domingo, 10 de febrero de 2019

Una década de CONSTRUCCIÓN

Bueno, gentes de la cuasi difunta blogosfera, ¡FELIZ AÑO! 
Ya sé que estamos en febrero y que lo había deseado antes, pero soy muy de Berto Romero (y, si todo va bien, le veo live prontito).

En realidad, pasa una cosa: 2019 supone el décimo aniversario de House of the Silent. Puede que no parezca tanto tiempo, o que no tenga demasiado mérito porque lo único que hago es sentarme a escribir sobre lo que me apetece. Sin embargo, para mí este blog es un compañero que lleva en mi vida el tiempo suficiente para que todo haya cambiado completamente. Miro atrás y he avanzado tanto que casi me mareo.

Y quiero celebrarlo, claro. Tengo varias ideas y voy a ir buscando la forma de llevarlas a cabo poco a poco, a lo largo de este año. También seguiré con las entradas habituales: los favoritos, las charlas sobre viajes, experiencias, historias descubiertas y ventanas que se abren. Y os pediré colaboración en alguna que otra ocasión, agradecida por otros diez años si alguien me la presta.

Pero hoy estoy aquí para analizar mi década en House of the Silent, para hacer recuento de las cosas más importantes que me han traído a este preciso momento, a los párrafos que hilo ahora.

Como ya rememoraba en la entrada Origen y porvenir, mi trayectoria como creadora de contenido en Internet venía de atrás y ya era reseñable antes de Blogger. Había dedicado los maravillosos años de mi adolescencia a crear grupos de Msn compartiendo DE TODO acerca de los temas que me interesaban, y en particular L'Arc~en~Ciel. Había participado activamente en muchos foros y había gestionado los míos propios. Había ayudado a crear una web que se quedó en la nada y ya tenía experiencia en blogs de varios temas (alguno aún vive).


Pero, en 2009, me apeteció crear un espacio personal distinto a los que había desarrollado antes. Sentía la necesidad de compartir aquellas cosas que me motivaban y me emocionaban, que me sorprendían y me hacían llorar. Las primeras entradas fueron dedicadas a discos, manga, series, experiencias. Todo sigue un poco igual, pero todo ha cambiado.

Aunque no puedo estar segura al cien por cien, creo que ese 2009 ya era un año de resurgimiento. Venía de dejar atrás una amistad bastante tóxica y empezaba a sentirme mejor conmigo misma, libre de la espiral de autocompasión en la que había estado metida en tiempos anteriores. Seguía siendo insegura (no creo que nunca deje de serlo del todo), pero estaba más abierta a disfrutar de la carrera (recuerdo muchas, muchas tardes haciendo trabajos con mis mejores amigas de la facultad, teniendo ataques de risa interminables y preocupaciones muy pequeñas), a organizar actividades (era la época dorada de nuestra Asociación Kamakura), a ir a conciertos y a dejarme llevar un poco. Fue el año del Alternavigo, del Entroido en Verín, de las miles de quedadas y de cambiar un poco de chip. 
Una de las sensaciones que con más claridad recuerdo de aquella época es la de no pertenecer a ningún sitio (you knew nothing, Bea Snow; ahora sí que estoy en una tierra de nadie permanente), la de estar buscando algo que no podía vislumbrar y que sabía que no estaba en el lugar que ocupaba. No tengo ni idea de si lo he encontrado, la verdad. Lo que está claro es que he dejado de buscarlo.

