domingo, 13 de agosto de 2017

[Domingo de Poesia] Aunque sea un instante

domingo, 13 de agosto de 2017
La sección que hoy amplío llevaba un tiempo abandonada, si he de ser sincera, cuando recibí el empujón necesario para continuarla: vi que otro blog estaba dedicando también una columna fija a la poesía y recordé que, en cierto modo, soy responsable de perpetuarla en la medida en que me sea posible. Creo que tenemos el deber de luchar por aquello que amamos. 
Así que sí, ver una entrada al respecto en Mi rincón de libros y yo me hizo desempolvar mi Domingo de Poesía y darle un lavado de cara. Y el poeta que se me quedó grabado de la lectura del blog de Sandra fue el señor Jaime Gil de Biedma, al que no conocía de nada y con quien me topé en Semana Santa en La Casa del Libro de Vigo.

Aunque empecé a leer sus versos entonces, no ha sido hasta ahora cuando he podido dedicarle el tiempo que merece su Las personas del verbo, que es una colección en la que se recogen todos sus poemas. Las personas del verbo me maravilla desde su primer momento, el de la Nota Autobiográfica donde Gil de Biedma habla de sí mismo y de su relación con la poesía; difícil no salir intrigados de ella y difícil no conectar con unos versos tan honestos, melancólicos y desnudos como los suyos. Tengo demasiadas páginas dobladas en el libro como para no volver, en algún momento, a traeros algo de él.


JAIME GIL DE BIEDMA

Imagen extraída de elpais.es

Gil de Biedma nace en 1929 en Barcelona, en una familia burguesa. Estudió Derecho entre la ciudad condal y Salamanca. Trabajó, junto a su familia, en la Compañía de Tabacos de Filipinas al tiempo que desarrollaba sentimientos de rechazo hacia esa forma de vida acomodada y se iniciaba en el marxismo. Su carácter está marcado por el pesimismo y las conductas autodestructivas, tal vez fruto de esa incomodidad con respecto a su cuna y a su homosexualidad.
Comenzó a escribir poesía siendo muy joven y se lo considera parte de la Generación del 50. Se codeó con Luis Cernuda, Juan Marsé, Carlos Barral y recibió en un inicio una fuerte influencia de Baudelaire. Su poesía, sin embargo, huye del simbolismo y se presenta despojada de florituras o efectos imposibles, coloquial y sencilla; con algunas referencias culturales y un sentido del humor y la ironía muy personales. 
En la Nota Autobiográfica a la que me refería en párrafos anteriores, el autor reflexiona sobre por qué, llegado cierto punto, dejó de escribir. Aunque no encuentra una respuesta especialmente satisfactoria, concluye que lo normal es no escribir y que lo extraño, lo que cabría plantear, es por qué hacerlo:

Mis respuestas favoritas son dos. Una, que mi poesía consistió -sin yo saberlo- en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba. Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema. Y en parte, en mala parte, lo he conseguido; como cualquier poema medianamente bien hecho, ahora carezco de libertad interior, soy todo necesidad y sumisión interna a ese atormentado tirano, a ese Big Brother insomne, omnisciente y ubicuo.

Gil de Biedma murió de sida en 1990 en su ciudad natal. Si bien la totalidad de su poesía (o lo que él consideró la totalidad de su poesía) aparece recogida en Las personas del verbo, estos son algunos de los títulos que fue publicando a lo largo de los años: Según sentencia del tiempo (1953), En favor de Venus (1965) y Moralidades (1966). También están publicadas algunas cartas y memorias bajo títulos como Diario del artista seriamente enfermo (1974) o El argumento de la obra (2010).


AUNQUE SEA UN INSTANTE

Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

                                                         Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor,
el eterno temor que tiene nuestro rostro
nos asalta, gritamos invocando el pasado
-invocando un pasado que jamás existió-

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,

vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no era más
que un desolador deseo de esconderse.



2017 está siendo un año fantástico en cuanto a poesía porque estoy descubriendo y amando muchísimos nombres nuevos. Espero seguir compartiendo por muchos domingos más estos versos que me marcan.

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