domingo, 27 de noviembre de 2016

[Domingo de Poesía] Papi

domingo, 27 de noviembre de 2016
Por tercer domingo consecutivo y aunque cueste creerlo, aquí está nuevamente mi Domingo de Poesía. 
Hoy os traigo uno de los poemas más icónicos de la gran Sylvia Plath, una de esas autoras que dejan huella, que marcan, que enganchan como una droga destructiva. Adoro morir en los versos de Sylvia Plath y espero que vosotros también encontréis en ellos un lugar en el que arrancaros las entrañas. 



Sylvia Plath nació en Boston en 1932 y empezó a escribir desde muy niña, publicando su primer poema con tan sólo ocho años. La muerte prematura de su padre, en 1940, la marcaría de por vida.
Se licenció en Artes en la Smith College al tiempo que escribía poesía y publicaba en distintos diarios y revistas. En la Universidad de Cambridge, adonde se trasladó gracias a una beca, conoció a su futuro esposo, el también poeta Ted Hughes, con el que viviría hasta 1959. Tuvieron dos hijos, Frieda y Nicholas, aunque previamente Sylvia había sufrido un aborto involuntario durante su primer embarazo. La pareja se separó por la infidelidad de Hughes, entre otras razones, pero nunca llegó a divorciarse. 
Sylvia, que a día de hoy se cree que, además de depresión, padecía un trastorno bipolar, se suicidó a los 31 años en su vivienda, tras no pocos intentos a lo largo de su corta vida. Después de dar de desayunar a sus hijos, abrió la llave del gas y se asfixió.
Premiada y reconocida en vida, nunca llegó a ser feliz. Su principal obra en prosa, La campana de cristal, es una novela autobiográfica. En verso destacan Ariel, Tres mujeres y Árboles de invierno.
Hughes, su viudo, se encargó de la publicación y gestión de la obra de Sylvia en adelante, y en sus trabajos también podemos encontrar muchas referencias a ella. Como dato curioso, la segunda esposa del poeta se suicidó de la misma forma que Plath y se llevó por delante a la única hija del matrimonio.
En Papi, Plath habla de la hija de un oficial Nazi y una mujer judía, que se enfrenta a la muerte del primero. Muchos literatos han considerado que el asesinato del padre de este poema no es sino un intento de la autora de matar su propio trauma causado por la muerte de Otto Plath.


Ya no, ya no,
ya no me sirves, zapato negro
en el cual he vivido como un pie
durante treinta años, pobre y blanca,
sin atreverme apenas a respirar o hacer achís.

Papi: he tenido que matarte.
Te moriste antes de que me diera tiempo...
Pesado como el mármol, bolsa llena de Dios, 
lívida estatua con un dedo del pie gris,
del tamaño de una foca de San Francisco.

Y la cabeza en el Atlántico extravagante
en que se vierte el verde legumbre sobre el azul
en aguas del hermoso Nauset.
Solía rezar para recuperarte.
Ach, du.

En la lengua alemana, en la localidad polaca
apisonada por el rodillo
de guerras y más guerras.
Pero el nombre del pueblo es corriente.
Mi amigo polaco

dice que hay una o dos docenas.
De modo que nunca supe distinguir dónde
pusiste tu pie, tus raíces:
nunca me pude dirigir a ti.
La lengua se me pegaba a la mandíbula.

Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
apenas lograba hablar:
creía verte en todos los alemanes.
Y el lenguaje obsceno,

una locomotora, una locomotora
que me apartaba con desdén, como a un judío.
Judío que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como los judíos.
Creo que podría ser judía yo misma.

Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena,
no son ni muy puras ni muy auténticas.
Con mi abuela gitana y mi suerte rara
y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot,
podría ser algo judía.

Siempre te tuve miedo,
con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa
y tu recortado bigote
y tus ojos arios, azul brillante.
Hombre-panzer, hombre-panzer: oh, Tú...

No Dios, sino una esvástica
tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso.
Cada mujer adora a un fascista,
con la bota en la cara; el bruto,
el bruto corazón de un bruto como tú.

Estás de pie junto a la pizarra, papi,
en el retrato tuyo que tengo,
un hoyo en la barbilla en lugar de en el pie,
pero no por ello menos diablo, no menos
el hombre negro que

me partió de un mordisco el bonito corazón en dos.
Tenía yo diez años cuando te enterraron.
A los veinte traté de morir
para volver, volver, volver a ti.
Supuse que con los huesos bastaría.

Pero me sacaron de la tumba,
y me recompusieron con pegamento.
Y entonces supe lo que había que hacer.

Saqué de ti un modelo,
un hombre de negro con aire de Meinkampf,

e inclinación al potro y al garrote.
Y dije sí quiero, sí quiero.
De modo, papi, que por fin he terminado.
El teléfono negro está desconectado de raíz,
las voces no logran que críe lombrices.

Si ya he matado a un hombre, que sean dos:
el vampiro que dijo ser tú
y me estuvo bebiendo la sangre durante un año,
siete años, si quieres saberlo.
Ya puedes descansar, papi.

Hay una estaca en tu negro y grasiento corazón,
y a la gente del pueblo nunca le gustaste.
Bailan y patalean encima de ti.
Siempre supieron que eras tú.
Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada.


¡Feliz recta final de domingo!

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