2010 fue en la misma línea, aunque con sorpresa. En House of the Silent seguía escribiendo acerca de libros y series y en Ourense, organizando actividades relacionadas con Japón y su cultura. En la vida académica, ponía el punto y final a la carrera y empezaba a caminar hacia lo incierto. No quiero ni pensar que ese mismo año empecé a preparar oposiciones, porque si lo hago me pongo mala. Demasiada vida perdida en esta mierda.
Llevaba varios años agobiada en Ourense. Al final, cuando eres joven y llevas toda tu vida en una ciudad pequeña es bastante normal querer volar. Yo soñaba con volver a pisar París (¡aún no lo he hecho!), con conocer mejor Madrid (esto, sí), con cruzar los océanos y ver Japón con mis propios ojos (¿quizá pronto?). Se me hacía pequeño mi mundo, sabía que quería algo más, que ya no iba conmigo el vivir en casa de mis padres, que las mismas caras de siempre en todas partes empezaban a aburrirme más de la cuenta.
No fue el año de emigrar, pero sí el de hacer un viaje que me marcaría para siempre. Junto a mis amigas Eva y Ruth, pasé un mes y medio en Londres y me enamoré para toda la vida de la ciudad; me enganché para siempre a los viajes y a la libertad. 
Cuando celebré mi cumpleaños, a la vuelta, no podía hablar de nada que no fuera Londres. Creo que durante meses no hablé de otra cosa. Aquí, en House of the Silent, dejé algunas ideas por escrito para poder revisarlas en días como hoy, cuando acabo de despedir a mi hermana porque se ha mudado allí. 
(En 2010 también terminó Lost, pero no quiero ni pensarlo porque lloro).

Recuerdo la ansiedad de 2011. Fue el año en el que me dediqué de lleno a las oposiciones y los lunes, mi día de academia, eran una pesadilla. Eran el día en que tocaba cantar temas, responder a cualquier pregunta de legislación y demostrar que no eras un cazurro. Y yo no podía llevar un ritmo marcado por otros y lo pasaba fatal.
En este sentido, he de decir que fue un año de mierda. Me presenté por primera vez y no es que no aprobara: es que anularon mi participación en las pruebas porque en mi programación didáctica había una tabla que no tenía interlineado doble. Así de agradecido es esto. Luego pasó algo que lo cambiaría todo, y es que Madrid decidió aplazar sus oposiciones para el otoño; no me había planteado presentarme allí, pero el hecho de que no coincidieran en fechas con las de aquí (más el haber obtenido aquí un resultado traumático) me llevaron a coger el tren y hacer los exámenes también allí, no sin una ansiedad de caballo por si hubiera algún otro fallo de formato. Me hospedé en la Pensión Levante, visité por primera vez el Templo de Debod y no obtuve un resultado de la leche (en 2012 fueron los orales; una coña ese proceso); sin embargo, de no haberme presentado aquella vez en Madrid, la historia habría sido bien diferente.
2011 también fue guay porque vi, y toqué, a Versailles. Era la primera vez que viajaba a Madrid sola y parecía un aventurón. Aunque, en la práctica, fue una pesadilla de noche a bordo de Auto-Res que culminó con mi hermana (que iba desde Valladolid) apareciendo horas tarde y yo corriendo de un lado a otro para ver a gente de Internet, recoger mi número de espera en la sala y encontrarme con la ya mencionada parienta en Méndez Álvaro. Mejor me ahorro lo de la vomitona post-concierto y la manzanilla a las tantas en plena Puerta del Sol.

En 2012, fui a Roma. Perdón por empezar así pese a que esto sucediera en septiembre, pero es que el cuerpo me pedía a gritos un viaje y lo obtuve, y desde entonces tengo ganas de volver. Roma fue guay, aparte de por su misma existencia, porque me reafirmó en la sospecha de que me podía desenvolver muy bien por el mundo. También fue la primera vez que me hablé con los nativos inventándome su idioma, y he repetido.
A mi madre le diagnosticaron cáncer y no supe reaccionar. No fui capaz de sentir el peso de la enfermedad sobre mis hombros, como si estuviera aislada del miedo. A posteriori es absurdo flagelarse, pero todavía no he acabado de digerir cómo me quedé fría y apenas fui capaz de mostrarle mi apoyo.  
Ese año, me tomé las cosas de forma distinta. Estaba harta de las malditas oposiciones (sí, ya entonces) y decidí buscar algún trabajillo para hacer mientras tanto. Aunque no era gran cosa, pasaba las tardes dando clases en una academia y extraescolares en un par de coles; ganaba nada y menos y me sentía muy insegura ante los niños, pero creo que esa experiencia me dio tablas y los euritos conseguidos yo misma me animaron a ponerme las pilas. 
Ese año también aprobé mis primeras asignaturas en la UNED, y a día de hoy todavía me queda mucho para completar Estudios Ingleses pero sé que es una de las mejores decisiones que he tomado.


