miércoles, 20 de abril de 2016

Florence y la Magia

miércoles, 20 de abril de 2016

¿Os ha pasado alguna vez que no llegáis a ponerle nombre a una sensación hasta que la respuesta surge de forma impulsiva en un momento totalmente desligado del tema en cuestión? Soy una persona muy silenciosa pero con un continuado jaleo interior y, sin embargo, una de las cuestiones claves de mi vida reclamó identidad propia precisamente de esa manera; creo que lo he contado otras veces, pero descubrí que mi vocación era escribir el día en que puse esta afirmación en boca de uno de mis personajes.
Hace unas semanas, charlando con unos amigos en una terraza de la Plaza de Santa Ana, surgió el tema del cartel de uno de los festivales de metal más importantes de España y se me ocurrió opinar que no me llamaba lo suficiente. Uno de mis acompañantes, tratando de convencerme, me iba nombrando a todos los grupos que a su juicio son muy buenos y valen la pena. Llegamos a uno del cual admití que me gustaban varias canciones, pero que no me enganchaba. Y, nuevamente, la respuesta se abrió camino para revelárseme al tiempo que se destapaba ante él: "Para que realmente me guste un grupo, necesito que haya una conexión emocional". O algo así.

Sé que soy bastante pesada y que siempre tengo una historia especial que contar sobre los artistas de los que hablo, pero es que realmente es así. Pueden gustarme canciones, libros o pinturas de alguien y que la cosa se quede ahí; pero aquellos de los cuales me considero seguidora tienen algo más que me ata a ellos, y es que, de alguna manera, me han visto. El verbo ver, en este caso, ha de entenderse con el significado que le da Amanda Palmer (leed su libro si no lo habéis hecho, está lleno de verdad y de puentes emocionales).
Una vez más, he venido a hablar de una relación afectiva, de un sueño cumplido, de una ilusión creciente. 

A Florence Welch la había visto actuar en unos premios MTV y no le había hecho ni caso. Después llegó a mí de otra forma, por accidente, irreconocible, y fue un flechazo.
Por culpa de Jamie Campbell Bower, un amor de mi adolescencia al que posiblemente querré toda mi vida, tuve que ver un vídeo llamado Never Let Me Go; no esperaba mucho más que toparme al inglés luciendo su cara bonita, y sin embargo me quedé hipnotizada por aquella mujer que se dedicaba a limpiar el agua sucia del suelo mientras dejaba escapar una voz llena de matices.


Never Let Me Go es mi canción de Florence, pero ella se ha convertido en parte de mí. Ella es capaz de poner timbre, ritmo y una pasión desatada a esos sentimientos que todavía no soy capaz de expresar. Ella es poesía, locura, felicidad, amor. Es un hada que levita sobre el escenario. Y la palabra "gracias" me resulta insulsa e insuficiente para corresponder a la maravilla de noche que fue la del domingo pasado en el Palacio de Vistalegre. 

Es un honor vivir para participar de esta experiencia. Es un regalo que no estoy segura de merecer. 

GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS. 



P.D.: Dejo aquí este artículo que es lo más bello que yo no he podido escribir sobre el concierto. Seguro que volveré a él con asiduidad.

2 comentarios:

Renaissance dijo...

Yo la conocí de una forma bastante peregrina: haciendo zapping, encontré un vídeo en la MTV de Dog Days are Over. Ya tenía una imagen bastante negativa del canal, y me sorprendió encontrar una melodía tan distinta a lo que esperaba allí. A partir de entonces escuché los dos discos, y me acabé enamorando de Seven Devils.
No puedo decir mucho más de la voz de Florence Welch y sus letras. Simplemente, es ese tipo de música que en algún momento, te cambia la vida.

Kaoru dijo...

Tu comentario me ha parecido tan bonito que no puedo añadir nada. Totalmente de acuerdo.
Seven Devils también es una de mis canciones favoritas, y más desde que la usaron como cierre de la primera temporada de la serie Revenge; es una serie que tiene sus más y sus menos, pero ese final de temporada con Florence de fondo fue tan redondo, que lo tengo en mi pedestal de grandes momentos de la televisión.

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