciosas que he tenido la fortuna de encontrarme en esta vida. Llegó en un momento en que lo necesitábamos. No lo esperaba, pero, durante dos años, fue absolutamente crucial. No quiero olvidar los momentos en que lo asustaba, molestaba, entretenía o cuidaba como una mamá ratona, que es lo que soy. Es increíble cuánto se puede llegar a amar a un individuo tan diminuto y con tan pocas ganas de soportar la compañía humana. No te culpo, pequeño, pero quiero pensar que al menos llevaste una buena vida. 

-Londres. Londres no se olvida. Cada vez que dudo de mis capacidades, recuerdo la mirada de Tim y la forma en que creía en cuantos se encontraban con ella. Pienso en mi querido Vigilante Nocturno, en las calles de Bloomsbury, en las orillas del Serpentine, en los pingüinos del Támesis. Londres representa un momento de libertad, de autoconfianza, de ganas de caminar y correr y lanzarme en paracaídas. Londres es música y arte y nubes y pelícanos; y es la mirada profunda de Tim y su bocadillo apurado en las escaleras.

-Byakuyakou. Soy como soy porque la oscuridad me atrae como a un lobo la silueta rechoncha de la luna. Porque una vez quise caminar bajo el sol, e hice todo lo que fue necesario con esa única meta. Porque soy Yukiho y soy Ryoji, porque me deslizo en la noche y me oculto de la luz. Byakuyakou es uno de los amores de mi vida, una de esas constantes a las que he de volver cada cierto tiempo.

-Hayao Miyazaki. El amor sin barreras, sin límites mundanos como la edad, la especie, el aspecto o las heridas. El amor puro y espiritual. La honestidad de Miyazaki ha empapado toda mi infancia y constituye un pilar maestro en la arquitectura de mi personalidad, y es que, pese a que el mundo no lo comprenda, pese a que yo misma sea la primera en tirarme piedras, no siempre me avergüenzo de ser un poco Mononoke, Howl, Kiki, Sophie. Cuando pienso en las cosas que me relacionan con ellos, me siento más fuerte.

-Las horas en coche. Esas pequeñas eternidades que me parte el alma pensar que algún día formarán parte del pasado. Todo aquello que ahora doy por sentado y no valoro lo suficiente, pero sé que un día lloraré con amargura. Lo que quiero cuidar y lo que quiero preservar.

-Parla. Pensar en el día en que terminó mi primer curso como maestra tutora de Educación Infantil (mi primer empleo real), después de meses duros en los que tuve que ser cruel conmigo misma para salir adelante, me calma. Hay un instante concreto, después de todo el jaleo, de los adioses, de los regalos, de las cervezas con mis compañeras (con mi Manoli, a la que quiero de todo corazón); me fui caminando sola y me detuve en la parada del tranvía. En las manos sostenía un par de bolsas con detalles que me habían hecho las madres de algunos niños (unos pendientes, unos geles de baño, una flor de papel...) y en las muñecas llevaba las pulseras de goma que mis peques me habían hecho. También había notas de agradecimiento y de felicitación por mi trabajo, y dibujos y dedicatorias sencillas. Y pensé en septiembre y octubre, en mi calvario inicial y en lo poco que en realidad había aprendido. En lo lejos que estaba de ser quien se suponía que debía ser. Y en sus palabras. Y, por un instante, ambos extremos encajaron y me sentí realizada, y me puse a llorar como una tonta mientras esperaba la llegada de mi tren. 

No he abordado todas mis constantes. Me he dejado en el tintero algunas de las más importantes. Pero, en cualquier caso, haber hablado sobre estas cosas que atesoro me ha dado fuerzas, y es hora de volver al trabajo. 
Soy un desastre a casi todos los niveles posibles, pero al menos puedo escribir sobre ello. Y escribir es mi constante número uno.

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