2013 fue EL AÑO. Todo cambió. Mirad cómo es la juventud, que yo en mi fuero interno me había resignado a seguir siempre igual: en la casa de mis padres, en Ourense, sin un trabajo digno y preparando unas oposiciones que no me llevaban a nada. 
Del grueso de 2013 recuerdo poco más que el hecho de seguir en la dinámica de dar clases particulares, estudiar y acudir a pruebas de la UNED periódicamente. Lo nítido viene en septiembre, cuando me iba a ir a Belfast con una beca Leonardo y, ¿un día? antes, me llaman para trabajar en Madrid, de lo mío, por las listas de interinos. Fue todo un poco loco porque me enteré fuera de plazo y tuve que ir a suplicar de rodillas la readmisión, pero al final hubo suerte.
Fue extremadamente difícil. Cuando visité Parla, el pasado diciembre, me volvió todo de golpe: cómo se me venía el mundo encima cada vez que debía coger el tren para regresar allí, cómo sufrí con mi clase de los Ratones, lo difícil que era cada puñetero paso que daba. Hacia el final, había comenzado a disfrutarlo un poquito; ya conocía algunos lugares de la CAM, me movía a eventos que me interesaban y sacaba provecho al abono de diez viajes del Cercanías. Sin embargo, tardé bastantes meses más en empezar a sentirme cómoda, y las bofetadas de realidad que me llevé fueron dolorosas.
2013 también es el año en que murieron mis dos abuelos (los dos que me quedaban). No tenía una relación demasiado estrecha con ninguno de los dos, pero aun así la situación de estar enterrando a alguien con quien has crecido es una mierda. 

2014 fue otro año importantísimo en mi desarrollo como persona. Además de ir encontrando por fin la calma dentro de los cambios que 2013 había traído, fue un quema-etapas.
En 2014, me di (nos dimos) cuenta de que el proyecto que tanto habíamos cuidado, Asociación Kamakura, se había enrarecido. Hubo personas muy malintencionadas que se encargaron de dinamitarlo y, cuando ocurrió, fue muy evidente que era lo mejor que nos podría haber pasado. Me quité de encima una carga pesadísima, la de unas personas que eran adolescentes terminales y no permitían a los demás avanzar. Fue doloroso descubrir la verdadera cara de algún que otro amigo, pero qué paz obtuve al sacarme por fin de encima tantos falsos y ridículos. Hubo golpe de gracia por nuestra parte, y eso también lo recuerdo como algo genial. Cuando tengo un mal día, aún rememoro unas cuantas escenas dantescas de ese año y me descojono yo sola.
Ese año cumplí mi sueño de pisar la Feria del Libro de Madrid, pero además estuve en la de Valladolid también y conocí al autor de mi libro de la adolescencia. Empecé a ir a conciertos y exposiciones sola, y entre otros vi a Tarja y a Sonata Arctica. Viajé con familia y amigos (Manzanares el Real, Burgos, Segovia, El Escorial...), pero también cogí mi primer vuelo sola y me fui a Barcelona a ver patinaje artístico en vivo, cumpliendo uno de mis grandes sueños y saboreando la maravilla que es irte a los sitios, sin más.
2014 es el año en el que empecé a ser feliz.

Mis recuerdos de 2015 son maravillosos. La mayor parte del año la pasé trabajando en un colegio genial, junto a compañeras inolvidables y enamorándome de mi ahora amiga adorada Eva. Tenía los mejores alumnos que pudiera soñar, hablaba en inglés todo el día y vivía sola por primera vez en un sitio que me encantaba. 
Fue el año de sentirme en paz, de estar tranquila con quien era; supongo que recogí los frutos de los dos anteriores.
Me apunté por fin a la Escuela de Escritores, donde aprendí sobre mí misma y sobre mi manera de escribir, donde me subieron mucho la autoestima y descubrí a autores brillantes.
En 2015, vi a Dir en Grey. Es uno de los grandes hitos de mi vida adulta: esa noche teniéndolos por fin delante tras tanto tiempo. Estaba junto a mis chicas de Kamakura y junto a mi amigo Abel, y recuerdo que pasaban dos cosas en ese mismo instante: se celebraba Eurovisión (es la única vez que me lo he perdido) y al día siguiente llegaba a Madrid con tiempo suficiente para votar a Carmena en las elecciones municipales; durante el concierto, Abel me preguntaba: "¿Qué estará haciendo ahora Jácome?", una de mis frases favoritas que nadie me ha dicho nunca (Jácome es un ilustre ourensano).
2015 fue mi regreso a Londres por primera vez desde 2010, y me sentí abrumada por el amor a esa ciudad. También volví a pisarla más tarde, cuando cogí desde allí un tren a Edimburgo para pasar unos días con mis amigos ese verano.
Fue el año de conocer Zaragoza, Sevilla (había estado de pequeña pero no recordaba nada), Toledo en mayor profundidad y Madrid al dedillo. También volvió a haber patinaje en Barcelona y me enamoré de Ávila. 
En septiembre pasé la peor noche de mi vida en una pensión asquerosa en Móstoles, mientras no encontraba piso en la ciudad que se convertiría mi sitio favorito de Madrid forever and ever.
A cambio, la vida volvió a agasajarme con Apocalyptica, con eventos varios de música y patinaje y con un bocadito de Londres vestida de Navidad.

2016 es Móstoles, es la confluencia de dos cursos donde no lo pasé demasiado bien en el trabajo (no por los alumnos, sino por compañeros repulsivos), pero también es un año brillante a nivel personal donde las mierdas ajenas me la soplaron mucho.
Lo empecé mal, recuerdo perfectamente lo huérfana que me dejó la noticia, en enero, de la muerte de David Bowie. No sé por qué mi padre estaba en Móstoles conmigo (¿creo que mi hermana también estaba? ¿o todos?), pero tengo en la cabeza dos momentos muy nítidos: el de un día que me llevó a trabajar en coche e iba sonando Blackstar en la radio y contaban que Bowie cumplía años y sacaba EP; y el de mi despertar dos días más tarde, cuando abrí Facebook mientras remoloneaba en la cama y vi un post de Zach Myers que empezaba con las palabras: "No... Por favor, que no sea cierto". 
Vine aquí y escribí que no creo en un mundo sin David Bowie. Tres años más tarde, no he superado el shock ni la añoranza, pero agradezco cada día que haya existido y me haya curado.
En 2016 conocí Cuenca, Zamora, Campo de Criptana, Tallín y Lisboa. Vi en directo a Nightwish, a los Red Hot Chili Peppers, a Florence + The Machine y a Counterfeit. Quedé con gente desconocida, vi un montón de exposiciones y me prendé de Captain Fantastic y de León Felipe. 
2016, entre muchas otras cosas, es el año en el que cumplí mi gran sueño de visitar Finlandia. Era mi primer "gran" viaje sola y decidí que pasaría quince días descubriendo el país al que sabía que mi corazón pertenecía. Prometí que regresaría cada año tras ese y ya lo incumplí en 2018, pero lo importante es la certeza de que va a ser recurrente y de que algún día podré anclarme allí durante períodos más largos. 
Finlandia me enseñó a escuchar, a simplificar, a ver.


No sabía la crisis que me aguardaba en 2017, y tampoco estoy segura de haberla superado. Por un sinfín de razones, el lugar donde trabajaba acabó por impregnar la mayor parte de mi tiempo fuera de él, y sembró en mí la duda de si quería seguir siendo maestra. Hoy sé que muchos de los factores que me llevaron al precipicio no tenían tanto que ver con el empleo en sí, sino más bien con las circunstancias particulares de aquel centro; hay otros que están ahí y sí que se han convertido en constantes en la gesta de ser docente. Lo que tenía clarísimo al acabar el curso era que necesitaba un cambio como agua de mayo, y me planteaba directamente congelarme en todas las listas y largarme a trabajar en cualquier Starbucks de Reino Unido.
Me gusta pensar que el hecho de que, llegado septiembre, me llamaran antes de Galicia que de Madrid fue una señal. 
2017 fue un largo año de disfrutar Madrid, de tener allí a mi hermana y hacer muchos planes con ella, de descubrir pueblos y poemas y de pisar por primera vez Praga y saber que la amaría siempre. De ver a X Japan en Londres y creer en los milagros. De volver a Praga en el mismo año y saber que volvería siempre. De volver a Helsinki y vivir mi primer Raskasta Joulua y tomar chocolate del Café Regatta en una playa blanca de nieve y saber que yo ya vivía allí siempre. De Escocia y de Inglaterra, de cumplir el sueño de visitar el bosque de Sherwood, de despedirme de HIM (dos veces), de entrevistar a Emmi Itäranta, de enamorarme de Hallatar y de irme de boda a la Pobra do Caramiñal.
Pero, por encima de todo, 2017 fue el año en que la crisis estalló y amenazó con romperme, hasta que la vida me devolvió a Galicia y el propio verde de nuestro monte disolvió el sabor amargo de aquel último curso en la CAM. 2017 me presentó la Mariña Lucense y me demostró que no sabía nada de mi tierra, que por fortuna estaba a tiempo de aplicarme y aprender, y que quedaba demasiado por amar de la profesión que había elegido.

Y así entró 2018: a saco con su belleza, sus descubrimientos y la pertinente readaptación a los tiempos de Galicia, a la particular forma en que aquí el reloj desplaza sus agujas sin premura. 2018 fue Mondoñedo con sus arcoiris mágicos, Rinlo, Goiriz, Lugo, Barreiros e incursiones recurrentes en Asturias; fue Ribadeo convirtiéndose en mi pueblo favorito, fue Pontedeume, fue Sada y hasta Betanzos. Fue GALICIA, con todas las letras; volver a hablar gallego, revalorizar todo lo que tenemos aquí, no tener que echar de menos paisajes como lo hacía cada día en Madrid. Y fue Madrid en visitas estupendas, Barcelona y Nightwish en diciembre, conocer a Evgeni Plushenko como si fuese lo más normal del mundo charlar con tus héroes, y ser absolutamente yo misma en Suiza durante dos semanas abandonada a su belleza y a su buen humor. Fue Varsovia, amor a primera vista y la sensación de vaciarme por completo en el concierto de Dir en Grey. Fue la boda de mi mejor amiga y saludar por fin a la Casa da Maleta de Fene.
2018, de alguna manera, fue renacer. Fue sentirme en conflicto con casi todas las posturas ideológicas que se me lanzaban desde todo frente posible, fue entender que por mucho que me empeñe no voy a encajar y fue reabrazar que así ha sido siempre y así lo entendieron otros antes que yo. Fue reconectar. Fue redescubrir. Fue poder volver a pisar Parla, mi sitio clave de 2013-14, y llorar un poco y sonreír y pensar: "Cómo he crecido". 
Fue entender qué me mueve.


Y aquí estamos, a diez de febrero de 2019, un guiso recién cocinado para mañana y el corazón todavía acelerado de haber visitado Neda y haber sentido el corazón en llamas mientras la paseaba y la saludaba y le acariciaba las orejas. Y me conozco tan bien. Y el camino ha tenido sus fases duras, pero ha valido tanto la pena.

Todo, todo, todo es alimento. Todo es aprendizaje, es evolución, es nutrición personal. Todo sirve para algo. Todo se puede ver desde otro ángulo. 

La vida es YA. La vida es coger ese bagaje y construir con él un vehículo que te lleve adelante. 

Benditos últimos diez años. Bienvenidos los que vengan. 

2 comentarios:

Renaissance dijo...

Me ha gustado mucho la entrada, quizá por lo personal porque el recuento de años es muy similar al que viví también durante esa década (sincronicidades de haberse dedicado al empleo público quizá). No hay mucho que decir salvo lo que anunciaba mi abuela en cada celebración: doxe nun ano.
Y una de las pocas cosas que echo de menos es a Jácome y su partido de la resistencia xD.

Kaoru dijo...

Jácome era como el pre-proyecto de Caballero (en cuanto a showman). XD
Muchas gracias, e doxe nun ano.